El verano cinematográfico empezó con precoz estrépito adolescente (Los vengadores adelantó la temporada hasta el 27 de abril) y terminó también temprano de manera sombría pero wagneriana, a finales de julio, con Batman: el caballero de la noche asciende, llevando al cine a reflexiones no pedidas sobre el impacto del medio en las mentes enfermas, por un lado, pero metiendo en la taquilla 300 millones de dólares en dos semanas (130 millones de pesos en México) y con todo agosto para incrementar la cifra al infinito. Más allá de la exhibición masiva de los títulos, una temporada que los cálculos mercantiles de Hollywood convierte en la fiesta de la efebocracia, terminó en realidad a favor del público más maduro: mientras a los niños y los jóvenes les surtieron material tan pobre como La era del hielo 4, Madagascar 3, Battleship: batalla naval, y medianos materiales para cinéfilos de culto como Sombras tenebrosas y El sorprendente hombre araña, los adultos dieron tenaz batalla con Woody Allen (De Roma con amor) y Lars von Trier (Melancolía) pero consiguieron dar vida insólita a Pie de página (Joseph Cedar) y Carlos (Olivier Assayas) e hicieron suya Prometeo (Ridley Scott), que los veraneantes vieron con desconfianza (más filosofía que explosiones).

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En el camino se cruzaron historias que, sin querer, terminan en un solo tema: resistió la temporada una sola película mexicana, Colosio: el asesinato, estrenada antes de las elecciones, que ahora parecen tan lejanas; todavía a principios de agosto estaba en una sala del D.F. y una recaudación de 46 millones de pesos. El mismo director, Carlos Bolado, prepara ya el estreno de la más espectacular Tlatelolco, para el 28 de septiembre. Más allá de los serios problemas de guión de Colosio (la inverosímil historia del detective y su pareja; la motivación de una investigación paralela no tiene justificación real, identificar a políticos reales como “el licenciado” o “el doctor” es mandarlos al anonimato), su eficacia está en el tono de thriller, en avanzar por un laberinto viscoso de corrupciones, de inmoralidades e intereses mezquinos entre la gente de poder; y dos semanas después, otro mexicano, Adrian Grunberg, actualizaba ese estado de ánimo en Atrapen al gringo: la corrupción es un juego de conveniencias que involucra a presos y autoridades mexicanas y a empresarios norteamericanos, que se roban entre todos y enloquecen ante la Gran Ballena Blanca del botín de millones de dólares; y otras dos semanas después Oliver Stone daba un leve giro al asunto y da las últimas pinceladas al paisaje con Salvajes: el narco mexicano (“el Wall Mart de la droga”) es la Pesadilla Morena, que avasalla con los métodos más bestiales a los plácidos drogadictos estadunidenses que se aplican a cultivar la mejor mota del mundo en California y destinan sus ingresos, como Bill Gates, a civilizar negros en África. Los nuevos bárbaros, actualización del Mexican Bandolero de los viejos westerns, está bien aterrizado en hechos concretos: decapitan y filman sus ejecuciones para mandarlas a YouTube, basan su poder en la oferta de “plata o bala”, pero el elemento más desquiciante, para la racionalidad anglosajona, es la presencia de la Reina (Salma Hayek en un híbrido entre Elba Esther Gordillo y la Reina del Pacífico), en tanto mujer empoderada, sólo dependiente de una hija que, a mucha honra, estudia en San Diego. ¿Hasta dónde puede llegar una organización criminal de mexicanos con esas características? Sólo las sabidurías combinadas de un marihuano budista y un G.I. Joe, las creaciones plenas de la cultura masculina norteamericana, pueden vencerlos.

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La cultura mexicana es incapaz de crear héroes verosímiles; enfrascados desde hace décadas en una lucha contra la Historia Oficial, se ha terminado por no creer en nadie: el culto a AMLO quizá sea un renacimiento del Milenarismo, pero se centra precisamente en la demolición de toda certeza ajena a su Palabra; impensables ahora películas de afirmación nacionalista como El cementerio de las águilas, Mexicanos al grito de guerra o La rosa blanca. Se cree más en los Muertos de Calderón (mientras mayor sea la cifra es más verosímil), en la corrupción inevitable, en que todo héroe terminará mostrando el cobre. Hollywood y la industria cultural norteamericana, al contrario, son una fábrica de superhéroes de todos los calibres, desde los Vengadores volando y evitando el fin del mundo hasta Mel Gibson demoliendo a las delincuencias mexicana y norteamericana desde una celda en Tijuana.

Lo bonito del asunto es que todos terminamos comprando ambos mundos: para la cultura mexicana, el apocalipsis ocurrió suavemente desde hace años y el mismo sistema que se autoaniquiló en Colosio sobrevive embrutecido entre cadáveres de narcos traidores; para Estados Unidos, entre los nuevos Vengadores (Hulk, Capitán América, Ironman, Thor, la Viuda Negra) y los veteranos Indestructibles (Silvester Stallone, Dolph Lundgren, Chuck Norris y Arnold Schwarzenegger) hay un alimento ideológico, un tranquilizante espiritual que no está avalado por ninguna realidad concreta, pero funciona con gran profundidad. Curioso: en México es impensable una matanza en un cine, como ocurrió en julio en Aurora, Colorado, como son impensables las matanzas en universidades y cafeterías, fuera de las zonas controladas por el crimen organizado (Nuevo León, Tamaulipas, Michoacán), pero donde sí ocurren con frecuencia, en Estados Unidos, el asombro es el mismo, porque la cultura de masas les dice que “eso” no debería pasar, más allá de las condiciones concretas, la facilidad para armarse hasta los dientes, el entrenamiento militar de jóvenes que han cumplido tiempo real en frentes de batalla, la exaltación, precisamente, de la figura del “hombre de acción”. Nuestra depresión espiritual muestra el avasallamiento de una realidad privilegiada por los medios de comunicación; el optimismo norteamericano es parte de un sueño. A la mitad van los caminos que nadie quiere transitar.

Gustavo García. Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.