El verano cinematográfico empezó con precoz estrépito adolescente (Los vengadores adelantó la temporada hasta el 27 de abril) y terminó también temprano de manera sombría pero wagneriana, a finales de julio, con Batman: el caballero de la noche asciende, llevando al cine a reflexiones no pedidas sobre el impacto del medio en las mentes enfermas, por un lado, pero metiendo en la taquilla 300 millones de dólares en dos semanas (130 millones de pesos en México) y con todo agosto para incrementar la cifra al infinito. Más allá de la exhibición masiva de los títulos, una temporada que los cálculos mercantiles de Hollywood convierte en la fiesta de la efebocracia, terminó en realidad a favor del público más maduro: mientras a los niños y los jóvenes les surtieron material tan pobre como La era del hielo 4, Madagascar 3, Battleship: batalla naval, y medianos materiales para cinéfilos de culto como Sombras tenebrosas y El sorprendente hombre araña, los adultos dieron tenaz batalla con Woody Allen (De Roma con amor) y Lars von Trier (Melancolía) pero consiguieron dar vida insólita a Pie de página (Joseph Cedar) y Carlos (Olivier Assayas) e hicieron suya Prometeo (Ridley Scott), que los veraneantes vieron con desconfianza (más filosofía que explosiones).
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