Pese a que no lo ha confirmado, varios medios ya dan por un hecho que rodará su proyecto otoñal de 2013 en el verano del hemisferio sur: Buenos Aires, dicen, es la ciudad elegida para que Allen lleve a sus neuróticos neoyorquinos a convivir con la milonga y el tango en El Caminito. Hay que decirle a los agentes de Ricardo Darín que hagan un cabildeo eficiente para que lo conviertan en la estrella austral del filme.

woody

Allen, además, parece tener planes de rodar una película en Río de Janeiro, como dijo en una entrevista: “[Esa] sigue siendo una gran posibilidad. Mi hermana fue ahí con mis productores, y están encantados con Río. Está muy alto en nuestra lista de prioridades. No tenemos una historia, pero tengo unas ideas que podrían funcionar para Río y las estamos explorando. Le estaba diciendo a alguien que Río, para un americano, para un turista, tiene una imagen muy romántica. Así que es posible que podría hacer una buena historia de Río. Sólo es cuestión de encontrar la historia correcta para el país” (“Woody Allen: el rey de la insatisfacción crónica”, por Susana Moscatel, en ¡Hey! de Milenio Diario, 20 de julio de 2012).

Ansiosa ante tal nueva, la periodista mexicana arriba citada no pudo sino forzarlo a responder la pregunta obligada, que aquí reproduzco: “¿Qué hay de México?”. La respuesta del director fue elocuente, más aún con el auxilio de la traducción de la reportera: “Nunca he estado en la ciudad de México o ninguna parte. No sé mucho acerca de México, pero no tengo el ‘sentir’, no sé si pensar en Acapulco, en la ciudad de México y nadie de México se nos ha acercado para hacer una película”.

Ahora bien, y apelando al modus operandi de Allen, ¿cuál sería la “historia correcta” para la ciudad de México? Si pensamos en la Roma de su film más reciente o en el París de su entrega del año anterior, el consagrado director neoyorquino tendría que sumergirse en el magma del cine, la literatura y el arte mexicanos del siglo pasado y comienzos del actual, para así pergeñar un argumento sazonado con la quintaesencia de nuestra cultura y sus derroteros. ¿Cómo mezclar, digamos, Los olvidados, con La región más transparente, Pedro Páramo (aunque Comala no sea el DF, da para una historia de espectros, que a Allen le encantan), Amores perros y las obras clave del muralismo, más una pizca de Frida Kahlo y los obligados aztecas? La ciudad de México, me temo, no es una fiesta, así como tampoco el escenario para un carnaval fellinesco.

Más allá del argumento y la trama, pensemos en el casting: ¿Gael García Bernal, Diego Luna o ambos? ¿Cecilia Suárez, Salma Hayek o ambas? ¿Algún Bichir para no dejar? ¿Jesús Ochoa y/o Damián Alcázar para consumar el Mexican curious? No dudo que el cabildeo de nuestras actuales y cada vez más boyantes productoras nacionales de aliento comercial y moderadamente indie estaría de a peso, lo cual también podría servir de inspiración a nuestro director para realizar su opus chilanga.

Por otro lado, ahora que a Allen le ha dado por retratar a la juventud estadunidense desplazada de su terruño, ¿qué actores y actrices de por allá podrían convivir con nuestras mexicanas y ya muy internacionales luminarias? ¿Seth Rogen y algunos otros de su clan, por ejemplo? ¿O mejor reclutar a los vampiros y lobos de Crepúsculo? Con Allen, ya se sabe, uno nunca sabe.

Otra alternativa sería no recurrir a lo evidente sino a lo bergmaniano o dreyeriano, reclutar a un elenco de desconocidos devenidos actores y operar a la Carlos Reygadas, aunque esta revuelta de tuerca me parece improbable ahora que Allen ha optado por el cine más acomodaticio, complaciente y comercial de su carrera, que ha entrado en la fase de films for dummies, es decir, películas para espectadores estadunidenses desintelectualizados, pero entendidos con la globalización.

Al final, me temo, se repetiría la conocida historia de André Breton y la silla, que bien podría ser el eje tanto emocional como artístico de la improbable película mexicana de Woody Allen: el surrealismo. Si de estereotipos de trata —y de eso trata, sí, el cine más reciente de nuestro director, que se extravió luego de encontrarle sentido a Londres, atender con cierto decoro Barcelona y errar tanto en París como en Roma— no hay que buscarle un quinto pie al gato. Porque México sigue siendo bien surrealista, ¿qué no?

David Miklos.
Escritor. Su libro más reciente es Brama.