Los medios especializados son bastante dados a ello y quienes escribimos de música solemos caer en esa actitud viciada y facilista. Sin embargo, el par de casos que quiero mencionar en las siguientes líneas, a mi parecer, sí corresponde a esa categoría y si peco de exagerado, asumo la condena eterna.

Jack White y Dave Longstreth son dos músicos estadunidenses relativamente jóvenes, cuya respectiva obra ha demostrado una calidad sobresaliente, cada quien con un estilo muy distinto y hasta diametralmente opuesto al del otro. Con seis años de diferencia (White nació en Detroit en 1975, mientras que Longstreth lo hizo en Connecticut en 1981), cada uno ha desarrollado una carrera singular, con aportes notables para el rock no sólo de su país sino del mundo entero, y cada uno acaba de sacar un disco: Jack White su primero como solista y Dave Longstreth su séptimo como líder y autor total de su extraordinaria banda Dirty Projectors.

Blunderbuss (Columbia/Third Man Recors, 2012) es sorprendentemente el álbum debut, en solitario, de Jack White, este compositor, guitarrista, baterista, tecladista, cantante y productor que fundó a grupos como The White Stripes, The Raconteurs y The Dead Weather, con los cuales ha grabado en total 11 discos desde 1999. Digo sorprendentemente, porque no deja de asombrar que un tipo tan prolífico como White haya tardado 13 años en decidir aventurarse como solista. No obstante, la espera valió la pena. Blunderbuss es un trabajo fuera de serie, una obra conceptual que gira alrededor de un solo tema, el de su divorcio. En efecto, las 13 canciones que conforman el disco abordan de una u otra manera la reciente separación de su mujer; sin embargo, no se trata de un plato triste o amargo. Por el contrario, aunque hay letras duras, lo que campea es un humor negro muy poco autocomplaciente. El álbum es áspero, pero al mismo tiempo delicado. Digamos que existe en él un juego dialéctico entre la ternura y la rudeza.

La música es la misma de la que siempre ha abrevado White: el blues, el folk, el country, el rock, pero llevada a niveles de altísima calidad y con una inventiva que nos permite encontrar algo nuevo en cada pieza. Las instrumentaciones son ricas pero sin excesos, con la sabiduría exacta para saber lo que requieren las composiciones, entre las que habría que destacar maravillas como “Missing Pieces” (algo así como un blues progresivo), “Freedom at 21” (con un juego de guitarras fantástico), “Love Interruption” (una belleza acústica), “Weep Themselves to Sleep” (una dramática canción que va del ambiente cabareteril a ciertos ecos a la Neil Young), “I’m Shakin’” (oscura y al mismo tiempo siniestramente divertida, con unos coros femeninos que algo tienen de diabólicos), “Hip (Eponymus) Poor Boy” (una joya, un clásico instantáneo) y “Sixteen Saltines” (un rock seco, tremebundo, sensacional).

Por lo que respecta a Dave Longstreth y sus Dirty Projectors, el disco Swing Lo Magellan (Domino, 2012) es diametralmente otra cosa. He aquí una obra majestuosa, tan etérea como mundana, tan experimental como entrañable, una docena de temas llenos de rompimientos rítmicos y armónicos, con melodías que van de la dulzura más celestial a la atonalidad más desconcertante. No se trata, sin embargo, de un disco tan intrincado como cualquiera de sus seis antecesores, incluido el apabullante Bitte Orca de 2009, en los que imperaban las guitarras intencionalmente descuadradas y chirriantes de Longstreth y los escalofriantes coros femeninos de Amber Coffman y Angel Deradoorian. Aunque persisten elementos de esos álbumes y el sonido avant garde de la agrupación sigue presente, esta vez las melodías resultan menos inasibles y los quiebres armónicos menos bruscos. Deradoorian ya no aparece, pero Coffman se hace cargo con solvencia de las partes corales.

Hay canciones fantásticas, como “Maybe That Was It” (en la que parte del solo de guitarra lo hace Longstreth mediante la desafinación de una cuerda), “See What She Seeing” (un tema de cámara con cuerdas incluidas), “The Socialites” (una absoluta belleza interpretada por Amber Coffman) o “Irresponsible Tune” (una balada paradójica, a la vez vintage que vanguardista, que cierra el álbum de manera extraordinaria).

Jack White y Dave Longstreth se consolidan como dos genios del rock actual. Sus respectivos discos lo confirman. No puedo imaginar lo que harían si alguna vez trabajaran juntos. La idea parece descabellada y tal vez la combinación de estilos es imposible. Pero qué interesante sería conocer el resultado.

Hugo García Michel.
Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.