Poco después, el escritor y periodista comenzó a dirigir su propio proyecto editorial, y el 18 de marzo de 1922 se vendieron por cinco centavos los primeros ejemplares del diario El Mundo. El periódico se proclamaba con poca modestia como “el mejor diario de la tarde”. Quizá fue cierto, dado que su inauguración coincidió con una huelga del sindicato de redactores de prensa de El Universal, que se encontraba con problemas económicos y llevaba semanas sin pagar a sus colaboradores. Esto le permitió a Guzmán atraer a varias de las firmas más reconocidas del periodismo de la época. El Mundo incluía secciones variadas (política, deportes, cine, columnas femeninas), y nunca dudaba en darle la portada a los artículos más sensacionalistas. La circulación de nueve mil ejemplares era modesta, mas prometedora.

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Mientras Guzmán se dedicaba a su nuevo periódico, gestionando desde el alquiler de las máquinas de imprenta hasta la selección de noticias internacionales, la capital comenzaba a estremecerse con la fiebre de la radiofonía. La fascinación por este nuevo medio se propagó tan rápido como las ondas hertzianas. Si en 1921 el radio era aún un pasatiempo para un grupo selecto de aficionados, para 1923 la ciudad entera vivía el fenómeno con intensidad. El joven empresario Raúl Azcárraga abrió su tienda, La Casa del Radio, donde los receptores más baratos se vendían por 12 pesos. En abril, el estridentista Manuel Maples Arce leyó su poema “TSH” (telefonía sin hilos) en la primera emisión radiofónica de la revista semanal El Universal Ilustrado, y junto con Fermín Revueltas lanzó la revista Irradiador. En junio se celebró la feria del radio en el Palacio de Minería, donde la tabacalera El Buen Tono confirmó su imaginación publicitaria al ofrecer unos cigarrillos llamados “Radio”, distribuidos por edecanes cuyas cabezas, adornadas con arreglos de alambres futuristas, evocaban la nueva silueta de una ciudad alterada por la abundancia de antenas colocadas en techos de casas y edificios.

Aunque dividía su tiempo entre el periodismo y la política —había sido elegido diputado para el sexto distrito de la ciudad de México—, Guzmán también fue seducido por este nuevo fetiche de la modernidad. Se dio cuenta rápidamente que en un país con una población con alto grado de analfabetismo la forma más apta para acceder a un público amplio y diverso era a través de los medios auditivos. Ese mismo año de 1923, casi un año después de que El Mundo empezara a circular, el diario anunció que pronto inauguraría una estación radiodifusora, declarándose la primera publicación mexicana en reconocer la importancia del radio —y deliberadamente ignorando la incómoda realidad de que su rival, El Universal Ilustrado, ya había dado grandes pasos en la misma dirección. Abrió una sección dedicada a los radioaficionados, regaló un receptor a los lectores que compraron una suscripción antes de su primer aniversario, e instaló parlantes para ofrecer conciertos radiofónicos gratis a las personas que llegaran a la redacción con tres cupones recortados de las páginas del diario: la práctica de la lectura, en este caso, ofrecía literalmente el acceso a una nueva experiencia mediática.

Para una población hastiada de la violencia y de la guerra el radio representaba una forma de cerrar un duro capítulo histórico y sintonizarse con el resto del mundo. Para Guzmán, el medio ofrecía, al contrario, una oportunidad pragmática para poner en marcha los ideales intelectuales de la Revolución. El radio era aliado natural de un periodismo didáctico, cuyo propósito no era simplemente informar sino moldear una nueva ciudadanía con capacidad crítica. Ya los numerosos lemas que se publicaban en los márgenes de las páginas del diario indicaban la función educativa y democratizadora que Guzmán asociaba con su proyecto editorial. Tenemos, por ejemplo: “La cultura de un pueblo se mide por el número de periódicos que lee. EL MUNDO contribuirá a que en México se lea más”; o también: “Revolucionarios en el fondo, constructivos en el modo”. El hecho de que El Mundo era una iniciativa privada que dependía de sus ventas no debía debilitar este halo idealista: si el diario fomentaba una práctica de lectura, y esa práctica contribuía al bienestar nacional, no importaba tanto que lo leído fuera un artículo sobre el boxeo y no un ensayo sobre arte o cultura. Y si el radio permitía que un mayor número de mexicanos compartiera una misma fuente cultural, la apuesta por el nuevo medio era una estrategia de mercadotecnia que fácilmente se imbuía de rasgos nacionalistas.

La inauguración de la estación radiodifusora de El Mundo estaba planeada para abril de 1923, pero problemas financieros y técnicos la postergaron por cuatro meses. En ese lapso, mientras Guzmán sudaba la gota gorda y se hacía evidente que esta nueva transición periodística no le vendría fácilmente, dos proyectos innovadores se le adelantaron. A principios de mayo El Universal Ilustrado lanzó su primera emisión de radio, y la tabacalera El Buen Tono anunció que también abriría una estación en junio. Guzmán no se dio por vencido. Siguió obstinadamente definiendo El Mundo como un diario pionero de la radiofonía mexicana con una campaña publicitaria que parecía querer convencerse a sí misma de su inminente éxito. Fue sin duda un verano difícil, pero los percances de los primeros días de agosto elevaron las dificultades de Guzmán a un nivel que rozaría con lo tragicómico.

El 3 de agosto la portada del diario de Guzmán proclamó: “Inauguración de la gran estación transmisora de El Mundo”. El programa prometía una conferencia por José Vasconcelos, secretario de Educación Pública, unas tonadillas cantadas por la artista María Tubau, algunos poemas declamados por Francisco A. de Icaza y, para finalizar, Manuel M. Ponce tocando algunas de sus composiciones. Pero el 4 de agosto el diario publicó una noticia críptica: “Nos vemos precisados a transferir el acto en vista de haber surgido una circunstancia que justifica plenamente nuestra resolución”. La misteriosa circunstancia era simplemente que el presidente Álvaro Obregón, sin que nadie lo esperara, se agregó como orador en la ceremonia de inauguración, aprovechando el nuevo medio para anunciar los resultados de una serie de reuniones que se estaban llevando a cabo entre el gobierno mexicano y delegados estadunidenses. El breve artículo, sin firma pero seguramente escrito por el mismo Guzmán, transformaba esta última postergación en un logro más, y proponía la participación del presidente como una confirmación del éxito ineludible de la tan prometida radiodifusora. Añadía:

 

EL MUNDO es el diario que más nítidamente refleja las palpitaciones nacionales. Al inaugurar esta estación radiofónica, no sólo exterioriza su personalidad de vocero indiscutido y predilecto de esas palpitaciones nacionales, sino que además continúa en otro plano y por otros medios sus propósitos de difusión cultural, artística y patriótica, llevando a todos los abonados del periódico las vibraciones espirituales más altas, más nobles y más puras, de los mejores, más celebrados y más caracterizados artistas mexicanos y extranjeros.

La estación de El Mundo ofrecía entonces un medio idóneo para desarrollar una intimidad casi física con el cuerpo vivo de la nación mexicana y hacerle llegar “las vibraciones espirituales” de la cultura. Parecía que ese inmenso abismo entre la esfera intelectual y el pueblo —entre el espíritu y el cuerpo— que tanto había preocupado a Guzmán y a sus colegas del Ateneo de la Juventud, iba por fin a superarse gracias a las ondas invisibles del radio.

El 13 de agosto El Mundo informó de nuevo que la inauguración tendría lugar el día siguiente. El programa era el mismo, salvo que el presidente Obregón sería el primero en hablar. Esta vez el esperado evento sí aconteció, y según una crónica del 15 de agosto fue un triunfo absoluto. Cinco mil hogares equipados con aparatos receptores celebraron el evento desde la intimidad de sus propias casas. Multitudes se aglomeraron frente a la redacción del diario y en La Casa del Radio para presenciar las vibraciones radiofónicas que grandes parlantes lanzaban al aire desde las puertas de los locales. Después de la emisión, Guzmán y sus invitados brindaron con champaña. Sólo unas líneas al final del artículo revelaron un incómodo detalle:

Con motivo de la despedida de los delegados americanos, los señores Warren y Payne, El Señor Presidente de la República, General Don Álvaro Obregón, que bondadosamente se había servido prometernos su asistencia en el acto inaugural, se vio imposibilitado para concurrir a él.

Después de imponerse en la programación y de provocar un atraso más en el proyecto por el que tanto había luchado el periodista, el caudillo no se dignó en salir de la sombra. Quizá Guzmán se habría preguntado después por qué no vio en este pequeño desaire una advertencia. En diciembre de 1923, unos escasos meses pasada la inauguración de la estación, el escritor y su familia empacaron sus baúles y se dirigieron apresuradamente hacia la frontera estadunidense, empezando lo que sería un largo exilio de casi 13 años. Las simpatías de Guzmán hacia Adolfo de la Huerta y el conflicto de éste con el presidente Obregón lo habían dejado en una posición muy delicada. Trató de mantener el funcionamiento del diario y de la emisora a la distancia, pero en febrero de 1924, sin haber cumplido dos años de circulación, El Mundo cerró definitivamente sus puertas. Las aventuras radiofónicas del que llegaría a ser el gran novelista de la Revolución habían sido breves, y escasas huellas quedan de las vibraciones espirituales esparcidas por las ondas hertzianas, pero por un momento el intelectual había encontrado un cómplice en la modernidad tecnológica.

Viviane Mahieux. Profesora-investigadora de la Universidad de California, Irvine. Ha publicado la antología Una pequeña marquesa de Sade: crónicas selectas 1921-1947, por Cube Bonifant y Urban Chroniclers in Latin America: The Shared Intimacy of Everyday Life.