Otra versión
del fusilamiento de Maximiliano

El Monitor Republicano,
17 de julio de 1885

Las versiones que acaba de publicar en su libro Voyage au Mexique el viajero francés Mr. Jules Leclercq están destinadas a destruir una parte de las leyendas que envuelven los últimos momentos del desgraciado emperador Maximiliano. En cambio, tendrán la ventaja de restablecer la verdad histórica.

Entre otros documentos, Mr. Leclercq cita la siguiente narración que le fue dictada por el canónigo Soria (fallecido hace pocos meses), confesor de Maximiliano, grande entusiasta del emperador, y de quien éste decía: “Yo soy quien tengo que consolar a ese buen sacerdote y no dejarle abatirse por completo”.

“La noche antes de su muerte, el emperador escribió dos cartas, una al Papa y otra a su madre. Me las confió ambas, así como un pañuelo para su madre.

”A la mañana siguiente lo acompañé al lugar de la ejecución. El cortejo se componía de tres malos coches. Entré con el emperador en el primero, mientras Miramón y Mejía ocupaban con sus confesores los otros dos.

”Apenas habíamos salido del convento de capuchinos, cuando me sorprendió ver a Maximiliano golpearse el pecho, diciendo:
‘—Para que la sangre no me manche el uniforme, me he puesto aquí ocho pañuelos’.

”En todo el resto del camino, el emperador no hizo más que rezar y encomendar su alma a Dios. Únicamente al divisar el cerro de las campanas, exclamó:
‘—¡Ahí es donde pensaba enarbolar la bandera de la victoria y ahí es en donde voy a morir! ¡La vida es una comedia!’.

”Y después de algunos minutos de silencio, añadió:
‘—¡Qué hermosa vista! ¡Y qué hermoso día para morir!’.

”Cuando llegamos al lugar del suplicio costaba mucho trabajo abrir la portezuela del coche.

”Entonces, Maximiliano, impaciente, saltó por la ventanilla del coche quitándose el sombrero.

”Me entregó el crucifijo, abrazándome; abrazó igualmente a Miramón y a Mejía; distribuyó varias monedas de oro a los soldados que iban a fusilarle, y luego con voz robusta, pronunció en español estas palabras:
‘—Yo perdono a todos y pido que todos me perdonen, y pido que la sangre mía que se va a derramar sea para bien de México. ¡Viva México! ¡Viva su independencia!’

”En seguida se colocó la mano en el pecho indicando el sitio a donde habían de apuntar los soldados. Resonó el tambor, y ante los 4,000 hombres formados, se proclamó que cualquiera que levantase la voz en favor de los reos, sería condenado a igual pena que ellos. Ni un murmulló se oyó entre la inmensa muchedumbre que se agolpaba detrás de las tropas.

”A una señal dada, los tres pelotones hicieron fuego. Miramón y Mejía cayeron en el acto. Pero Maximiliano no murió de la primera descarga, y lanzó tres gritos de dolor. Entonces le dieron el golpe de gracia”.

Como puede verse, todo eso varía bastante de lo que hasta ahora se había dicho. El canónigo Soria niega igualmente que Maximiliano cediera a Miramón el puesto de honor en el suplicio pronunciando las palabras que se le atribuyen (“Un hombre valiente merece el respeto de su soberano; ocupe vd. el puesto de honor”). Dice que todo fue obra de la casualidad.

La mayor parte de los historiadores ha dicho también que Maximiliano, antes de morir lanzó la exclamación de ¡Pobre Carlota! Y añaden que sacando del reloj el retrato de la emperatriz, lo besó y lo entregó a su confesor, encargándole lo mandara a ésta, diciéndole que el último pensamiento de su marido había sido para ella.

Todo esto lo niega el canónigo Soria, quien afirma que Maximiliano murió en la convicción de que la emperatriz le había precedido en la tumba, y que así se explica que entre los recuerdos que dejó no hubiese ninguno para Carlota.

En cambio resulta confirmado que el deseo de que no le tiraran a la cabeza, sino al pecho, nació de Maximiliano mismo, que quería conservar intacto el rostro para que su madre pudiera luego reconocer su cadáver.

Selección: Héctor de Mauleón