Ahora no. La escritura no es un fin, sino una manera de transitar. No tiene forma fija. Las manías complicadas me provocan curiosidad, pero mi austeridad es casi franciscana: una Pilot azul extrafina y una libreta. El olor de tinta y hojas, los vaivenes de la caligrafía, el cansancio de la mano: así sé que en efecto estoy haciendo algo. Las primeras versiones de casi todo están en papel. La computadora aparece de la segunda en adelante.

En Monclova, con un ventilador a diez centímetros de la espalda, un vaso con refresco y hielo entre las piernas, sudando de todos modos. En la ciudad de México, de madrugada, con la televisión encendida, en la mesa del comedor. Recostado sobre mi lado izquierdo, en la cama, mientras mi hija recién nacida dormía su siesta. Una anotación rápida a media acera. En el hotel, la central camionera, el aeropuerto (pero pinto mi raya: nunca en cafecitos de la colonia Roma defeña). Dondequiera que ese “núcleo de necesidad” (que dice Houellebecq que uno está siempre gestando/aguardando) se insinúe, asome, o de plano me asalte.

Luis Jorge

A veces escucho música. A veces no. Un artista, un álbum, una época, una sola pieza. Suelo repetir mi selección hasta el cansancio, hasta que se vuelve un tapiz de sensaciones, un oleaje que me sostiene. “Ballad of the Absent Mare” de Leonard Cohen, “La jaula de oro” de Los Tigres del Norte, “Drive my Car” en versión de Sir Paul, el “Adagio” de Albinoni, “Kiko and The Lavender Moon” de Los Lobos, “Nieves de enero” de Chalino Sánchez. Han sido el riel sobre el que monto la escritura. Sabrá Dios si se note.

Del poema al ensayo a la novela al cuento a la reseña. Modos distintos de investigar la realidad (Vila-Matas, aprox.). Los peregrinos del Camino de Santiago se gritaban “ultreia”, “vamos más allá”, para animarse entre sí.

Así: más allá: a lo que todavía no sabemos.

La disciplina es la administración de uno mismo. Es lo que me queda de cuatro años y medio de universidad, y esa lección no venía en los libros. Pero la idea de trabajar bajo horario y agenda ajenos me produce una incomodidad infranqueable. La presión de la escritura no debe estar supeditada a otros apuros. Es como si te pidieran correr los cien metros planos pero con calzado de payaso. ¿Para qué mezclar? La presión impuesta me paraliza. Sólo sé manejarla cuando la moldeo a mi manera. Por eso paso sin ver de grupos, manifiestos y polémicas (vuelo sin escalas hacia el más completo patanismo).

Hace poco me preguntaron si formaba parte de una mafia. Si es así, respondí, estamos bastante desorganizados. Cuando un texto va encaminado me gusta acumular tiempo y arrojarme a su amplitud como un pato millonario sobre su piscina de centavos. Tener horas y horas por delante. No me pongo metas, pero si avanzo de forma considerable me siento un mejor sujeto. Cuando esto no es posible, escribo entre salidas, llamadas telefónicas y todos los deberes del pagano. No creo en eso de que el artista debe aislarse para crear. El que espera la beca para escribir no es escritor, es un becario. La vida es una pista de comando, un bufé de distracciones. La escritura se sobrepone a todo esto, resiste, y aporta un sentido.

Once libros publicados. Hay quien me dice que me tome un descanso. Lo hago. No escribo todos los días y no me preocupa. Escribir es una parte de mi vida, y no la más importante. A veces tomo notas, espío, hago mapas, me documento mínimamente. Y leo. Mucho. Cultivo, sin afán, el “núcleo de necesidad”.

Me gusta mi trabajo (o vocación, depende del humor), sentir que libro atolladeros y alcanzo metas. Escribir puede representar un esfuerzo pero no un sufrimiento. Me da, sobre todo, la satisfacción del trabajo terminado y (dejémoslo así) bien hecho. Soy el hijo de un obrero y soy un obrero.

Que trabaja con palabras: un obrero.

¿Ahorita…? Escribo sobre una mesa de concreto con manchas secas de grasa, sentado en un banco largo de concreto: área de asadores del balneario de Congregación Santa Gertrudis, pueblo coahuilense donde hay un ojo de agua. Luego de media hora de carretera, un remojón más o menos exprés y una comida de pollo asado.

¿Para qué mentir? Cuando estoy en Monclova tengo la impresión de que las ideas fluyen con mayor soltura, los callejones escriturales se abren, el work in progress de veras progresa. Nada es más fácil, pero todo gana presencia. El aire alrededor de las cosas se aclara. El cielo se ve despejado, aunque vaya a llover. El cerro está igual de lejos que siempre, tiene las mismas piedras y espinas. Será una bronca subirlo, se llevará su tiempo, no será en línea recta.

Pero el aire es transparente. Ultreia. Se puede ver.

Luis Jorge Boone.
Poeta y narrador. Es autor de Las afueras, La noche caníbal y Los animales invisibles.