Arquitectura. El arquitecto Edward Hollis presenta así su libro La vida secreta de los edificios (traducción de María Cóndor, Siruela, 2012): “Este es un libro de cuentos sobre la vida que llevan los edificios, en cuyo transcurso todo se transforma en ‘algo rico y extraño’ […]”. El propósito de Hollis al escribirlo fue revelar la intimidad de 13 monumentos: el Partenón, la Basílica de San Marcos, la iglesia/mezquita Ayasofía, la Santa Casa de Loreto, la Catedral de Gloucester, la Alhambra, el Templo Malatestiano de Rímini, el Palacio de Sans-Souci en Postdam, Notre Dame, los Hulme Crescents de Manchester, el Muro de Berlín, el resort The Venetian en Las Vegas, y el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén.

Blues. “La pianola divide la oscuridad/ en dos caballos. El viejo blues/ silba y el dolor que no tengo/ se parece al dolor./ ¿Por qué se mete en mi dolor, quién dijo/ que puede entrar otro dolor/ a los esclavos del algodón que cantan?/ Es viejo todo esto./ Rostros perdidos en el tiempo/ para que el tiempo tenga rostro”: Juan Gelman, Poesía reunida, vol.II, FCE, 2011.

Cerilla. “Mientras la cerilla descansa en la caja, en paz y sin utilizar, no posee especial valor. Pero un buen día la sacan de allí, la aprietan contra la superficie del raspador, frotándolo con su pobre, buena, querida cabecita hasta que se prende fuego, entonces arde y se consume […]. Cuando la cerilla se alegra de su destino, muere, y cuando despliega su importancia, perece. Su alegría vital es su muerte, y su despertar, su final. Cuando ama y sirve, se desploma sin vida”. “Ceniza, aguja, lápiz y cerilla” es uno de los textos de Robert Walser, hasta ahora inéditos, que se reúnen en Sueños. (Traducción de Rosa Pilar Blanco, Siruela, 2012.)

Devoradores. En “Los devoradores de piedras preciosas”, el poeta irlandés W. B. Yeats cuenta un sueño: “Un día vi borrosamente un inmenso pozo de negrura, alrededor del cual corría un parapeto circular, y en este parapeto estaban sentados innumerables monos comiendo piedras preciosas que salían de las palmas de sus manos. Las piedras relucían verdes y carmesíes, y los monos las devoraban con un hambre insaciable. Sabía que estaba viendo en ello mi propio Infierno, el Infierno de los artistas, y que cuantos buscaron lo bello y lo maravilloso con una sed demasiado ávida perdieron la paz y la forma y se hicieron informes y vulgares”. (Mitologías, traducción de Javier Marías, Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García, Acantilado, 2012.)

Escribir. James Joyce fue durante años profesor de inglés, y muchos otros escritores también ejercieron diversos oficios por necesidad o por gusto: Maxim Gorki fue ayudante de cocina; Dashiell Hammett, investigador privado; Raymond Chandler, contador; George Orwell, lavaplatos; Charles Bukowski, cartero; Boris Vian, trompetista; Paul Claudel, cónsul; Paul Morand, diplomático; André Malraux, ministro; Franz Kafka, agente de seguros; T.S. Eliot, empleado bancario. Esta fase de sus vidas la cuenta Daria Galateria en Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, traducido por Félix Romero y publicado por Impedimenta.

Furia. Así describió esta pasión Charles Darwin hace 140 años: “La furia se manifiesta de muy diversas maneras. El corazón y la circulación están siempre involucrados; la cara se enrojece o se pone morada; las venas de la frente y el cuello se distienden, pero en ocasiones la furia impide a tal grado actuar al corazón que el semblante se vuelve pálido o lívido y no pocos hombres enfermos del corazón han caído muertos bajo esta poderosa emoción. La respiración también se ve afectada; el pecho se hincha y las fosas nasales se dilatan. La excitación del cerebro da fuerza a los músculos y energía a la voluntad. El cuerpo suele estar erguido, listo para actuar, pero algunas veces se inclina hacia el ofensor, con las extremidades rígidas. La boca suele estar cerrada con firmeza, mostrando determinación, y los dientes, apretados. Es común levantar los brazos con los puños apretados, como para pegar. Este deseo se vuelve tan imperioso que los objetos se estrellan en el suelo, en medio de gestos erráticos y frenéticos”: La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872).

Gajes del oficio. En “El arte a la luz de la conciencia” la poeta rusa Marina Tsvietáieva aclaró: “Mis obras siempre me escogieron por la señal de la fuerza, y con frecuencia las escribí casi en contra de mi voluntad. Todas mis obras rusas son así. Algunas cosas de Rusia que querían ser expresadas me eligieron a mí. Y me han convencido, me han seducido —¿con qué? Con mi propia fuerza: ¡sólo tú! Sí, sólo yo. Y rindiéndome —en ocasiones con los ojos bien abiertos, en otras a ciegas— me sometía y buscaba con el oído la lección auditiva que llegaba. Y no era yo quien de cien palabras (¡no la rima! en la mitad del verso) elegía la ciento una, sino ella (la obra), que rechazaba todas esas cien palabras: yo no me llamo así”. (Paisaje caprichoso de la literatura rusa. Antología, traducción, selección y notas de Selma Ancira, prólogo de Juan Villoro, FCE, 2012.)

Internet.
El escritor español Andrés Trapiello, autor del blog Hemeroflexia, al que él prefiere llamar almanaque, dice de su experiencia en la red: “Contra lo que puede parecer, en internet es bastante difícil llamar la atención precisamente porque hay muchos queriendo hacerlo. La posibilidad de que en internet puedan leerlo a uno tantos y el hecho de que lo hagan muchos menos, a algunos les causa una gran melancolía y a otros los enloquece. Lo mejor en todo, si se es escritor, esa es mi impresión al menos, es hacer como que habla uno para el cuello de su camisa. Si hay alguien cerca que lo oye, bien, y si además quiere escucharlo, mejor. Si no, no hace uno el ridículo gritando en el vacío”.

Kennedy. En su novela 4 para Lulú (Alfaguara, 2012) Víctor Manuel Mendiola evoca el mundo de la infancia en una colonia tranquila y arbolada de una ciudad de México ya remota; los olores y sensaciones de la niñez, y una ocasión especial: el asesinato de John F. Kennedy: “Las niñas suben a una de nuestras ramas preferidas —ellas, allá arriba, con su escándalo de aves, nosotros abajo mirando sin poder dejar de ver el relámpago de los colores blancos o rosas abajo de sus faldas. Ellas tratan de cubrirse, pero no pueden cuando tienen que sujetarse—. De pronto nos quedamos azorados por un estruendo de puertas y ventanas abiertas. Muchas mujeres están asomadas a la calle o de pie en los balcones de las casas con un gesto de angustia y llanto. No alzan los brazos, pero parece que los elevan con las manos abiertas contra el cielo, como los cuernos de un alce, y repiten una frase cargada de una sucesión de sílabas agudas: —Mataron a Kennedy”.

Luna. “Todos SOMOS una luna y tenemos un lado oscuro que no mostramos a nadie”: Mark Twain.

Máquinas. Ahora hay máquinas expendedoras de libros en el metro de Milán que ofrecen a la venta algunos best sellers como los de Ken Follet o John Grisham y algunos títulos ya clásicos como El principito de Saint-Exupéry y Gomorra de Roberto Saviano, en ediciones de bolsillo y al mismo precio que en una librería. También en Pekín recientemente se colocaron máquinas que ofrecen en préstamo 300 títulos. El lector debe devolver el libro en un máximo de cuatro semanas en la misma máquina o en una biblioteca municipal para recuperar su dinero. El éxito ha sido tal que el gobierno pretende duplicar pronto el número de máquinas.

Novela.
En entrevista para Le Magazine Littéraire, Claudio Magris comenta: “Ya no es posible escribir las novelas tradicionales. La crisis del siglo XIX llevó a Kafka, Svevo, Proust, Musil, Faulkner a transformar la novela. Victor Hugo podía utilizar el mismo lenguaje para contar Los miserables y para escribir contra “El pequeño Napoleón”. Eso ya no se puede hacer. […] Comencé a escribir A ciegas como una novela lineal. No funcionó: no se puede contar con orden y armonía una historia caótica y delirante. En esa novela, cada parcela de verdad está corregida por su contrario: cuando tenemos la impresión de alegría, inmediatamente se insinúa la melancolía, y no solamente en el corazón, sino también en la sintaxis”.

Objeto. Hay objetos que olvidamos y nos devuelven los libros. Esta vez el detonador de la memoria fue La delicadeza, de David Foenkinos: “Se sacó entonces del bolsillo el dispensador de caramelos Pez, y, al instante, el padre sintió la misma emoción que su hija. Ese pequeño objeto los remitía al mismo verano. De repente, su hija tenía ocho años. Nathalie se acercó entonces a su padre, delicadamente, para apoyar la cabeza en su hombro. Había en los Pez toda la ternura del pasado, todo lo que se había dilapidado con el tiempo también, no brutalmente, sino de manera difusa. Había en los Pez el tiempo de antes de la desgracia, el tiempo en que la fragilidad se resumía a una caída, a un arañazo. (Traducción de Isabel González Gallarza, Seix Barral, 2011.)

Paternidad. La extrañeza de ser padre por un embarazo no buscado es uno de los temas que toca con extrema sensibilidad Andrés Barba en su novela Ha dejado de llover (Anagrama, 2012). “Cada vez que lo veía le parecía a un tiempo un niño totalmente distinto y el mismo niño idéntico. Cada vez que lo veía le llevaba un regalo nuevo que sólo parecía apropiado para el niño anterior, el niño que había sido la última vez que lo había visto. Como no sabía qué preguntarle le hacía preguntas convencionales a las que Antón contestaba de memoria, como la tabla del ocho. Los dos lo pasaban mal, pero los dos deseaban verse”.

Recienvenido. Es el nombre de la nueva serie que dirige Ricardo Piglia y publica el Fondo de Cultura Económica. Piglia, mediante su selección y sus prólogos, se propone presentar grandes obras de la literatura argentina. Los dos primeros títulos resultan atractivos con tan sólo leer sus principios: “Comienza a escribir una historia que no la deja: querría olvidarla, querría fijarla. Quiere fijar la historia para vengarse, quiere vengar la historia para conjurarla tal como fue, para evocarla tal como la añora”: En breve cárcel, de Sylvia Molloy. “Nanina era el angelito de los niños que nosotros fuimos. Ilusorio, porque nuestra amistad con el Diablo era cosa probada por nuestros padres y aprobada por nosotros. Ella y el abuelo tenían la misma manera de escurrir el tiempo, de ocupar un espacio compacto y silencioso. Y el abuelo murió y Nanina no”: Nanina, de Germán García.

Septiembre. En su novela El último tango de Salvador Allende el escritor Roberto Ampuero escribe: “Hoy, después de trabajar, me dirigí en taxi al centro histórico de la capital [Santiago de Chile], la zona que en los setenta albergaba las sedes de los bancos y grandes empresas, los mejores bufetes de abogados y restaurantes, y que comenzó a decaer en los ochenta. Fui hasta el palacio de La Moneda, una mole neoclásica, gris, pesada y algo monótona, que contemplé durante largo rato desde sus cuatro costados sin poder apartar de mi mente la imagen en que aparece envuelta en llamas y humo mientras la bombardean aviones de la Fuerza Aérea, el once de septiembre de 1973. Aunque pasen los años, para mí y el mundo, La Moneda sigue envuelta en llamas y humo, y dentro de ella siguen combatiendo Allende y su gente. Cuando salí discretamente de este país llevándome a mi familia de vuelta a Estados Unidos, aún humeaban sus ruinas”.

Tiempo.
“7 de noviembre de 1957. Como en un par de días se hará la mudanza, ayer estuve revolviendo toda clase de papeles viejos. Y me encontré con una agenda de bolsillo del año 1950. Anotado el 14 de octubre encontré lo siguiente: Ingeborg. Es el día que llegaste a París. El 14 de octubre de 1957 estuvimos en Colonia, Ingeborg. Ay, relojes bien adentro de nosotros. Paul”. Tiempo del corazón. Correspondencia. Ingeborg Bachmann-Paul Celan es el testimonio de una relación de 20 años entre ambos poetas que pasó por el amor, la separación, la culpa, la reconciliación, la amistad, y el tormento que impuso la vida literaria del momento al poeta alemán que terminó por ello sus días suicidándose en el Sena. (Traducción de Griselda Mársico y Horacio Zabaljáuregui, FCE.)

Urbes. “La ciudad ha triunfado. Sin embargo, como muchos sabemos por experiencia, a veces las vías urbanas, pese a estar pavimentadas, parecen conducir al infierno. Puede que la ciudad gane, pero a menudo sus ciudadanos pierden. Toda infancia urbana está conformada por una avalancha extraordinaria de personas y de experiencias: algunas, como la sensación de poder que le confiere a un preadolescente viajar solo en metro por primera vez, son deliciosas; otras lo son menos, como presenciar un tiroteo en un entorno urbano por primera vez”. En El triunfo de las ciudades (traducción de Federico Corrientes, Taurus, 2011) el economista urbano Edward Glaeser reivindica estos lugares en los que vive más de la mitad de la población mundial.

Veneno. Para explicar algunos asuntos cotidianos relacionados con la astronomía, la astrología, la geología, la radioactividad, etcétera, el divulgador Sergio Régules se vale de anécdotas y rumores ilustrativos y divertidos como este con el que inicia el tema del humor científico: “Se cuenta que cierta dama le dirigió a Winston Churchill estas ásperas palabras: ‘Si usted fuera mi esposo, le pondría veneno en el té’, a lo que el político británico, célebre por no tener pelos en la lengua contestó sin chistar: ‘Pues si usted fuera mi esposa, me lo bebería con gusto’”. (La mamá de Kepler y otros asuntos científicos igual de apremiantes, Ediciones B, 2012.)

Zoofilia. Rocío Barrionuevo lleva años escribiendo sobre “usos y costumbres eróticos”, como subtitula a su reciente libro Juegos de alcoba, en esas páginas recorre con rigor la historia y la literatura para seguir averiguando sobre los placeres sexuales, y aunque pensemos que no hay nada nuevo bajo el sol, el libro no deja de asombrarnos por lo que ya sabemos y por lo que no sabíamos: “‘En primer lugar las mujeres prefieren a los cerdos, porque se pueden domesticar con facilidad. Bañados y hasta perfumados con esencias afrodisiacas, la mujer puede metérselos entre las piernas, para frotar sus partes generosas contra el cuero áspero del animal’, asegura el novelista Clement Arnay, en Discursos festivos (1665), quien también garantiza que si ‘aguantan los chillidos de las bestias, no hay gozo comparable en la Tierra’”.

Delia Juárez G. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.