Los debates entre los defensores del socialismo y sus críticos (por ejemplo, el célebre intercambio entre Carlos Monsiváis y Octavio Paz de 1978) me parecían un capítulo subsidiario del conflicto ideológico global. Una importación metropolitana. La pasión y los temas de la Guerra Fría habían colonizado el debate intelectual en México.* Del enfrentamiento entre intelectuales de izquierda y “liberales” no se desprendía, argumenté, ninguna consecuencia de peso para la realidad mexicana en ese momento. Ninguna de esas posiciones involucraba una solución para conducir un cambio político real: era una Gran Distracción. También hice una evaluación crítica de la generación del 68: su producción intelectual no había estado a la altura de las expectativas que generó el movimiento estudiantil.

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Nada me ha hecho dudar tanto de esas ideas como el nuevo libro de Carlos Illades, La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México 1968-1989 (Océano, 2012). Illades intenta mostrar la vitalidad del debate intelectual de esa época en los círculos socialistas tomando como muestra tres revistas: Historia y Sociedad (1965-1981), Cuadernos Políticos (1974-1990) y Coyoacán (1977-1985). Según Illades, “nos vendría bien repasar crítica y detenidamente aquellos años intensos y creativos, tan próximos en el tiempo como distantes conceptualmente, cuando, antes de la derrota, todo parecía posible”. Ninguna de esas revistas sobrevivió al colapso del socialismo real. Sin embargo, propone el autor, “contribuyeron significativamente tanto a la discusión pública como al desarrollo de la ciencia social mexicana”. Hay un innegable aire melancólico en este ejercicio de la memoria. Pero también hay un anhelo de hacer justicia. Contra lo que opinamos muchos críticos, Illades se empeña en demostrar que el debate intelectual de la izquierda no era pura imitación metropolitana ni sumisión acrítica al dogma y la doxa emanadas de Moscú o La Habana. Había una izquierda heterodoxa y creativa, que cuestionó vigorosamente, desde varias posiciones, al socialismo burocrático de la URSS y el bloque socialista. Los intelectuales de izquierda hicieron contribuciones originales a la comprensión de la historia de México (Enrique Semo, Adolfo Gilly, Arnaldo Córdova), la economía de los países dependientes (Ruy Mauro Marini), la filosofía (Bolívar Echeverría), la cultura (Roger Bartra) y la política (Carlos Pereyra). La derrota no debe nublar el registro del pasado. Y tiene razón. Del legado del 1968 afirma: “cierto o no, la izquierda intelectual que surgió de aquellas jornadas… incorporó nuevos elementos al análisis, precisó los problemas y refinó las herramientas teóricas consiguiendo reordenar los términos de debate cuando menos por dos décadas”.

El libro abre con una provocadora cita de Eric Hobsbawm: “el liberalismo político y económico, por separado o en combinación, no pueden proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI. Una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx”. Y en el epílogo afirma: “la libertad no basta si escasean el pan y el trabajo para muchos, ni la democracia puede arraigar en medio de la desigualdad extrema. No es tampoco tal con una ciudadanía menguada o inexistente. Mientras esto ocurra, la izquierda será necesaria”. Esta convicción dual sobre la necesidad de la izquierda y la insuficiencia del liberalismo anima el rescate de textos olvidados, sepultados, por el naufragio de 1989. ¿Qué es lo que hemos pasado por alto y borrado del registro intelectual y político del periodo? Según Illades, “la renovación del marxismo con la difusión de la teoría crítica alemana, el estructuralismo francés, la historia social británica, la teoría de la dependencia latinoamericana y la recuperación del legado gramsciano ofreció el marco conceptual para reinterpretar la realidad nacional y la crisis del socialismo soviético, en tanto que la teorización acerca de la política y el Estado, reconocida como debilidad orgánica del pensamiento marxista, sirvió para tomar posición con respecto a la democracia que cerraba un ominoso decenio de dictaduras militares en América Latina”.

Historia y Sociedad fue una revista que convocó a intelectuales del Partido Comunista y que se abstuvo de criticar a los países del bloque soviético. Buscaba conciliar el conocimiento científico con el compromiso político. En sus páginas se ventiló “el marxismo doctrinario con los aires de la historiografía francesa”. Cuadernos Políticos “reunió a intelectuales de procedencia diversa, aunque todos contrarios al comunismo oficial y varios de ellos también al leninismo”. Las contribuciones abarcaron la filosofía, las ciencias sociales y la historia. Difundieron el marxismo occidental. Por su parte, Coyoacán fue la revista de los trotskistas, “enemigos del estalinismo, pero defensores de la Revolución de Octubre cuya experiencia intentaron infructuosamente universalizar”. Es interesante el hecho, señalado por Illades, que a pesar de sus desacuerdos teóricos y políticos, estas revistas nunca debatieran entre sí. Es revelador de una cultura intelectual que, al parecer, no incluía la confrontación directa de las ideas.

La cuidadosa reconstrucción intelectual de Illades revela los temas que ocuparon a los autores de estas publicaciones. Historia y Sociedad se creó al amparo del PCM, tiraba cinco mil ejemplares y tuvo dos épocas (1965-1970/1974-1981). Como señala Illades, los autores mexicanos se interesaron “en el desarrollo del capitalismo nacional y el modo de producción asiático en las formaciones sociales periféricas”. También ocuparon un lugar importante “la crítica del dependentismo y la cuestión agraria, los movimientos sociales y las revoluciones burguesas en América Latina”. Althusser fue una influencia muy importante, y los historiadores elaboraron los conceptos de “formación económica social” y articulación “de los modos de producción”. Illades analiza a detalle las contribuciones de los intelectuales ligados a la revista. Sin embargo, es imposible ignorar que buena parte de lo que se publicó ahí pertenece a una escolástica marxista caduca. La excepción es, me parece, el análisis cultural y antropológico de Roger Bartra, que sobrevivió admirablemente el descalabro del materialismo histórico y la ciencia social marxista. Lo otro simplemente no envejeció bien. No tenía que ser así. En otras latitudes el marxismo ha persistido en las críticas de sus historiadores al nacionalismo y a la cultura. Pienso en el trabajo de los hermanos Anderson (Bendedict y Perry), Eric Hobsbawm y Russell Jacoby. Sus libros no están críticamente datados, como las discusiones bizantinas alrededor del althusserismo o el dependentismo que describe Illades. Sobre todo, sus alcances son tales que son reconocidos aun por lectores no marxistas.

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En el recuento de Illades Coyoacán parece reducirse básicamente a la obra de Adolfo Gilly. Su caracterización de la Revolución mexicana como una revolución interrumpida fue ciertamente un esfuerzo original e interesante de aplicación del enfoque trotskista a la historia de México, ampliamente reconocido, incluso por Octavio Paz, pero no parece haber mucho más. El capítulo dedicado a esta publicación es bastante breve. Otra historia fue Cuadernos Políticos. Según Illades, “la democracia en América Latina, México y el bloque socialista, y la alternativa a la dominación del capital resumieron las preocupaciones de una izquierda intelectual cosmopolita por procedencia y vocación”. Comenzó a circular en julio de 1974. Las certezas que animaban a esta revista eran: “el resurgimiento del marxismo como teoría crítica, el ascenso de la revolución mundial, la necesidad de pasar a la praxis social dentro de un nuevo ciclo histórico inaugurado por la Revolución cubana, la ruptura con el dogmatismo y la asimilación crítica de la experiencia chilena”.
Cuadernos Políticos se publicó por 16 años, hasta 1990. Creo que la figura más importante que, como Bartra, se logró elevar por encima de las limitaciones teóricas del marxismo fue sin duda Carlos Pereyra, fallecido prematuramente. Pereyra rescató la importancia de la democracia y comenzó un acercamiento hacia el liberalismo que la muerte truncó. Pereyra también fue un crítico de la violencia aventurera de la ultraizquierda. Trascendió la dicotomía democracia formal/real que era un artículo de fe para buena parte del marxismo. En efecto, para Pereyra la democracia “es formal en tanto se refiere a formas y mecanismos reguladores del ejercicio del poder político; soberanía popular y sufragio libre y universal son sus componentes fundamentales, además de todo el conjunto de las libertades políticas de opinión, reunión, prensa, expresión, etcétera. Asimismo, la democracia favorece la participación popular en la sociedad política y en la sociedad civil, a través de sus organizaciones y permite el control y vigilancia, por parte de la sociedad de las decisiones públicas tomadas en los órganos de dirección política…”. Uno sólo puede especular sobre cómo habría evolucionado Pereyra ideológicamente en los años posteriores a la caída del muro de Berlín. Probablemente el siglo XXI lo habría encontrado alejado de quienes durante décadas fueron sus compañeros de viaje. Illades no sólo reconoce a Pereyra, también le parece de capital importancia la obra de otros intelectuales como Bolívar Echeverría y Ruy Mauro Marini. Sin embargo, contra lo que señala Illades, no creo que tengan la misma importancia de Pereyra.

La pregunta persiste: ¿hubo entre 1968 y 1989 una izquierda intelectual que no cabía nítidamente en las categorías que Héctor Aguilar Camín ha propuesto para la izquierda mexicana: revolucionaria, comunista, estatista y nacionalista y utópica clásica? Y por qué, de ser así, ha sido ignorada, borrada del recuento intelectual de la época. ¿Es mera ceguera liberal? La marginalidad no puede ser la explicación. Aunque ahora el marxismo aparece como una teoría social fracasada, durante muchas décadas las universidades abrevaron de él. Estas revistas no estaban al margen de la cultura intelectual de su época; por el contrario, participaban de una hegemonía ideológica indisputable en el medio intelectual universitario. Tal vez ése fue parte del problema: la universidad. Pertenecieron a un mundo académico ensimismado, en sus temas y en su jerga. Por eso, a pesar de intenciones declarativas al contrario, no pudieron permear más allá de los reducidos muros del campus, como sí lo hicieron los suplementos y otras revistas de la época como La cultura en México, nexos y Plural. Por eso no registran en las discusiones intelectuales y políticas más amplias. El historiador intelectual del periodo bien puede pasarlas por alto al no encontrar ecos de ellas en la prensa que leían los universitarios, sí, pero también un público más amplio. Su invisibilidad no sólo es responsabilidad del observador incauto. Ese grado de autismo se vio constatado por la ausencia de reflexión crítica sobre el colapso del socialismo. Como señala Illades, “poco escribió la izquierda intelectual del país acerca del derrumbe socialista, ni siquiera quienes esperaron durante medio siglo la revolución antiburocrática o bien la liberación del discurso crítico de la cárcel soviética”. En efecto, “trepada en el carro de la Revolución mexicana, la izquierda socialista evitó hacerse cargo de las exequias de la Revolución de Octubre”. Ese descuido, creo, es revelador de la forma como estaba constituida la izquierda marxista.

No parece que las sesudas disquisiciones teóricas y los análisis discutidos en este libro hayan logrado transformar el pensamiento de la izquierda actuante que finalmente encontró su salvación no en la venerable tradición del socialismo, sino en la fusión con el nacionalismo revolucionario. Tampoco parece haber sido un antídoto eficaz contra la peculiar metamorfosis de los marxistas huérfanos en indigenistas multiculturales. Un principio noble de la ilustración nutrió los debates intelectuales que Illades recupera con enjundia y tristeza en su libro: el universalismo. Un patrimonio que los herederos de Historia y Sociedad, Coyoacán y Cuadernos Políticos parecen haber dilapidado. Por ello, La inteligencia rebelde es indispensable para la memoria de la izquierda, pero no sólo de la izquierda.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.

* José Antonio Aguilar Rivera, La sombra de Ulises: ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, Miguel Ángel Porrúa/CIDE, México, 1998.