Una de las cualidades de Friedrich Katz fue su compromiso con el esfuerzo colectivo. Entendía su propio trabajo a la vez como una labor absolutamente personal, y como trabajo compartido. Por eso Katz formaba estudiantes, organizaba y asistía a conferencias, recomendaba colegas, leía y comentaba trabajos, daba clases, discutía en lo privado y hacía presentaciones públicas.                   

Toda aquella actividad fue generando una comunidad intelectual, con al menos algunas preguntas compartidas, algunos referentes conceptuales y empíricos en común, y con un compromiso explícito con la investigación documental directa. Friedrich Katz habitó una comunidad que él, quizá más que nadie, ayudó a inventar.

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Para mi gusto, el espíritu en que Friedrich se entregó a esa vida colectiva queda expresado de forma penetrante en un detalle aparentemente mínimo, que es la dedicatoria de su libro sobre Pancho Villa.

Esa obra monumental, que ocupó a Katz durante más de 20 años, está dedicada a Daniel Nugent. ¿Quién fue Nugent? Algunos de ustedes lo conocieron. Daniel Nugent fue uno de los estudiantes doctorales de Katz en la Universidad de Chicago. Era antropólogo, como yo, y guiado en parte por Friedrich, en parte por otros maestros notables, así como también por sus propias ideas y obsesiones, realizó una antropología histórica de Namiquipa, Chihuahua, uno de los pueblos que estuvo en el epicentro del movimiento villista.
Ahora bien, aunque Nugent fue realmente brillante, no fue ni el primero ni el último estudiante de Katz que haya trabajado en esa región, ni tampoco se puede decir que su trabajo haya dado origen al proyecto de Katz, ni que su obra por sí sola haya dado pie a que Friedrich concluyera su libro. La obra de Nugent fue innovadora, sin duda, pero desde el punto de vista del proyecto y los intereses de Katz, representaba tan sólo una pieza del rompecabezas. Y, siendo así las cosas, Friedrich le dedicó a Nugent un libro que había comenzado años antes siquiera de conocerlo, y que terminó años después que Nugent terminó su tesis doctoral.

¿Por qué lo hizo? Fue porque Daniel Nugent había muerto joven, y porque con su muerte la comunidad que habitaba Katz había perdido una de sus luces más brillantes. Con esa dedicatoria Katz hacía honor a Nugent, desde luego, pero también al aspecto fundamentalmente colectivo de su propio trabajo.

En ese mismo espíritu colectivista, quisiera honrar a Friedrich Katz, manteniéndome fiel al compromiso de sostener la vitalidad y la salud de la comunidad de investigación que Katz ayudó tanto a formar.

La popularidad de Katz
En el momento de su muerte, Friedrich Katz era seguramente el historiador más famoso de México.

No resulta difícil amasar pruebas de esto. Katz había recibido la medalla de la Orden del Águila Azteca, que en México equivale a la Legión de Honor, cosa que demuestra que era estimado en círculos influyentes; recibió también doctorados honoris causa de varias universidades de la provincia mexicana, que podía sumar a distinciones recibidas de la Frei Universität de Berlín, y a ofertas de cátedras en Viena y Berlín. Pero más allá de la acumulación notable de distinciones académicas, era también una figura sumamente popular.

La prensa mexicana toda, sin distinción de tendencias políticas, notó y lamentó su muerte. Se publicaron docenas de artículos de opinión sobre la importancia de su obra. El Instituto Mexicano de la Radio volvió a emitir un programa de 10 días de entrevistas que habíamos realizado, en sus horarios matutinos y vespertinos. No hubo un semanario político ni revista cultural que no publicara algo en su honor. Y con todo y eso, la expresión de duelo se volcó a otros espacios, más modestos y espontáneos. Dos semanas después de fallecido, en los Días de Muertos, aparecieron retratos de Friedrich Katz en un buen número de ofrendas de colegios y universidades.

¿Cómo entender esta expresión de duelo colectivo? ¿Cómo explicar que un académico tan puntilloso como era, y para colmo autor de verdaderos mamotretos, haya conseguido esta clase de fama?

Según mi punto de vista, en Friedrich Katz la virtud y la fortuna se juntaron de una forma singular. Su personalidad en sí puede ser vista como un evento histórico, cosa que se ha expresado en el sentimiento melancólico, ampliamente compartido entre historiadores, de que su muerte marcó el ocaso de una época.

Katz escribió varios libros, pero tres de ellos marcaron hitos para la profesión: The Ancient American Civilizations (1969), The Secret War in Mexico (1981) y The Life and Times of Pancho Villa (1998). Cada uno de estos trabajos se caracteriza por dos cualidades: universalismo —manifiesto en comparaciones incesantes—, y un esfuerzo constante y consistente por aunar una historia motivada por una ética, con un compromiso escrupuloso con la verdad histórica. Curiosamente, estas dos cualidades —el universalismo y la mezcla de ética con atención puntillosa a la reconstrucción empírica del pasado— resultaron importantes para el desarrollo de la conciencia pública en México.

Su universalismo y su insistencia en la historia comparada le permitieron contribuir, quizá más que nadie, a la desprovincialización de México. Esto puede parecer poca cosa, o cosa fácil, pero de hecho no lo es. Me parece relevante reflexionar un poco en las causas de este provincianismo, y por qué ha resultado tan difícil de combatir.

Existen razones históricas que han llevado a que los mexicanos tiendan a verse a sí mismos como habitantes de una nación que tiene poca importancia más allá de sus confines. Como México está junto a Estados Unidos, su nacionalismo ha tendido a ser defensivo, antes que expansivo.

Además, a partir de fines del siglo XIX el vocablo mismo de “mexicano” se fue convirtiendo en una categoría racial, imaginada como si se tratara poco menos que de una subespecie biológica. Este proceso de racialización comenzó en Estados Unidos, en los territorios anexados a México después de 1848, donde la categoría “Mexican” se fue naturalizando, hasta que se fijó como una identidad racial. En las cárceles y en los censos de varios estados la categoría “Mexican” denotaba pertenencia a una raza específica, como lo era también la categoría de negro, o de chino. Todavía hoy, en aquel país la categoría “Mexican” se entiende primero como una identidad racial, que se corresponde con cierto físico identificable y usualmente con una posición de clase correspondiente.

Al interior de México, en la elaboración ideológica del nuevo nacionalismo de inicios del siglo XX, también se optó por una racialización del sujeto nacional, que era definido a partir de la figura mítica del mestizo. La saga nacional se contaba como la historia de la fusión de dos razas para la formación de una tercera raza, mestiza o mexicana. Por eso se puede decir que desde los años inmediatamente posteriores a la Revolución los mexicanos habían asimilado su historia a partir de una distinción naturalizada: el mexicano formaba parte una raza, por lo cual se podía decir que era biológicamente singular. Y para colmo, a nivel de la jerarquía internacional de las razas, los mexicanos ocupaban una baja posición, debatiéndose los escaños inferiores con negros, chinos y otras razas colonizadas por Europa.

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Durante el Porfiriato, las teorías raciales de las elites criollas tendían a reproducir, con algunas modificaciones más o menos sutiles, las jerarquías raciales propuestas desde Europa y Estados Unidos, en parte porque esas jerarquías justificaban su propio poder minoritario. Sin embargo, poco a poco, las teorías raciales mexicanas se fueron transformando para ser utilizadas cada vez más ya no para justificar jerarquías al interior de México, sino para imaginar una nueva nacionalidad, basada en una raza mestiza, que era vista como la ideal y mejor adaptada a las características del territorio mexicano. Así, ideólogos como Andrés Molina Enríquez imaginaban al mexicano no como una raza superior a nivel mundial, pero sí como una raza superior para el territorio mexicano. Al nacionalismo defensivo se fue correspondiendo una especie de racismo defensivo, y todo ello redundaba en más y más legitimidad para la versión de México como un lugar único, idiosincrático y peculiar.

Ese impulso ideológico a un provincianismo militante encontró luego su contraparte institucional en la escuela y la universidad mexicanas, que dieron prioridad insistente al estudio de lo que el propio Molina Enríquez había llamado “Grandes Problemas Nacionales”. Supuestamente, lo pequeño de lo nacional quedaba mitigado por lo grande de los problemas, creando un horizonte de producción de conocimiento muy encerrado detras de lo que el caricaturista Abel Quezada luego llamaría “la cortina del nopal”.

De forma interesante, Friedrich Katz se topó con este problema desde otro lado, que se podría llamar el ángulo de la discriminación colonialista. Cuando la familia Katz llegó exiliada a México, en 1940, sus padres lo matricularon en el Liceo Franco-Mexicano. Friedrich venía de haber pasado un año en Estados Unidos, matriculado en un colegio público, por lo que había tenido que aprender inglés sin entrenamiento previo; antes de eso, había tenido que hacer lo propio en Francia, y sospecho que en este tercer país sus padres habrán querido ahorrarle el dolor de tener que ingresar de nuevo a otro colegio donde tuviera que aprender todavía otra lengua más sobre la marcha. No podían meterlo en el Colegio Alemán de la ciudad de México, porque era un colegio que simpatizaba con los nazis, así es que lo pusieron en el francés.

Friedrich contaba que a su llegada al Liceo le extrañó, y después le molestó sobremanera, que no se enseñara nada de la historia de México, que la cultura de México fuera olímpicamente despreciada, y que él, con los demás alumnos del Liceo, tuviera que recitar lecciones en que se identificaban todos, colectivamente, con “nos ancêtres les gauloises”. El impulso universalista de Friedrich nació de un interés por mostrarle a los europeos que México estaba hecho de la misma tela que ellos, pero ese mismo impulso, que sin duda tuvo un impacto importante en Europa, y todavía más en Estados Unidos, tuvo también un fuerte rebote en la conciencia pública de México.

La historia comparada de Katz rompía con los complejos raciales que estaban en la base misma del excepcionalismo mexicano. En su libro de 1969 sobre las civilizaciones antiguas de América, Friedrich no sólo comparó a los aztecas con los incas, sino que alegó, además, que los aztecas se habían ido desarrollando de manera parecida a Europa Occidental, y que estaban consolidando incipientemente la propiedad privada, así como un régimen militar y de conquistas que estaba ligado al desarrollo de una amplia red comercial de larga distancia.

En lugar de representar a los aztecas como el opuesto espiritual de Europa, en la obra de Katz ambas civilizaciones tendían a converger.

Más adelante, compararía a los rancheros de Chihuahua con la experiencia de los cosacos en Rusia, y la Revolución mexicana con las revoluciones de Francia, Rusia, China, Cuba, Irán, Turquía y Vietnam. Por último, en su libro sobre el lugar de México en el conflicto de las grandes potencias durante la Primera Guerra Mundial, Friedrich Katz demostró que México era un factor estratégico en el gran juego de las potencias imperiales, y no sólo el traspatio de Estados Unidos, siempre invisible al mundo.

En México estas comparaciones fueron recibidas con curiosidad y fascinación, y frecuentemente también con un agradecimiento sincero, no sólo por lo iluminador que resultaban estos contrastes y confluencias entre la historia mexicana y otras muchas historias, protagonizadas todas ellas por gente que en teoría pertenecerían a otras “razas”, sino también porque este universalismo no provenía de la pluma de algún mexicano, que podía ser siempre sospechoso de querer agrandar a México, comparando a los aztecas con Europa, por ejemplo, o a la Revolución mexicana con la francesa, sino que, al contrario, el universalismo brotaba de un individuo que parecía el prototipo mismo de la cultura científica europea, un profesor vienés de maletín y corbata, que ocupaba cátedras en universidades en Berlín y en Chicago.

En este contexto, Katz fue admirado en México como extranjero.

Pero si Friedrich fue escuchado y respetado como un académico extranjero, es también cierto que fue querido como mexicano. Para entender cómo y por qué, es preciso considerar el segundo gran precepto de su obra: su compromiso con la justicia y la verdad.

Friedrich Katz fue un defensor de la Revolución mexicana. Creía, pese a todo, en sus logros. Así, por ejemplo, sentía que, aun con sus gravísimos defectos, la reforma agraria había sido una conquista importante. O, mejor dicho, pensaba que la Revolución mexicana había tenido dos grandes logros, la destrucción de la clase terrateniente como clase dominante de México, y la destrucción del ejército federal. Para Katz, estos dos efectos de la Revolución eran históricamente positivos, y tuvieron no poca responsabilidad en hacer de México un país algo más fluido a la negociación entre las clases, y menos vulnerable a las dictaduras militares que sus repúblicas hermanas de sudamérica.

Pero, ante todo, Friedrich Katz era cardenista. Consideraba que el cardenismo había creado una ideología bastante consistente, y que los grandes logros del periodo presidencial de Lázaro Cárdenas —la expropiación petrolera, la reforma agraria y el apoyo de México a la República española, así como su objeción a la anexión nazi de Austria— eran ejemplares a nivel mundial.

Hay un buen número de extranjeros que han admirado este o aquel aspecto de la Revolución mexicana, pero la postura de Friedrich Katz no era producto de una admiración distanciada ni platónica, sino también una reacción de sincero y muy personal agradecimiento. La política de Cárdenas lo había salvado a él y a sus padres —que eran judíos y comunistas—. El padre de Katz había apoyado la República en España —Cárdenas también lo había hecho; la patria de los Katz, Austria, les estaba vedada por el Anschluss con la Alemania Nazi, y Cárdenas se había opuesto también a aquello—. En otras palabras, la defensa que hacía Katz de la Revolución mexicana era, también, una defensa personal, cosa que hizo que se le quisiera en México ya no como extranjero, sino como mexicano.

Este reconocimiento se incrementó todavía más con los años, debido a que la admiración que Friedrich Katz sentía por Lázaro Cárdenas y por su ideología sobrevivió a la que por tantos años había sentido por el movimiento internacional comunista. Cuando dejó su puesto de profesor en la Universidad Humboldt, en la RDA, en 1968, estaba ya desilusionado con el sistema soviético. “Nadie —declaró en una de sus últimas entrevistas, con Christopher Domínguez— puede romantizar [hoy] a ese sistema”.

Pero contrario al caso soviético, y también al de muchas otras de las grandes revoluciones, la Revolución mexicana bajo Cárdenas no fue presa de un “terror” revolucionario. Había promovido la educación socialista sin procurar la persecución de todos sus “enemigos de clase”. No había buscado acabar de raíz con el mercado, sino que intentaba mejor acotarlo, limitando la propiedad privada, para beneficiar así el interés público. Además, el cardenismo aceptaba el juego democrático, cosa que era un gran valor. Y Katz explicaba cada uno de estos puntos ya no como un extranjero, que podía ser sospechoso de estar queriendo halagar para buscar algún beneficio oculto, sino como el beneficiario directo y agradecido de esas políticas.

Por último, Katz fue transformado en una especie de mexicano honorífico porque aunaba un compromiso escrupuloso con la investigación empírica a su apoyo a las demandas de justicia de la Revolución. Las historias de Friedrich no le dan un simple espaldarazo: están cargadas de datos que resultan penosos para los movimientos que él mismo respetaba, o incluso admiraba.

Una de sus anécdotas favoritas era que cuando estaba por subir a la tribuna para dar su primera conferencia acerca de Pancho Villa en la ciudad de Chihuahua, el alcalde de la ciudad le dio la cálida bienvenida y lo despachó diciendo: “Me interesa mucho el tema de su conferencia. Y para que lo sepa: Pancho Villa mató a mi abuelo”.

El compromiso de Friedrich Katz con la investigación empírica en fuentes primarias, y su insistencia en la importancia de considerar los hechos en discusiones públicas le permitió navegar campos políticamente polarizados, como el de Chihuahua, aun conservando abiertamente su propio punto de vista. Sus lectores sabían que era un hombre justo, y que procuraba ser imparcial en lo que le fuera posible. Su admiración, relativa —hay que decirlo—, a revolucionarios como Pancho Villa de ninguna manera lo llevaban a ocultar su brutalidad, ni sus limitaciones como personas privadas ni como líderes. En este sentido Katz puede ser visto como un bastión de lo mejor que puede tener la academia, que es su distancia tanto con el poder como con la popularidad; la investigación es un espacio sagrado, con sus propias reglas, que no debe nunca ser cedido a las presiones ni del poder ni a los deseos o prejuicios de tal o cual público.

La admiración que sentía por la Revolución no se fundaba en una admiración por la violencia ni por la brutalidad ni por la venganza. Partía, en vez, de un estudio minucioso del colapso del sistema que dio pie a la violencia, y luego a la dinámica interna e internacional que contribuyó a profundizarla. Esta misma dinámica —Katz lo muestra en detalle— llevó a una especie de selección social del violento, por encima del ideólogo. Figuras como Pancho Villa o Pascual Orozco, por ejemplo, surgieron como líderes por su capacidad como militares, en tanto que los ideólogos que fueron importantes al inicio del conflicto fueron marginados en la medida en que se iba imponiendo la lógica de la guerra.

Katz no era un admirador de la violencia revolucionaria, sino sobre todo un crítico del sistema que tendía a generarla, y luego, también, aunque a veces de manera secundaria, un crítico puntual de cada uno de los revolucionarios.

Dos puntos difíciles
A pesar de todas estas consideraciones, la popularidad de la obra Katz no deja de ser algo misteriosa, no por la personalidad de Friedrich, que era sumamente amable, ni por su postura como científico ante la política, sino porque, al igual que todas las obras verdaderamente grandes, la suya tiene puntos de difícil asimilación. Hay varios ejemplos de esto, pero me concentro hoy sólo en dos, a modo de ejemplo. Aclaro que quiero discutir este asunto, no porque yo desee retratar a Katz como un incomprendido, sino porque creo que su obra todavía merece estudio de parte de las nuevas generaciones.

Mi primer ejemplo es de los estudios que hizo Katz del Porfiriato (la dictadura modernizadora que duró, con una breve interrupción, de 1876 a 1911), y el segundo ejemplo discute un aspecto de su análisis de la Revolución mexicana.

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A primera vista, la mirada de Katz sobre la dictadura de Porfirio Díaz es bastante convencional: ve a Díaz como un modernizador que tuvo un papel importante en el desarrollo económico y politico de México; lo entiende, además, como un aliado de los intereses de la alta burguesía, contra los intereses populares, y como un presidente que favoreció a las clases medias durante sus primeros años, pero que luego las dejó de apoyar de manera decisiva.

Hasta ahí suena todo a la visión ortodoxa, previa incluso al revisionismo de los historiadores de los años ochenta. Pero luego comienzan los detalles, nada convencionales, el primero de los cuales es el largo aliento histórico de la mirada de Katz, quien analiza incluso a la conquista española como una guerra campesina, para luego compararla con la Independencia, y con las guerras del medio siglo hasta llegar a la Revolución mexicana.

En este marco ya más amplio, Díaz aparece como un político que continuó en la labor de sus antecesores, pero que pudo expropiar tierras de pueblos de manera más efectiva, debido sobre todo a la consolidación del Estado que permitió el ferrocarril mexicano. De pronto comienza a ser más complicado juzgar a Porfirio Díaz.

Los resultados políticos de la aceleración de la concentración de tierras durante el Porfiriato se analizan en unos estudios no muy conocidos, pero importantes, que hicieron Katz y sus estudiantes de la Universidad Iberoamericana, y que publicaron en 1981, sobre las rebeliones campesinas de 1892-1893. Esas revueltas, que sucedieron cerca de la tercera reelección consecutiva de Porfirio Díaz, tuvieron muchos focos a lo largo de todo el país, pero por el estado de las comunicaciones de entonces estuvieron desconectadas unas de otras. Por lo general fueron revueltas que tuvieron también algún apoyo de elementos de las elites locales, que se encontraban a disgusto con la concentración del poder central.

La importancia y amplia dispersión geográfica de las revueltas de 1892 llevaron a Díaz a modificar sus estrategias de alianzas de clase. Buscó, como solución, por una parte, una represión implacable contra los revoltosos campesinos, y por otra un nuevo trato con miembros de las elites regionales, por ejemplo Luis Terrazas en Chihuahua o Diego Álvarez en Guerrero, un trato donde Porfirio Díaz les dejaba a estos personajes mano libre para acrecentar sus fortunas, beneficiándose de los ferrocarriles y de la opresión de los pueblos de sus regiones, a cambio de que ellos apoyaran a Díaz de forma real.

Esta dinámica de revuelta campesina y nueva configuración de alianza con elites regionales lleva a que el Porfiriato tardío haya sido un periodo de verdadero empeoramiento de condiciones para gran parte de la población rural, pero —ojo— en Katz esto no se debe tanto a la maldad de Porfirio Díaz, sino que es un efecto secundario de la consolidación del Estado y del mercado. Una crítica seria del Porfiriato, desde hoy, tendría que hacerse cargo de este hecho, y no simplemente buscar un elogio de los regímenes anteriores —Juárez o Lerdo de Tejada— como si la diferencia entre uno y otro fuese dictada simplemente por la moralidad del presidente en turno.

Éste es un punto de difícil asimilación en la discusión pública mexicana, y pese a toda la adoración que ha habido en México por Katz, se ha tendido a hacer el punto delicadamente a un lado.

Mi segundo ejemplo de aspectos difíciles de asimilar de la obra de Katz proviene de sus trabajos sobre la Revolución mexicana. Dije antes que Friedrich mostró que la Revolución tiene que ser entendida en su dimensión internacional, y que eso la ha hecho más universal. Cierto.

Pero los estudios de Katz muestran también que, justamente por su situación internacional, los revolucionarios mexicanos no conseguían conciliar sus aspiraciones al poder con posturas ideológicamente coherentes. Al igual que el punto sobre el Porfiriato, se trata de un problema con consecuencias importantes, incluso para la discusión pública contemporánea. La atención detallada al entrecruzamiento entre la historia internacional y la historia social interna de México llevó a Katz a mostrar el porqué de una característica un tanto misteriosa de la Revolución mexicana, que fue su relativa incoherencia a nivel ideológico.

Me refiero, específicamente, al hecho de que la facción política encabezada por Venustiano Carranza, que era un viejo liberal, se vio obligada a promover una ley de repartición agraria, en contra de su propia ideología, mientras que la facción encabezada por Francisco Villa que, Katz lo demuestra, era un agrarista, se tiene que conformar con intervenir haciendas sin realizar repartición de tierras, porque la repartición hubiera significado la desmovilización de sus ejércitos.

Sin entrar en los detalles del argumento katziano —no hay espacio para ello— la conclusión de su análisis es que la Revolución mexicana fue una revuelta popular, con demandas de justicia y de tierra muy amplias, que dependía de manera crucial de una economía de exportación y de la importación de armas, lo cual generaba, ya en la práctica, una serie de dinámicas que llevaban a que sus mayores líderes tuvieran que hacer concesiones importantes, tanto en el plano ideológico como en lo práctico. Es casi imposible encontrar en la Revolución un héroe “presidenciable” (Zapata nunca lo fue) que no haya tenido que comprometer de forma crucial sus ideales.
Es otra conclusión nada fácil, sobre todo para quienes quisieran hacer de la historia un caramelo.

Linaje literario
Quisiera concluir estos comentarios con un intento de explicar la habilidad que tuvo Katz para hacer pública una serie de historias escritas con el máximo rigor académico. Lo hago haciendo referencia a la relación entre las cualidades literarias de su obra y su popularidad.

Las historias de Friedrich Katz combinan una pesquisa sociológica y económica profunda con un interés más juvenil en el drama épico y el misterio. Katz no era un gran conocedor de filosofía. Había leído a algunos filósofos, sin duda —Marx, desde luego, y muchos otros—, pero decía, al menos a mí me decía, que la filosofía era demasiado complicada para él. Katz era un lector voraz de historia, de antropología, sociología, periodismo, economía política y literatura.

Después de haber estado por primera vez en Viena, entiendo mejor el refinamiento estético en que se crió Katz. Tuve oportunidad de visitar el Museo de Arte Histórico de esa ciudad, que me parece, junto con el del Prado, el más selecto que he conocido, con sus colecciones únicas de Brueghel y de Velázquez, sus Tizianos y sus Rubens. Katz se crió no sólo con la amplia mirada política de sus padres, sino también en la justificadamente famosa cultura intelectual de la Viena de los años veinte y treinta, cultura que, para un niño, incluía la lectura de los grandes escritores juveniles alemanes y franceses: de Julio Verne a Karl May, de Erich Kästner a la Historia de Babar, y fue sin duda esa lectura la que lo acompañó en sus viajes de exilio —primero a Francia, luego a Nueva York, y por fin a México— para pasar de ahí a una profundización en su fascinación con la geografía, con la historia y con las lenguas (no hay que olvidar que trabajó varios años como traductor). Se entiende por qué sus historias consiguen combinar la gravedad de la historia mundial moderna con el elemento épico y literario de exploración, no precisamente ligero quizá, pero sí penetrante y envolvente.

Las historias de Katz son, a la vez, atractivas para muchachos —de espías y bandidos, de aztecas y de vaqueros— e historias de una notable profundidad conceptual y erudición, donde el mundo queda refractado en un lugar y en un tiempo, como en las mónadas de Leibniz.

Menciono la relación entre infancia e historia aquí por varias razones, no sólo por el gusto que Friedrich Katz tuvo por la literatura juvenil, sino porque tenía también una muy buena comunicación con los niños, que es un atributo que mucha gente pierde con la edad. Pero además de eso, Friedrich perteneció a una generación en que él siempre representó intereses de la minoría —a veces como comunista, a veces como judío, otras veces como un europeo que pensaba que México tenía algo que mostrarle al mundo—. Es seguramente por su identificación con los intereses de las minorías y de quienes se encuentran en posiciones subalternas que Friedrich Katz pudo apoyar de manera tan natural a las mujeres en la academia, por ejemplo. Venía de un mundo patriarcal que sólo podía ser subvertido desde los márgenes.

Las dualidades peculiares de Friedrich Katz —su identidad simultánea de extranjero y de mexicano, de sabio y de niño— hicieron que su obra, que no es por ningún motivo ligera, llegara a ser ampliamente leída y reconocida. No hay otro historiador de México cuya situación se parezca a ésta, y es por eso que su muerte ha sido una ocasión de genuino duelo para una amplia comunidad.

Claudio Lomnitz. Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Death and the Idea of Mexico.
Conferencia magistral pronunciada ante la primera sesión plenaria del 54 Congreso Internacional de Americanistas, Viena, Austria, 16 de julio, 2012.