Y no está solo: detrás de él vienen otros compañeros, todos ciegos, todos con su comercio marsupial. Tal vez, como policía asignado al Metro, supongas que alguien se está aprovechando de su ceguera, tal vez sepas que no tienen prestaciones ni salario mínimo ni seguridad social. Pero te tienes que hacer de la vista gorda y dejarlos pasar porque no tienes la autoridad para hacer nada ni contra la venta de mercancía pirata ni contra la explotación.

legalidad

Debe ser un trabajo horrible: en la esquina que te asignaron como agente de tránsito hay cuatro signos de que está prohibido dar vuelta a la izquierda, uno para cada dirección; pero quien se quiere dar la vuelta simplemente se la da. En tus narices, aunque estaciones la patrulla en el lugar más visible, aunque estés ahí parado manejando el semáforo. No sólo se la dan los automovilistas, sino que es parte del diseño de las rutas de microbuses. Como no podrías multar a todos los infractores, aunque quisieras, ya te resignaste a mejor darles el paso para que por lo menos dejen de estorbar en la encrucijada.

Debe ser un trabajo horrible: vienes uniformado de policía y, aunque estás acostumbrado a que ese letrero advierta que “se consignará a quien tire basura”, todos los días te topas tus calles alfombradas de latas vacías, envases y papeles. A veces piensas que, si hubiera basureros, sería más fácil convencer a la gente de que no tirara su basura al suelo. A veces sientes que tal vez de cualquier forma no te harían caso.

Desde las bases de microbuses instaladas debajo de los cartelitos de “se prohíbe hacer base” hasta los coches con los vidrios oscuros a los que no se detiene y los que van hablando por celular cuando manejan, nos hemos acostumbrado a ver las leyes, y a las autoridades encargadas de hacerlas valer, como un grupo de instituciones y de individuos sin poder, sin capacidad y sin interés por su cumplimiento.

Cada vez que un policía pasa por debajo de un puesto o una casa que se roba la electricidad con un diablito y no lo desconecta, cada vez que permite (o alienta) las infracciones de tránsito, cada vez que ve (o compra) discos pirata, cada mordida que recibe, devalúa su autoridad como policía, y la autoridad de todos los policías, y hace que las leyes sean algo despreciable, ridiculizable.

¿Se vale en México la piratería? Si se vale, que se admita que en México la propiedad intelectual no tiene ningún valor. Pero si no se vale, que se confisque la mercancía y se multe a los que la venden. Cualquier término medio es hipócrita. ¿Se vale vender fritangas en cualquier calle? Porque si se vale, que se valga en serio (y habría que preguntarles a los que pagan el predial en esas calles si están de acuerdo). Pero si no se vale, que se prohíba: que los policías no se hagan de la vista gorda mientras se echan sus tacos en los puestos.

El problema no es sólo que se toleren o que se alienten las conductas abiertamente ilegales, sino que esa tolerancia haya erosionado otras áreas y haya fomentado otras conductas que reducen los estándares en casi todos los aspectos de nuestra vida en común.

¿No hay, por ejemplo, alguna ley que obligue a las personas que ocupan un cargo de elección popular a hacer su trabajo? ¿Tiene algún valor el juramento que le hacen a la patria al asumir estos cargos? Porque si los hay, entonces que estos “juanitos” (los sustitutos que ocuparon el lugar de diputadas electas, que renunciaron al cargo en su favor en cuanto ganaron la elección) sigan cobrando y que no se haya obligado a las diputadas a asumir la responsabilidad por la que juraron, es una burla a quienes votaron por ellas y a quienes les pagamos sus sueldos.

Forzar a algunos automovilistas a verificar sus coches y dejar que otros contaminen (sean microbuses, camiones de transporte pesado o metrobuses); esperar que unos ciudadanos paguen sus impuestos y exentar, así sea por desidia o miedo, a otros; permitir que los escándalos de corrupción no tengan repercusiones; aplicar las leyes discrecionalmente es traición por parte del gobierno para quienes cumplen con la ley.

Desde la sociedad, hoy no se ve este compromiso de los gobiernos. Podemos discutir sobre la pertinencia de las leyes; lo que no podemos hacer es seguir burlándonos de ellas. Quienes están encargados de hacer valer las leyes deben ganarse el respeto de los ciudadanos, y una forma de ganarse ese respeto es aplicar las leyes. O tener el valor de derogar las que se considere que no se pueden aplicar. Recuerdo un estribillo de planeación familiar que decía “pocos hijos para darles mucho”. Me encantaría proponer algo como “pocas leyes para cumplirlas bien”.

Es el momento de que la autoridad haga un gesto, una señal, una muestra inequívoca de que está dispuesta a hacer algo para cambiar la situación. No sólo la grave, la enorme, la impensable de la violencia que parece incontrolable; sino la del día a día, la que vemos y sufrimos todos. Porque ésta es un primer eslabón en la cadena de la otra.

Malcolm Gladwell, el autor de The Tipping Point, habla de la “ley del contexto” para referirse a la sensibilidad humana ante los cambios en su medio ambiente. El ejemplo que usa para demostrarlo es lo que denomina la “epidemia criminal” en la ciudad de Nueva York en los ochenta y noventa. En un momento en que la situación económica de la ciudad todavía era mala, en que había desempleo y la gente sufría por los recortes al Estado de bienestar, las autoridades lograron no sólo reducir el crimen, sino reducirlo dramáticamente, en todos los sectores y de forma duradera.

Es muy conocida la historia de cómo George Kelling, quien fungió como asesor del gobierno de la ciudad, insistió en que lo primero que había que hacer para combatir el crimen era terminar con el grafiti en el Metro. El grafiti, aseguró, era la representación del colapso del sistema. Una vez que el Metro, limpio, envió la señal de que la autoridad estaría a cargo de la ciudad y no los criminales, decidieron detener otro crimen chiquito y al parecer inocuo: a los que se colaban sin pagar. Resulta que entre estos colados, uno de cada veinte traía armas (con las que muchas veces atacaba o asaltaba a los pasajeros), y que uno de cada siete tenía una orden de arresto por otro crimen. Las detenciones de los colados fueron muy visibles y contaron con todo el apoyo de las autoridades de la ciudad. Esas acciones pequeñas, en comparación con el alto nivel de criminalidad, iniciaron el “contagio” de legalidad en la ciudad de Nueva York.

Como las epidemias, las actitudes son contagiosas. Si no nos sentimos orgullosos de nuestras ciudades, no las cuidaremos. ¿Y cómo podemos sentirnos orgullosos por ciudades sucias y desordenadas, ciudades abandonadas a su suerte por las autoridades? Si no podemos sentirnos orgullosos de nuestros trabajos, no los tomaremos en serio. ¿Y quién se siente orgulloso de un trabajo menospreciado, mal pagado o para el que no ha recibido la suficiente preparación?

¿No es interesante cómo los mexicanos tendemos a comportarnos como ciudadanos modelo cuando estamos en el extranjero, y cómo incluso los extranjeros que llevan un tiempo viviendo en México empiezan a comportarse como si las leyes no les concernieran? A eso se refiere la ley del contexto, no a la mexicanidad o a la personalidad, ni siquiera a la condición.

Las epidemias, incluidas las de crimen, pueden llegar al punto de quiebre en que se detienen y se revierten cuando las autoridades se muestran dispuestas a lidiar con algunos de los detalles aparentemente más insignificantes del entorno. La emergencia en México está ahí, en las estadísticas de todos los días, en los crímenes y la violencia. ¿Por qué no se usa en provecho de la sociedad para empezar a revertir la situación?

Estoy hablando de algo sobre lo que las autoridades tengan poder, algo que puedan controlar si se lo toman en serio. Que escojan algunas leyes de alto impacto social y las hagan cumplir, que envíen a la sociedad el mensaje de que no es la ley de la selva, sino que tenemos a los gobiernos de nuestra parte. Saber que los gobiernos están dispuestos a dar la batalla por la legalidad puede disuadir también a los criminales. En todo caso, ¿no tendríamos más respeto por autoridades a las que viéramos hacer su trabajo en vez de tratar de aprovecharse de su posición?

No estoy descubriendo el hilo negro si digo que las sociedades tienden a preferir la limpieza a la suciedad, el orden al caos, y que es más posible que mantengamos en buen estado algo que se ve bien y es funcional que algo abandonado a su suerte. Por eso valdría la pena hacer el experimento de mejorar la forma en nuestra convivencia: algo sencillo y con un impacto relativamente inmediato, dentro de los presupuestos y capacidades actuales, con la intención de que el fondo vaya mejorando. Controlar algunos aspectos de esta convivencia y defenderlos a ultranza, hasta que la sociedad se los apropie y empiece a defenderlos por sí misma.

¿No valdría la pena poner basureros en las calles y recoger la basura regularmente? Asegurarse de que las calles estén limpias —neuróticamente limpias—, de que la gente no tire basura: veremos que se mantienen así porque la gente ensucia menos algo que se encuentra limpio. Por cierto, ¿por qué sólo son las calles bonitas o turísticas las que tienen basureros, es que los ciudadanos de otras zonas no se merecen calles limpias y transitables?

¿Por qué no se hace un esfuerzo sistemático por iluminar bien las calles donde no funciona el alumbrado público, por arreglar los semáforos o por tapar los baches? ¿O se estudia cuáles de las vueltas prohibidas tienen razón de ser y cuáles sólo empeoran el problema?

¿No se podría difundir información sobre qué taxis son piratas, sobre las consecuencias de comprar contrabando, sobre el impacto de regar las banquetas o de lavar los coches con manguera? Muchos estaríamos dispuestos a cambiar conductas peligrosas o nocivas si tuviéramos los conocimientos necesarios para hacerlo. En París, por ejemplo, en las zonas donde se vende piratería, se advierte en carteles muy visibles sobre lo que la puede estar financiando: drogas, armas y tráfico humano.

Ahí están las paradas de autobús, con sus señalamientos y sus banquitas. ¿Por qué no obligar a los autobuses a pararse sólo en estos sitios designados y a los usuarios a caminar hasta ellos? No es mucho pedir, ayudaría al tránsito y tal vez hasta a que la gente hiciera un poco de ejercicio. ¿Por qué no impedir que los microbuses se estacionen, estorbando en las calles, en lo que quedan llenos?

Son cosas que pueden parecer insignificantes dentro del contexto de los problemas que enfrenta el país, pero son señales de que la autoridad está dispuesta a ir recuperando los espacios públicos y a ir imponiendo la legalidad. En un artículo anterior hablé sobre el peso de las actitudes de cada quien en la situación actual del país. Un lector de la versión en línea de ese artículo me preguntó cómo podía yo esperar que obedezcan las leyes quienes no han tenido oportunidades. Creo que ese pensamiento está en el centro del problema: hemos estado tratando de resarcir esa justicia, que claramente no se ha logrado, mediante la permisividad de hacer lo que sea: hemos opuesto los conceptos de legalidad y de justicia como si fueran antagónicos, una a costa de la otra. Y creo que sólo seremos capaces de lograr una sociedad más justa en la medida en que seamos más capaces de hacer valer la legalidad.

No estoy ingenuamente pensando que la escalada de violencia y muerte se detendrá porque el gobierno arregle las banquetas, impida las salvajadas de los del valet parking y detenga las fugas de agua; pero sí creo que le daría a la sociedad la certeza de que las cosas pueden mejorar y de que hay voluntad para hacerlo.

Ante todo lo que está pasando en el país, ¿no es como para que reaccionemos todos, a todos los niveles? Pero, especialmente, ¿no es como para que desde el gobierno se empiece a tomar en serio la legalidad? Desde la sociedad ese compromiso no se ve en absoluto. Por el contrario, se siente como una burla: que los ciudadanos, que los contribuyentes, se las arreglen como puedan. Nosotros sólo hacemos comerciales.

Decirnos diario, a cargo de nuestros impuestos, que vivimos en un país de leyes, en un país de las maravillas donde se preocupan mucho por nosotros, es insultante cuando vemos lo que ganan, su productividad y su impacto en lo que está pasando. Ya no les creemos, ya no confiamos en ellos, ya no esperamos nada de ellos. Y eso, en esta situación, es casi tan triste como el crimen. La oportunidad de llegar a ese punto de quiebre donde se empiece a revertir la situación no está en lo que nos digan, sino en lo que hagan para asegurar la observancia de la ley.

Gabriela Arroyo. Internacionalista y escritora.