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Es en nuestra época de asombrosos avances científicos y tecnológicos que el hombre por primera vez ha dividido lo que siempre fue considerado indivisible: en física dividió el átomo, en biología dividió el código genético. Sería ingenuo presuponer que estos dos hitos en la historia del talento humano no tuviesen su lado oscuro y peligroso al ser usados cuando el ingenio humano dirige sus miras hacia la destrucción.

armas

La tecnología microbiológica puede utilizar de forma maligna los magníficos conocimientos que la ciencia médica ha acumulado en relación a los agentes infecciosos causantes de epidemias, invalidez y muerte tanto de seres humanos como de animales y de hábitats que enriquecen y condicionan la vida en el planeta. Hace algunas décadas, un científico al servicio de la fabricación masiva de armas biológicas señaló: “La guerra microbiológica es indudablemente el arma dada para una nación que se encuentra indefensa… todo método es permisible para arruinar al enemigo y conquistarlo”. Esta frase encierra el peligro que entraña la sujeción de la ética científica al servicio de objetivos siniestros.

El término armas biológicas conceptualiza el posible uso de tecnología biológica para destruir, afectar o lesionar a un enemigo potencial. El mero concepto de guerra microbiológica ha sido tradicionalmente aborrecido en las altas esferas militares de la mayoría de los países y con frecuencia desdeñado hasta por los más agresivos teóricos de la estrategia militar. Los militares expertos en el llamado “arte de la guerra” no dudan en incorporar a sus métodos el uso de explosivos y proyectiles de destrucción inmediata, pero aún en el consenso de ellos, que en general no se detienen en consideraciones éticas, se excluye instintivamente, por considerarlo producto de la mayor perversidad, el capítulo de la guerra microbiológica.

Los antecedentes históricos de las armas biológicas se remontan al siglo XIV durante las invasiones tártaras a Crimea, en la ciudad de Kaffa, donde fragmentos de cadáveres de sujetos fallecidos por peste bubónica fueron arrojados por ca-tapulta al interior de la ciudad en un intento por debilitar los efectivos de sus defensores. Los ingleses en el siglo XVII dieron intencionalmente cobijas impregnadas con secreciones de viruela a indios norteamericanos, cundiendo una incontenible epidemia de viruela que los diezmó con más efectividad que otra estrategia militar. Aun cuando en esas épocas poco se sabía de las enfermedades infecciosas y se desconocían sus microscópicos agentes causales.

Hay otros varios antecedentes, pero el proyecto de creación de armas biológicas mejor documentado en cuanto a construcción, implementación y logística fue el programa japonés 1934-1945 en Pingfan, Manchuria, ideado por el general Shiro Ishe, en el que llegaron a trabajar tres mil hombres en 1939 y se probaron más de cuatro mil bombas en el campo. Los gérmenes seleccionados fueron Pasteurella Pestis (causante de la peste), Bacillus Anthracis (causante del ántrax) y Pseudomona Maleomyces (causante de la parotiditis equina).

Durante las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta, Alemania, Francia, Estados Unidos y la Unión Soviética intensificaron la investigación y desarrollo de armas biológicas, a pesar de que en la Convención de Ginebra de 1925 se había acordado prohibir las armas bacteriológicas. Sin embargo, es fácil rodear el compromiso de tratados similares con el argumento de que se investigan y desarrollan armas microbiológicas con fines de defensa contra las mismas y no con fines agresivos. Estados Unidos, en los años sesenta, creó el más grande y sofisticado laboratorio de armas microbiológicas del que se tenga noticia. Los laboratorios de Fort Detrick en Maryland se convirtieron en esa década en el más grande consumidor de coballos, animales de experimentación que fueron usados para probar agentes infecciosos con fines bélicos. Después de este episodio, en 1969, Estados Unidos anunció que en forma unilateral renunciaba a la carrera de armas biológicas y que destruiría sus arsenales. Tres años después, en la convención internacional de armas biológicas y tóxicas, 80 países firmaron un acuerdo de prohibición de armas microbiológicas. Sin embargo, como en los juegos infantiles de palabras, los países renunciaron a producir armas, pero no renunciaron a investigar defensas contra estas posibles armas. Dicho de esta manera, “las armas” y “las defensas” son dos cosas diferentes y, a la vez, la misma, pues al estudiar las defensas se estudian las armas y viceversa. Una prueba de ello es que el Departamento de Defensa de Estados Unidos dedica grandes recursos en investigación sobre biotecnología en el rubro defensa, no en el de armamento.

Existen tres campos fundamentales de acción en un ataque con armas biológicas: el primero es la infección masiva de seres humanos con enfermedades debilitantes o mortales; el segundo es la infección de ganado y animales de crianza con epidemias y devastación, que de esta manera produzcan en forma secundaria, pero inmediata, hambre y desestabilización económica en vastos grupos humanos; el tercero es introducción de plagas y tóxicos que destruyan en forma irreversible plantíos y entornos ecológicos y vegetales, que también afectan la nutrición, la economía y el hábitat del grupo humano objeto del ataque.

En estos tres capítulos de guerra biológica varios países han tenido fatales experiencias, surgidas por actitudes militaristas insensatas que no toman en cuenta que después de la declaración del vencedor y el vencido, los estragos de las armas biológicas siguen presentes muchos años después. Por ejemplo, la isla de Gruinard, al norte de Escocia, fue usada en 1943 por los ingleses para hacer pruebas de su reciente arma de ántrax, con la cual se produjeron galletas alimento para ganado inundadas de esporas de bacilos de ántrax. 50 años después del experimento la isla seguía sin pobladores, a pesar de que en 1988 el Consejo de Investigación en Agricultura y Alimentación de la Gran Bretaña la declaró segura. Pruebas recientes demuestran la persistencia ocasional del microorganismo en el ambiente y la isla continúa parcialmente deshabitada. Resultados similares se obtuvieron en la Unión Soviética, hay documentos confiables sobre un accidente en 1979 en la fábrica soviética de bombas de ántrax en Sverdlovsk, que produjo una epidemia de ántrax en su propio territorio.

En 1945 el mundo se salvó de un escenario siniestro: en esa época Alemania poseía bombas de ántrax con peso de 280 kilogramos, donde se contabilizaban billones de esporas. Se suponía que estos artefactos explotarían en el aire creando una nube persistente de este elemento, cuyos efectos devastadores sobre el ganado seguramente se hubieran diseminado por toda Europa, incluyendo desde luego a Alemania. Por suerte, la Segunda Guerra terminó antes de que estas armas biológicas fueran lanzadas y ahora, 70 años después, los países europeos no se están lamentando por una epidemia que aún no podría haberse erradicado.

En la misma época, un poco antes de que se hablara de la Segunda Guerra Mundial, Japón desarrolló bombas que podían contaminar el suelo y producir enfermedades gastrointestinales debilitantes con los agentes causales de tifoidea, disentería y cólera. La finalidad de estas bombas era el sabotaje. Según la información que salió a la luz durante el juicio de Khabarovsk, en contra de miembros del ejército japonés, en diciembre de 1949, estas bombas fueron utilizadas en varios territorios asiáticos. En las audiencias se habló también de otras técnicas de guerra microbiológica, como las granadas cargadas con gérmenes causantes de gangrena gaseosa y bombas fabricadas en contenedores de porcelana que almacenaban millones de pulgas infectadas con tifus murino o con peste bubónica. Según las investigaciones, el laboratorio instalado en la ciudad china Harbin producía 135 millones de pulgas por ciclo. Estos insectos funcionarían como eficientes productores, vectores, propagadores y agentes de persistencia del temible tifus murino y la peste bubónica, aunque aparentemente estos artefactos no fueron usados.

Sería interminable mencionar las sofisticaciones y elaboración tecnológica de las bombas alimentadas con agentes patógenos que fueron producidas casi simultáneamente en Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, Canadá y la Unión Soviética. Aunque no existe evidencia clara del uso bélico de estas armas por los países mencionados, sí es posible saber en qué se estaban enfocando algunos de ellos. Canadá, por ejemplo, en su laboratorio Kingston, se volvió experto en producir enormes cantidades de toxina botulínica, uno de los tóxicos bacteriológicos más severos, que ahora en dosis micrométricas se usa con fines cosméticos. Estos países también se dedicaron a la elaboración de métodos para preservación de gérmenes y de aerosoles con bacterias patógenas que se difundirían por vía aérea, con el fin de infectar el tracto respiratorio. En cuanto a Estados Unidos, existen pruebas que lo acusan de devastación ecológica producida por bombas conteniendo herbicidas y patógenos de plantas usados en la guerra de Vietnam.

En las últimas décadas, los múltiples avances médicos en el cultivo, desarrollo y descubrimiento de agentes patógenos han enriquecido el conocimiento para el desarrollo potencial de armas biológicas, que ahora preocupan a la comunidad científica internacional por su posible uso como artefactos de retroceso en los inmensos logros que la medicina preventiva ha generado para el bienestar, la salud y la supervivencia del ser humano.

La planeación estratégica de armas biológicas, a grandes rasgos, se basa en el uso de toxinas y gérmenes contra la población general. En la actualidad, entre las toxinas con potencial uso dañino se encuentra la toxina botulínica, la dosis oral tóxica severa para el ser humano es de 0.4 microgramos, el agua o alimentos pueden permanecer contaminados por varios días; los síntomas aparecen de 12 a 72 horas después de la ingestión, dando tiempo a que se propague en muchos sujetos antes de ser detectada. Afortunadamente, existen vacunas que pueden contrarrestar su efecto nocivo.

Otra arma biológica moderna es la saxitoxina, un veneno producido por algas marinas. Al ser estas algas ingeridas por moluscos, éstos se tornan altamente tóxicos para el ser humano, que cuando los come desarrolla parálisis muscular ascendente, casi siempre mortal. En laboratorios militares se ha cultivado el alga catanella que produce grandes cantidades de saxitoxina. Este veneno ha sido estudiado más que como arma biológica en gran escala, como un veneno de acción inmediata para acciones sofisticadas, como la impregnación de microlancetas con dosis letales de saxitoxina. Este método de arma biológica ha sido ya usado en algunos casos notables de espionaje.

La enterotoxina estafilocócica puede ser igualmente producida en grandes cantidades por métodos modernos de cultivo bacteriano. Cantidades minúsculas, 25 microgramos, de esta toxina en alimentos ocasiona cuadros violentos de vómito, diarrea y cólico acompañados de gran postración, aunque esta toxina raramente es letal en el ser humano.

En laboratorios especializados y usando técnicas modernas de ingeniería molecular, se han desarrollado cepas patógenas de Francesilla Tularencis que produce tularemia, enfermedad infecciosa con alta mortalidad en humanos y que en los supervivientes produce un padecimiento febril debilitante que se prolonga por varias semanas. Esta bacteria puede ser dispersada en aerosoles y es infecciosa al ser inhalada, penetrando fácilmente por vía respiratoria.

Una enfermedad legendaria, la plaga o peste, que en la actualidad está erradicada de Europa y América y sólo se presentan brotes ocasionales en Asia y en África, es un arma biológica ampliamente estudiada en laboratorios militares y que aún no ha sido descartada en el catálogo de armas biológicas. Hay acusaciones en contra del ejército japonés por haber utilizado la bacteria Pasteurella Pestis cuando invadió China. Esta bacteria es transmitida al hombre por pulgas infectadas. En este tipo de contagio la enfermedad se convierte en peste bubónica, llamada así por la inflamación intensa de ganglios linfáticos y tejido pulmonar. En esta fase la enfermedad es fácilmente contagiosa y se puede difundir rápidamente por contagio directo de hombre a hombre. Durante el desarrollo de armas biológicas con peste se documentaron casos de contagio accidental en personal de laboratorios militares ingleses y norteamericanos. Esta bacteria ha sido también ampliamente estudiada como arma biológica por dos razones: primero, porque puede ser dispersada por aerosol penetrando vías respiratorias y, segundo, porque con pocos sujetos infectados se puede iniciar una epidemia debido a lo altamente contagioso del padecimiento. Ahora los antibióticos modernos ofrecen un tratamiento efectivo.

La Coxiella Burneth es una riketsia (microorganismo con características tanto de bacteria como de virus) que produce la fiebre Q, una enfermedad raramente fatal pero muy debilitante. Esta riketsia es muy infecciosa y notablemente resistente en la atmósfera, con un periodo de incubación de tres semanas. Este agente ha sido escogido porque aun en cantidades mínimas, como 10 riketsias inhaladas, son capaces de inducir la enfermedad.

Sería interminable enumerar otros agentes infecciosos usados en la fabricación de armas biológicas, entre ellos se incluyen varios virus, como el de la encefalitis venezolana, que afecta el cerebro en forma severa; su principal característica es que puede infectar a una enorme variedad de animales y ser transmitida y perpetuada por mosquitos.
Muchos otros virus han sido estudiados aprovechando científicamente las dos peculiaridades de los agentes infecciosos, su patogenicidad (qué tan grave es la enfermedad que produce) y su infectividad (la facilidad con la que se puede transmitir de un huésped a otro). Muchos más microorganismos se encuentran en las listas con potencial uso en armas biológicas como dengue, fiebre amarilla, tripanosomiasis, y hay evidencias de que se ha pensado, incluso, en el virus de la inmunodeficiencia humana.

Para no dejar fuera a las armas biológicas diseñadas para la destrucción de plantas y ecología, mencionaré la Pyricularia Oryzae, un hongo que destruye con gran avidez plantíos de arroz.

Se puede apreciar fácilmente la enorme capacidad de destrucción que los agentes biológicos poseen cuando son manipulados científicamente. Más grave aún, ahora la posibilidad de recombinación genética, para aumentar la resistencia y agresividad de microorganismos infecciosos e incluso la factibilidad de crear nuevos gérmenes, es una posibilidad real. Las técnicas modernas de investigación microbiológica podrían tener capacidad para producir y seleccionar cepas bacterianas que crezcan más rápido, que produzcan mucha toxina y que sean resistentes a medidas antisépticas conocidas.

Las armas biológicas tienen tres características peculiares dentro de la tecnología de la agresión. Primera: no son armas ortodoxas, ya que no encuadran en las estrategias militares conocidas de proyectiles y explosivos. Por contener agentes microscópicos invisibles al ojo humano, poseen posibilidades de efectos psicológicos agravantes, incluso más inciertos que los métodos convencionales de destrucción. Segunda: tienen una gran diversidad de efectos, causando, a diferencia de otros métodos de guerra, efectos continuados incluso mucho más largos que los deseados por el agresor. A diferencia de cualquier otra arma, los elementos constitutivos de las armas biológicas se reproducen en sus víctimas y también, potencialmente, en sus victimarios, teniendo capacidad de multiplicación autónoma. Tercera: también, a diferencia de otros métodos, pueden alterar la ecología de tal forma que el territorio afectado se torne peligroso e inútil para ser ocupado por el vencedor.

Estas características son, precisamente, donde radican simultáneamente sus limitaciones de aplicación y sus peligros como arma de ataque. En la actualidad las armas biológicas son consideradas de mínima importancia como elemento estratégico por ejércitos muy tecnificados. Sin embargo, son temidas como armas susceptibles de ser utilizadas por ejércitos tecnológicamente débiles o inferiores en potencial destructivo. Hablando de armas nucleares vienen a la mente unas cuantas potencias bélicas; hablando de armas biológicas tendremos que evocar a cualquier grupo extremista de mediano talento y mucha psicopatía. Es indispensable que se conozcan las características de una potencial agresión con bombas biológicas, ya que la probabilidad de su uso radica mayormente en actos de sabotaje o terrorismo.

Los últimos desarrollos de la bioingeniería y la posibilidad de recombinar, fragmentar y reconstituir el ácido nucleico por medio de enzimas de restricción, ha abierto en los últimos años un horizonte insospechado de sorpresas en el estudio de los mecanismos moleculares más íntimos de las células vivientes y ha dado nuevas perspectivas a la ciencia para el estudio de la vida. Estos nuevos conocimientos, como espada de dos filos, constituyen un nuevo cúmulo de información peligrosa cuando es usada con fines violentos. Esto demanda el reforzamiento de los códigos éticos de la ciencia y de los científicos, y hace urgente la investigación científica que contemple y contrarreste estas posibilidades. Es muy relevante señalar, sin embargo, que los avances impresionantes de la ciencia en el conocimiento de la infectología hacen cada vez más remoto el uso eficaz de agentes microbiológicos para fines siniestros.

Como contrapeso optimista no debemos tener la impresión de que nos encontramos indefensos ante el peligro que entraña un arma microbiológica. El hombre ha vivido siempre en contacto con epidemias, enfermedades transmisibles y patógenos del ambiente y posee una serie de experiencias y conocimientos que le han permitido sobrevivir y conquistar paso a paso las enfermedades infecciosas. La educación en salud, las medidas preventivas, la sanidad del ambiente y el progreso en las condiciones básicas de vida son la mejor y más efectiva arma contra las enfermedades infecciosas y la mejor barrera para contener una epidemia natural o provocada. Al hombre le ha tomado miles de años conquistar y derrotar a las enfermedades infecciosas, en todos los países se hacen esfuerzos monumentales por erradicar las enfermedades endémicas con su carga de sufrimiento e invalidez; debemos estar alertas ante cualquier atentado contra el que es quizá el más importante triunfo del talento humano: la erradicación o control de muchas enfermedades epidémicas.

Julio Sotelo. Ex presidente de la Academia Nacional de Medicina y Premio Nacional de Ciencias y Artes 2001.