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Sus rocanrolitos playeros y tan californianos, a los que los medios de aquel tiempo denominaban como surf rock, me parecían apenas simpáticos. De hecho (vaya confesión) prefería yo a los Monkees, con quienes se les solía comparar. Muchos los relacionábamos más con el llamado rock bubblegum —ese subgénero chicloso y fresita de bandas hoy prácticamente olvidadas como 1910 Fruitgum Company, Ohio Express o The Lemon Pipers— que con agrupaciones como los Who, los Kinks, los Animals o los Rolling Stones.

playero

Su afán por competir con los Beatles resultaba bastante chocante, pero creo que lo que me hizo rechazarlos de plano fue el terrible fusil que era la canción “Surfin’ USA”, descarado plagio de la canción “Sweet Little Sixteen” de Chuck Berry.

Incluso cuando abandonaron al rock surfero y de la mano de Brian Wilson buscaron hacer un disco que compitiera en calidad y profundidad con el Rubber Soul (1965) de los Beatles, no me convencieron del todo. Pet Sounds (1966) está considerado casi de manera unánime como uno de los álbumes fundamentales de la historia del rock, cosa que yo he tardado largos años en aceptar… y a regañadientes.

Sin embargo, hubo un pequeño milagro de menos de tres minutos que hizo que me maravillara de pronto con los Beach Boys. Una composición del propio Wilson que quedó fuera del Pet Sounds y a la que cuarenta y tantos años después sigo considerando como una de las cinco mejores canciones de todos los tiempos en su género: “Good Vibrations”.

“Vibraciones”, como le decían en la radio mexicana de aquellos años, es una obra maestra de principio a fin y fue por ella que reconsideré a esta banda californiana, a la que traté de conocer de mejor y menos prejuiciosa manera. Descubrí entonces que tenían otras canciones magníficas (“God Only Knows”, “Wouldn’t It Be Nice”, “Heroes and Villains”, “Do It Again”) y que incluso de entre sus viejos surfs había piezas muy rescatables (“I Get Around”, “Surfin’ Safari”, “Fun Fun Fun” y hasta la divertidísima “Barbara Ann”).

El intento por grabar una segunda chef-d’oeuvre trajo profundas divisiones entre Brian Wilson y el resto de los integrantes de la banda y el proyecto Smile quedó varado durante casi cuatro décadas (de 1967 a 2004, en que Wilson lo sacó a su nombre).

Fue de alguna manera el final del grupo. El rock y el mundo siguieron su marcha y ya en pleno siglo XXI, Wilson volvió a ganar notoriedad con algunos discos aceptables, ninguno de real trascendencia.

No deja por ello de sorprender el hecho de que los Beach Boys originales (es decir, los que quedan con vida, ya que los dos hermanos de Brian Wilson, Dennis y Carl, fallecieron en 1983 y 1998, respectivamente) hayan grabado un nuevo larga duración en pleno 2012. En efecto, a principios de junio apareció That’s Why God Made the Radio (Capitol) y el resultado es a la vez fresco y suntuoso, elegante y sorprendente.

La historia del disco se resume en pocas palabras. Este 2012 se cumplen 50 años de la grabación del primer trabajo discográfico de la banda (The Surfin’ Safari de 1962) y Mike Love y Brian Wilson decidieron celebrarlo no sólo con una gran gira, sino con un álbum de canciones totalmente nuevas. Llamaron para ello al otro superviviente, Al Jardine, y con otros músicos dieron a luz este That’s Why God Made the Radio (gran título por cierto).

Producido por el propio Brian Wilson, el plato es realmente bueno y conserva de principio a fin todo el estilo de los muchachos playeros (muchachos ya setentones, por cierto). Ahí están las melodías pegajosas y ultrapoperas, las impecables armonías vocales, las letras simples y bobitas. Son los Beach Boys: no se les puede pedir más, pero tampoco menos.

El disco contiene 12 cortes y podría dividirse en lado A y lado B. El primero, con seis canciones alegres y despreocupadas; el segundo, con otras seis más reflexivas y melancólicas.

La antigua lucha de egos entre Wilson y Love parece haber quedado atrás. Ambos destacan en el disco y tienen sus momentos de lucimiento personal, al igual que Jardine, pero lo que se escucha es una afortunada unidad, unas ganas por hacer bien las cosas y un deseo por disfrutar de la música. Cosas que uno, como escucha, no tiene más que agradecer.

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.