Había llovido todos y cada uno de los cinco días que llevaban ahí. No estaba seguro de que esa vida de comuna, que sonaba tan jovial y democrática en el folleto, fuera para él. Por supuesto, esperaba que fueran los estudiantes quienes cocinaran, lavaran y mantuvieran arreglado el lugar pero, dado que la mitad eran mayores que él, habría parecido un tipo muy estirado si no les echaba la mano. Así que apiló platos, hizo tostadas e incluso prometió cocinar un gran estofado de cordero para la última noche. Después de cenar se ponían sus impermeables y recorrían el tortuoso camino hasta el pub. Cada noche que pasaba parecía necesitar más alcohol para sentirse estable.

Sus estudiantes, con su seriedad y optimismo, le caían bien, y él les pedía que lo llamaran por su nombre. Todos lo hacían excepto Bill, un ex militar malhumorado que prefería llamarlo “Jefe”. Muchos de ellos, hay que decirlo, disfrutaban la literatura más de lo que la entendían, y pensaban que la ficción no era más que autobiografía con un giro.

“Lo único que digo es que no entiendo por qué hizo eso”.

“Bueno, muchas veces la gente no entiende por qué hace las cosas”.

“Pero nosotros, como lectores, deberíamos saberlo, incluso aunque el personaje no lo sepa”.

“No necesariamente”.

“De acuerdo. Es decir, ya no creemos en el… ¿Cómo dijo que se llamaba, Jefe?”.

“Narrador omnisciente, Bill”.

“A eso me refería”.

“Lo que quiero decir es que existe una diferencia entre no creerle al narrador omnisciente y no entender qué es lo que está sucediendo en la cabeza de un personaje”.

“Muchas veces la gente no sabe por qué hace las cosas”.

“Pero mira, Vicky, tú estás escribiendo la historia de una mujer que tiene dos hijos pequeños y un marido perfecto que de pronto se suicida”.

“¿Y eso qué?”.

“Que quizá, quizá, haya un problema de verosimilitud”.

Podía sentir cómo se caldeaban los ánimos pero no quería interrumpir. Prefería reflexionar sobre el tema de la verosimilitud. Tomen su propio caso. O más bien, el suyo y el de Angie. Estuvieron juntos siete años; ella vivió día a día su lucha por convertirse en escritor, él terminó su primera novela, ella la vio publicada y bien reseñada —incluso ganó un premio— y luego lo abandonó. Entendía que las mujeres dejaran a un hombre cuando fracasaba pero, ¿después de triunfar? ¿Qué motivación había ahí? ¿Dónde estaba la verosimilitud en eso? Una de muchas conclusiones posibles: No trates de meter tu vida en la ficción. No va a funcionar.

“¿Está diciendo que mi historia es inverosímil?”.

“No exactamente. Sólo quería…”.

“No crees que esas mujeres puedan existir”.

“Bueno…”.

“Porque, déjame decirlo, sí existen. Sí, existen”. La voz de Vicky comenzó a temblar. “Esa mujer, esa mujer que ustedes creen inverosímil, esa mujer es mi madre, y les puedo asegurar que para mí fue lo suficientemente verosímil cuando estaba viva”.

Se produjo un silencio largo. Todos lo miraban, esperando que se hiciera cargo de la situación, lo cual haría, pero no emitiendo un juicio, sino contándoles una historia. Era una estratagema que había fabricado el primer día —aventar, en cada sesión, una anécdota, alguna memoria, una broma, incluso un sueño. Nunca les explicó por qué lo hacía, pero cada una de esas intervenciones libres estaba diseñada para que ellos se preguntaran: ¿Eso es una historia? Y si no lo era, ¿cómo podríamos convertirla en una? ¿Qué necesitamos descartar, guardar, desarrollar?

Así que les contó de un viaje a Grecia hace, quizá, unos doce años, a finales de los sesenta. Era la primera vez que visitaba un país del cual no entendía su lenguaje. Unos amigos habían rentado una casa en Naxos por tres semanas. Era pleno verano, así que después de seis horas tumbado en una terraza del Pireo se había tostado tanto que sintió náuseas y no salió en dos días. Los otros extranjeros que andaban por ahí llamaban tanto la atención como su propio grupo de ingleses. Recordaba particularmente a un americano, un tipo fornido de barba blanca; llevaba una camisa blanca abierta, shorts con cinturón, y conducía un jeep, o un buggy, que veían tanto en la casa de la playa como en la costera. El tipo rugía en su coche al pasar, con la pierna fuera de borda y el brazo alrededor de una chica —de unos treinta, tal vez— de piel oliva y pelo teñido de un rubio poco convincente. Evidentemente era una mujer local, y él, el inglesito mojigato que alguna vez fue (pero que, implícitamente, ya no era) concluyó que era la puta de la isla, alquilada por semana y quizá por la misma tarifa que por el jeep; o incluso ambos en paquete especial. De vez en cuando él y sus amigos se topaban con la pareja en algún restaurante o bar, pero casi siempre los veían fanfarroneando por la calle. Claramente el tipo se había moldeado a sí mismo a partir de Hemingway, y el inglesito remilgado, impresionado y disgustado por la fantochería del macho, lo odiaba cada vez que lo tenía enfrente. Cada vez que el jeep pasaba delante de él en la playa, incluso si pasaba muy lejos, parecía arrojarle arena en la cara.

Detuvo la historia en ese punto, esperando que sus alumnos reflexionaran sobre las asunciones que hacemos sobre la gente de forma automática —podía ser una pareja de turistas felizmente casada y el sujeto puede que siempre se hubiera vestido así. También esperaba que reflexionaran sobre la influencia de la vida en el arte, y de la influencia del arte en la vida. Y, si le hubieran preguntado, hubiera respondido que, para él, Hemingway, como novelista, era como un atleta en esteroides.

“Muy bien, ahora todos díganme qué está mal en la siguiente línea: ‘Su voz era tan dulce y siempre le recordaba a Pablo Casals tocando el chelo’ ”.

No les dijo que era una cita de Al otro lado del río y entre los árboles, la novela que representaba para él lo peor de Hemingway. En la universidad, él y sus amigos solían burlarse de la frase, cambiando el nombre del chelista, el instrumento o los atributos físicos. “Sus pechos eran tan hermosos y siempre le recordaban a Stéphane Grappelli tocando el violín”, por ejemplo. Fue un juego que duró y duró.

“En realidad creo que eso es lindo. Ojalá alguien dijera eso sobre mí”.

“Está fanfarroneando. Como si quisiera apantallarnos con su alta cultura”.

“¿En algún momento dije que había sido escrito por un hombre?”.

“Es obvio. Cualquier mujer se daría cuenta”.

Asintió como si hubiera recibido un pequeño golpe.

“¿Y por qué el autor dice Pablo y no sólo Casals?”.

“Quizá para distinguirla de Rosie Casals”.

“¿Quién es Rosie Casals?”.

“Una tenista”.

“Perdón. ¿También tocaba el chelo?”.

Estuvieron así toda la mañana. Los ocho formaban un bonito grupo: cinco hombres y tres mujeres. Un poeta amigo suyo le dijo que los cursos de escritura creativa eran en realidad academias de sexo en las que el maestro automáticamente disfrutaba de jus primae noctis.* Pero quizá los aspirantes a poetas eran distintos a sus equivalentes prosistas. Había una mujer en el grupo a la que felizmente le podría ofrecer clases privadas, pero renunció a la idea cuando la vio colgándose del brazo de Tim Sin Talento, que no dejaba de defender el uso de los clichés diciendo: “No es un cliché, es algo vernáculo”.

Estaban juntando las sillas en el pub para acomodarse cuando Bill dio un manotazo en la mesa.

“Hey, Jefe, se me acaba de ocurrir algo. Qué tal si el tipo ese de la isla era en realidad el mismísimo Hemingway”.

“Imposible, a menos que los suicidas pudieran regresar de entre los muertos”.

Mierda, pensó, mientras volteaba para ver si Vicky había escuchado. Afortunadamente, estaba en la barra ordenando tragos para todos. Les preguntó, queriendo sonar casual, si conocían a Hemingway. Sólo dos asintieron, ambos hombres. Pero todos sabían algo de su vida —toros, apuestas, caza, expatriado en París, corresponsal de guerra, varias esposas, la bebida, el suicidio— y todos, a partir de esos datos, tenían una opinión de su obra. El consenso era que Hemingway era un escritor cuyo tiempo había pasado, cuyas opiniones estaban fuera de moda. Vicky empezó una larga perorata sobre el maltrato a los animales y claro, en perfecta sincronía, Bill le preguntó si sus zapatos eran de piel.

“Sí, pero no salieron de ninguna plaza de toros”.

Y él escuchaba y sonreía y bebía un poco más. En el pub no era el maestro; ellos podían decir lo que quisieran.

Para la última noche cocinó un estofado tan grande y ofreció tal cantidad de vino que el pub salió sobrando. Para responder a sus alabanzas, les explicó su teoría sobre los escritores y la cocina. Los novelistas, que apostaban por el camino largo, estaban equipados temperamentalmente para los estofados y los asados, para mezclar lentamente muchos ingredientes, mientras que los poetas eran buenos para freír. ¿Y los cuentistas?, preguntó alguien. Filete con papas. Ah, y los dramaturgos —esos suertudos— eran básicamente los orquestadores de los talentos ajenos y estarían satisfechos con agitar lentamente un coctel mientras los pinches hacían la comida.

La reflexión salió bien, y todos empezaron a fantasear con el tipo de comida que servirían algunos escritores. Jane Austen, pastelillos; las Bronte, pudín de Yorkshire. Incluso hubo una fuerte discusión cuando alguien relacionó a Virginia Woolf con los sándwiches de pepinillos. Todos coincidieron en colocar a Hemingway frente a una barbacoa descomunal que incluía filetes de marlin, cortes de búfalo, una cerveza en la mano y una enorme espátula en la otra, mientras la fiesta giraba a su alrededor.

Al día siguiente compartieron el transporte a la estación. La lluvia no había cedido aún. Cuando llegaron a Swansea hubo apretones de mano y algún tímido beso en la mejilla, y la mujer que le gustaba le arrojó una mirada que parecía decir: “No, no te fijaste bien, no me hubiera ido con Tim; sólo rodeé su brazo porque me daba lástima. Sólo tenías que mirarme, mandarme la señal apropiada”. Se preguntó si, basado en su imaginación compasiva o en pura y loca vanidad, estaría en lo cierto. De cualquier forma, ahora ella iba en otro tren, de camino a una vida diferente, mientras que él estaba en su vagón, mirando por la ventana la húmeda Gales. Se descubrió pensando que, independientemente del conductor, un buggy blanco tenía algo incuestionablemente glamoroso. Si manejaras uno de ésos en Londres, la gente probablemente pensaría que eras miembro de una banda de rock más que un prosista. Lo malo era que no se podía pagar un coche así. Lo único para lo que le alcanzaba era un Morris Minor de segunda mano.

II. El profesor en los Alpes
Se sentó en la cabecera de una mesa larga y oscura con seis estudiantes situados a los lados en intervalos precisos. Al otro lado de la mesa, a unos cinco metros, estaba Guenther, su asistente, cuyas amplias espaldas y colorido suéter obstruían la vista del bosque, los cables y las montañas. Mediados de julio: las tiendas y las casas de alquiler estaban cerradas, así como la mitad de los restaurantes. Había algunos turistas, un grupo de alpinistas y la escuela de verano, que lo había invitado para dar un curso —en inglés, afortunadamente— de seis días. Le ofrecieron clase ejecutiva, una buena paga, buenos viáticos, y la minivan de la escuela cuando estuviera disponible. Su única obligación, además de impartir el curso, era dar una lectura pública la última noche.

Estaba ansioso de que llegara esa noche. Los escritores de su generación se habían adaptado bien a la idea de que iban a convertirse en actores, además de solitarios buscadores de la verdad. Se sentía cómodo con las entrevistas, era provocativo en los temas políticos —sobre todo cuando tenía un libro nuevo— y era lascivo con el micrófono. Ah, la seducción de la espontaneidad preparada. Ese rasgo de su carácter le había parecido sorpresivo y placentero, no tanto a Lynn, su esposa, que lo había abandonado hace poco. Últimamente no la estaban pasando bien. “Y ni se te ocurra escribir un libro sobre nosotros como hiciste con Angie”, fue una de sus muchas frases de despedida. Había levantado sus manos, las palmas hacia delante, como diciendo no sólo que nunca haría algo así, sino que la primera vez había sido un claro error. Incluso aunque la novela se coló en algunas listas de los más vendidos. Incluso aunque la ficción fuera, como solía decir, omnívora y esencialmente amoral.

“Pero, ¿qué opina el Herr Profesor de esto?”.

“Primero me gustaría escuchar su opinión. ¿Mario, Dieter, Jean-Pierre?”.

Necesitaba un poco de tiempo para pensar. Era una sesión nocturna en la que pretendía profundizar más. Por las mañanas discutían los textos de los alumnos; en la tarde se suponía que debían estirar sus mentes, hacer conexiones culturales más amplias, abordar temas políticos y sociales. Se suponía que debía ser pan comido, pero había veces en que sus mentes continentales, su facilidad natural para lo teórico y lo abstracto, hacían que su pragmatismo inglés pareciera desaliño mental. Aun así les caía bien, y ellos a él, quizá porque adscribían su falta de rigor a su vibrante imaginación. Él era —no se les olvidaba— el Herr Profesor, el que había escrito los libros. Y, si todo lo demás fallaba, siempre podía contarles una anécdota, un sueño, un recuerdo, un chiste absurdo. Eran muy amables y habían oído hablar del sentido del humor de los ingleses, así que todo lo que sonara raro o incoherente era bienvenido con risas respetuosas.

Pero Jean-Pierre, Mario y Dieter habían dado su opinión. Ahora era su turno.

“¿Alguno de ustedes conoce la música de Sibelius?”.

Sólo dos: bien.

“Muy bien, deben perdonarme si no logro expresarme en la terminología musical correcta. Sólo soy un aficionado. En fin. Sibelius: más o menos de 1865 a 1957”. Sabía que las fechas eran exactas —eso era lo que quería decir con “más o menos”. “Siete sinfonías, un concierto para violín, poemas orquestales, canciones, un cuarteto de cuerdas llamado Voces Intimae —Voces Íntimas. Detengámonos por un momento en las sinfonías”. No porque no tuviera nada que decir sobre las otras obras. “Las primeras dos empiezan con una gran expansión melódica. Se adivina mucho de Tchaikovsky, un poco de Bruckner, Dvorák, quizá toda la gran tradición sinfónica decimonónica europea. Luego viene la Tercera —más breve, igual de melódica y aún así más contenida, que se dirige hacia otro lado. Luego la magistral Cuarta, austera, imponente, granítica, la obra con la que más se acerca al modernismo”. Se había robado esa frase de un pianista austriaco que la dijo en una entrevista de radio. “No, Sibelius no me interesa demasiado salvo por la Cuarta, donde se encuentra con el modernismo”. “Luego la Quinta, la Sexta y ese epítome de la compresión que es la Séptima. Para mis oídos, falibles sin duda, una de las cosas que Sibelius se pregunta desde la Tercera hasta la Séptima es: ¿Qué es la melodía? ¿Cómo podemos comprimirla, reducirla a una sola frase, pero hacer que esa frase sea tan potente y memorable como una gran tonada de los viejos tiempos? Música que parece cuestionarse a sí misma, así como a su subyacente justificación, mientras al mismo tiempo te seduce. Ojalá pudiera mostrarles algo de eso”.

“Herr Profesor, hay un piano en el salón de eventos”.

Frunció el ceño como si de pronto su tren de pensamiento se hubiera detenido. Su asistente siempre estaba viendo la manera de ayudar, lo que era lógico pero, en ocasiones, desconcertante. Eso sí, Guenther no tenía rival a la hora de meterse en la cola para llevarle su café a Herr Profesor.

“Lo que creo que quiero decir es lo siguiente: ¿Qué es la narrativa? ¿Qué es esta cosa —esta cosa ancestral y maravillosa— que llamamos historia? Esta es una pregunta que la vanguardia se hizo y que, de alguna forma, debemos seguir haciendo. Así que cuando yo pondero esa pregunta simple, esencial —¿qué es la narrativa?— muchas veces me descubro volteando a ver a ese inmenso finlandés. Sibelius”, agregó, en caso de que alguien no supiera que Sibelius era finlandés. “Sí, Sibelius. Bueno, tomemos un breve descanso y sí, gracias Guenther, sin leche por favor”.

Cuando reanudaron la sesión veinte minutos después, su asistente apareció con un tocadiscos y una colección de viejos LP’s.

“Encontré la Primera sinfonía, la Cuarta y la Séptima, Herr Profesor”.

“Guenther, eres un mago. ¿Cómo lo hiciste?”.

Su asistente sonrió con timidez.

“Encontré el nombre de un profesor de música que se está hospedando en la villa. Está encantado de poder prestarle los discos. Le manda sus más cordiales saludos. El tocadiscos es de la escuela”.

Se dio cuenta de que sus alumnos lo miraban, expectantes.

“Está bien, entonces, el primer movimiento de la Cuarta, por favor”.

Se sentó y pensó en lo maravilloso que era que le pagaran para escuchar a Sibelius, aunque sólo fuera durante diez minutos y cincuenta y tres segundos. La música era maravillosa, se sentía oscuramente órfica en este paisaje de grandes árboles, aire limpio y cielos azules. Su vida era un desastre, a su novela le había llovido mierda desde las esferas más altas de comemierdas de Londres; dudaba que pudiese escribir algo que tuviera algún valor perdurable y sin embargo, a pesar de todo eso —con las cuerdas trepando tímidamente y los metales aclarándose la garganta como para decir algo importante que, al final, no decían— aún existían algunos momentos trascendentales en esta pobre existencia nuestra.

Cuando el movimiento terminó, le hizo un gesto a Guenther para que levantara la aguja y se quedó ahí, sin decir nada, pero como queriendo decir: “He dicho”. Más tarde, en la cena, cuando todos se sintieron en confianza, algunos estudiantes le confesaron lo mucho que les había gustado la música. Si hubiese estado de otro humor, hubiera tomado el comentario de mala manera, sospechando que quizá le estaban tratando de decir que no les había gustado alguna otra cosa —su forma de dar la clase, su ropa, sus opiniones, sus libros, su vida— pero la música lo había llenado, si bien no de paz, sí de cierta quietud en su ser. Y cada vez pensaba más y más que eso era lo mejor que la vida te podía otorgar: una especie de pausa.

La siguiente tarde decidió hablarles de Hemingway. Empezó con la historia del jeep de Naxos, que con los años se convirtió para él en el ejemplo emblemático de lo que sucede cuando la vida del escritor se pone por encima se su obra. ¿Por qué alguien querría andar por ahí fingiendo ser Hemingway?, se preguntó. No se imaginaba a falsos Shakespeares deambulando por Inglaterra, imitaciones de Goethe en Alemania, Voltaires faux caminando por Francia. Se rieron y, si hubiera sabido cómo se decía falso en italiano, hubiera incluido a Dante para satisfacer a Mario.

Luego les confesó que durante mucho tiempo despreció a Hemingway pero que durante los últimos años llegó a admirarlo mucho. Los cuentos, más que las novelas: desde su punto de vista, el método Hemingway funcionaba mejor en las distancias cortas. Bueno, sucedía lo mismo con James Joyce. Dublineses era una obra maestra, pero el Ulises, con todo y su maestría, era un cuento en esteroides, grotescamente hinchado. Le gustaba esa opinión y la forma en que siempre causaba cierta inquietud soterrada —aquí más de lo normal, según pudo percibir.

Pero quería encaminar a sus estudiantes hacia una historia apropiadamente llamada Homenaje a Suiza. No figuraba entre las más famosas de Hemingway, pero formalmente era una de las más imaginativas. Estaba estructurada en tres partes. En cada una, un hombre —un expatriado americano— estaba esperando un tren en una estación suiza distinta. Los tres estaban esperando el mismo tren y los tres, aunque tenían nombres distintos, eran versiones el uno del otro o, probablemente —no literal, sino metafóricamente hablando—, del mismo hombre. El hombre está esperando en el café de la estación porque el tren está retrasado. Bebe, provoca a la mesera, se mete con los lugareños. Algo, debemos suponer, le ha pasado. Quizá ya no puede más. Quizá su matrimonio se ha roto. El tren va a París: quizá estuvo huyendo de algo y ahora va de regreso. O quizá su destino final sea Estados Unidos. Así que se trata de una historia sobre la huida y el regreso a casa —o también, quizá, sobre la huida de uno mismo y el esperado regreso. Y la forma en que las tres partes de la historia se traslapan entre sí, justo como los hombres se traslapan y los cafés se traslapan y los trenes se traslapan, nos hace pensar en el modo en que nuestra propia vida se traslapa. Cómo en realidad estamos todos conectados, cómo somos todos cómplices.

Hubo un silencio cuando terminó de hablar. Era extraño, pensó, cómo resultaba más fácil hablar sobre algo que no has leído en un buen rato. No te detienes tanto en los detalles —las grandes verdades de la ficción parecen emerger de forma natural mientras hablas.

Eventualmente, Karin, una callada pero determinada chica austriaca, rompió el silencio.

“¿Así que lo que nos está tratando de decir, Herr Profesor, es que Hemingway es como Sibelius?”.

Sonrió de manera enigmática y le hizo a Guenther la señal del café.

III. El maestro en el Medio Oeste

Lo único que se veía eran más salones y oficinas, así que aunque apretaras la cara contra el cristal sólo podías observar el pasto desanimado y el cielo arriba. Desde el principio rechazó la idea de presidir la cabecera de las tres mesas metálicas que habían juntado torpemente. En vez de eso, iba a colocar en la cabecera al alumno cuyo trabajo se discutiría, y al alumno que llevara la crítica, o la respuesta, en el otro extremo. Él se colocaría a un lado, como a un tercio de la mesa. Su posición estaba diseñada para decir: No soy el poseedor de la verdad, porque no existe tal cosa cuando hablamos de juicios literarios. Por supuesto, soy su profesor y he publicado varias novelas, mientras que ustedes sólo han sacado algunas cosas en las revistas del campus; pero eso no te hace necesariamente un mejor crítico. Bien puede darse el caso de que el mejor asesor para tu trabajo sea uno de tus propios compañeros.

Eso no era falsa modestia. Apreciaba a sus alumnos, a todos, y sentía que el sentimiento era mutuo; le había sorprendido que todos, sin importar su grado de destreza, escribían con una voz propia. Pero no todos tenían las mismas simpatías críticas. Por ejemplo Gunboy, como él lo llamaba, siempre entregaba historias de la generación X ambientadas en una parte oscura de Chicago, y cuando no le gustaba el trabajo de otro, levantaba su mano, con forma de pistola, y le “disparaba” al autor, añadiendo, para mayor énfasis, el culatazo del arma. No, nunca sería el mejor lector de Gunboy.

Había sido una buena idea venir a este campus del Medio Oeste para recordar lo normal y ordinario de la vida americana. Desde la distancia, resultaba tentador ver a Estados Unidos como un país que cada tanto enloquecía de poder y se entregaba al violento arrebato de un adicto a los esteroides. Aquí, lejos de los lugares y los políticos que le daban una mala reputación, la vida era muy parecida a la de cualquier otra parte. La gente se preocupaba por las típicas pequeñeces, que para ellos eran cosas serias. Como en la ficción. Y ahí estaba él, tratado como un invitado de honor —no como un paria, un fracasado, sino como alguien con una vida propia que quizá había visto una o dos cosas que los demás no. A veces la comunicación era muy difícil: ayer estaba comiendo en la barra cuando su vecino le preguntó: “¿Entonces, qué idioma hablan en Europa?”. Pero esos detalles le serían útiles para su novela americana.

Si es que alguna vez la escribía. No, claro que la escribiría. La pregunta era: ¿Quién querría publicarla? Había tomado este trabajo en parte para escapar del vergonzoso hecho de que su última obra, Una especie de pausa, había sido rechazada por doce editoriales. Aún así sabía que no era un mal libro. Todo el mundo decía que era tan bueno como los anteriores —ahí estaba el problema. Sus ventas habían estado cayendo con los años; era un tipo blanco de mediana edad, sin ninguna identidad extra —petulante panelista de TV, por ejemplo— que levantara su perfil. Desde su punto de vista la novela —sí, La Novela— presentaba verdaderamente sus ideas sobre el afanoso arte de mezclar voces íntimas; pero ahora la gente quería leer cosas más ruidosas. “Quizá debería matar a mi esposa y escribir un libro sobre eso”, se decía, a manera de queja, en momentos de autocompasión. Pero no tenía esposa, sino ex esposa, y hacia ella tenía sentimientos cálidos más que asesinos. No, sus novelas eran buenas, pero no suficientemente buenas; ésa era la verdad. Un editor le había dicho a su agente que Una especie de pausa era “un libro clásico, bien escrito, perfecto para la tabla media de las ventas. El problema es que esa tabla ya no existe”. Su agente se lo comentó acaso con un candor excesivo.

“¿Maestro?”. Era Kate, su alumna más brillante, incluso aunque sus historias estuvieran llenas de perros. Una vez le escribió en el margen, con rojo, “Mata al perro”. La siguiente historia que presentó en la clase se llamaba “El Daschund inmortal”. Le gustaba eso. A veces la provocación podía funcionar casi tan bien como el amor. A veces mejor.

“Creo que entendiste todos mis comentarios”, le dijo. Aunque su principal comentario, si fuera lo suficientemente duro para decirlo, hubiera sido: ¿Por qué el protagonista muestra una angustia existencial tan parecida a la del resto de los textos que nos has mostrado? Pero no le gustaba decir cosas de ese tipo. Sentía como propia la vulnerabilidad de sus alumnos. En lugar de eso, dado que ya iban casi a la mitad de la sesión de tres horas, simplemente dijo: “Pausa para fumar”.

A veces se unía a los tres fumadores de la clase que se arrejuntaban alrededor del bote de basura. Hoy se esfumó como si tuviera cosas importantes que atender. Caminó hasta el extremo más cercano del campus, que había sido construido en una colina, y observó la inexpresiva planicie agrícola. Ni siquiera tenía que encender un cigarro. La vista y su inmensa simplicidad eran tan buenas como la nicotina. Cuando era joven disfrutaba mucho pensarse diferente a los otros, potencialmente especial; ahora lo confrontaban por recordatorios de su propia —de nuestra propia—insignificancia. Eso lo calmaba.

Maestro, refunfuñó tímidamente. La primera vez que conoció al grupo, uno de ellos lo llamó Profesor. Le causó gracia —después de todo, no era académico y prefería pensar que era un escritor entre colegas. Por otra parte, no quería que lo llamaran por su nombre, y Señor tampoco le gustaba.

“¿Por qué no lo llamamos Maestro”, sugirió Kate.

Le dio risa. “Sólo si lo hacen irónicamente”.

Volvió a gruñir. A veces, esa etiqueta lo lastimaba. Cuánto orgullo le daba ver su nombre en la portada y la contra de un libro, año tras año, pero, ¿qué significaba? El nombre de Jane Austen había sido impreso sólo dos veces en su vida —y eso en las listas de suscripciones de los libros de otra gente. Oh, basta, suficiente.

Para cambiar la dinámica de la clase, les contaba un relato breve que pudiera ayudarles, o al menos darles un poco de perspectiva, así que, ese día en la tarde, les pasó a todos copias de Homenaje a Suiza.

“Maestro, creo que me voy a enfermar la próxima semana”, dijo Kate.

“Quieres decir que tienes prejuicios”.

“Mejor llamémosle postjuicios”.

Le gustaba la manera en que defendía sus ideas.

“¿Por ejemplo?”.

Kate suspiró.

“Oh, el último gran macho blanco. Papá Hemingway. La celebración del machismo. Niños con juguetes”. Miró deliberadamente a Gunboy, quien, deliberadamente, apuntó y disparó.

“Bien. Ahora lee el cuento, mataperros”, le dijo de manera juguetona.

La semana siguiente empezó a contarles sobre el clon de Hemingway en Grecia; luego habló de los Alpes suizos y sobre la vez que le preguntaron si estaba comparando a Hemingway con Sibelius. Pero nada de eso surtió demasiado efecto, bien porque nunca habían oído hablar de Sibelius —que era lo más probable— o bien porque no se había explicado correctamente. Muy bien, vamos por ellos.

Lo deprimió lo rápido que la clase se dividió en sexos. A Steve, que de cualquier manera tenía fobia a los adverbios, le gustaba la economía de recursos de Hemingway. Mike, cuyas travesuras formales solían esconder la debilidad de sus temas, estaba de acuerdo con la estructura. Gunboy, quizá deplorando la falta de armas de fuego, decía que la historia estaba bien a secas. Linda hablaba de la mirada masculina y se preguntaba por qué Hemingway no mencionaba el nombre de la mesera. Julianne pensaba que la historia era repetitiva. Kate, en quien había puesto todas sus esperanzas, trató de decir algo elogioso, pero terminó diciendo: “Simplemente no veo qué nos tiene que decir”.
“Entonces trata de poner más atención”.

De pronto hubo una especie de pausa brutal. Había descalificado a su favorita; peor aún, se había salido de su papel. Había en el campus un poeta muy alto que tenía reputación de humillar a sus estudiantes destruyendo sus poemas línea por línea. Pero todo el mundo sabía que los poetas estaban locos y que no tenían modales. En cambio se esperaba que los prosistas, especialmente los extranjeros, fueran gente civilizada.

“Perdón, lo siento”. Pero había un gesto en el rostro de Kate que lo hacía sentir culpable. Quería decirle: Es mi problema, no tuyo. Pensó en intentar explicarle algo que le sucedía últimamente: que si alguien lo insultaba, o si alguien insultaba a alguno de sus amigos, no pasaba nada —no mucho. Pero si alguien insultaba una novela, una historia o un poema que le gustaba, algo volcánico y visceral le hervía por dentro. No estaba seguro de qué podría significar —excepto, quizá, que estaba mezclando la realidad y la ficción.

Pero en lugar de decirles eso, empezó otra vez desde cero. Habló sobre el mito del escritor y de cómo no sólo el lector, sino el mismo escritor, quedaba atrapado en ese mito —en cuyo caso deberíamos sentir pena más que vergüenza por él. Habló sobre lo que podría significar el odio a un escritor. ¿Qué tan lejos vamos a llevar ese odio y por cuánto tiempo? Citó a Auden: “El tiempo que con esta extraña excusa/ perdonó a Kipling y a sus opiniones/ y habrá de perdonar a Paul Claudel” perdonará también al poeta Yeats por escribir bien. Les habló de su propia aversión inicial hacia Hemingway y de todo el tiempo que tardó en leer las palabras y no al hombre que las escribía —de hecho, ése era el mejor ejemplo de cómo el mito oscurece la obra, y de cómo la prosa era tan diferente si se miraba desde ese punto de vista. Parecía tan sencilla, incluso simple, pero en sus mejores momentos era tan sutil y profunda como el mejor Henry James. Habló del sentido del humor de Hemingway, que generalmente pasaba desapercibido, y de cómo lo que podría entenderse como fanfarronería podía ser en realidad humildad e inseguridad. Quizá ésa era la clave, el aspecto más importante de un escritor. La gente pensaba que estaba obsesionado con la valentía masculina, con el machismo y los cojones. No veían que en realidad su tema era la debilidad y el fracaso. No el héroe de la corrida sino el humilde aspirante siendo cornado hasta la muerte por un toro hecho de cuchillos de cocina pegados a una silla. Los grandes escritores, les dijo, son aquellos que entienden la debilidad. Hizo una pausa y regresó a Homenaje a Suiza. Vean cómo los tres expatriados norteamericanos, a pesar de su ingenio, su sofisticación y su dinero, son moralmente inferiores a la sencilla mesera suiza y a sus patrones, que son férreamente honestos, que no evaden la realidad. Observen el balance moral, les dijo, fíjense en el balance moral.

“Entonces, ¿por qué no dice el nombre de la mesera?”, preguntó Linda.

¿Qué sentía con más fuerzas, rabia o depresión? Quizá algunos autores siempre serían leídos y malinterpretados por las razones equivocadas, quizá nunca tendrían salvación.
Al revisar su obra, Auden había excluido sus versos sobre Kipling y Claudel. Quizá pensó que no eran verdaderos, y que al final el tiempo no perdona.

“Son meseras. La historia está contada a través de los ojos de un extranjero norteamericano”.

“Meseras a las que les quiere pagar para tener sexo, como si fueran putas”.

“¿No te das cuenta de que las mujeres son las que están en un plano moral superior?”.

“Entonces, ¿por qué no le da nombre a ninguna de ellas?”.

Por un momento pensó en contarle la historia de su vida: de cómo Angie lo había abandonado a causa de su éxito, de cómo Lynn lo había abandonado a causa de su fracaso.
Pero en lugar de hacer eso, en un último intento por lograr algo —sin saber bien qué—, volteó a ver a Kate y le preguntó: “Qué tal si yo escribiera un cuento sobre lo que está pasando ahora y pusiera mi nombre pero no el tuyo, ¿en realidad sería tan malo?”.

“Sí”, contestó, y parecía que ahora ella tenía una imagen más pobre de él.

“Y si dejara mi nombre fuera de la historia y pusiera el tuyo, ¿estaría mejor?”.

“Sí”, contestó.

Así lo hizo. Intentó escribirlo todo de manera simple y honesta, con claras líneas morales.

Pero, aun así, nadie lo quiso publicar.

Julian Barnes.
Autor, entre otras obras, de El loro de Flaubert, Inglaterra, Inglaterra y Amor, etc.

Publicado originalmente en The New Yorker

Traducción de César Blanco