A Álvaro Rendón Moreno, El Feroz. In Memoriam, a propósito de otras narrativas y en agradecimiento por las horas plenas.

Como bien se sabe, desde hace tiempo el estereotipo sigue insistiendo muy campante en que Sinaloa es la cuna del narcotráfico en México. Se entiende que por eso es estereotipo: porque algo contiene de real y verdadero (ahí están los datos que muestran lo fecunda que ha resultado la matriz regional a la hora de parir violencia). Pero se trata de un estereotipo también, porque el cristal con que se ha mirado el asunto ha sido casi siempre el del periodismo más burdo, ése que insiste en la espectacularidad morbosa de los narcoasesinatos, la presencia de los grandes cárteles, sus capos (a los que se ve como personajes más bien folclóricos, casi de películas de vaqueros, dice Juan Villoro) y los productos de esa singular subcultura que el narco ha prohijado (¿cuántos reporteros de medios nacionales han estado en Culiacán ocupados en hacer El Reportaje sobre Malverde?). Paradigma del buen sentido común y estereotipo de la prensa comercial, entonces, han impedido advertir la historicidad de un fenómeno cuya comprensión y explicación demandan, ciertamente, ir más allá de la mera constatación que ofrecen la nota periodística y el buen batiburrillo discursivo (y discurseante) de la seguridad pública (con toda su numeralia terriblemente confusa y fatigada por tantos y tantos informes).

semilla

No resulta ocioso, en consecuencia, ensayar un ejercicio de reconocimiento del tema como hecho histórico en cuya realidad se superponen temporalidades, espacios y niveles de causalidad diversos. De paso, quizá este vistazo trascienda la mera intentona de urbanidad ensayística para sugerir un contexto más amplio de comprensión de este crudo, espeso y complicado fenómeno.

El “romanticismo” sinaloense

Los pueblos asentados en lo que hoy es Sinaloa fueron, en la época prehispánica, comunidades con muy escaso desarrollo civilizatorio: cazadores, recolectores, guerreros, con las incipientes excepciones de tahues y totorames. La conquista, en esta parte del septentrión, fue más bárbara y aniquiladora que en el altiplano central o el sur de México. Fue casi exterminio más que conquista. En tal sentido, como diría Foucault, estas regiones quedaron efectivamente marcadas como provincia: provincere, región vencida, reducida, sojuzgada.

Luego en la Colonia, después del paso de la conquista militar a la labor evangelizadora y de reorganización social, cultural y económica de los jesuitas y el modelo misional que medio incorporó a los indígenas a formas de organización más o menos modernas u “occidentales”, quedaron impresas dos huellas definitorias: el habla hispana y la religión católica. Pero se trató, otra vez, de un capítulo trunco: con la expulsión de la Compañía de Jesús y la implantación de las reformas borbónicas en la segunda mitad del siglo XVIII se fortalecieron formas de producción (caso ejemplar el de la minería) y de organización social y política contrarias a las tradiciones comunales de los grupos aborígenes de aquellos lares (ya de por sí diezmados por la explotación laboral y las enfermedades). Como consecuencia de la desagregación social y cultural que trajeron consigo los primeros intentos modernizadores, la revolución de Independencia tomó a Sinaloa fuera de ruta, rezagado dentro del rezago nacional, fuera de los cauces de la Gran Historia Nacional, en la intemperie espiritual, geográfica, económica y política. Sinaloa, como ha escrito Adrián López, arribó al siglo XIX solo y huérfano (cfr., López Ortiz, Adrián, Ensayo de una provocación, DIFOCUR, Culiacán, 2007, p. 34).

Más tarde, la Reforma y la Revolución lograron fijar un propósito modernizador liberal que, en el primer caso, estaba condenado a su frustración (en tanto proyecto nacional, esto es, más allá de sus alcances particulares en lo relativo, por ejemplo, a la secularización de la sociedad y el Estado mexicanos) por su carencia de anclajes en el sustrato histórico profundo del país y la región; mientras que, en el segundo caso, ese propósito se extravió en las contradicciones de un nacionalismo proteccionista, cada vez más inoperante en un mundo que exigió crecientemente aperturas en todos sus flancos. Ni la Reforma ni la Revolución institucionalizada redujeron, más que muy relativamente, la franja de la marginación, la distinción sociocultural, la división y la desigualdad económica.

A las paradojas comunes a la modernidad occidental (sobre todo europeas), referidas a las contradicciones inherentes al mercado, al Estado y la democracia modernos, a las paradojas que han acompañado a la modernidad latinoamericana y mexicana, concernientes a la brutalidad de la conquista, el desplazamiento y la subordinación cultural, el sometimiento, la exclusión y, después, ya con los mercados nacionales en marcha, los términos desiguales del intercambio, hay que añadirles las muy particulares que han distinguido a la modernidad sinaloense, y que se han conjurado en torno a una conclusión vasta y abrumadora: en ninguno de sus diferentes periodos históricos Sinaloa ha logrado culminar sus ciclos civilizatorios.

Con este telón de fondo, un estudioso sinaloense, Carlos Calderón, ha propuesto una sugestiva caracterización de su contemporaneidad. Atenido a consideraciones de distinto orden (desde las culturales hasta las geográficas), Calderón apunta: “No fue casual, entonces, que la vocación productiva del estado estuviera ligada a las actividades relacionadas con la explotación de los recursos primarios, como la minería, agricultura, ganadería, pesca, y que otras actividades, como el comercio y la industria, surgieran de la matriz formada con la providencial relación entre el hombre y su entorno natural. Una especie de destino manifiesto del que sólo pudo escapar el sector de los servicios, cuya mayoría de edad se alcanzó varios siglos después”. De aquí puede colegirse una conjetura que bien podríamos denominar “hipótesis metafísica” en el mejor sentido de la palabra: los sinaloenses son seres elementales, básicos, en principio, por una suerte de fatalidad histórica. Su relación con la naturaleza física los determina y condiciona también su relación con sus semejantes. Económica y culturalmente hablando, no han incorporado valor agregado a sus producciones materiales y simbólicas. No han incorporado un extra simbólico a sus vidas. Su concepción del mundo y el tiempo es simple, circular, cíclica como los tiempos de la agricultura.

A esto hay que sumar las ideas sostenidas por los pensadores de la camada antecesora en la ronda de las generaciones intelectuales en la región: Juan Macedo, Arturo Murillo, Antonio Nakayama y, destacadamente, Enrique Félix Castro, El Guacho,1 de quien Carlos Calderón espiga la definición del sinaloense como un ser de temperamento romántico, más llevado por la pasión que por la razón, por el corazón que por la mente, por la emoción que por el pensamiento, lo que permite comprender los rasgos dominantes en su personalidad: ruidoso, echón, explosivo, echado pa’ delante, proclive a las catarsis violentas, como las calificó Nakayama desde los años cincuenta. Características que anticipan su poco aprecio por las leyes, por la esfera convencional de la vida, por las normativas morales explícitas, lo que aplica para todos los estratos, al margen de su situación económica, y lo vuelve propenso, por lo tanto, a la efusión violenta, a la creación de códigos alternativos de reglamentación moral, al ejercicio del ilegalismo (cfr., Calderón Viedas, Carlos, Huellas de modernidad en Sinaloa, Gobierno de Sinaloa-Fontamara, México, 2007, p. 165).

El milagro agrícola
Quizá por esto la versión sinaloense del Milagro Mexicano no prosperó como se esperaba. Por esto y por el advenimiento del narcotráfico (situaciones que necesariamente corrieron parejas). Gracias a las grandes obras hidráulicas construidas a partir de los cuarenta del siglo pasado y a un sostenido crecimiento demográfico, la entidad empezó a ponerse a tono, para bien o para mal, con la curiosa modernidad nacional. Fueron los años de las grandes obras hidráulicas; del descubrimiento de la riqueza del litoral sinaloense y de la industria pesquera; del despegue agrícola, particularmente de la horticultura, y la consolidación de las organizaciones gremiales de agricultores (en 1940 el valor de lo producido en el valle de Culiacán fue de 19 millones, mientras que en 1957 la producción agrícola estatal alcanzó un monto de 442 millones de aquellos pesos); fueron los años del Banco Agrícola de Sinaloa, el Banco del Noroeste de México y el Banco Provincial de Sinaloa otorgando el 60% del total de sus créditos a la agricultura en los cincuenta; los años, en fin, en que Sinaloa pasó de 492 mil 821 habitantes en 1940, a 838 mil 404 en 1960.

Pero llegaron los sesenta y con ellos otra época. Fue en esas fechas que sobrevinieron los conocidos episodios del conflicto político-electoral en el Culiacán de 1965, confrontando al gobernador Leopoldo Sánchez Celis con Carlos Madrazo y su ensayo democratizador; la lucha cívica del Frente de Defensa Popular; el movimiento universitario de los setenta y su secuela radical; los conflictos agrarios de 1975 y 1976; los movimientos electorales de 1986 en el municipio de Ahome y de 1989 en Mazatlán y Culiacán; los movimientos urbano-populares de comienzos de los ochenta en la zona centro-norte del estado, además de los de pescadores y agricultores ya en los noventa. Ciertamente, fue muy poco después del celebrado milagro agrícola que la sociedad sinaloense sufrió una severa desagregación simbólica, normativa y moral. No bien repuesta de las tempestades demográficas, económicas y políticas de esas fechas, cayó de improviso sobre ella el chubasco terrible del narcotráfico. La nueva vegetación pública, moral e institucional no florecía aún, cuando fue colmada por la tumultuosa avenida del río del narcotráfico y su fango subcultural.

El resto es historia conocida. La inusitada explosión demográfica (de 838 mil 404 habitantes en 1962, se pasó a un millón 578 mil 939 en 1975, es decir, la población prácticamente se duplicó en menos de 13 años), la migración del campo a la ciudad (en 1962 poco más del 62% de la población residía en comunidades rurales, mientras que en 1975 el 55% habitaba en los centros urbanos),2 la explosiva demanda de satisfactores básicos y secundarios, la insuficiente capacidad de respuesta gubernamental para atender esta expectativa desbordada y este reclamo no pocas veces multánime, la dependencia del patrón de desarrollo agrícola monoexportador, a todo lo cual se sumaron con particular vigor el narcotráfico y sus desprendimientos simbólicos, entre otros hechos, modificaron la fisonomía citadina, crearon sincretismos, dejaron atrás el bucolismo parroquial, subvirtieron el edén provinciano y obligaron a Sinaloa a verse ante un espejo que le devolvía una imagen extraña, ajena a aquella en que se reconoció tantas mañanas campiranas con flores de amapola en los jardines y mujeres regando calles polvorientas. A esta tierra y a su gente les pasó lo que al yo poético de Gilberto Owen en Sinbad el Varado: “Esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos”.

Con todas sus particularidades, no obstante, el estado vivió situaciones de desequilibrio comunes a otras regiones de similares condiciones e historias en el país. Su singularidad, sin duda, le ha llegado del narco. ¿Cómo se originó este problema? ¿De dónde y cómo llegó para arrullarse en la cuna de la serranía sinaloense y crecer robusto por buena parte de México?

El chubasco y la inundación regional
De acuerdo con la información del historiador Herberto Sinagawa, está bien documentada “la llegada de grupos numerosos de chinos a Sonora y Sinaloa como una forma de huir de la explotación a que fueron sometidos en las minas de cobre de Santa Rosalía, Baja California Sur, a donde fueron llevados en 1885 por la empresa francesa Compagnie du Boleo. Ellos trajeron la semilla de amapola, la sembraron en sus huertos y el producto lo destinaron a su uso personal […]. El control de los productos que ‘degeneran la raza’ comenzó bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, quien expidió un decreto en 1925 en que fijaba las bases para la importación de opio, morfina y cocaína, entre otros. En 1926 el Código Sanitario prohíbe el cultivo y comercialización de marihuana y adormidera […]. Hacia 1927 se desataron encarnizadas campañas antichinas. Acusados, entre otras cosas, de ser opiómanos, la mayoría de los chinos fueron expulsados del país. Los que lograron permanecer se recluyeron en guetos situados en donde era más difícil ser encontrados: los intrincados terrenos de la sierra, donde su adicción al opio se recrudeció a la vez que su rencor […]. Pronto el cultivo de la amapola se hizo ya con fines de comercialización ante una demanda cada vez más fuerte por la Segunda Guerra Mundial; y luego ciertos chinos asesoraron a campesinos sinaloenses pobres para la explotación de la amapola a gran nivel. La amapola se convirtió en el recurso más socorrido de quienes, flagelados por miserias ancestrales o estimulados por aventureros hambrientos de fortuna rápida, quisieron cobrarse cuentas atrasadas y ascender en la escala social con el lubricante del dinero” (citado en Luis Enrique Ramírez, “El paso de la Operación Cóndor”, reportaje publicado en El Debate de Culiacán, 7 de junio de 2005).

semilla2

En esta misma dirección, Antonio Haas recuerda: “La siembra industrial de la amapola se inició en la sierra sinaloense durante la Segunda Guerra Mundial a instancias y con financiamiento del gobierno de Roosevelt, para surtir de morfina a hospitales de las tropas aliadas. Como la producción turca del opio, la única legal, había quedado en manos del Eje, el presidente Ávila Camacho accedió a la medida propuesta por el gobierno de Roosevelt […]. El cultivo generó una bonanza en la región. Los campesinos de la sierra y sus intermediarios nunca habían visto tanto dinero junto. Pero al terminar la guerra, los dos gobiernos acordaron ponerle fin al cultivo. Se les dijo a los ‘gomeros’ (los que producían y exportaban la goma del opio) que volvieran a sembrar su frijolito y su maicito. Pero después de haber probado las mieles de la amapola, ¿a quién se le podía ocurrir que aquellos fueran a soltar la jícara?” (citado por Melchor Inzunza Cervantes, “Lo que el narcotráfico nos dejó”, en Diálogo Nacional, suplemento del periódico El Nacional, México, 13 de noviembre de 1990). Menos la soltaron todavía cuando llegaron compradores norteamericanos, ilegales por supuesto, dispuestos a financiar el cultivo.

El camino quedaba despejado para que Sinaloa pasara de ser exclusivamente lugar de siembra, a convertirse en una entidad exportadora, de distribución, consumo y trasiego de drogas hacia Norteamérica. De entrada, esto impuso a la economía regional un crecimiento deformado, dando lugar a notables cambios en la mentalidad colectiva y las costumbres en sólo 10 o 15 años. En todos sus informes de gobierno, de 1963 a 1968, a diferencia de lo que ocurría todavía durante la gestión de Gabriel Leyva Velázquez, el gobernador Leopoldo Sánchez Celis hizo referencia al problema, ufanándose de las campañas contra el pistolerismo (las famosas destrucciones públicas de armas) y los decomisos de drogas con sus respectivas consignaciones.

Con Alfredo Valdez Montoya la cosa siguió igual: el tema del narcotráfico estuvo presente en cada uno de sus informes gubernamentales. Y, lo que es más, unos cuantos años después se ponían de manifiesto sus efectos entre la población juvenil. En 1974 este mandatario informaba lo que nunca antes, ni con Leyva Velázquez ni con Sánchez Celis, había sido motivo de mención: “Ingresaron al Consejo Tutelar de Menores —informaba Valdez Montoya— cuatro mil 500 jóvenes, de los cuales tres mil 900 son varones y 600 mujeres. Las causas más importantes de ingreso fueron: farmacodependencia, 24 por ciento, robo, 24 por ciento, y vagancia, 19 por ciento” (todas las referencias a informes de gobierno de 1947 a 1993 fueron extraídas de la consulta en el archivo del H. Congreso del Estado de Sinaloa).

Poco a poco el narcotráfico fue inundando todos los poros de la sociedad regional. Por archisabidas razones, las autoridades mexicanas adoptaron el enfoque represivo y penalizador norteamericano. Así, la llamada Operación Cóndor, emprendida por el gobierno federal durante el mandato de Alfonso G. Calderón en Sinaloa, tuvo consecuencias encontradas. Por una parte, los narcotraficantes fueron duramente golpeados, pero, por otra, los derechos humanos fueron igualmente violados de manera flagrante por el Ejército y la Policía Judicial Federal. Estas violaciones fueron denunciadas en detalle por el Colegio de Abogados Eustaquio Buelna de Culiacán, con base en un estudio que recogió los testimonios de 457 reos acusados de delitos contra la salud, internos en el Instituto de Readaptación Social de Sinaloa (IRSS), durante los meses de marzo y abril de 1978. En el estudio se consignaba que el 85% de los reclusos estaba integrado por campesinos jornaleros de escasos recursos y el resto por habitantes urbanos en su mayoría jóvenes. Dato revelador, entre otros, de los abusos a que daba lugar el combate al ilícito en aquel tiempo (cfr., varios autores, La Operación Cóndor, ed. Proceso, México, 1981).

Luis Enrique Ramírez alude a esto mismo al referir que, en esos tiempos, “El juez de distrito José Galván Rojas señalaba un incremento súbito de 80 por ciento en las solicitudes de amparo […]. Lo cierto es que el efecto de la Operación Cóndor determinó la desaparición de cerca de dos mil comunidades en la sierra, de acuerdo con un comparativo entre el censo de población de 1970 y el de 1980” (en El Debate de Culiacán, 7 de junio de 2005). El golpe al narcotráfico, aunque resonante, era momentáneo (el gobernador Antonio Toledo Corro reiterará en 1986, con todo y la promoción del programa llamado “Alianza para la Justicia”, la alusión al “cáncer del narcotráfico”), las transgresiones al Estado de derecho, en cambio, se volvían día con día más recurrentes.

semilla3

En este suelo histórico germina la semilla de la “narcocultura” en Sinaloa. De aquí en adelante los sucesivos episodios de la conflictiva social estarán marcados por esa práctica, sus causas y secuelas económicas y sus simbolismos.

De bandoleros sociales a narcotraficantes
La narcocultura ha dividido la percepción de la gente en dos: la convencional y la informal. La primera tiene que ver con la pretensión de monopolizar una visión del mundo fundada en el derecho y las reglas “aceptadas”, y la segunda (lo que en sentido estricto se conoce como narcocultura, pieza fundamental de la subcultura de la violencia en la región), con una híbrida construcción simbólica de la realidad que consagra a los narcotraficantes como los héroes de una significativa franja de la población. Basta pasar revista a las letras de los corridos de los setenta hasta nuestros días para caer en la cuenta de que la representación del narco cambió, pasó, por así decirlo, de lo casuístico a lo causístico: que va o que ha ido de “Camelia La Texana”, entrañable-asesina-de-Emilio-Varela-el-amor-de-su-vida, al culto que se rinde al “Jefe de jefes”, elogio del capo de una mafia organizada racionalmente, dadora y quitadora de “plazas”, prestigios, bienes y vidas: Soy-el-Jefe-de-jefes-señores-me-respetan-en-todos-niveles.

Los bandoleros sociales y los héroes revolucionarios fueron sustituidos en el imaginario colectivo (rural primero, urbano después) por los narcotraficantes. La investigadora suiza Helena Simonett explica: “Inspirado en los líderes revolucionarios y sus campañas, surgió un enorme cuerpo de folclore que, a su vez, sirvió de tierra fértil para la cultura popular, el cine y la música […]. Aunque fue la Revolución la que generó la imagen del hombre valiente, las baladas y las historias de los héroes ya eran parte, desde tiempo atrás, en las décadas de 1910 y 1920, del folclore mexicano […]. La mayoría de estos hombres murieron por sus ideales de justicia social (por ejemplo Heraclio Bernal) y, por tanto, son de algún modo los precursores de los revolucionarios […]. [Es por ello que] durante periodos de insurrección y reforma el ilícito puede ser concebido como una acción legítima y permisible; por lo tanto categorías tales como bueno/malo o correcto/incorrecto no son necesariamente antípodas, y esta misma ambivalencia también se aplica a una actitud común hacia el tráfico de drogas. Las categorías éticas no son tan fijas como se cree a menudo” (Simonett, Helena, En Sinaloa nací: historia de la música de banda, Asociación de Gestores del Patrimonio Histórico y Cultural de Mazatlán, México, 2004, pp. 219-220).

Por eso también se ha creado una suerte de aura alrededor de los grandes delincuentes, sobre todo de los narcotraficantes, que, no sin impostura, ellos mismos asumen con indisimulado orgullo. En alguna ocasión, ya en prisión, Rafael Caro Quintero, ejemplo paradigmático de esa ilegalidad tan celebrada en los últimos años, declaraba a la prensa nacional: “Los campesinos son pura gente noble, como lo soy yo y mis compañeros y el señor Ernesto [Fonseca] y como toda su gente. Somos pura gente que ayudamos a México, o sea, que hacemos escuelas, que ponemos clínicas, que metemos la luz a los ranchos, agua potable. Lo que no hace el gobierno lo hacemos nosotros. No lo hacemos con ningún fin de obtener algo por eso, ni porque nos tome en cuenta todo el mundo. Nada más porque nos sentimos bien nosotros mismos” (citado por Carlos Monsiváis, “El caso del horrorosísimo hijo que con tal de no matar a su horrorosísima madre leía la horrorosísima nota roja”, prólogo de Fuera de la ley/La nota roja en México, varios autores, Cal y arena, México, 1992, p. xx).

De la otra cara de la moneda, citemos, como dato empírico que habla por sí mismo, que apenas a mediados de 2010 una encuesta realizada por la firma Parametría revelaba que 43% de los sinaloenses piensa que los capos de la droga o quienes se dedican al narcotráfico “generan progreso en las comunidades donde viven”, mientras que a nivel nacional el 33% de los mexicanos coincide con esa opinión; en tanto, un 44% de sinaloenses considera que si el narcotráfico no produjera violencia sería una actividad benéfica para el estado, cuando solamente un 27% de los mexicanos está de acuerdo con dicha conclusión (periódico Noroeste de Culiacán, 2 de marzo de 2011).

Hacia una hermenéutica del narco
Desde hace rato, autores como Héctor Aguilar Camín y Jorge G. Castañeda han señalado la pertinencia de transitar hacia una nueva narrativa del narcotráfico y la violencia que le acompaña. Los ensayos publicados por Fernando Escalante Gonzalbo en la revista nexos (“Homicidios 1990-2007” y “La muerte tiene permiso: Homicidios 2008-2009”, septiembre de 2009 y enero de 2011, respectivamente) desnudaron esta necesidad: ni los medios ni el gobierno se han hecho cargo profesionalmente del asunto. En ambos casos se ha partido de la premisa de que el narco y sus muertes están ahí sin más, se diría que actuando, casi casi, por la mera astucia de una malvada razón oculta.

Varios estudiosos ya han comentado que los resultados de la investigación hecha por Escalante (sobre todo en su segundo ensayo) obligan también a los académicos a asumir una responsabilidad en el tema. ¿Por qué la violencia se ha regionalizado y, en buena medida, hasta municipalizado? Claudio Lomnitz tiene razón cuando sugiere que “para construir las explicaciones que requerimos es necesario pasar por la investigación etnográfica”, toda vez que “hasta ahora los funcionarios han justificado sus políticas a partir de una mezcla de estadísticas desordenadas y de anécdotas de la prensa”, en tanto que los diagnósticos que se demandan implican “estudios detallados e intensivos de contextos específicos” [“¡Exijo una explicación! (¡plop!)”, nexos 398, febrero de 2011].

Acaso no sobre, en tal sentido, ensanchar un poco la mirada: dar al escenario específico entretelones históricos. En el caso de Sinaloa, vale la pena volver los ojos a su secular carácter de sociedad demediada, a la manera en que se ha configurado una personalidad colectiva poco compleja, más bien elemental y ceñida a una relación muy básica con el mundo natural y humano. En esta perspectiva, Sinaloa puede ser también un buen caso de estudio: el romanticismo tropical y campirano de sus moradores, su escaso apego a las convenciones normativas, su proximidad con el ilegalismo —en otros tiempos el bandolerismo social, después la fayuca, hoy el narcotráfico—, sus agravios pendientes con las fuerzas del orden (¡dos mil pequeños caseríos y comunidades serranas desaparecidas durante la Operación Cóndor!) y el arraigo de una subcultura gestada en la matriz regional, interpeladora persistente de los poderes formales, tal vez puedan servir de referencia a las investigaciones que den paso a una mínima, renovada y necesaria hermenéutica del narcotráfico en México.

Ronaldo González Valdés. Sociólogo. Su más reciente libro es Sinaloa: una sociedad demediada, Juan Pablos, México, 2009.

1 Las ideas de estos autores están expuestas en la siguiente bibliografía mínima: Macedo López, Juan, Antología, Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 1985; Murillo M., Arturo, Los años no bastan, Costa-Amic, México, 1978; Nakayama Arce, Antonio, Sinaloa: un bosquejo de su historia, Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 1983, y Entre sonorenses y sinaloenses: afinidades y diferencias, Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional, Sinaloa, México, 1991; Félix Castro, Enrique, Evolución tardía de la provincia, Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 1985.
2 Todos los datos de este apartado se tomaron de González Valdés, Ronaldo, Sinaloa: una sociedad demediada, Juan Pablos, México, 2007.

 

 

3 comentarios en “La semilla sinaloense

  1. Muy interesante el articulo, algunas veces me había preguntado porque se da esa vocación por el narco en sinaloa, llegue a conclusiones parecidas pero mas simples: una de ellas es la de una sociedad muy elemental, basica y el caracter de su gente: bragada, echada hacia adelante, ambiciosa, y soñadora, que tiene como referencia aspiracional a un sector muy prospero de agricultores igualmente básicos y elementales. Ese sector agrícola solo tiene cabida para unos pocos, las otras actividades son muy escasas, realmente existen pocas oportunidades…………cual es la opción ?

  2. Si este tipo de análisis antropológico se hiciera en otras entidades y regiones del país, se podrían proponer políticas publicas adecuadas para atender desde una perspectiva de Estado el problema del narcotráfico. Pero los genios de escritorio solo ofrecen paliativos. Hay que entender que existe en México un abarrancamiento de la estructura social, aunada a las pocas oportunidades de empleo bien remunerado, hay que pues proponer alternativas que afiancen la identidad social mediante mejores oportunidades de empleo bueno, mejor educación, pero sobre todo con la implementación de mecanismos que redistribuyan la riqueza acumulada por las grandes fortunas, riqueza buena y también mala, pero riqueza mal distribuida.

  3. El diagnóstico esta ahí, ahora habría que plantearnos como cerrar los ciclos pendientes, no podemos los sinaloenses pasarnos la vida dejando fases inconclusas. Si la semilla se ha sembrado ¿debemos esperar que nazca la hierba mala? o ¿podríamos hacer que produzca algo más noble y productivo?