Los males del Mal

Cuando se habla de “El Mal”, ante todo nos enfrentamos a un mal frente al cual se ha advertido con razón: el artículo definido es un imán de errores, sobre todo cuando se coloca frente a sustantivos abstractos, pues tiende a personificarlos. Aún peor: si el artículo y el sustantivo se escriben con mayúscula, y se toca el terreno de las alegorías, aparece un obstáculo para el pensamiento en general, y para el de las ciencias sociales y la política en particular. Por eso, en este caso, urge desalegorizar; urge de nuevo poner los pies en la tierra y la cabeza en frío: hay que plantear que existen muchos males y varias relaciones complicadas entre ellos.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Ilustración: Gonzalo Tassier

Respecto de la violencia en expansión que actualmente se vive en México, me importa distinguir, al menos, tres tipos de males interrelacionados pero diferentes (¿y a cada paso intensificándose?).

En primer lugar está la violencia salvaje que se ha desatado, en alguna medida a partir del narcotráfico, pero no sólo, y que a cada momento se nos presenta en la vida cotidiana en la forma de asesinatos, tiroteos, secuestros, extorsiones, asaltos, robos. Es, obviamente, un tipo de males. Además, estos males de alguna manera condicionan los otros dos tipos de males que en esta brevísima reflexión quiero atender.

Así, en segundo lugar, topamos con los miedos, los muchos miedos que provocan los males de la violencia salvaje y que, con frecuencia, aplastan a las personas que somos. Notoriamente, los males de la violencia desatada nos arrinconan y nos roban parte de lo más precioso que nos definen en cuanto animales humanos. Pues lo característico de ser personas es disponer de un principio de actividad: de innovación, de capacidad de movimiento, de inteligencia para dar la vuelta a las dificultades para solucionarlas. La violencia que vivimos restringe y hasta aplasta ese principio y nos paraliza: poco a poco nos convierte en cosas o, para usar una expresión rara pero que se ajusta a lo que nos pasa, en cosas desesperadas.

En tercer lugar, y acaso un poco como consecuencia de los tipos anteriores de males, no menos se ha desatado lo que podemos llamar la “normalización de la violencia”. Me refiero a esas actividades tan extravagantes —extravagancias ordinarias— que, mediante chistes, bromas o chismes trivializadores, han desgastado nuestra capacidad de alarmarnos frente a lo que es incluso radicalmente alarmante. Por ejemplo, llamar a un hombre que disolvió en ácido a cientos de cuerpos con el mote de El Pozolero es hacer, de algún modo, una broma fúnebre sobre un suceso minuciosamente atroz. De esta manera, la vieja y maravillosa tradición mexicana de reírse de la muerte ha adoptado un sentido no juguetón sino macabro: el de normalizar lo que de ningún modo debiera normalizarse.

Atendamos un momento este fenómeno que tal vez tiene más consecuencias de las que sospechamos.

Normalizar no es banalizar

Por lo pronto, conviene distinguir el fenómeno de la normalización de la violencia criminal que estamos viviendo en México de aquello que famosamente Hannah Arendt calificó como “banalidad del mal” (una expresión que más allá de los importantes escritos de Arendt ha tomado vida propia). Con esa expresión hay que hacer referencia a una especie de industria del mal, regida por una burocracia del mal que hizo de un conjunto de agentes engranajes —en parte voluntarios, en parte no plenamente conscientes— de esas máquinas de producir muerte que fueron los campos de exterminio. Por eso, la aparente —pero sólo aparente— dificultad de encontrar responsables: pocos de los que estaban al frente de tales horrores sabían todo lo que estaba sucediendo —lo que, por supuesto, no los hace menos culpables—. Al mismo tiempo, se querían borrar las huellas de esa industria. De ahí que un poco paradójicamente, en los campos de exterminio nazis y estalinistas nos topamos con males industrialmente planificados, pero que se quieren sin responsables personales y se procura que permanezcan semiocultos. Habría que matizar mucho más este fenómeno y cómo lo conceptualizamos. Sin embargo, en este momento sólo me importa como un fuerte contraste negativo con lo que podemos llamar la normalización de la violencia entre nosotros.

La violencia que se ha desatado a partir del narcotráfico es una violencia no industrial: nos acosan males que no están totalmente planificados, al menos, no se encuentran articulados en planes a largo plazo y con objetivos unificados y precisos. Claramente no estamos, pues, ante los resultados de una burocracia de la violencia y, mucho menos, ante una ideología de la violencia. Más bien, nos confrontan males con rostros múltiples, en muchos casos, caóticos, sin ningún esquema medio-fin que los coordine. Con frecuencia nos rodea una violencia cambiante, múltiple, salvaje, y para nada se trata de males semiocultos. Por el contrario, están muy a la vista. Todos los días nos levantamos y todas las noches nos acostamos con el noticiario que da cuenta del número de muertos de la jornada, y de los secuestros, tiroteos, extorsiones, asaltos. La presencia apabullante del crimen organizado, semiorganizado y no organizado e incluso improvisado ha provocado que nos acostumbremos a él: que lo normalicemos.

Me importa subrayar una consecuencia política grave de este carácter no unificado —no industrial— de la violencia. Al no articularse la violencia mexicana a partir de algo parecido a una “burocracia de la violencia”, como sucedió con los regímenes totalitarios europeos y otros tipos de dictadura, no existe la posibilidad de asumir que el problema desaparecerá al sólo sustituirse un régimen político por otro. No hay un régimen totalitario o un dictador que controle toda esta violencia y que necesitemos derrocar. Por eso, casi diría que, por desgracia, no se puede esperar la llegada de un régimen político mejor o, al menos, una burocracia salvadora. ¿Por dónde empezar, pues? Al menos, evitemos algunos obstáculos del camino.

Tres fetiches

La demasiada violencia y su laberinto de incertidumbres, junto con la incapacidad de esclarecer por qué las bandas criminales actúan con tanta saña, ha hecho común dejarnos confundir por un primer fetiche: repetir que tales bandas procuran ante todo infundir miedo a la sociedad. Sin embargo, infundir es una acción propositiva que se vale del esquema medio-fin y, con frecuencia, de los cálculos de costo-beneficio. No hay ningún rastro de tales preocupaciones en las violencias que hoy nos marean en el México del día a día. Por eso, sospecho que nos enfrentamos tal vez a algo más grave: para algunos sectores de la sociedad el ejercicio de la violencia —sin excluir el asesinato, el secuestro, la extorsión, los asaltos— se ha convertido en un modo de vida como tantos otros, un trabajo como los demás. Acaso tal conversión quizá opera en parte consecuencia y, a la vez, en parte causa de la normalización de la violencia.

Entonces, ¿la normatización de la violencia no es más que la expresión de uno de los tantos procesos naturales que hace de la lucha contra la violencia criminal un esfuerzo vano? Tal y como si se gritara o se lanzaran quejas contra la lluvia o el granizo, cuando de lo que se trata es de sentarse a esperar a que cesen tales fenómenos naturales. Cuidado: naturalizar las violencias sociales es un segundo fetiche que a menudo no sólo confunde, lleva a la ruina.

Entonces, insisto, por lo pronto, ¿qué podemos hacer? Algunas cautelas: por un lado, importa no alegorizar y convertir los males humanos, demasiado humanos, en maldiciones o catástrofes que obedecen a ciclos naturales. Por otro lado, no hay que dejarnos arropar por el miedo y estrechar el horizonte de nuestras reflexiones guiados por una imaginación centrípeta. Por el contrario, tenemos que darnos cuenta de que abundan las causas por las que, de pronto, estamos frente a una situación que nos ha rebasado y nos deja perplejos. Sin embargo, aunque nos cueste, no hay de otra: en un Estado democrático todos los ciudadanos tienen el deber de analizar las causas de la violencia y establecer la forma o, más bien, formas —en riguroso plural— de combatirlas.

En México, probablemente, fue un error haber concentrado la estrategia sólo en el ataque militar, sin sopesar y discutir —sin siquiera tomar en cuenta—, otras propuestas conjuntas de ataque como la legalización de algunas drogas, la investigación de la economía del narcotráfico, la implantación de policías municipales bien preparados y con buenos sueldos, y sin planear la generación de empleos para los miles de jóvenes que han sido reclutados por el mercado del crimen. Tampoco —falta gravísima— se han trazado caminos para restablecer las entrecruzadas redes de confianza de las comunidades, en donde a menudo los miedos han clausurado puertas y ventanas.

Los miles de muertos y la desolación social en la que la demasiada violencia nos hace desesperar, podrían llevarnos a sucumbir ante un tercer fetiche: decretar que “no hay salida”. Por el contrario, debemos poner en marcha una imaginación centrífuga que con saberes empíricos, lucidez y prudencia, nos permita buscar salidas posibles. De seguro las hay. Frente a las más diversas “experiencias del mal”, cada vez que en la historia con prepotencia se ha decretado “no hay salida”, nunca ha dejado de resultar razonable resistir y, en algún momento, volver a empezar.

A partir de esa experiencia, una vez más es el momento, pues, de repetirse y repetirse y repetirse, casi como una plegaria civil e interminable: “No nos apresuremos a abrazar la impotencia. En alguna parte existen las salidas. Sólo se trata de tener la inteligencia y el valor de encontrarlas”.

 

Carlos Pereda.
Filósofo. Investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Algunos de sus libros son: Sobre la confianza, Los aprendizajes del exilio y Crítica de la razón arrogante.

 

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Publicado en: 2012 Febrero