A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

futuro

La frase que da título a esta colaboración pertenece, como se sabe, al poeta francés Paul Valéry, quien se refería al hecho de que las representaciones y percepciones de los intelectuales de su época sobre el futuro habían cambiado de manera dramática al comenzar el siglo XX. “El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que solía ser”, escribió el autor de El cementerio marino, y con ello se refería vagamente (con vaguedad poética, por supuesto) a las dificultades que un mundo cambiante e incierto imponía al pensamiento de su época. William Butler Yeats, el gran poeta irlandés, contemporáneo por cierto de Valéry, era aún más contundente y pesimista al respecto: “Allí donde el verde es perpetuo, todo ha cambiado, cambió por completo; una belleza terrible ha nacido”, escribió en referencia a la guerra nacionalista irlandesa de finales el siglo XIX (Semana santa de 1916). En ambos casos el presente, sus presentes, impusieron temor y cautela frente a las visiones románticas y las grandes expectativas sobre el futuro, y sus palabras se convirtieron en los grandes epitafios del siglo XX.

Esas palabras afirman al futuro como un territorio inhóspito, en algún sentido tierra de nadie. Pensar en lo que puede llegar a suceder en un tiempo corto o largo es siempre un ejercicio habitado por imágenes de desolación, de optimismos desbordados o de pesimismos documentados, según sea el observador y sus circunstancias. Existen también las imágenes dominadas por sólidos escepticismos sobre nuestra capacidad para adivinar, predecir o calcular lo que puede ocurrir después. En cualquier caso, el futuro es siempre un territorio abierto, el efecto de la combinación del azar, el cálculo o la incertidumbre, rebelde a las predicciones y a los destinos luminosos o fatales. Justo por ello, por la imposibilidad de saber lo que puede ocurrir años o décadas más adelante en la vida de los individuos, el futuro es un objeto promovido por chamanes y adivinos, brujos y profetas, donde la metafísica suele alimentar negocios de ilusiones para creyentes, incautos e ingenuos. La ignorancia o el temor sobre el futuro es la fuente de un mercado inagotable de charlatanes más o menos sofisticados, que ofrecen una variedad de pócimas, trucos y remedios para asegurar el porvenir, la felicidad y la fortuna a quienes creen o desean creer en su poderes.

Horóscopos, retorcidas interpretaciones de los restos del café, consulta de oráculos, la lectura de las líneas de la palma de la mano, echar las cartas sobre la mesa, el tarot, son métodos ancestrales empleados por adivinos para tratar de descifrar el futuro. Vamos hasta la copromancia, la observación de las heces humanas —según narra en uno de sus cuentos el escritor brasileño Rubem Fonseca—, forma parte de los métodos utilizados por videntes y adivinos para asegurar a sus fieles la potencia y veracidad de sus vaticinios. Por supuesto, esas visitaciones metafísicas al futuro sólo sirven para alimentar la sensación de que las cosas, la vida de las personas, pueden ser controladas por los propios individuos, con la pequeña ayuda de intérpretes y profetas. Es, por supuesto, una ilusión potente, una droga contra la ansiedad.

La idea de que el futuro es el territorio gobernado inexorable por cierta noción de progreso forma también parte de las racionalidades del pensamiento moderno de filósofos, políticos y sociólogos. Cierta confianza en que las cosas no pueden ser peores domina con frecuencia indomable esa ilusión racional. “La fe en el progreso es el Prozac de las clases pensantes”, escribió en tono sombrío John Gray en su libro Contra el progreso y otras ilusiones (Paidós, 2006), y con ello elabora una crítica demoledora hacia cualquier forma de reflexión optimista sobre el porvenir.

En ciertas zonas intelectuales, el escepticismo y las dudas gobiernan las expectativas de lo que puede suceder en el tiempo. El futuro está hecho de pérdidas, construido sobre piedras demolidas por las sombras y el olvido. “¿Qué soñará el indescifrable futuro”, se preguntaba Borges en su poema Alguien soñará, y se respondía: “Soñará que el olvido y la memoria pueden ser actos voluntarios, no agresiones o dádivas del azar”. El futuro como invención puede ser también un acto voluntario de demolición.

Leonard Cohen, el flamante Premio Príncipe de Asturias en el campo de las de Letras de este año, escribió justamente una canción con ese título, El futuro, en la que declara la imprevisibilidad del porvenir, su carácter ingobernable, su imposibilidad maldita. En una frase lúgubre, Cohen pontifica con la lucidez que sólo pueden proporcionar la desesperación o la soledad, cultivadas pacientemente a la sombra bienhechora de una cantina sórdida en Lisboa: “He visto el futuro, hermano: Es un asesino”.

Adrián Acosta Silva. Profesor-investigador y jefe del Departamento de Políticas Públicas del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.