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Para Annabelle

Eliseo Alberto calzaba tenis color rojo chillante cuando lo vi por primera vez. Tenía la capacidad de desarmar al de enfrente comenzando por la sencillez de su vestimenta y después dos o tres palabras eran suficientes para disipar toda formalidad. Lichi estaba a punto de impartir un taller literario en tierras laguneras y él solía aceptar con gusto esas actividades del Sistema Nacional de Creadores: le alegraba viajar y hablar, más que de sí mismo, de su padre, el poeta Eliseo Diego. Yo había leído La eternidad por fin comienza un lunes (1992) en su versión larga de El Equilibrista; una novela poco atendida por la crítica pero fundamental para entender su vocación poética y su inclinación por los incomprendidos, los desterrados, los marginados. Es la historia sobre un circo y el amor como nuestra única salvación.

Lichi

Más que su Premio Alfaguara Caracol Beach (1998), prefiero La fábula de José (2000), un relato sobre la crueldad de nuestras sociedades contemporáneas y que en palabras de Lichi era su más querida. Y todavía más me gusta Esther en alguna parte (2005): la confesión de su propia búsqueda de la patria y de la religión que profesaba: la amistad. Desde su exilio en México inventó una frase que pregonó hasta sus últimos días: “la patria cabe en un plato de frijoles”, y todos los días compartía esa patria con sus amigos. Además de alimentarnos su generosidad también radicaba en que a veces un poco de mentira es necesario para alegrar la vida. Sobre ello no hay mejor libro que El retablo del Conde Eros (2008). Bien dejó escrito: “La mentira o la fantasía alimentan más que la propia realidad, tantas veces injusta con los justos”. La ficción es doble en esta novela: la literaria y la que los personajes construyen para huir de su realidad.

El legado más importante de su padre fue la virtud de la inocencia y la capacidad de ser siempre un niño. “No hay que tenerle miedo a la ternura”, solía decir al recordar a Eliseo Diego. Lichi amaba pocas cosas: le bastaba la sonrisa de su hija, el ruido de sus amigos, una ventana para escribir y conversar con su perra Luna en la sobremesa. Finalmente, eso es ser un poeta. Tal es el niño que escribió la preciosa historia sobre un pequeño sandinista, La fogata roja (Premio Nacional de la Crítica 1983) y dos encomiables libros infantiles: Breve historia del mundo (2000) y Del otro lado del mundo (2000). En este último su personaje dice: “Y yo me río porque nadie sabe de mis pasadizos secretos. Mi cuarto, como casi todos los cuartos que conozco, tiene una ventana”. Y tú Lichi ¿en qué pasadizo te has metido?, que nos has dejado huérfanos.

Tan poco necesitaba para ser feliz que la misma fuente de su felicidad era la fuente de su tristeza: la memoria. Lichi detestaba el olvido y se afanaba en saturarnos de anécdotas sobre los que habían partido y sobre la colosal generación que le precedía, Orígenes. Sobre la Quinta Villaberta donde había transcurrido su infancia en Arroyo Naranjo, solía relatarnos las comidas dominicales que reunían a Lezama Lima, Ángel Gaztelu, Gastón Baquero, Eugenio Florit, Virgilio Piñera, sus tíos Cintio Vitier y Fina García Marruz y sus padres Bella y Eliseo Diego. Era su mirada de niño la que hablaba desde el jardín donde jugaba con su jimagua Fefé y el mayor Rapi. A lo lejos escuchaba el murmullo de las largas conversaciones en el comedor de la finca. “Los muertos que uno ama no se mueren”, fue la frase que lo acompañó siempre.

Su enseñanza literaria radicaba en que dos cosas eran suficientes para escribir bien: amar profundamente a los personajes y colocar correctamente las palabras. Lichi detestaba los errores sintácticos y las experimentaciones fatuas. Otra de sus grandes virtudes era la sabiduría del conciliador. Todos sus libros entregan un aprendizaje capital: para cambiar el mundo no son necesarias las grandes transformaciones, tan sólo basta con escuchar a tu contrario. De eso trata Informe contra mí mismo (1997), un libro sin gota de rencor que, así como alaba virtudes del socialismo, también retrata las experiencias ordinarias de quienes sufren las consecuencias de los caprichos del poder. Su sinceridad fue suficiente para hacerle oficial su exilio.

Tan poco necesitaba para ser feliz que se negó a renunciar a las bocanadas de cigarro que complicaron su trasplante renal. Como buen habanero, el tabaco era su eterna compañía. Y a pesar de las advertencias de los médicos tampoco cuidó a rigor su dieta y ahora entiendo, porque en cada plato de ajiaco había la promesa de Dos cubalibres (2004).

Después de dos largas semanas de terapia intensiva en el hospital, el domingo 31 de julio el corazón de Lichi dejó de palpitar. A sus amigos cubanos y mexicanos sólo nos queda celebrar que en esta tierra que eligió para el crecimiento de su hija María, es la misma donde escribió casi toda su obra. Sin ella, en verdad, hubiera sido otro escritor, otra persona. A pesar de la nostalgia, Lichi era orgullosamente cubano-mexicano.

Lucila Navarrete.
Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas. Maestra en estudios latinoamericanos por la UNAM.