¿No te pesa seguir representando a Borges, cargar con ese papel, ser confundida en ocasiones por su persona? ¿Cómo vives esto a veinticinco años de su ausencia?
Yo no sé si me siento representándolo, es decir, yo pienso que es como continuar con una pasión que teníamos en conjunto, que era la literatura, la escritura y el aprendizaje de lenguas. Lo que hago es tratar de acercar a la gente a disfrutar de eso que, para mí, es extraordinario, que es su literatura.

Jorge Luis Borges

Ilustración: David Peón

¿Pero no te ha ocurrido nunca que alguien te tome por él y te pida alguna aclaración? Me imagino que no faltará quien espere de ti las respuestas que él daría.
Nunca contesto, básicamente por respeto, lo que pensaría Borges. Existe un larguísimo manantial de respuestas de Borges sobre todos los problemas que ha tenido el mundo desde que él comenzó a llevar una vida pública. Yo no puedo decir qué pensaría él porque no soy él. Si dijera lo que él piensa estaría, desde mi punto de vista ético, cometiendo un gravísimo delito.

¿Borges le tenía miedo a la muerte?
No, para nada. Era agnóstico y decía tener una gran curiosidad. Pensaba que cuando entrara al gran mar, su curiosidad quedaría satisfecha. Pero, además, para él se abrían infinitas posibilidades puesto que no era una sola, la del cielo, el infierno, o el purgatorio. Y entonces, era muy divertido, me decía que si alguna forma de vida era posible, seguramente la más lógica sería la reencarnación. “Prometámonos —me pedía— que si hay reencarnación vamos a volver a encontrarnos”. A lo que yo le respondía: “Sí, sí Borges, prometido. Pero le quiero aclarar una cosa, en la próxima yo voy a ser científica”. Y él ponía las dos manos en el bastón cerrando los ojos, y desesperado contestaba: “No me diga eso”. Porque él quería volver a ser escritor.

¿Por qué se hablaban de “usted” Borges y tú?

En Buenos Aires todo el mundo se trata de “vos”, que es el “tú” español. A veces, subíamos a un taxi y el chofer decía: “Hola María, ¿adónde te llevo?”. Y entonces Borges con una voz de hielo preguntaba: “¿La conoce?”. Y yo le respondía: “No, Borges, pero si todo mundo se trata así”. Él pertenecía a una época en que la gente se trataba de “usted”, y sólo en la intimidad se trataban de “vos”. Pero para mí la historia era otra, era otro momento, muchos años después. Además, mi padre era japonés. El “usted” era la forma que yo usaba con él, a quien llamaba “Kodama” en una relación de enorme complicidad. Borges entonces me dijo: “Si usted me trata de ‘usted’, yo no puedo tratarla de ‘vos’, porque es como ponerla en una situación de inferioridad. Entonces, si usted quiere así, nos tratamos de ‘usted’ como las viejas parejas criollas”. En el interior de nuestro país, como sabrás, las parejas criollas viejas se tratan de “usted”.

Cuéntame acerca de la tumba de Borges adonde aparece inscrita la frase “And ne forhtedon na”
Es un verso que pertenece a “La batalla de Maldon”, un poema épico anglosajón del siglo X. Es maravilloso. Se ha perdido la mitad de ese poema. Comienza a medio verso con puntos suspensivos, diciendo: “Brocen wurde”. Y narra la historia de un muchacho que llegó para unirse a un ejército al que le fue ordenado que soltaran los caballos para que se fueran a los bosques y pelearan a pie, que depusieran el miedo y avanzaran, pensando solamente en sus manos, en la fuerza de sus manos para sostener las espadas, sin nada que temer. Al darse cuenta el muchacho que el Señor no toleraría cobardías, dejó volar a su querido halcón desde su muñeca y entró en la batalla. Sería el primero en morir. Ahora bien, “And ne forthedon na” que significa “y que nada temieran”, es la voz del jefe del ejército que les ordena a los guerreros combatir heroicamente. Borges amaba ese poema.1

También mandé labrar la figura de un escudo que parece la representación en bajorrelieve de lo que está describiendo “La batalla de Maldon”. Se pueden apreciar las espadas rotas de los guerreros, mientras que algunos las están empuñando, porque ellos tienen que morir para entrar con gloria en el Valhalla2 con su Señor. Fue una cosa casi mágica. Lo mandé hacer en la Argentina, en una piedra proveniente de la provincia de San Luis, con un escultor que se llamaba, si mal no recuerdo, Longato. Luego se trasladó de la Argentina a Suiza. La escultura se hizo con las medidas que di, porque no sabía que había una exigencia de medidas en el cementerio. Entonces, cuando llegó el monumento, fueron generosos conmigo, porque me había equivocado por un centímetro y medio, que estaba de más. Pero lo hice sin saber. La piedra esta redondeada y cortada, con el dibujo de esos guerreros que yo tomé de la contratapa del primer libro de anglosajón que Borges me regaló. Puse los puntos suspensivos y el verso: “And ne forhtedon na”. La tumba está bordeada por ramas y plantas. El cementerio es de hombres célebres. Hay gente que toma el almuerzo en ese jardín.

Aparece también una dedicatoria especial: “De Ulrica a Javier Otárola”
Porque el cuento de “Ulrica” él me lo dedicó secretamente. Decía que ese era el único cuento de amor que había escrito. Entonces, como un caballero del período Heian en Japón, mantenía ese secreto. Yo sabía que era para mí.

Entonces, el regalo que te hizo se lo estás devolviendo…
…Y convirtiendo para la eternidad. Además, mandé grabar en la otra cara de la piedra la frase en islandés que reproduce el epígrafe que aparece en el cuento de “Ulrica”. Y un barco vikingo que tiene dibujada la proa mirando hacia el este. Le pedí a Jorge Naveiro, el editor en Emecé de Borges, que era aviador, que me indicara hacia dónde tenía que ir la proa para que mirara hacia el este. Calvino el reformador, sin saberlo, yace cerca de la tumba de Borges.

Hablemos del Borges perfeccionista. Uno de sus biógrafos, James Woodal, lo retrata como un escritor obsesionado por la autocorrección, al grado de que caminaba por las librerías para comprar los ejemplares de la primera edición de sus libros Fervor de Buenos Aires y El tamaño de mi esperanza, con la finalidad de destruirlos. Tengo entendido que muchos años después descubrió, en uno de sus viajes, que un alumno estaba haciendo su tesis sobre una de esas ediciones que él creía desaparecidas.
Pero él sabía muy bien que esos libros seguían en la biblioteca pues yo los estudié en la Facultad de Filosofía y Letras.

Pero tú todavía no estabas en su vida cuando eso ocurrió.
No, yo todavía no estaba en el mundo. Pienso que un escritor puede hacer lo que quiera con su obra…

¿Por qué se deshizo de Los salmos rojos
3?
No te olvides de que el padre de Borges era anarquista. Borges pensaba que la Revolución rusa realmente iba a traer un cambio notable en la sociedad, hasta que se dio cuenta que esa revolución había sido hecha por un grupo de gente que envidiaba el poder, y que quería tener la riqueza de los zares sin el refinamiento de los zares. Y cuando él se dio cuenta de eso, terminó para siempre su interés. Y después fueron llegando las noticias de todo ese horror de los campos de prisioneros rusos, de esa cosa monstruosa de enviar gente a ser torturada en Siberia. Quedan unos pocos poemas que pertenecen a esa época que son los que había publicado en los diarios. Forman parte de la obra dispersa de Borges que se recopiló bajo el nombre de Textos recobrados.

¿Por qué Borges no aprobó la traducción del Autobiographical Essay
4 al español? ¿Por qué tardó tanto en salir una versión autorizada?
Porque él lo escribió en inglés para el New Yorker. Borges no quería que saliera en español porque él pensaba que para hacerlo tendría que trabajar sobre eso. Es un poco lo que pasó, aunque de otra manera, con los libros que él hubiera querido que desaparecieran. Decía: “No, yo no tengo interés de reescribir eso”. Fue escrito porque los norteamericanos necesitaban alguna referencia, sólo por eso aceptó hacer esa autobiografía, que es muy linda.

Pero cuando uno la lee, justamente ocurre lo que él temía. Produce una cierta decepción porque no se reconoce del todo la prosa a la que Borges tiene acostumbrados a sus lectores.
Exactamente, porque es una traducción. Él no quiso hacerla en español.

¿Y no había nada en la autobiografía que él no quisiera que fuera sabido en el mundo hispano?
No. Simplemente él nunca estuvo interesado en hacer una autobiografía. Si aceptó hacerla fue porque le explicaron que había que hacer la presentación de un autor de esa importancia, de una manera relevante en el New Yorker, que es una publicación prestigiosa.

Borges era capaz de crear aliteraciones asombrosas en sus versos: “[…] No te arredres. La ergástula es oscura, / La firme trama es de incesante hierro, / Pero en algún recodo de tu encierro/ puede haber una luz, una hendidura […]”.
5 Cuéntame cómo trabajaba con los sonidos.
Generalmente ya tenía la base del poema y después volvía a corregirlo. Me dictaba, por ejemplo, un verso, y me preguntaba qué me parecía. Si me gustaba, me decía: “¿Qué pondría usted en lugar de esa palabra?”. La palabra que yo le sugiriera, me pedía: “Póngala entre paréntesis”. Después, me decía: “No, me quedo con la mía”. Y otras veces agregaba: “No, es mejor la suya”. Eso no quería decir que el poema se quedara así, porque cuando pasaba de la publicación en un diario a la publicación en un libro, ya había un cambio. Y ese es otro de los trabajos que yo hubiera querido hacer. Una edición con variantes de texto de los poemas, porque Borges no corregía la prosa. Si tomas por ejemplo un poema de Fervor de Buenos Aires de la edición del año 1923, y luego vas viendo las nuevas ediciones hasta la última que él corrigió (aproximadamente en el año 1975), te das cuenta que es fascinante.

A mí, por ejemplo, me sucedió una cosa terrible después de que Borges murió y volví a la Argentina. Porque mi diálogo era con él, yo tenía esa construcción perfecta, esa forma perfecta. Al comienzo pensé que no me podría quedar a vivir acá. Cada palabra me chocaba porque veía que la gente la empleaba mal, era como una crítica monstruosa. Y ahora, bueno, ya hablo como todo el mundo. Cometo los mismos errores porque han pasado veinte y pico de años y no tengo al interlocutor que me da el nivel. Pero al principio, cuando yo llegué, no te imaginas lo que yo sufría.

María Kodama

Leer a Borges es subir de nivel inmediatamente. Es tan exigente su lectura que uno tiene que hacer un esfuerzo enorme para estar a su altura.
Y también hay otra cosa. Yo tenía once años cuando leí por primera vez “Las ruinas circulares”. No sé si lo entendí, pero lo que sí sentí fue la música, el ritmo de su prosa, la magia de esa frase: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. Quedé prendada de ese cuento al grado que sigue siendo mi cuento preferido. Lo elegí por el ritmo. Esa afición la tengo gracias a mi abuela que me leía cuentos por la noche y tenía una voz maravillosa. No me leía cosas de niños sino que leía en voz alta lo que ella estaba leyendo en ese momento, y por eso quise aprender a leer enseguida. Porque yo imaginaba, mientras tenía los ojos cerrados y ella leía. Y de pronto al abrir los ojos, descubrí que el libro no tenía ilustraciones ni figuras. No sabía que se trataba de la imaginación, eso que te despertaba la lectura. Mi abuelo me lo explicó y yo fascinada le dije: “Entonces… ¿quiere decir que si aprendo a leer puedo ver eso todo el tiempo?”. “Si lo haces, no solamente esto, sino toda la biblioteca será tuya”, me respondió. Fue antes de Navidad, y me acuerdo que pedí como regalo aprender a leer. Yo nunca me sentí niña, nunca fui niña.

¿Por qué Borges era tan reacio al psicoanálisis y a todos los enfoques psicológicos? ¿Tuvo algo que ver su papá que había estudiado psicología? Borges tiene una postura que sorprende tratándose de un argentino, ya que Argentina es un país donde el psicoanálisis es parte de la cultura nacional.

Él descreía de eso. Consideraba que la humanidad durante siglos se había manejado sin el psicoanálisis. Creía que a partir del psicoanálisis el ser humano había entrado en una etapa de permisividad y decadencia en todo sentido. Rompió su relación con Emir Rodríguez Monegal por eso, porque no era posible, según él, que un catedrático se convirtiera en un chanta. Es un delirio, una cosa muy enferma. Todo eso que dicen de la madre posesiva es un error. Para empezar, tenemos que agradecerle a la madre de Borges, porque sin ella no hubiera escrito la obra. Él llegaba a las dos de la mañana y la llamaba: “¡Madre!”. Y su madre se levantaba, se ponía la bata y le decía: “Sí, Georgie”. Él le dictaba y ella escribía. Hacía lo que él quería siempre.

¿Qué te decía Borges de Neruda?
Me decía que era un canalla por lo que le había hecho a su mujer. Y además le molestaba toda esa parodia del comunismo siendo embajador en Francia. Para él una persona que no tenía una coherencia quedaba fuera de su vida. Le parecía que su poesía estaba vendida al régimen. Para Borges la poesía comprometida no existía.

Por eso destruyó los Salmos rojos…
Claro.

¿Por qué se expresaba tan mal de la poesía y de la persona de Lorca?

No le gustaba. Lorca era lo opuesto a él.

¿Y qué te decía de Cortázar?
A Cortázar él lo descubrió. Cortázar trabajaba como intérprete en las Naciones Unidas junto con su mujer Aurora Bernardés, hermana de Paco Bernardés, el poeta argentino. Se fueron muy pronto de Argentina. Antes de eso, Cortázar le llevó un cuento a Borges (cuando trabajaba como secretario de redacción en una revista)6 para ver si lo publicaba, y Borges le dio diez días para contestarle. Pero se lo llevó a su casa para leerlo ese mismo fin de semana. Cuando regresó le informó que lo publicaría. Como él me dijo: “En cuanto empecé la lectura de Casa tomada me di cuenta de que se trataba de un gran escritor”.7 Más adelante, con las noticias de la politización de Cortázar, Borges se sintió decepcionado. Corrió el rumor de que apoyaba a Fidel Castro donando las regalías de uno de sus libros, tal vez El Libro de Manuel. Borges le hizo la cruz. Pero muchos años después de toda esa historia, estábamos en el Museo del Prado, delante del cuadro de Goya que se llama El perro semihundido; y de pronto vi de lejos a Cortázar, con esa figura inconfundible de casi dos metros de altura, flaquísimo. Entonces, con una voz helada, Borges me dijo: “Usted quiere saludarlo”. A lo que yo le contesté: “Bueno, no sé, como usted quiera”. Pero antes de que terminara la frase, como un gigante flaco con esas piernas de dos metros, Cortázar ya estaba al lado de Borges, abrazándolo y dándole las gracias por todo. Divino. Y a mí se me quedó como una foto para toda mi vida, el abrazo de ellos dos, con el cuadro en el fondo de El perro semihundido de Goya.

¿Tienes todavía algo inédito de Borges?

Sí. Tengo un guión sobre la ciudad de Venecia, que se está hundiendo. Un guión para salvar a Venecia, para recaudar fondos, un guión hecho por Borges que iba a ser usado en una película o no sé bien en qué. Venecia está peligrando y suelen pedir la ayuda de distintos países. Es un primer borrador, bellísimo. Está completo, pero Borges seguramente lo hubiera vuelto a trabajar.

 

Claudia Kerik
Ensayista, traductora de literatura hebrea moderna y profesora-investigadora del Departamento de Filosofía y Letras de la UAM-I.


1 Para el lector interesado, transcribo el fragmento del poema original en anglosajón, traducido al español, que reproduce los hechos relatados, y que concluye al llegar al verso que serviría de epitafio en la tumba de Borges. “…Quedó destrozado. / A su gente muchacha mandó desmontar, / retirar los caballos e ir adelante / presto el brazo y firme el valor. / El primero entendió / el pariente de Offa / que en nadie el Eorl sufriría desmayo: / al querido su halcón / despidió de su mano, / que al bosque volara, / y a la lucha corrió. / Poco dispuesto a mostrar flaqueza / viose que el joven sus armas tomaba. / Édric también / a su príncipe quiso / apoyar en la guerra: / con su lanza adelante. / Bien resistió / mientras pudo en su mano / tener el escudo / y la ancha espada. / Su palabra cumplió / de que él con su jefe / en la lucha estaría. / Brhtnod ahora / a los hombres dispuso. / Órdenes dio / cabalgando entre ellos / de siempre aguantar / y guardar posición, / y bien los escudos / mandó sostuviesen, / con fuerza en el puño / y jamás con temor”. Beowulf y otros poemas anglosajones. Siglos VII-X, traducción del anglosajón y edición de Luis Lerate y Jesús Lerate, Alianza Editorial, Madrid, 2008, 3ª. reimpresión de la edición de 1999, pp. 145-146.

2 En la mitología nórdica, se trata de una fortaleza adonde serán llevados los guerreros caídos en el combate.

3Los salmos rojos o Los ritmos rojos. Era una colección de poemas (alrededor de veinte) en verso libre, y en elogio a la Revolución rusa, a la hermandad del hombre, al pacifismo. Tres o cuatro de ellos se abrieron paso en las revistas: Épica Bolchevique, Trincheras y Rusia. Destruí este libro en España en vísperas de nuestra partida. Estaba entonces listo para volver a casa”. Borges, Jorge Luis, Un ensayo autobiográfico, edición del centenario (1899-1999), prólogo y traducción de Aníbal González, epílogo de María Kodama, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores/Emecé, 1999, p. 43.

4 El origen de esta obra es la última de las seis conferencias dictadas por Borges en la Universidad de Oklahoma en el año de 1970. Persuadido por Norman Thomas di Giovanni, su traductor al inglés, Borges trabaja junto con él en el texto que aparecería el 19 de septiembre de ese mismo año en el semanario The New Yorker bajo el título de “Autobiographical Notes” (p. 40). Ese mismo texto se vería incluido en la publicación norteamericana de The Aleph and Other Stories 1933-1969, bajo el título de “Autobiographical Essay” (New York: E.P. Dutton, noviembre 1970).
Habrían de pasar 29 años para que aparecieran simultáneamente en español dos versiones oficiales completas del “Autobiographical Essay” publicadas a propósito del centenario del nacimiento del autor. Una, titulada Autobiografía 1899-1970, de Jorge Luis Borges con Norman Thomas di Giovanni, traducida por Marcial Souto y Norman Thomas di Giovanni, El Ateneo, Buenos Aires, 1999. Y otra, titulada Un ensayo autobiográfico, prólogo y traducción de Aníbal González, epílogo de María Kodama, publicada por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores/Emecé, 1999. Tengo entendido que esta última salió de circulación por omitir el crédito a Norman Thomas di Giovanni quien la redactó junto con Borges en el original. Existen dos versiones extraoficiales más. Una, de José Emilio Pacheco, quien anticipó para el lector fragmentos del “Autobiographical Essay” en la Gaceta núm. 10 del Fondo de Cultura Económica, en octubre de 1971. Y otra versión anónima, que apareció en el diario La Opinión el 17 de septiembre de 1974 en Buenos Aires.

5 Fragmento del poema titulado “Para una versión del I King” que pertenece al libro La moneda de hierro, publicado por Emecé, Buenos Aires, 1976, y que aparece también en la primera página de las distintas ediciones de El Libro de las Mutaciones (en la versión de Richard Wilhelm, traducción, presentación y notas de D. J. Vogelmann, prólogos de C. G. Jung, Richard Wilhelm y Hellmut Wilhelm) que aparecieron en Sudamérica (Editorial Sudamericana, 1976), España (Edhasa, 1977) y México (Editorial Hermes, 1983), respectivamente. En ediciones posteriores de las Obras completas de Borges el poema se verá modificado al ser eliminado el verso “El rigor ha tejido la madeja”, para ser sustituido por “Nada nos dice adiós. Nada nos deja”; y serán reemplazados “arredres” por “rindas” y “luz” por “descuido”, debilitando no solamente la fuerza de la aliteración, sino la del propio sentido del poema original. Aun tratándose de Borges, no en todos los casos “corregir” significó “mejorar”.

6 Se trata de la revista Los Anales de Buenos Aires, fundada en 1946, que Borges dirigió desde el tercer número. “Casa tomada” de Julio Cortázar apareció en el número de diciembre del mismo año, con ilustraciones a lápiz de Norah Borges, la hermana de Borges.

7 Borges ha dejado un testimonio de este encuentro en su prólogo a los Cuentos de Cortázar. Véase la recopilación póstuma Biblioteca personal. Prólogos (1988) en Obras completas. Tomo IV 1975-1988, Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 2007, p. 551. Asimismo, en el prólogo a “Cartas de mamá”, fechado el 29 de noviembre de 1983, se refiere a su descubrimiento de Cortázar quien por primera vez vería, gracias a él, “en letras de molde” uno de sus cuentos.

 

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