A las cinco de la mañana la ciudad tiene forma de fábrica. Amanece. Ya no es el gallo viejo sino el silbato el que despierta al ojo trabajador. Por el oriente, la luz dibuja techos como serruchos, enormes chimeneas, tanques, tinacos, el clásico y cuadrado galerón donde se oculta la faena monótona, el repetido trajinar de máquinas y obreros que construyen a diario los utensilios de nuestra realidad.
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