El asesinato de Osama bin Laden es el claro ejemplo de una vasta política perseguida por Estados Unidos y sus aliados: el asesinato selectivo de individuos en el marco de la guerra contra el terrorismo y contra diversos movimientos insurgentes en Irak y Afganistán. En medio de la celebración del hecho de que Al Qaeda ha perdido a su carismático líder, vale la pena aclarar algunos puntos sobre el asesinato selectivo, por ejemplo, sobre la legalidad y conveniencia de una política de esta naturaleza. Lo primero implica la noción de asesinar gente involucrada en actos terroristas —individuos que ponen bombas o que preparan a otros para convertirse en mártires suicidas—. Lo segundo tiene que ver con la eliminación de individuos de alto perfil, cuyos nombres aparecen en listas especiales bajo el rubro de comandantes en activo o como agentes claros de movimientos terroristas o insurgentes. Estos asesinatos son parte de una estrategia de desbaratamiento y decapitación dirigida contra las organizaciones terroristas.
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