“Le descubrieron el rostro, claro y sereno, y le desnudaron el pecho arruinado por 40 años de asma y por el hambre en las selvas del sureste boliviano. Lo recostaron en la lavandería del hospital de Nuestra Señora de Malta y le alzaron la cabeza para que todos vieran a la presa caída. Luego de colocarlo sobre una plancha de concreto, le pidieron a la enfermera que lo aseara, lo peinara y, por último, le acicalara la barba rala. La metamorfosis estaba completa cuando los periodistas y otros curiosos se formaron para verlo. El hombre abatido, enervado y desaliñado se transformó en el Cristo de Vallegrande. El ejército boliviano había cometido su único error luego de capturar a su mayor trofeo de guerra. Había convertido al resignado y acorralado revolucionario en una imagen mágica de la vida después de la muerte. Sus ejecutores le habían conferido a un rostro humano el mito que le daría la vuelta al mundo”.
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