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tiempos

En medicina el tan repetido refrán “tiempos pasados fueron mejores”, con frecuencia es invocado por los enfermos al mencionar críticamente la actitud y forma de trabajar del médico moderno, lo que se confirma con copiosos ejemplos de médicos de antaño que atendían todas las dolencias del enfermo con cariño y simpatía; atendían el parto y al niño, acompañaban en su muerte al padre, daban recetas para todo tipo de dolencias incluyendo aquellas de los animales domésticos, platicaban y escuchaban atentos y conocían las enfermedades y antecedentes de toda la familia. Con acopio de sabiduría, tenían respuestas para cualquier enfermedad, en cualquier órgano, en cualquier edad y para todas las preguntas del enfermo poseían respuestas convincentes o al menos reconfortantes. Ese tipo de médico casi ha desaparecido del panorama. La profesión médica ahora está fragmentada en una creciente variedad de especialistas que sólo atienden un número cada vez más limitado de enfermedades, habitualmente aquellas que aquejan un solo sistema (neurólogos, gastroenterólogos), o una determinada edad (pediatras, geriatras), un solo género (ginecólogos,) o una actividad humana (medicina del trabajo, del deporte), o una condición (intensivistas), o una región (proctólogos), o una política (sanitaristas), o detalles de la intrincada condición humana (médicos legistas, psicoterapeutas). La imagen del médico enciclopédico enterado de todas las patologías de toda la familia y proveedor general de salud es cada vez menos frecuente. Este hecho, al igual que todos los cambios sociales que acompañan a la modernidad, tiene puntos favorables y desfavorables, tiene ventajas y limitaciones.

Las ventajas primero. Cientos de enfermedades se ven cotidianamente mejoradas con los aportes brindados por miles de investigadores biomédicos que publican sus resultados en más de dos mil revistas científicas periódicas que cubren el enorme espectro de problemas médicos. Vivimos la época del descubrimiento, del conocimiento, de la iluminación en campos donde por siglos reinó la ignorancia. Entre miles de datos triviales y decenas de datos cruciales, generados cotidianamente en los cientos de centros de investigación biomédica repartidos en todo el mundo y publicados casi al momento de ser descubiertos, se encuentra todo un desafío de comprensión e incorporación al bagaje profesional de cualquier practicante de la medicina.

La velocidad con que se genera la información, aunado a las limitaciones que tiene el cerebro humano, incluso el más capaz, para almacenar, ordenar, priorizar y metabolizar la información nueva, provocan ahora una diferencial cada vez mayor entre la cantidad de información, que crece en forma logarítmica, y el cerebro del médico y el científico que sólo puede analizar y contener una fracción de este conocimiento. Ahora hay especialistas y superespecialistas, de continuar así, pronto (y de hecho ya hay) habrá supersuperespecialistas. Un ejemplo práctico: hasta principios de este siglo sólo había médicos, algunos de ellos también eran cirujanos. En los años treinta se consolidaron, con beneplácito de toda la sociedad, los especialistas; cardiólogos, psiquiatras, pediatras, ginecólogos, etcétera. Se auguraba que cada enfermedad y tema serían vistos con mayor profundidad y experiencia en beneficio del enfermo, en los años setenta se iniciaron los superespecialistas, por ejemplo en neurología, mi área de experiencia, nacieron a partir de la neurología, epileptólogos, cefalólogos, neuroinmunólogos, neurovirólogos y así muchos expertos más. En los años ochenta nacieron los expertos superespecialistas, por mencionar al campo biomédico de la inmunología, nacieron complementólogos, inmunólogos humorales, inmunólogos celulares, interleucinólogos, inmunoalergólogos, inmunoparasitólogos. Esto mostraba, indudablemente, la pulverización y multiplicación del conocimiento médico científico que fue consecuencia de la génesis vertiginosa y abundante de información producida por estudios realizados, en este último ejemplo, sobre una sola estirpe celular, los linfocitos: células responsables de la respuesta inmune. Sólo estas células han propiciado varios miles de especialistas separados en un número creciente de superespecialidades, todos ellos dedicados de tiempo completo a estudiar a esta familia celular aún llena de misterios, lo que augura dos hechos futuros, más conocimientos y más especialistas. Los años noventa presenciaron el nacimiento de nuevas superespecialidades más especiales (si vale la redundancia). Por volver a las neurociencias, ahora vemos psiconeuroendocrinoinmunólogos, cardioneurólogos, neuroinmunooncólogos, y otros nombres rimbombantes y sorprendentes para los no iniciados en los laberintos de la nueva Torre de Babel que la ciencia ha construido. Estos supraespecialistas ahora se dedican a unir lo que la especialización separó, se dedican a integrar los conocimientos que han generado áreas distantes del conocimiento médico, en el primer ejemplo que mencioné, estos especialistas ahora unen conocimientos de vanguardia que interrelacionan a la mente humana con el sistema nervioso, con el sistema endocrino y con el sistema inmune, sobre todo en un intento para buscar el entendimiento de algunos mecanismos funcionales y de enfermedad extraordinariamente complejos. Si los nuevos derroteros que ha tomado la ciencia médica han causado algunas desilusiones, también han generado muchos éxitos y en algunos sentidos han hecho a la medicina altamente eficiente.

Sin embargo, el médico muy calificado en la vanguardia de la ciencia médica ya no puede ofrecer el mismo papel que antiguamente ejecutaba satisfactoriamente; ya no puede tratar y atender de manera adecuada todos los problemas de salud de su enfermo, ahora sabe mucho pero abarca poco, antes sabía poco pero dominaba el campo. No es intercambiable o reversible esta circunstancia, no se puede volver a épocas anteriores, no puede el médico moderno combinar lo que sería ideal, saber mucho y dominar el campo. Esta combinación, a pesar de ser la ideal, sus componentes son, en el terreno práctico, antitéticos, son incombinables y cada vez lo serán más mientras más información se genere y el conocimiento se profundice. Esta nueva modalidad en el ejercicio de la medicina debe ser tomada y asimilada por la sociedad sin resentimientos ni añoranzas por tiempos pasados que aunque más cálidos y humanos, fueron mucho menos efectivos y sus resultados prácticos sin duda más pobres.

En el siglo XXI las quejas más álgidas de los enfermos son: los médicos ya no atienden a domicilio, ya no acuden a llamadas de urgencia, ya no se detienen a conversar, ya no atienden solícitamente a todas las molestias y dolencias que aquejan a su enfermo, inundan de solicitudes de estudios y gastos exuberantes al enfermo. Algunas de estas quejas no son sostenibles a la luz de un razonamiento ponderado, otras sí lo son. Los médicos ya no atienden a domicilio; las dificultades de la vida moderna y complicaciones urbanas y de transporte hacen que el médico, como cualquier profesionista, evite al máximo desplazarse, atendiendo sólo en su oficina. Las visitas médicas, antaño tan frecuentes, son ahora imposibles para el médico que tiene que atender muchos enfermos y padece igualmente las vicisitudes de las nuevas grandes urbes. Aunque difícil de aceptar por el enfermo, ésta es una nueva realidad que posiblemente mejoren los maravillosos métodos de comunicación a distancia, producto de la tecnología emergente, un ejemplo de ello es el teleelectrocardiograma, en el cual el estudio puede ser enviado a la oficina del médico por teléfono, y así detectar a distancia y al momento una urgencia cardiológica; en el futuro inmediato múltiples estudios podrán ser realizados por la maravilla tecnológica de las comunicaciones modernas. Las urgencias médicas, idealmente no se pueden tratar de forma adecuada a domicilio, aunque esto decepcione a los pacientes, la tecnología y la farmacología médica moderna, de las que depende en muchas ocasiones la vida misma del enfermo que presenta una urgencia médica, no se pueden implementar en su domicilio. Si esta urgencia es genuinamente urgente, se debe atender en un centro muy implementado y capacitado para enfrentarla con eficiencia, esto es en estricto beneficio del enfermo, el tiempo que transcurre en que un médico se desplace a atender a domicilio a su enfermo perdiendo minutos que pueden ser valiosos, aunado a las limitadas condiciones tecnológicas que tendrá en el domicilio para atender la urgencia hacen que esto se encuentre muy lejos de ser lo ideal; por otro lado, es más eficiente, a final de cuentas, desplazar al enfermo al sitio donde hay personal y condiciones adecuadas para atender en forma óptima un padecimiento que se ha presentado o agravado súbitamente.

Otra queja: los médicos ya no se detienen a conversar, son fríos, técnicos y distantes; el médico, al igual que casi todo el mundo actual, ya no tiene tiempo y, a veces, ni ganas de conversar. Este no es problema sino actitud, de la cual todos estamos contagiados, será porque el arte de la buena y estimulante conversación se ha perdido de parte de todos, y será porque conversar no es sinónimo de hablar y escuchar, sino un uso generoso y fructífero de la máxima habilidad cerebral del ser humano, que en la época moderna se ha deteriorado ostensiblemente en todos los niveles de la sociedad. Posiblemente, el médico volverá a conversar cuando la conversación vuelva a existir.

Los médicos ya no atienden solícitamente todas las molestias del enfermo; en nuestra época de utilitarismo máximo nos limitamos con frecuencia a la ley del mínimo esfuerzo, a veces aun pudiendo resolverlo, el médico acude a la ahora trillada frase “ese problema no es de mi especialidad”, aunque el problema sea trivial o fácilmente solucionable por cualquier médico, sea o no especialista, sin embargo la línea divisoria entre problemas que sí puede resolver con eficiencia y otros que honestamente siente fuera de su capacidad es una línea tenue, sin reglas y que el médico mismo puede trazar a conveniencia.

El rubro de costos excesivos al enfermo creado por la tecnología tiene dos ángulos, por un lado gracias a la tecnología los diagnósticos y seguimientos terapéuticos son ahora altamente precisos y más científicos, pero por otro lado es preocupación internacional en la comunidad biomédica el abuso indiscriminado de solicitudes de estudios y costos elevados; la solución es sencilla aunque pareciera utópica, la solicitud de estudios y análisis costosos debe hacerse siempre bajo las más rigurosas normas éticas, lo utópico proviene de que muchas de estas normas no están escritas sino en la conciencia de cada médico, con su pensamiento siempre puesto en el beneficio integral del enfermo; nunca una sombra tenue de beneficio económico para el médico a costa del enfermo debe cruzar o empañar sus acciones; ya que podemos hablar de utopías, sería un buen ejercicio que antes de ver u operar a un enfermo, el médico, a semejanza de los caballeros andantes de la era medieval, velase sus armas; es decir, en soledad con su conciencia e inteligencia, se aprestase a iniciar una batalla sin cuartel contra la enfermedad, esgrimiendo sus mejores cualidades físicas, morales, intelectuales, manuales y se encomendase a su ideal, como a su dama, con objeto de salir vencedores hasta de sus propias limitaciones y donde su premio sea curar, consolar o aliviar a su enfermo, y la ganancia económica sea sólo una consecuencia natural, no una obsesión, una retribución paralela, no una búsqueda premeditada, un resultado del dar y el recibir, no una consigna de premiación a la propia sapiencia y habilidades, sino el compartir su tiempo y su ser con el tiempo y sufrimiento de su enfermo, sobre su todo. Y así, sólo así, contemplar el triunfo del médico, como decía Rubén Marín en Los otros días, una simple frase engloba la deontología del actuar médico, “nunca debemos confundir nuestras necesidades con las del enfermo, nuestro éxito con el del enfermo”, si esto tan simple lo llevamos a la práctica cabalmente los médicos, entonces sí, sin vacilaciones, podemos afirmar que efectivamente en el caso de la medicina los tiempos actuales son los mejores.

Julio Sotelo. Ex presidente de la Academia Nacional de Medicina y Premio Nacional de Ciencias y Artes.