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héroes

Enrique Krauze,
De héroes y mitos,
Tusquets Editores,
México, 2010, 224 pp.

En septiembre de 2010 apareció publicado el libro De héroes y mitos de Enrique Krauze; es una recopilación de 15 textos concebida por su autor como una contribución a las conmemoraciones (bi)centenarias. Es difícil saber cuál es el origen de los escritos que integran el libro, pues éste no incluye una relación que señale su primera publicación o que explique al lector el motivo por el cual fueron escritos. En su mayoría son textos de divulgación con temáticas, finalidades y extensiones muy variadas; entre ellos algunos presentados en foros académicos, otros que son contribuciones a libros sobre historia de México y un par de notas biográficas que, por su tono y extensión, muy bien pudieron haber aparecido en un periódico nacional.1 En todo caso, los temas tratados son muy variados: desde Moctezuma hasta Silvio Zavala, pasando por la “clave bíblica” en la historia de México, Hidalgo, Carlyle, La sucesión presidencial en 1910, el 68, la teoría de las generaciones de Ortega aplicada al siglo XX mexicano y la crisis política mexicana actual. En esta reseña me referiré solamente a algunos de estos escritos.

El libro abre con un texto titulado “Crítica de la Historia de Bronce”; una crítica que, a estas alturas, resulta extemporánea (pues en términos historiográficos dicha historia ha sido superada en sus aspectos centrales desde hace tiempo); por lo mismo, este artículo aporta poco al debate historiográfico mexicano de principios de la segunda década del siglo XXI. En este primer texto del libro, llama también la atención la defensa que hace Krauze del género biográfico:

La biografía es un género, antiguo, legítimo y hermoso, pero la buena biografía no suplanta ni busca suplantar la historia. […] La historia es un territorio inabarcable donde caben los movimientos sociales, las estructuras económicas, los valores culturales, las ideas, las costumbres y las creencias, las corrientes religiosas, las mutaciones demográficas, los cambios climáticos, los desastres naturales y sobre todo las microhistorias de los pueblos. Los oficiantes y devotos de la Historia de Bronce olvidan esa distinción fundamental. No practican la biografía: practican la hagiografía (pp. 24-25; las cursivas son mías).

Dejo de lado el adjetivo “hermoso” para describir al género biográfico, pero no puedo obviar que en un artículo que pretende ser una crítica a la “Historia de Bronce” se haga una apología de uno de los géneros historiográficos más “bronceados”. Esta apología proviene de alguien que ha practicado la biografía con fruición, pero que, no obstante, termina con una distinción entre biografía y hagiografía que no solamente se antoja elemental a estas alturas historiográficas, sino que parece ignorar el hecho de que hace tiempo en la academia occidental la biografía dejó de ser ese discurso narrativo en orden cronológico sobre la vida de un hombre o una mujer, para convertirse en un género que, con la “excusa” de la vida de un ser humano específico, es también una empresa historiográfica en la que caben, dependiendo de la biografía que se trate, los campos que Krauze refiere en la cita precedente; entre ellos, de modo destacado, las estructuras económicas, los valores culturales, las ideas, las costumbres, las creencias e incluso esas microhistorias de los pueblos que parece privilegiar por encima de todos los demás (un tema al que volveré más adelante).

En el artículo siguiente, titulado “Mitología y Revolución”, Krauze señala críticamente que durante mucho tiempo “los revolucionados” (es decir, las mujeres y hombres del pueblo que vivieron y padecieron la guerra revolucionaria) estuvieron ausentes de la historiografía. Lo cual es innegable, pero sorprende que esta crítica se haga en el 2010. Desde hace décadas, la academia occidental ha prestado enorme atención a los grupos sociales “desfavorecidos”; como lo muestra el prestigio del que goza actualmente la llamada “historia desde abajo”. Más específicamente, vale la pena detenerse en las preguntas que Krauze plantea en este escrito respecto a la Revolución mexicana: “¿Era necesaria tanta destrucción? ¿Qué habría pasado si se hubiera elegido el camino de la Reforma y no el de la guerra?” (p. 29). Se trata de interrogantes que, sin ignorar los aportes que en ciertos casos puede hacer la historia contrafactual, yo denominaría “ahistóricos”, y cuyo corolario es la imposibilidad de responderlos en términos historiográficos. Es claro que las historias personales de “los revolucionados” pueden darnos elementos de análisis nuevos e interesantes (aunque sólo sea porque son perspectivas individuales, esto es, únicas e intransferibles, de los acontecimientos), pero plantear que en el carácter violento, desgarrador y trágico de muchas de ellas está la respuesta a la pregunta de si la Revolución mexicana fue un proceso histórico “necesario”, refleja una visión engañosa sobre la naturaleza y los objetivos del quehacer historiográfico.2

De héroes y mitos incluye un texto que se ocupa del libro clásico de Prescott sobre la historia de la conquista de México (que apareció originalmente en 1843) y de uno mucho más reciente, publicado exactamente 150 años después: Conquest. Montezuma, Cortés and the Fall of Old Mexico de Hugh Thomas (1993). Es un artículo ameno, instructivo y, sobre todo, muy “invitador a la lectura”, que me parece debe ser la virtud primera de escritos que tienen como principal objetivo dar a conocer un libro (o libros) a un público relativamente amplio. Creo que este artículo llevará a algunos lectores a acercarse a dos obras cuya existencia probablemente conocían, pero que, por razones diversas, podían resultarles distantes. En el texto siguiente (“México en clave bíblica”) Krauze se ocupa de la presencia de la tradición bíblica en la historiografía mexicana; se trata de un recorrido bien concebido y bien realizado, que me pareció sugestivo en diversos aspectos y que seguramente contribuirá a aumentar el interés en un tema que, hasta donde sé, no ha sido muy estudiado.

El libro que nos ocupa incluye también dos textos sobre ese proceso de la historia de México que, según Krauze, “fue más trascendente que la Independencia y la Revolución”, como se puede leer en el prólogo del libro (p. 15): la Reforma.3 En el primero de ellos (“Vigencia del liberalismo decimonónico”), Krauze utiliza como interlocutor a un amigo suyo, José Manuel Valverde Garcés, para llevar la discusión al campo de la tolerancia (o, más bien, de la intolerancia). En opinión de Krauze, el “error histórico” de los liberales de la segunda mitad del siglo XIX fue cancelar el diálogo con los conservadores y “el problema de fondo” de ambos grupos políticos fue la intolerancia (p. 133). Un poco más adelante, considera que la intolerancia frente a la libertad “es uno de los misterios mayores de la historia mexicana” (p. 135). No creo que existan ni los errores ni los misterios históricos, pero lo que me importa destacar aquí es la conclusión que, en relación con este tema, alcanza Krauze en el artículo siguiente, el más extenso del libro (“Orígenes de nuestra intolerancia política”): la Reforma, nos dice, fue el tiempo-eje de la historia independiente de México porque “la prueba de la historia” desmintió que la intolerancia, promovida fundamentalmente por la Iglesia, estuviera destinada a imponerse. Sin embargo, prosigue, un “extraño avatar” de la Iglesia decimonónica, el Estado nacional-revolucionario, se convirtió en el adalid de una nueva intolerancia. Avatares históricos aparte, desde la óptica de Krauze esta nueva intolerancia tendría sus días contados, pues concluye: “la intolerancia, a la larga, nunca pasa la prueba de la historia” (p. 161); una afirmación que lejos de resultar sosegadora, me parece más bien inquietante, sobre todo viniendo de un historiador que debiera saber muy bien que dicho tipo de “pruebas” no existen.

En uno de los últimos artículos (que se sustenta, una vez más, en un diálogo que el autor sostuvo, según nos dice en este caso, con “un joven amigo”), Krauze reivindica al pensamiento liberal y refrenda sus credenciales liberales.4 Estas credenciales, nos dice, no encuentran en su caso una traducción partidaria, pues no se ve representado por ninguna de las fuerzas políticas que existen actualmente en México. “Los liberales —se lamenta— no tenemos representación en el espectro nacional” (p. 204). Desde mi punto de vista, este pregonado liberalismo no casa muy bien con el epílogo del libro; concretamente, con sus líneas finales: “Hay, finalmente, una vasta construcción de convivencia y esfuerzo diario hecho no gracias, sino a pesar de los ‘héroes’ y las elites rectoras. Sus protagonistas —lo digo sin retórica alguna— son los verdaderos ‘héroes’ de este país: me refiero a las mujeres y hombres del pueblo, de los pueblos. La hazaña constructiva de esas mayorías silenciosas debió haber estado en el centro de la conmemoración Bicentenaria” (p. 216).

Más allá de la imposibilidad de definir nítida e incuestionablemente una “tradición liberal” única, y del hecho, obvio para quien esto escribe, de que los principales responsables de cualquier “construcción de convivencia” son siempre e inevitablemente los ciudadanos de a pie, llama la atención que alguien tan preocupado por su autodefinición como “liberal” concluya un libro como De héroes y mitos con una defensa del papel y de la relevancia vital e histórica de “las mayorías silenciosas”. No sólo porque estas mayorías nunca han sido una de las principales preocupaciones de las tradiciones liberales más identificables en la historia del pensamiento occidental, sino, sobre todo, porque esta preocupación ocupa un lugar cuando menos secundario en el libro. Si las mayorías en cuestión debieron de haber estado en el centro de las conmemoraciones bicentenarias, cabe plantear que también debieron haber ocupado un lugar más importante en De héroes y mitos.5

Dejo para el final el artículo “Desvaríos académicos” pues refleja, mejor que ningún otro de los incluidos en De héroes y mitos, la manera que tiene Krauze de entender no solamente la historia, sino también la labor del historiador y el debate historiográfico. Se trata de una implacable crítica a la academia histórica mexicana: por teorizante, por abstrusa, porque no sale de su estrechísimo mundo y porque es narcisista. En esta ocasión, el motivo de los severos dictámenes de Krauze es la publicación del libro México en tres momentos: 1810-1910-2010, publicado por la UNAM en 2007.6 Coincido con casi todas las críticas generales que hace al libro en la primera parte de su artículo (entre ellas su precio, sus dimensiones, sus propósitos y, sobre todo, su falta de articulación); mis diferencias empiezan cuando procede a revisar el contenido.7 En las primeras páginas de “Desvaríos académicos” Krauze habla elogiosamente de varios textos (entre ellos, los de Taylor, Connaughton, Brading, Tortolero, Garciadiego, Marichal, Vázquez y Terrazas). Enseguida, pasa Krauze a la contribución de Ariel Rodríguez Kuri sobre urbanización y secularización en México en la segunda mitad del siglo XX, a la que dedica 22 renglones. En ellos, después de criticar un detalle del título, procede a impugnar el artículo en su conjunto: porque toca demasiados temas, porque no cumple lo que promete, porque cita a ciertos autores, porque desconoce a otros y porque, en suma, junto con la colaboración de Jesús Hernández Jaimes (tan solvente, en mi opinión, como la de Rodríguez Kuri), es un ejemplo “de cómo la exacerbación de la teoría puede distorsionar el trabajo del historiador” (p. 45). Las críticas de Krauze en esta parte dicen mucho sobre esa desazón que le provoca la “teoría” y sugieren una confrontación historia vs. teoría que me parece insostenible, sobre todo porque la escritura de la historia presupone indefectiblemente una serie de planteamientos teóricos. Escribir historia como si estos planteamientos fueran una serie de sobreentendidos, que no vale la pena poner de manifiesto y que no vale la pena cuestionar o problematizar, empobrece, desde mi punto de vista, el oficio historiográfico; sobre todo porque, procediendo de esta manera, se tiende a dotar a la historia de una “naturalidad” y de una “unidimensionalidad” que los acontecimientos históricos nunca poseen, por más simples e inapelables que parezcan a primera vista.

Krauze se ocupa casi enseguida de la sección “Escribir la historia de la Independencia y la Revolución”.8 Sobre esta parte escribe lo siguiente: “El conjunto se quedó penosamente lejos de las compilaciones historiográficas (razonadas, exhaustivas, generosas) publicadas en su momento en Historia Mexicana, compuestas por el gran experto en el tema, mi admirado amigo Álvaro Matute” (p. 46). Después de referirse a los textos “magistrales” de Friedrich Katz y Alan Knight y al “convincente ensayo” del historiador estadunidense Jaime Rodríguez, Krauze se detiene en dos artículos sobre la Independencia escritos por Alfredo Ávila y Ana Carolina Ibarra, respectivamente. Krauze tiene razón en llamar la atención y ser crítico del afán endogámico y autorreferencial de no pocos académicos mexicanos (entre los que me incluyo), pero pretender, con base en Gabriel Zaid, Luis González y Richard Morse, que toda referencia a algún colega o que toda cita salen sobrando, es una propuesta simplificadora (que, dicho sea de paso, puede ganar adeptos, pero difícilmente contribuir a un debate historiográfico). Lo mismo se puede decir de su consideración de la historiografía mexicana contemporánea como una “escolástica” o una “hermenéutica talmúdica” dedicada exclusivamente a repartir elogios y censuras. Una parte importante de la labor de cualquier académico que se dedica a la historiografía (entendida aquí como el estudio de la manera en que se escribe la historia) es proporcionar a los lectores elementos de análisis sobre ciertos autores, ciertas obras y ciertas corrientes (eso que Krauze denomina “valoración” en su crítica a Virginia Guedea, p. 46). Esta valoración implica abandonar la historia como el relato eminentemente cronológico y lineal de la vida de personas concretas que Krauze parece identificar con la historia. En mi opinión, los parámetros para evaluar el trabajo historiográfico no tienen que ver con su (falta de) carácter narrativo o con que las vivencias cotidianas de personas “de carne y hueso” no sean el eje sobre el que gira el trabajo del historiador. En este sentido, me parece más que discutible postular dos visiones antagónicas de la historia: la que practican autores (extranjeros) como Van Young, Taylor, Rodríguez, Brading, Archer y Guardino, “que se quedaron en un periodo por años, acumulando fuentes propias que luego aprovecharon para construir una obra” y la que practican los “historiógrafos” mexicanos, que consiste en “subir peldaños hermenéuticos” y que no trata casi nada “en términos concretos” (p. 49). Para Krauze, los segundos no son más que glosadores que “infligen al lector (suponiendo que los haya) una prosa críptica con pretensiones explicativas, que cae por su propio peso” (p. 49). El punto aquí no es tanto la evidente incomodidad de Krauze con la teoría (una incomodidad que viene de lejos), sino algunos de los “argumentos” con los que descalifica en este caso a los historiadores que no hacen historia bajo los parámetros de su predilección. Ejemplifico.

En la página 50, Krauze afirma que Alfredo Ávila se equivoca en sus atribuciones de autoridad a François-Xavier Guerra y a J.G.A. Pocock porque, en lo que se refiere a la independencia mexicana como parte de un proceso hispánico y en lo que concierne al denominado “momento maquiavélico”, Otto Carlos Stoetzer y Richard M. Morse, respectivamente, habían planteado esos temas mucho antes. No es necesario ser un experto en las revoluciones hispánicas para saber que la obra de Stoetzer se ubica, en aspectos fundamentales, en las antípodas del enfoque y de las aportaciones de Guerra (muchas de ellas, por cierto, de naturaleza teórica). Tampoco es indispensable ser un scholar en la obra de Pocock para saber que no tiene deuda alguna con Morse; entre otras razones porque sus respectivos “maquiavelismos” no tienen nada que ver. Las lagunas y el retraso que es posible percibir en las lecturas de Krauze a lo largo de “Desvaríos académicos” resultan particularmente evidentes cuando escribe lo siguiente sobre las colaboraciones de Ávila e Ibarra: “Esta insistencia de buscar ‘sentido’ recóndito de las palabras Independencia, Autonomía, Libertad, reduce la historia a una semántica vaga (a veces boba) y a un estéril nominalismo” (p. 51). Podría extenderme mucho a este respecto, pero me limitaré a señalar que en el ámbito de la historia intelectual hace cerca de medio siglo que autores como Quentin Skinner, Reinhart Koselleck y el propio Pocock comenzaron a hacer una serie de aportaciones metodológicas de tal magnitud respecto al lenguaje y a los conceptos que, dicho en una sola palabra, revolucionaron este ámbito.9
Krauze prepara el final de “Desvaríos académicos” con una andanada en contra de la “historia teorizante”, a la que le faltan, “entre otras muchas cosas”, nos dice, las personas. Recurriendo, una vez más, a Luis González, afirma que a muchos héroes de la Independencia les hace falta una “biografía moderna”. A los historiadores teorizantes, prosigue, parece interesarles la causalidad histórica, pero este interés los ha conducido a “una moda en la que las elucubraciones más obscuras, subjetivas, insustanciales, autocomplacientes, pasan por interpretaciones científicas. Sus textos son una especie de caricatura hegeliana: pretenden encontrar las partes en el todo, el todo en las partes. El resultado no es el Espíritu. El resultado es la banalidad” (p. 52). Reconozco que se me escapa la analogía hegeliana (aunque sea por caricaturización), lo que me resulta perturbador es la utilización de tantos adjetivos descalificativos por parte de alguien que conoce el ámbito académico de forma indirecta, que no hace investigación o imparte clases en ninguna institución universitaria y cuyas lecturas historiográficas reflejan, como quedó dicho, lagunas y rezagos notables. Esto no obsta para que Krauze termine “Desvaríos académicos” afirmando que los “practicantes de la teorización” ignoran al público y a “lo que verdaderamente cuenta: el avance compartido del conocimiento” (p. 52; las cursivas son mías). Para él, México en tres momentos es una “mezcla de excelencia intelectual y miopía editorial, de erudición verdadera y esnobismo a pie de página, de creatividad genuina y falsa gnosis, de vocaciones probadas y vulgar chambismo. Y si la historia que nos espera en el futuro sigue por los rumbos de la historia teorizante (bien representada en esta obra), empezamos mal el siglo XXI” (p. 53). El párrafo final de estos “desvaríos” va dirigido en contra de los historiadores mexicanos que, según Krauze, desconocen no sólo a los grandes historiadores de ayer, sino también a los de hoy, que no son proclives a la autocrítica y que viven una crisis que son incapaces de reconocer; por tanto, concluye, la ciencia histórica en México “camina a oscuras hacia el porvenir”.

Es imposible para mí saber con certeza si los historiadores del México actual leen a “los grandes historiadores” de ayer y de hoy. En cuanto a la “no proclividad” a la autocrítica, es un cargo que comparto en algunos aspectos, pero que puede ser considerado un arma arrojadiza, en la medida en que golpea prácticamente a cualquier gremio académico (en cualquier lugar y época).10 Con lo que difiero por completo es con la supuesta “crisis” de la ciencia histórica mexicana. Bicentenarios y centenarios aparte, la historiografía nacional de los últimos lustros sufre, sin duda, algunos de los incontables malestares y achaques que Krauze reparte a lo largo de “Desvaríos académicos”. Sin embargo, no coincido con el estado valetudinario en el que, según él, se encuentra la academia mexicana que se dedica a la historia. Lo que procedería aquí es hacer una lista de todos los historiadores (jóvenes y no tan jóvenes) que, me parece, desmienten el aserto de Krauze a este respecto, pero prefiero remitir a los lectores a que revisen, de manera crítica pero desprejuiciada, no solamente los índices de los dos tomos editados por la UNAM que dieron motivo a la redacción de “Desvaríos académicos”, sino también los índices de las obras colectivas de historia nacional publicadas durante 2010 por otras dos instituciones académicas: El Colegio de México y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). De este ejercicio, que no lleva más de unos cuantos minutos, surge una nómina que proporcionaría al lector elementos para conformar su propio juicio. Por último, considero que plantear que los historiadores de México se desplazan entre tinieblas hacia el futuro es una imagen de índole eminentemente efectista; con un mínimo sentido de verosimilitud, esta imagen resulta exagerada, inexacta y, en última instancia, falsa.

Roberto Breña. Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Es autor del libro El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824 y editor de En el umbral de las revoluciones hispánicas: el bienio 1808-1810.

1 Uso el término “divulgación” sin adjudicarle connotación peyorativa alguna (como se hace con relativa frecuencia en el medio académico mexicano). Como lo he expresado en otras ocasiones, nunca se insistirá lo suficiente en la necesidad e importancia de la divulgación histórica en nuestro país (lo mismo se puede decir del resto de América Latina). Una tarea que, por cierto, debe estar principalmente en manos de historiadores (no de reporteros o novelistas). Desde muchos puntos de vista, la labor de Krauze como divulgador ha sido muy valiosa para la sociedad mexicana. Al mismo tiempo, por motivos en los que no considero necesario explayarme, creo que los historiadores deben ser particularmente rigurosos y escrupulosos cuando hacen labores divulgativas.
2 Cuestionables me parecen también otras aseveraciones que hace Krauze en este artículo; por ejemplo, que fue gracias a historiadores como François Furet que en 1989 “Francia encontró el justo medio y cerró, mediante el debate y el conocimiento, la brecha que dividió a la historiografía [francesa] por 200 años” (p. 27). En mi opinión, en ese año Furet no cerró ninguna brecha en la historiografía francesa; lo que hizo más bien fue profundizar la que había abierto con su libro Penser la Révolution française una década antes del bicentenario francés; una brecha muy fértil sin duda en términos historiográficos, pero eso es otra cuestión (casi antitética a la planteada por Krauze).
3 Enseguida, Krauze escribe: “En 2010 debimos haber conmemorado sus 150 años [de la Reforma], pero obsedidos por los héroes y los mitos hemos olvidado ese periodo”. No alcanzo a ver en qué sentido la Reforma es más “trascendente” que la Independencia y la Revolución. En cualquier caso, una afirmación de esta magnitud requeriría de una meditada y argumentada justificación, que no aparece en este prólogo y que tampoco la encontramos en los dos textos referidos.
4 Imposible entrar aquí en cómo concibe Krauze al liberalismo y en cómo lo transmite a sus lectores. Apunto solamente que el refrendo en cuestión no denota, en mi opinión, carencia alguna (Krauze es, a no dudarlo, un liberal). Sin embargo, creo que el liberalismo le sirve de dos maneras que merecerían debatirse: como un medio de legitimación moral (algo que se desprende, no del liberalismo en sí mismo, sino de su manera de concebirlo) y como una entidad historiográfica de naturaleza esencialmente teleológica, lo que le permite ordenar la historia (de México y del mundo).
5 No es el caso y esto difícilmente puede sorprendernos si consideramos lo que el propio Krauze escribe en el prólogo: “…2010 es el año del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, y no he podido sustraerme a la tentación de escribir sobre la incidencia de los ritos heroicos y los mitos revolucionarios en el México de hoy” (p. 15). Creo que esta tentación tiene poco que ver con “las mayorías silenciosas”. Cabe añadir que, a lo largo del libro, tanto los “héroes” como las elites rectoras (que en la cita referida Krauze considera adversas a estas mayorías) son personajes protagónicos.
6 El subtítulo es Hacia la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana. Retos y perspectivas. El libro, que consta de dos tomos, fue publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas, bajo la coordinación de Alicia Mayer. El artículo en cuestión, que comprende las páginas 35-53, fue publicado originalmente en diciembre de 2007 en la revista Letras Libres (con el título “La UNAM y el bicentenario, desvaríos históricos”).
7 Esta revisión va precedida de una nota en la que agradece a Andrea Martínez Baracs “sus observaciones sobre el contenido de varios artículos” (p. 39).
8 Antes de hacerlo, con base en un párrafo interpretado fuera de contexto (por decir lo menos), Krauze descalifica la colaboración de Elisa Speckman. En su opinión, este trabajo es otro ejemplo de “historia teorizante”. Para demostrarlo, un poco más adelante (pp. 49-50) incluye una nota, la cual reproduzco integralmente: “Ejemplo empírico: un doctor en derecho, prestigiado miembro de la Barra de Abogados —es decir, no un lector cualquiera, sino uno interesado en el tema— leyó el artículo de Speckman Guerra. Me comentó que le parecía incomprensible”.
9 Cabe apuntar que “la insistencia por buscar el sentido recóndito de las palabras” ha llegado con algún retraso al estudio de las revoluciones hispánicas, pero actualmente la historia de los lenguajes políticos y la historia conceptual cuentan con exponentes de primer nivel. En mi opinión, son precisamente “historiadores teorizantes” como Elías Palti y Javier Fernández Sebastián quienes están haciendo algunas de las contribuciones más sugerentes y más fecundas a dicho estudio.
10 En relación con esta crítica de Krauze a los historiadores mexicanos, yo echo de menos, sobre todo, dos cosas en nuestro medio historiográfico: intercambios que sean, al mismo tiempo, más argumentados, más incisivos y de más “largo aliento” (por decirlo de algún modo) y un mayor interés en la historia que no sea la historia de México (o que no sea exclusivamente la historia nacional). Al respecto, pienso que el “mexicocentrismo” que caracteriza al gremio es un lastre, no una virtud.