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¡Qué difícil es ver cine mexicano en México! En el artículo anterior se hablaba del modo voluntario en que los cineastas fieles a los dogmas de Carlos Reygadas desprecian de entrada al público de masas (“ese que ve películas de Hollywood”) en aras del premio festivalero. En mes y medio, entre el 18 de febrero, fecha de estreno del documental Presunto culpable, y el 28 de marzo, cuando estalló en pleno Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el pleito entre uno de los ocho hijos de Santo el enmascarado de plata y el veterano productor Guillermo Calderón, el tema de la invisibilidad del cine mexicano, de las dificultades para ser visto, cobró dimensiones que fueron del cuestionamiento al sistema judicial mexicano, a los arrebatos censores post mórtem, sin que haya guionistas dispuestos a hacer de todo eso la película de matices fellinianos que la realidad les pone en bandeja.

venganza

En el momento de escribir esto, la Secretaría de Gobernación y la empresa Cinépolis, distribuidora de Presunto culpable, están dándole la enésima vuelta para desatender a la absurda sentencia de la juez Blanca Reyes Lobo de difuminar el rostro de Víctor Reyes Bravo, querellante contra la película por atentar a su imagen pública (no es malo declarar en falso y que por ello condenen a alguien a 20 años de prisión, sino que te cachen haciéndolo), mientras, al menos en el D.F., sólo está en algunas salas del circuito Cinemark.

Lo de El Santo no tiene precio. Quienes hemos agotado nuestras décadas investigando el cine mexicano tenemos varios santos griales que nos mueven: el Don Juan Tenorio de Salvador Toscano y, para el caso, cualquier película de la era silente; El anónimo, primera película de Fernando de Fuentes, y algunos más, entre los que destacaban las versiones dobles, de exportación, que a finales de los sesenta se filmaron de varias películas de terror, no únicamente de luchadores enmascarados; la censura diazordacista era un tamiz estrechísimo en lo político y lo sexual; cualquier alusión al poder (Ricardo Garibay quiso colar sin éxito la frase “Díaz está matando a los estudiantes en la plaza” en el Emiliano Zapata de Tony Aguilar) y exceso epidérmico eran objetados y eliminados sin miramientos, en los tiempos en que el cine de todo el mundo gozaba de una liberación frenética en ambos terrenos.

Para no pasar por los provincianos que en verdad éramos, se filmaron versiones dobles de películas de todo género, desde melodramones pasionales con las argentinas Isabel Sarli y Libertad Leblanc, hasta de terror como La horripilante bestia humana (1968, René Cardona); para los castos ojos mexicanos, era con chicas en bikini o ropa interior, para los depravados extranjeros, iban las misma chicas sin ropa de por medio. Todos lo sabían en la industria, porque todos lo hacían y al público local sólo le quedaba la resignación. En el paquete, por supuesto, estaba uno de los mayores productos de exportación, las películas de luchadores, con el problema de que se les cambió el título. Y durante décadas los investigadores buscamos aquellas versiones, reclamando el elemental derecho de ver lo que se nos escamoteó aunque sí vieron otros. El paradero de esas cintas era un misterio: algunos las ubicaban en Estados Unidos, otros en Francia o incluso con algún pornógrafo de Budapest. Las fotos aparecieron gradualmente en botaderos y baratillos, así se pudo reconstruir más o menos la filmografía: El vampiro y el sexo era Santo en el tesoro de Drácula (1968, Cardona otra vez), Los leprosos del sexo era Santo contra los jinetes del terror (1970, Cardona Jr.).

Como en el cuento de Poe, resultó que lo que se buscaba estaba en nuestras narices. Viviana García Besné, sobrina nieta del productor Guillermo Calderón, presentó en el festival de Guadalajara del año pasado su documental Perdida, sobre la obra de su pariente, y presentó un fragmento de El vampiro y el sexo, que siempre estuvo en poder de Calderón. Para la edición del festival de este año se restauró la película, que se estrenaría en una gala, hasta que se apareció uno de los hijos de El Santo alegando daños a la memoria del luchador que sólo demostraban que no sabía ni de lo que hablaba. Alegaba un pacto de caballeros entre el luchador y el productor para que no se dieran a conocer esas películas, que, sin embargo, habían circulado ampliamente por el mundo, afirmaba que eran escenas filmadas con Aldo Monti en plan de vampiro que nada tenían que ver con su padre, que El Santo había pedido que no se le involucrara con esas imágenes. Total, logró que se suspendiera la exhibición de una película hecha hace medio siglo, en el más importante festival cinematográfico de México. Buscando pelea, el periódico Reforma y su versión amarilla, Metro, publicaron el 1 de abril fotografías que mostraban a El Santo interactuando de manera muy voluntaria y consciente con damas a quienes la transformación vampírica les había eliminado el brasier, pero resultó que una comparación elemental entre las fotos y las películas sólo agrega otro título: no son de El vampiro y el sexo sino de Santo y Blue Demon contra los monstruos (1969, Gilberto Martínez Solares), que hasta ahora estaba libre de sospecha. Fue otro cine industrial paralelo, que se nos sigue escamoteando.

Total, la censura, antes oculta en la Dirección de Cinematografía, ahora está dispersa y actuando por todas partes: al hijo de El Santo nunca le afligió que su padre trabajara en churros tan infames, sino, ahora, unas chicas desnudas (que ya deben ser respetables matronas) que hacían mucho más interesantes a películas insalvables que, sin embargo, se vieron en el extranjero sin el menor reparo de sus intérpretes. Un juego de doble moral (“sí lo hago pero que no se enteren”) que ojalá desactive la piratería y la internet; mientras tanto, se puede sugerir que, en las escenas donde el luchador figure con chicas en paños inexistentes, se le difumine la máscara.

Gustavo García
. Investigador y crítico de cine. Es profesor de la UAM-Xochimilco.