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Imposible saber si fue una intervención de la Providencia o la buena voluntad de las distribuidoras la que este año nos trajo dos películas de Woody Allen a la despampanante cartelera de su primer cuatrimestre. Así, en un breve lapso pudimos ver el par de entregas más recientes del cineasta de Brooklyn: You Will Meet a Tall Dark Stranger (2010), presentada aquí como Conocerás al hombre de tus sueños, y Whatever Works (2009), bajo el indiamariesco título de Así pasa cuando sucede (en un paréntesis obligado, hay que decir que la maldición de Allen con la traducción de los títulos de sus películas al español data de 1977, cuando la icónica y perfecta Annie Hall se nos ofreció como Dos extraños amantes).

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A punto de cumplir 76 años, Allen no puede mostrarse sino en completa forma, aunque en los últimos tiempos su labor como director ha estado regida por la estrella del autorrevisionismo. Pensemos, por ejemplo, en el hito reciente que lo llevó a las pequeñas masas de espectadores: Match Point (2005), estrenada en México como Punto decisivo y que no puede ser sino un remake o un traslado a este nuevo milenio de una de sus obras maestras de culto, Crimes and Misdemeanors (1989). Mientras que en la primera el papel de la amante despechada y problemática recaía en la primera actriz —y última de las divas de Hollywood, hija del gran director de nombre John y que le heredó el apellido— Anjelica Huston, en la segunda el mismo rol lo interpretaba la sinuosa —y siempre advenediza bomba sexual— Scarlett Johansson, lo cual habla del buen ojo y la sensibilidad de Allen ante el presente en el que sucede para elegir a sus féminas estelares.

Pero Punto decisivo no significó sólo eso, la posibilidad de mostrarnos a Johansson como una Venus salida de la espuma del mar, sino la mudanza urbana y de continente de Allen, que dejó su reconocida y reconocible Nueva York por una Londres solar y en la que llueve poco, moderna y reluciente pese a su pátina de esmog, niebla y demás rebaba de la Revolución Industrial. Y es en esa misma ciudad en la que, un lustro después, ocurre Conocerás al hombre de tus sueños, versión inteligentemente deslavada de sus antecesoras y en la que no hay asesinatos ni asesinos que nunca verán la cárcel, pero sí la intervención del destino como vehículo moral —o amoral— de la voluntad humana.

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Amante tanto de la tragedia como de la comedia griega quintaesencial, Allen sabe que hay algo más allá, un Dios o una serie de dioses ante los cuales los seres humanos no somos más que marionetas desechables, y tal es el rol que él ha elegido representar, aunque sea apenas durante el proceso de producción de sus filmes, en los que su papel, omnipresente, es el del gran titiritero. Esto es patente en la tríada de obras aquí mentadas, cuyo eje es la impunidad humana y la aparente ridiculez del libre albedrío ante la imposición de lo divino, esto último encarnado las más de las veces en el azar. Así, las películas citadas de Allen se suman al conjunto de su gran obra —aquella en la que enlistamos sus filmes “serios”, aunque la mayoría sean comedias—, opuesta a una serie de divertimentos en los que nuestro director parece tomarse un respiro y divertirse buscando a un actor o actriz que lo represente a sí mismo en la pantalla. Tal es el caso de Así pasa cuando sucede.

Más allá de las películas corales de Allen, es decir, aquellas en las que hay una serie de personajes principales que más que urdirla se mueven como insectos a lo largo y ancho de una telaraña prediseñada —y en cuyo centro estamos nosotros, pasivos, y él, activo, cual arañas expectantes—, incapaces de modificar el derrotero que la vida ha tejido para ellos, están los filmes en los que el mundo sucede alrededor de un personaje único, hecho siempre a semejanza de su creador.

En este rubro podemos pensar en Deconstructing Harry (1997), vertida al español como Los enredos de Harry, protagonizada por el propio Allen en lo que se antoja el cierre de una larga época. Y, más recientemente, en Anything Else (2003), en la cual el papel principal está en manos de Jason Biggs, actor lanzado al estrellato por la serie de pastelazos de American Pie, lo que nos habla de un director, como ya se dijo, sensible a su tiempo y deseoso de retratar —mejor aún: desnudar, como hiciera con Johansson y, en este caso y de la mano de Biggs, con Christina Ricci— a una juventud que no le pertenece más, pero ante la cual no puede mostrarse indiferente. ¿Su título en nuestra lengua? Todo un misterio de la distribución fílmica: Muero por ti.

La aventura de retratarse a sí mismo encuentra en Así pasa cuando sucede uno de los momentos más delirantes en la carrera de Allen, encarnado en la figura de un suicida perenne —aunque superado— llamado Boris, y que no pudo encontrar mejor ser vivo para animarlo que Larry David, el rey de lo políticamente incorrecto. David, ya se sabe, es uno de los creadores de Seinfeld, la exitosa serie de televisión en la que sus protagonistas no dejaron títere con cabeza —cercenándosela incluso ellos mismos, al final—, además de autor y parte de su propia serie, Curb Your Enthusiasm, que no puede ser sino la celebración de todo lo humanamente reprobable.

Pese a que la película es bastante menor, la amalgama que resulta del encuentro entre Allen y David en Así pasa cuando sucede es todo un hallazgo mayor, aun irrepetible. Boris es una especie de Larry Allen o Woody David potenciado, sin parangón, grosero e iluminado a la vez, hipocondríaco hasta el abismo —o la acera al pie del edificio— y parlanchín incontinente: todo lo que Allen nos ha mostrado de sí mismo, pero llevado al extremo sin límites de David.

Mientras esperamos el estreno de Midnight in Paris (2011), que si la Providencia —o la bondad de las distribuidoras— es clemente se estrenará en México este año y no al que sigue, no queda más que concluir que Woody Allen es, sin más, el termómetro moral de los días que corren, y que en cada una de sus películas nos muestra los grados Allen de nuestra humana, encantadora y a la vez perversa ridiculez.

David Miklos. Escritor. Su más reciente libro es La vida triestina.