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Cayó en mis manos La vida sexual de Immanuel Kant, de Jean-Baptiste Botul, librito que la UNAM publicó en su preciosa colección Pequeños Grandes Ensayos el año de 2003 y reimprimió al año siguiente. El título llama la atención no sólo por las resonancias que ofrece del texto de Thomas de Quincey acerca de los últimos días del maestro de Könisberg, sino por la consideración que promete de su intimidad. Uno abre el libro esperando regalarse humor y frescura, y en efecto halla uno y otra, pero de forma inesperada.

Hace poco más de un año Bernard-Henri Lévy, eminencia gris detrás de la intervención francesa en Libia y viejo nouveau philosophe, publicó De la guerre en philosophie (Grasset), cuya cuarta de forros subrayaba su carácter de libro-programa, fundamento de la metafísica del porvenir para nuestra nueva edad de las tinieblas. Lévy, acostumbrado a vivir bajo las luces de los reflectores, confirma en estas páginas su carácter de renegado, condición asumida desde hace más de treinta años, destino del discípulo díscolo que volvió la espalda a ese “moridero de cualquier pensamiento” en que se ha convertido la universidad. Así, Bernard-Henri, no menos célebre por su matrimonio con Arielle Dombasle, la inefable Miroslava (Pelayo 93), dice de Marx, “ese otro pensador inútil, esa otra fuente de ceguera”, y de Kant, “loco furioso del pensamiento, fanático del concepto”. Troya, sin embargo, tenía que arder, y a la altura de la página 122 pudo leerse: “Jean-Baptiste Botul mostró, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, en su serie de conferencias dictadas a los neokantianos de Paraguay, que Kant, el pretendido sabio de Könisberg, el filósofo sin vida y sin cuerpo por excelencia, su héroe, era un falso abstracto, un espíritu puro de pura apariencia”.

De la guerre en philosophie significaba, en la más que publicitada carrera de Bernard-Henri Lévy, el retorno a la filosofía del célebre normalista desde la publicación en 1979 de Le testament de Dieu (Grasset). Pero así como este último mereció en su momento varapalos de Pierre Nora y Cornelius Castoriadis por sus groseros errores, Aude Lancelin hizo pública en enero de 2010, en el Nouvel Observateur, la nueva pifia de esta alma gemela de Houellebecq, ese otro chivo expiatorio de la opinión pública: Jean-Baptiste Botul (1896-1947) no es más que una invención, otra magnífica impostura del catedrático de filosofía y periodista del temible semanario satírico Le Canard Enchaîné Frédéric Pagès. Pagès publica la columna “El diario de Carla B”, obvia alusión a la consorte y cantante y actriz y ex modelo esposa de Nicolas Sarkozy. Es animador también de la asociación de amigos del orgulloso filósofo Jean-Baptiste Botul, su propia invención, heredero de la tradición oral, quien jamás tomó la pluma para difundir su pensamiento y en cambio dictó conferencias, tuvo trato con Baden-Powell (fundador de los Boy Scouts), la princesa Marie Bonaparte, Lou Andréas-Salomé, Simone de Beauvoir, Stephan Zweig, Malraux, entre otros. Botul intentó fundar una nueva academia platónica en la mexicana isla de Clipperton en mancuerna imposible con Lev Trotsky, y acabó sus días olvidado en su Lairière natal.

El año de 1999 Pagès intenta entonces remediar ese abandono y publica La vie sexuelle d’Emmanuel Kant (Mille et une Nuits), primer libro conocido del maestro enemigo de Heidegger, ese “sofista perverso disfrazado de campesino tirolés”. El libro reúne las conferencias que Botul habría pronunciado un año antes de morir en la comunidad de Nueva Könisberg, Paraguay, adonde habría ido a recalar un centenar de alemanes paisanos de Kant, fieles guardianes de la filosofía del maestro huyendo de las tropas soviéticas. El propio Botul se había refugiado en Argentina huyendo de la Gran Guerra y ahí desempeñado un sinnúmero de oficios, entre otros el de taxista, lo cual le lleva a la invención del taxianálisis, y el de ghostwriter filosófico, negro se le dice en francés, que lo convierte en el verdadero autor de no escasas tesis universitarias y en influencia ubicua del pensamiento tardooccidental. Para Botul, apasionado profeta del veliz rodante, es la hora de la vindicación: la buena acogida de este primer título lleva al rescate de Landrú, precursor del feminismo, y poco más tarde de la Metafísica de la blandura, ambas obras aún inéditas en español.

Para Pagès, el desliz de Bernard-Henri Lévy habla de los métodos de trabajo siempre dudosos de éste, pero sobre todo de un descuido editorial; cuando lo entrevistaron, hace poco más de un año, sólo conocía otro caso de confusión semejante, el de un italiano en un postfacio. Con la publicación de la UNAM, ya puede añadir otro título a su palmarés.