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Escribo y leo a cualquier hora, en cualquier día, pero no de manera sistemática, mucho menos en horarios fijos. Voy no sólo en busca de mis gustos o afinidades —un lujo más intermitente— sino también a otras regiones, por mi trabajo de editor, hacedor de libros: vivo inmerso en palabras escritas —en revisarlas, precisarlas, destilarlas.

Roberto

Soy —lo confieso— un lector afilado por el consejo borgiano de que en la escritura no se trata de sumar sino de restar palabras. Por eso al leer veo tantos párrafos de paja y redundancias, páginas y aun libros enteros completamente prescindibles, dictados por la complacencia, la vanidad, la debacle del sentido crítico: montañas de volúmenes destinados al polvo.

Como buena parte de la generación nacida en la segunda mitad del siglo pasado, adquirí la pasión de la lectura a partir de las letras mexicanas y latinoamericanas del siglo XX; de ellas derivé por derroteros y estaciones que no viene al caso enumerar, aunque respecto a la literatura moderna la poesía fue tan definitiva como la narrativa.
Eso por lo que se refiere a la lectura. La escritura suele ser menos gozosa pues comprende —como exige el lugar común— cierta dosis de sufrimiento —a la par de su placer intenso. Más todavía en presencia de una maldición obsesiva, capaz de alcanzar atributos pesadillescos desde una certeza invariable: que cada verso, cada ritmo es irremediablemente perfectible, y por lo tanto puede ser —debe ser— más verdadero, más decantado, nítido, preciso. Y cuando ese proceso alcanza un fin, una posible solución, sólo es bajo la fórmula de Paul Valéry: “un poema nunca se termina, sólo se abandona”. Y si el poema resulta interminable debe ser también porque resuena la añoranza de Lezama Lima: “Ah, que tú escapes en el instante /en el que ya habías alcanzado tu definición mejor”.

En este sentido mi escritura no tiene alternativa: sólo así puede llegar a ser. No la confianza en el primer impulso, la inspiración, el rapto sentimental digno —para mí— de toda sospecha, sino ese desafío de tiempo completo que no aspira a la perfección pero sí busca la exactitud, la concentración, la síntesis. Puedo llegar al nudo ciego de un poema que de pronto parece deshacerse, perder el rumbo por alguna puerta falsa. Entonces lo abandono, durante semanas o meses, y tal vez al regresar una nueva mutación, un mínimo detalle resuelve, en una sola línea —como una pincelada—, el cuadro entero. Y puedo estar convencido pero jamás del todo, regresar una y otra vez, desde historias distantes, y acaso hallar algún atajo cuya necesidad sólo entonces advierto. Y dejo madurar el racimo de textos con el veredicto del tiempo: alternan su reposo. En el camino se transfiguran o desaparecen.

Sé que esta voluntad de elaboración y contención a lo largo de los años —en las antípodas de la urgencia o la costumbre de publicar— resulta perversa, ingenua, estéril para fines de trascendencia, becas, fama, honores, premios; no justifica la asistencia a los encuentros y congresos, ni el etcétera que alimenta la agenda o el status del escritor profesional, inscrito en el llamado mainstream de la literatura en cualquiera de sus ámbitos; ese mismo escritor presente en las editoriales y antologías que lo ameriten, algunas veces a todo galope en pos de ventas o reconocimiento, bajo el contrato y los modelos de los grandes consorcios: una sociedad a la que yo no pertenezco porque no está en mi naturaleza. Soy más proclive al “gesto huraño” que diría Owen.

Estoy además convencido de que la extensión de una obra es irrelevante: a fin de cuentas no se trata de la cantidad de títulos, sino de su exigencia sostenida, la eficacia de su pasión y su imaginación. Pero las novedades en librerías aparecen, muchas veces carentes de cualquier apuesta verdadera, con la prisa del mercado que sólo delata —en tantos casos— la infatuación de extender el breve minutero de la fama según Warhol, sin cancelar sus ventas y beneficios, desde luego. De ahí que la exigencia sostenida sucede como una rareza más que una costumbre: prevalece la reiteración o bien lo residual. Y ante el caudal incalculable de libros que existen y vendrán, lanzarlos a mansalva parece una descortesía, por no decir una vulgaridad mercantil. Por mi parte prefiero —así sea fatalmente— la puerta o la ventana de la obra breve.

En esas coordenadas, con sus atolladeros y asideros, luego de más de quince años publico un nuevo libro: abandono esa trama que ha concentrado mis empeños, bajo un título, una frase que hallé en algún momento del trayecto; tiempo después se me ocurrió verificarla en google y descubrí esta coincidencia: comparte el nombre de una calle en la villa de Algete, provincia de Madrid: Travesía del espejo.

Roberto Diego Ortega
. Poeta y traductor.