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William Hazlitt, Robert Louis Stevenson,
El arte de caminar (trad. de Juan José Utrilla; present. de Hernán Lara Zavala),
UNAM,
México, 2004, 55 pp.

Del valor de la caminata como ambiente para el pensamiento, la reflexión, dan fe Aristóteles, Rousseau, Sebald, quien abre sus Anillos de Saturno mencionando las consecuencias de su paseo liberador por el condado de Suffolk, así como los planes de Barnes para recorrer una geografía francesa que ya resultaba fantástica en el recuento de lo que anticipaba gozar. Aquí William Hazlitt no sólo explica su gusto por las enérgicas excursiones a pie al cabo de un día de preocupaciones, sino explica las condiciones que tales paseos deben de tener, la influencia benéfica que su inmersión en la naturaleza obra sobre su temperamento, así como la deliciosa promesa que al final del camino se abre en la perspectiva de una cena ambientada en posada ignota y en compañía de un libro. Stevenson, el entrañable Tusitala de los mares del Sur, ya leyó a Hazlitt, lo admira, guarda menos reparos que el ensayista para emprender el paseo, pero subraya la riqueza de olvidar el reloj, el calendario en la ciudad. Utopías del pasado. (Alberto Román)

Octavio N. Bustamante,
Invitación al dancing (intr. de Antonio Saborit),
UNAM,
México, 2006, 59 pp.

El convite alude a tiempos idos como el Salón México y congéneres afines donde el baile era cédula de empadronamiento, cartilla de civismo, lenguaje de la seducción, y los bailarines instrumentos inconscientes de los designios de los dioses de la modernidad, más gringa que nunca (con todo e influencia francesa). El relato-poema en prosa fue publicado en 1927 por el gobierno de Tlaxcala, siete años después de abierto el salón quintaesencial. El texto es magnífica, deslumbrantemente moderno, no en el registro del modernismo a la Duque Job, sino en prolongación directa de los juegos tabladianos y afinado en la clave de las sensaciones del poeta Leduc, inmerso en sus calas de buzo diamantista. Un rescate (otro) de Antonio Saborit y la esperanza de ver reeditados los demás títulos de autor tan grato. (A. R.)

Roberto Bolaño,
Los sinsabores del verdadero policía,
Anagrama,
México, 2011, 323 pp.

Este nuevo rescate de los escritos del autor chileno fallecido de forma prematura en 2003, continúa el boom reforzado con su éxito en Estados Unidos (incluido un Podcast con lecturas de su obra en el sitio web The New Yorker). Esta novela sin final —más que inacabada—, reitera la inagotable fertilidad fabulística de Bolaño, la persistencia de sus temas (enfermedad, exilio, desolación sexualidad, poesía), sus geografías (Barcelona, México, Santa Teresa-Ciudad Juárez) y personajes (Óscar y Rosa Amalfitano, el legendario escritor Arcimboldi, los poetas bárbaros) así como su concepción de la novela como la vida misma: “Somos —escribimos, leemos— mientras vivimos y el único final es la muerte”. (Alejandro de la Garza)

Jorge Volpi,
Días de ira. Tres narraciones en tierra de nadie,
Colofón,
España/ México, 2011, 212 pp.

Luego de una reivindicación de la novela breve, de media distancia o de tierra de nadie, Volpi esgrime tres de estas piezas. “A pesar del oscuro silencio”, una ficción paralela a la escritura de su ensayo del mismo título sobre Jorge Cuesta, donde la lucidez incendiaria del poeta suicida abrasa al ensayista. “Días de ira”, donde el juego del lector-personaje-autor cobra dimensión trágica y homicida. Y “El juego del Apocalipsis”, historia del fin de año, siglo y milenio en la isla de Patmos, donde san Juan habría escrito su epílogo al Nuevo Testamento, y donde se aborda además el desprecio a la crítica literaria (“roedores” llama a sus oficiantes) encarnada en la mujer del protagonista. (A. de la G.)

Joseph Frank,
Dostoievski. El manto del profeta, 1871-1881,
FCE,
México, 2010, 965 pp.

Estamos ante el quinto y último tomo de la biografía que Joseph Frank dedicó a Dostoievski y en la que se embarcó por espacio de tres décadas. Por él desfilan los populistas rusos que habrían de sembrar las semillas de la revolución, las ideas de una intelectualidad que dirigía la vista hacia Europa, Turgueniev —el francés—, Tolstoi —aún conde—, la aristocracia y sus pompas, y un pueblo miserable que apenas podía mantenerse en pie. Este periodo marca la apoteosis de Dostoievski, tras el Diario del escritor y Los hermanos Karamázov, y su declive físico, marcado por un enfisema pulmonar. El trabajo de Frank es más que admirable: atrapa al personaje y a su época. Quien no haya seguido la saga, publicada por entregas, y quiera apurarla por completo, deberá pedir un año sabático, declararse desempleado o, de plano, ganarse la lotería. O puede, porque hay que hacerlo, planear la lectura a plazos. (Roberto Pliego)

Raúl Renán,
Los otros libros,

UNAM,
México, 2010, 104 pp.

La década de 1980 vio nacer en México a los llamados libros-objeto, curiosidades que en muchos sentidos rendían homenaje a aquellos primeros ejemplares que Gutenberg puso a disposición de los ilustrados renacentistas. Frente al libro despersonalizado, fruto de la cultura de masas, prosperaron magníficas obras artesanales a fuerza de amor y vocación editoriales. En Los otros libros Raúl Renán traza esa ruta con la misma puntualidad con que ofrece información técnica de enorme valor. Es un manual, es cierto, de cómo “se pueden producir medios de difusión impresos con poco dinero”, sin importar el género del que se ocupen. Y es también un registro de iniciativas que sobreviven en las bibliotecas y la memoria de unos cuantos. Apareció originalmente en 1988 y hace unos pocos meses reencarnó en una nueva edición. Ofrece, además, unas espléndidas ilustraciones de Eko. (R. P.)