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Rivka

El año pasado la revista The New Yorker nombró a la canadiense Rivka Galchen entre los 20 mejores escritores menores de 40 años. Perturbaciones atmosféricas es su primera novela (Almadía, traducción de Raquel Vázquez Ramil), donde acierta a combinar el lenguaje científico con el literario. El protagonista, un psiquiatra neoyorquino, resume la trama en las páginas del libro: “Nunca deseé, temí o esperé la sustitución de Rema por una doble, como tampoco deseé, temí ni esperé participar en una conspiración para controlar el clima”.

En diciembre pasado una mujer idéntica a mi esposa entró en mi departamento y cerró la puerta tras de sí. Actuaba con naturalidad. En un enorme bolso azul claro (que era el bolso de Rema) llevaba un cachorro rojizo. Yo jamás lo había visto. Mi verdadera esposa no solía acariciar a los perros en la calle, ni le gustaban los perros. El fresco aroma del champú de Rema impregnó el ambiente y, en medio de tanta desenvoltura, entrecerré los ojos para ver bien a aquella mujer y aquel perrito, y comprendí que algo muy raro estaba ocurriendo.

No soy mentiroso por naturaleza y no confiaba en mi capacidad para mentir con éxito. No pretendo pecar de engreído al proclamar mi sinceridad natural, pues no creo que mi sinceridad sea un valor moral: la moralidad se basa en las decisiones propias, y yo nunca he decidido ser sincero, sino que nunca he podido ser de otra forma, estaba predeterminado a fracasar como mentiroso. De niño, para no tener que agradecer a la fuerza las cosas que no me gustaban, hundía la cara en la falda de mi madre. El olor de ciertos tejidos, el roce del fondo de un vestido contra unas medias, me devuelven aquella vieja emoción. En las pocas ocasiones en que he dicho que estaba ocupado sin estarlo o que me gustaba alguna prenda de ropa o alguna persona que me eran indiferentes u odiosas, me ha invadido una desproporcionada sensación de culpa por mi mentira “blanca” y he querido llorar, confesar, quitarme el peso de encima. Tal vez sea un poco pretencioso, como si hubiese lastimado a alguien, como si mi pequeña falta de sinceridad importara.

Siempre me ha asombrado el hecho de que, si uno permanece callado e inmóvil, los demás se ocupan de llenar los huecos de cualquier historia.

A veces me da miedo sentir esa palpable masa de vidas humanas —las pruebas sin catalogar de misterios indiscernibles— de las que no sé nada.

Los humanos hemos logrado olvidar con gran facilidad que la sonrisa nació para enmascarar el instinto de enseñar los dientes. Al menos no conozco otra teoría más convincente sobre la sonrisa.

Supongo que ése era el estado de desamparo en el que me encontraba, como los primeros días tras la muerte de una persona, cuando nos agachamos para recoger pelusas y nos preguntamos qué diría el muerto de su propia muerte (o de las pelusas) si lo encontrásemos a continuación, y nos preocupamos por ver lo ardua que será la conversación con quien acaba de fallecer.

Nuestra sangre es como un fantasma que vive dentro de nosotros —como nuestro hígado, nuestros amores— que va a lo suyo sin consultarnos.

A veces tenemos esas sensaciones equivocadas, sensaciones como objetos que se introducen en nuestro equipaje y no son nuestras. Se parecen al ADN fósil. No contiene claves, o son erróneas, o contiene proteínas que no se pliegan bien y que pueden provocar una gran destrucción.

A pesar de cierto tipo de certidumbre, no sabía si aquella mujer era consciente de ser una impostora, o acaso una suplente. Por lo que a mi respecta podía tratarse de una actriz sustituta que se miente a sí misma para creer que sólo hay representación los martes y que ella es la única protagonista.
Rema y yo estábamos sentados en el mostrador, donde hay un espejo, y yo atisbaba nuestras imágenes, nuestros reflejos en los que parecíamos una pareja feliz y ruborizada, y durante un momento imaginé que estábamos en aquel lado del espejo, el lado en el que éramos felices en ese momento y siempre.

No soy el único psiquiatra que defiende dejar los silencios en silencio de vez en cuando, no confundir la confesión con la intimidad.

Quien quiera ser un verdadero científico —un explorador a la búsqueda, no de lo que uno ansía que sea verdad, sino a la búsqueda de la verdad, sea cual sea—, debe estar dispuesto a aceptar, a asumir e incluso a perseguir los datos más ingratos y confusos. Hay que estar dispuesto a descubrir cosas que pondrán en entredicho nuestras creencias más profundas.

Si bien la psicosis es vista popularmente como una infección o una especie de cuerpo extraño, la psicosis es en realidad tan personal, tan excéntrica y tan interpretable como un sueño. Su contenido surge directamente de la mente de su víctima, aunque su forma sea una aberración. […] Y aunque llamemos “locura” al proceso de transformar la realidad en una realidad alternativa no debemos olvidar que el paisaje de esa realidad alternativa, todas las moléculas que lo componen, proceden de las banalidades de la vida del propio loco. Por ello, cada experiencia psicótica es singular, como una huella.

Selección de Delia Juárez G.

Delia Juárez G.
Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.