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viejo

Adolfo Bioy Casares,
Unos días en el Brasil (Diario de viaje),
La Compañía de los Libros,
Buenos Aires, 2010, 82 pp.

De las cosas maravillosas,
Planeta/Emecé,
Buenos Aires, 2010, 60 pp.

¿Cómo hacer de unas notas breves sobre un viaje sin importancia un texto entrañable? A principios de la década de los sesenta Adolfo Bioy Casares se vio obligado a asistir a una reunión del PEN Club en Brasil. ABC era conocido por negarse a estas comparecencias, pues él mismo decía que era un hombre que no servía para hablar en público y un escritor que siempre prefirió la escritura a la oratoria. Años después, cuando decide publicar en edición limitada a los amigos estas líneas, intenta encontrar una razón para ese viaje, aunque viajar fuera para Bioy una de sus señas de identidad, un alivio al partir pero no una solución, pues el viajero siempre va consigo, tal y como apuntó en Diario y fantasía.

La razón expuesta al comienzo de Unos días en el Brasil es el hallazgo de una mujer indeseable, inesperada e insistente durante el viaje en barco que con rumbo a Europa emprende nueve años antes: indeseable porque a Bioy le gustó desde un principio otra mujer “delicadamente, luminosamente bella”; inesperada porque no se trataba más que de una chiquilina; pero la palabra insistente no parece bastar cuando el lector se entera que la chica, a quien llamará Ophelia, “Una mañana en que yo desayunaba en el comedor del barco […] pasó junto a mi mesa y con asombrosa lentitud se desplomó. Me explicaron que se había desmayado ‘de amor por mí’. Era una brasilerita dorada y rojiza, de ojos azules” —Bioy seguirá el consejo del padre de Léautaud acerca de la prevalencia de los arreglos entre mujeres cuando de asuntos del deseo se trata, y confirmará en vísperas del viaje brasileño la huella infalsificable del destino al oír en la calle, dirigida a otro oído, las palabras “Quién iba a pensar que volverías a ver a Ofelia”, azar que De Quincey ya había enumerado como presagio. El cuento está servido.

Lo que sigue es el recuento mínimo de las jornadas con los escritores (“Estos escritores, ¿no se preguntan en ningún momento si están jugando a ser diputados?”), la empatía con los italianos, la distancia con los paisanos que en general despliegan su sincero interés en sí mismos, los contrastes entre los latinoamericanos que hacen todo lo posible por desmerecer el patronímico común cuando confrontan a los vecinos continentales y lo enarbolan a la hora de enfrentar al resto del mundo, la sabiduría del héroe de las mujeres (“Para huir de una mujer madura, de cara ancha, una mulata teñida, de ojos acuosos, que ha de estar dispuesta a todo —no me gusta su piel y tendría algún temor de ver sus pechos—, me alejo con el representante de Australia”), el panorama que ofrecía la flamante Brasilia (“sueño de arte moderno de un funcionario imaginativo”), alguno de los secretos femeninos para uso de hombres melancólicos, las extrañas costumbres literarias de algunos países periféricos a las metrópolis, la patanería gringa y, claro, la búsqueda frustrada de Opheliña.

Del mismo lado luminoso se levantan las páginas de la plaquette con seis ensayos de Bioy, De las cosas maravillosas, un tesoro de inteligencia, elegancia e inaudita sencillez, más una sensación de entrañable felicidad como muy pocos autores saben proporcionar.

En el comienzo son las maravillas y su búsqueda lo que presta impulso a quien recorre el camino de la vida, pero como su clasificación no puede satisfacer a nadie, ABC decide abordarlas a la hora de su posesión. La lista no sólo es perentoria sino regocijante y entre burlas y veras aborda el valor de las ilusiones como fundamento de Occidente, el lugar único que ocupan las artes y las ciencias en estas felicidades, hasta la insólita “esperanza de escribir una buena historia”. Siguen una consideración sobre los actores de reparto que acompañan y aun acosan a los enamorados; el papel de las mujeres en sus libros y en su vida; una reflexión sobre las cartas, el más difundido de los géneros literarios (y que algunos presumen muerto en esta hora electrónica); la historia de su amistad con las letras italianas, más una visión del humor en la vida y en la literatura que le da la oportunidad de confesar: “un posible sentido para mis escritos sería el de comunicar al lector el encanto de las cosas que me inducen a querer la vida, a sentir mucha pereza y hasta pena de que pueda llegar la hora de abandonarla para siempre”. Bioy Casares logra así encantar la claridad con una densidad peculiar hecha de ligerezas sustantivas, haciendo de sus líneas un magisterio de hospitalidad.

Unos días en el Brasil
ocupa apenas la mitad del volumen; los ensayos se despliegan en medio centenar de páginas. Podría parecer poca cosa en esta época de bonanza económica y sin embargo la satisfacción del lector es rotunda, alegría del placer infantil por lo que tiene de asombro e invitación a perderse en la belleza, el misterio y el poder de las palabras. Tal es el embrujo del autor. Lo irracional corre a cuenta de los libreros que no traen a México estos volúmenes.

Alberto Román
. Editor de Cal y arena.