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La leyenda local asegura que las rocas nadaron por sí mismas al atolón Hanga desde la tierra distante de Honua, que significa roca. El granito de Honua corresponde a la roca, inencontrable en Hanga.

Las rocas miden lo que un ser humano, pero pesan más por supuesto. Muchas han sido talladas para darles una rudimentaria apariencia humana.

Cada persona en Hanga es responsable de una roca: la roca lleva el nombre de esa persona. Cuando la persona muere la roca pasa al niño más pequeño de la familia y el nombre de la persona cambia a aquel de la roca. Si no hay niño la roca va al pariente vivo más cercano.

Algunas gentes no tienen rocas; algunas tienen una; algunas tienen muchas. Por cierto, uno de los significados de la palabra Hanga para roca es el mismo que se le da a la palabra “roca” en el libro bíblico del Deuteronomio: testículo.

Las rocas representan bonanza, pero el apuro del “adueñado” (la propiedad está invertida: en efecto, la roca es la dueña de la persona) es mantener a la roca en movimiento, en el sentido de las manecillas del reloj alrededor del atolón. Alguien con muchas rocas puede pasarse gran parte del tiempo moviéndolas, a veces la mayor parte del día, todos los días.

Se puede “matar” a una roca desplazándola hacia un acantilado en la parte sur de la isla, pero un miembro de la familia debe seguir el destino de cada roca así dispuesta. Es un momento triste, y sin embargo no es la persona sino la roca el objeto del luto y del recuerdo.

Fuente: Paul Theroux, “Rituales indecibles”, Granta 61, primavera de 1998.