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Una señora en Oaxaca “pasa por encima de la yerba un costal atravesado por carrizos para que permanezca abierto, los chapulines caen en la trampa, los vacía en una bolsa y los separa de las basuritas. Los pone a cocer con agua y limón. Los vende en el mercado”. Es la chapulinera con ese saber que practica para sobrevivir. Ella forma parte del rezago educativo, estudió dos grados de primaria. En nuestro país, ahora en 2011, existen más de 34 millones de hombres y mujeres mayores que 15 años que están en rezago educativo, son los analfabetas, los que no han terminado la primaria o, habiéndola terminado, no concluyeron la secundaria.

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La batalla por la educación ha sido la del México independiente en su camino para consolidarse como nación. Es una batalla que no termina, que ha tenido grandes altibajos en casi dos siglos. Lucha que ha de seguir este siglo porque, a pesar de los esfuerzos de maestros y gobernantes, de hombres y mujeres, de pensadores iluminados e imaginativos, los beneficios de la educación y la cultura no están equitativamente distribuidos. Lejos de ello, a principios del siglo xxi, cerca de un tercio de la población del país, la más pobre, no ha podido alcanzar la educación mínima obligatoria que establece la Constitución de la República.

El rezago educativo lo forman los hombres y las mujeres más pobres del país. Hombres y mujeres que viven y sobreviven en todo el territorio nacional. Una gran parte están concentrados en las zonas marginadas de las ciudades. Muchos comenzaron a vivir en casas de cartón sujetas con corcholatas clavadas, sin agua, luz, drenaje. Las mujeres y los niños acarreaban el agua en cubetas y bidones. El padre albañil, un campesino recién emigrado a la ciudad. Las mujeres venden alguna cosa, fruta, comida, en la puerta de su casa. Poco a poco los van alcanzando los servicios municipales: llega la escuela para los niños, el agua, el pavimento y ladrillo por ladrillo empiezan a construir mejores casas. Se regularizan sus terrenos. Todas las ciudades mexicanas han crecido con los llamados asentamientos irregulares que forman el corazón más indigente de las zonas marginadas. Hombres y mujeres se dedican al comercio informal, los hombres son trabajadores de la construcción; las mujeres, sirvientas en las zonas acomodadas de las ciudades o vendedoras de aguas, jugos y frutas.

Otra parte del rezago está en las zonas rurales. Ahí se encuentran las comunidades indígenas, los jornaleros agrícolas migrantes y los campesinos con pequeñísimas parcelas que escasamente les dan de comer cuando hay buenas lluvias. También, miles de familias de artesanos que llevan sus objetos a vender cada semana en los mercados de pueblos y ciudades. Los tepehuanos viajan todos los años al norte de Durango a recolectar cosechas de manzana. Los mixtecos viajan de Huajuapan de León, Oaxaca, a Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, a San Quintín, Baja California, de donde se pasan a Estados Unidos para trabajar por toda la costa oeste, desde San Diego hasta Oregon. Todos ellos forman parte del rezago con niños que apenas pueden asistir a la escuela.

El rezago lo forman hombres y mujeres en las más diversas circunstancias: un joven de 15 años que dejó la primaria a los 12 años para ayudar a su familia, a su padre a levantar la cosecha y a sus trabajos de albañilería o artesanía, o para atender un puesto en el mercado; una mujer mayor que tiene que cuidar a sus nietos porque sus hijos emigraron; mujeres solas que viven en enormes multifamiliares de interés social y no pueden pagar la renta o la letra. Buscan algo que hacer para mantenerse, son como pequeños empresarios que no dependen de los demás para sobrevivir. La diversidad es enorme y las necesidades de lo más variadas.

Desde 1970 nos hicimos conscientes de este enorme rezago (entonces eran 24 millones) y se empezaron a instrumentar programas de educación abierta para atenderlos. Se ha trabajado mucho en métodos y procedimientos para la educación de adultos, especialmente después de la creación del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). Tenemos ahora uno de los sistemas más eficaces del mundo en cuanto a materiales de instrucción y organizaciones en todos los estados de la República para atender adultos. El problema fundamental en este rubro ha sido la falta de recursos. La educación para adultos ha recibido en promedio, todos estos años, no más del 1% del gasto educativo, mientras que el resto del sistema, de preescolar a posgrado recibe el 99%.

El otro gran problema, por el cual el rezago no disminuye, es la deserción en secundaria: más del 20% de los matriculados no termina y se convierte en rezago. Este número es mayor al que INEA puede atender cada año. La SEP debe hacer un enorme esfuerzo para moderar la deserción.

Con 3% o 4% del gasto el rezago empezaría a disminuir en términos absolutos. Luchar por la educación de los adultos es combatir a la pobreza, los dos problemas son inseparables. Ojalá nuestras autoridades educativas y políticas adquieran una mayor conciencia sobre este gravísimo problema social, que en términos educativos puede resolverse a un costo relativamente bajo.

No podremos nunca ser una sociedad desarrollada y justa, no podremos aspirar a ser competitivos en un mundo globalizado con el 70% de la población mayor de 15 años en rezago educativo.

Roger Díaz de Cossío.
Ingeniero civil. Fue presidente de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (Anuies) y subsecretario de Planeación Educativa de la SEP.

Texto adaptado del libro del autor, La educación mexicana y sus barreras.