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Es muy comprensible que cuando un sitio en general desconocido se vuelve el protagonista de la agenda pública surjan una avalancha de temas y una fiebre mediática respecto a ese lugar; ante lo cual todo mundo participa, muchos se vuelven especialistas de la noche a la mañana y, tweet mediante, una gran mayoría se pelea por demostrar quién tiene las primicias y el vínculo emocional más “legítimo” y profundo con el fenómeno en cuestión. Así, cuando en 2010 un grupo de mineros chilenos quedó atrapado en la mina de San José, hubo furor y la avalancha no se hizo esperar: Evo Morales estuvo presente en el rescate de los mineros; y los mineros, por su parte, a los pocos días de haber salido, acabaron firmando un contrato con una agencia de estrellas hollywoodense —William Morris Endevour (WME)—; fueron el tema del libro El rescate que unió al mundo. Los 33 —publicado en español por Aguilar—; acudieron al Old Trafford, emblemático estadio del Manchester United, cuya “victoria frente al Arsenal se debió a ellos”; viajaron a Disneylandia y, entre otras, de la mano de figuras como Demi Moore, Bon Jovi, Jessica Alba, Eva Longoria, fueron nombrados héroes del año por la CNN, recibiendo una monumental suma de dinero. Vamos, rayando en un oportunismo hipócrita, el mundo demostró su “sensibilidad exacerbada” montándose en la coyuntura mediática, y hubo rating, cómo no.

oportunismo

En el mismo tenor, cuando surgió la crisis de Egipto, por ejemplo, se retransmitió por ahí un programa sobre Tutankamón; después vino Túnez y, en la misma línea del efecto dominó, en otro tipo de terremoto, comenzó a balancearse la ficha de Libia; sin embargo, no hubo tiempo para que ésta cayera del todo, ya que cuando se desataba la crisis en ese país la atención se detuvo debido al terremoto-tsunami japonés, y los ojos del planeta se dirigieron al país nipón olvidando que Gadafi, Kadafi, Jaddafi y Kadhafi (con muchos nombres y una sola versión mediática) seguía en el poder y, como fue natural, los suplementos que se preparaban sobre literatura magrebí y variantes fueron precisamente suplidos por otros suplementos: los que se concentraban en el país nipón. Así pues, cuando navegábamos en las aguas de la incredulidad árabe, no hizo falta cambiar de mares ni cambiarle al radio para escuchar programas sobre música japonesa, ni buscarle mucho para leer algún suplemento dedicado a la literatura de ese país, al butoh y al bunraku, o ir a alguna librería y ver en la mesa de novedades autores como Akutagawa, Tanizaki o quien se quisiera y con descuento. No le cambiamos de canal, sino que nos lo cambiaron. Y es que esta vastedad mediática cubre un arribismo político y mercadológico bastante soez, en el que la tragedia se robustece con un “lente cultural” que se vende en los kioscos, o se viste con una “empatía humana” que a su vez se viste de mercancía: si se cae tu país, a los pocos días se levanta el suplemento, y entre más caiga más levantamos; y entonces sí, todos estamos muy informados y los medios muy actualizados. Ya no hace falta ningún chupacabras, sino simplemente mirar al mundo, cuyo imaginario es mayor que el del depredador misterioso. Pero comes y te vas, porque de los chilenos se tuvo suficiente, su terremoto ya fue, y los mineros están más allá. Wikileaks parece ser “superado”, mientras Spielberg prepara la película sobre Assange, personaje cuya importancia caduca en la premonición de un olvido inevitable, y lo hará totalmente después de que comamos las últimas palomitas. Asimismo, mientras en un fin de semana el mundo veía las consecuencias que la locomotora marítima hizo en Japón, el en su momento “importantísimo” Haití celebraba sus elecciones; pero de los haitianos también se tuvo bastante: su terremoto ya fue, y no hay ningún programa radiofónico que haga sonar a Martha Jean Claude ni diga nada sobre el regreso a la isla, justamente durante las elecciones, de Jean-Bertrand Aristide, el ex dictador haitiano que vive en Sudáfrica. Todo regresa a la normalidad: Haití sigue en el olvido de siempre, volviendo a ser una isla llena de miseria.

El estado gaseoso de la empatía es innegable, incluso hipócrita, y responde a un tipo de agenda oportunista que, por atrabancada y avorazada, se antoja de mal gusto. De tal forma que mientras se discutía que Chernobil no es Fukushima, y el mundo miraba a Japón leyendo, por ejemplo, algo sobre Mishima, 10 países de los 15 del Consejo de Seguridad de la ONU aprobaron la intervención en el petrolerísimo y energético Libia, cuyo protagonismo mundial estaba en una efímera pausa debido a la crisis —también energética— japonesa. Y cuando salían charters del gobierno de México trayendo a su gente que andaba en Japón, y ese país parecía recuperarse, los países Aliados, como se decidió llamarlos, ya tenían preparados los aviones para intervenir Libia, y probablemente los suplementos hacían lo propio, corrigiendo un textito encargado sobre la película libia El león del desierto o el escritor Ibrahim Al-Koni. Civiles japoneses habían muerto en un desastre, y un desastre —uno más— se orquestaba ante los civiles libios. La xenofobia que cierto sector de sudafricanos tenía hacia los inmigrantes de otros países africanos se reactivó pocas horas después de que terminara el mundial, y desde entonces sigue: también lo hizo ese fin de semana; pero los medios desgastaron todos los suplementos durante la Copa del Mundo. Sudán del Sur, un país que está a pocos meses de nacer, paradójicamente, ya tiene un ministro asesinado, pero también tiene una desventaja: no es zona sísmica y no hay suplemento para dedicarle, aunque de cualquier forma no faltará el pretexto para que un dominguito podamos leer sobre Tayeb Saleh. No hay prisa, seguro eso saldrá a mediados del año, cuando Sudán del Sur comience a existir. Pero hasta ahí, porque Saleh difícilmente vendrá a un Bellas Artes abarrotado.
La falta de matiz en algunos medios a veces los vuelve vulgares, aunque éstos traten temas “sublimes” y se presenten en los de alta estirpe. ¿Y Eritrea? Ahí está, con uno de los peores dictadores, sin terremoto ni constitución pero bajo una sombra terrorífica, y por lo tanto sin atención y mucho menos suplemento. ¿Y Corea del Norte? Tampoco hay voz que suene por ahora.

Pero decía, los cinco países del Consejo de Seguridad de la ONU que se abstuvieron en la votación sobre la intervención en Libia, curiosamente fueron, además de Alemania, los que forman el BRIC (Brasil, Rusia, India y China), claves en el mercado del hidrocarburo, que no es el mismo que el nuclear, además relativamente frenado a partir de lo de Japón. Asimismo, cuando se decidió esto, y cuando Japón empezaba a recuperarse y Libia comenzaba a recalentarse para luego explotar, Obama ya estaba en un avión rumbo a Brasil, visitando a la Dilma del BRIC. Coincidencias cuya médula ignoro porque no sé nada, pero sobre todo porque ese fin de semana me la pasé leyendo la contraportada de un libro japonés que encontré en la mesa de novedades de una librería, observando el furor generado por el hecho de que Villoro (a quien admiro) abriera una cuenta en Twitter, y pensando en cómo el Chicharito observaba a todos los mexicanos cuando se miraba en el espejo de su casa. Y seguro sucedió algo similar con los brasileños, porque todas las portadas de sus diarios celebraban el halago de Obama, “Brasil es ejemplo de democracia”, y ahí ni Japón ni nada, a pesar de que São Paulo sea la segunda ciudad con más japoneses en el mundo y de que los estadunidenses necesiten visa para entrar a Brasil. En muchos casos se depende de quienes ordenan (ordeñan) y ofrecen la información; todo esto, sin embargo, no debería depender del terremoto que más venda. Japón comienza a alejarse, rápido y furioso, poco a poco, regresando a su estado de isla lejana; y el paracaidismo mediático da un salto rumbo a Libia, donde hará escala una vez más —aunque, para cuando se esté leyendo esto, seguramente ya será parte de otra isla olvidada—, mientras la industria cultural —después de que el Salón del Libro de París se desenvolviera bajo la sombra— queda a la expectativa en un sancocho imposible que revuelve de ida y de regreso eso de que el periodismo no se vende, sino se compra.

Emiliano Becerril
. Editor, escritor y colaborador de La Jornada Semanal.