A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Del empeño con que se quisieron sus padres, ella fue la primera hija y la llamaron Olvido. Yo nunca supe el porqué de su nombre extraordinario. Ahora imagino que tal vez su papá, un asturiano que emigró a México siendo tan chico que a los catorce años ya trabajaba de obrero en una fábrica de hilados y tejidos, sintió que su hija mexicana tendría que arraigarlo a este suelo. Y como en su tierra hay una Virgen del Olvido, le pidió a ella que la niña lo ayudara para no extrañar tanto la tierra húmeda y el cielo nublado bajo el que nació.

Algo habrá conseguido de ese intento, porque cuando yo lo recuerdo, fumando un puro y sentado en su mecedora, lo veo siempre contento, como si México fuera también su patria, aunque a él le gustara soñar con la otra.

olvido

La mamá de Olvido fue mi tía Tere, la suave y milagrosa hermana de mi padre. Ella tuvo seis hijos. Sin embargo, cuando la visitábamos, abría la puerta de su casa con una risa larga, como si nada en el mundo fuera mejor que nuestra presencia. “Me caen como agua de mayo”, decía al vernos entrar y sacaba comida para la ocasión. En su casa se comió siempre como en el cielo. Tuvo un padre italiano y una mamá que disimulaba, con su andar sosegado y su ropa oscura, una ironía fina, supongo que impropia de una mujer casada con un hombre, que hablaba de ella —al menos en las cartas al hijo que mandó a vivir en Italia, como quien paga un tributo— con la condescendencia que el fuerte le da a quien imagina débil. Pero aunque yo la traté poco, por el tono de sus hijas y sus nietas, debe haber sido fuerte. Si no, ¿de dónde habrían sacado mis tías los desplantes con que le respondieron a la vida?

La mamá de Olvido no imaginó, al casarse con el muchacho aquel cuyas visitas fueron siempre en la sala de su casa y custodiadas por su madre, la cauda de tristezas que le cabrían a su existencia por culpa del azar, que no de Dios ni de nadie hecho a su semejanza. En cambio, supo asir las dichas, que mueven más a quien las deja entrar sin reticencia. De ella heredó su vocación para reír y su generosidad. La eterna inocencia no sé de dónde le habrá salido. Tenía los labios delgados y los ojos pequeños, tenía pasión por conversar y unas ansias de alegría que daban ganas de regalarle cualquier pretexto para que lo fuera. Se sabe que ella tenía dos lugares preferidos: uno era el Parque España y el otro la Beneficencia Española.

Más que en nadie fue en ella en quien la madre patria de su padre prendió con tantas fuerzas. Desde siempre fue socia del parque y tanto tiempo pasaba ahí que la gente se iba preguntando qué haría Olvido sin el Parque España. Jugaba pin pon y a los setenta años seguía siendo la campeona, sin rival, de la tercera edad.

Su otra afición fue visitar a los enfermos. Cuanto pariente caía en el sanatorio recibía su visita antes que ninguna, porque ella pasaba todos los días por la Beneficencia Española, para ver si algo se le ofrecía a alguien. Y para conversar con quien fuera, que ya lo dijo una sabia: no hay mejor cura que un rato de conversación.

Yo nunca la oí quejarse de las contradicciones que de repente le dio la existencia. La verdad es que no siempre le vino fácil. Pero ella tenía la sencillez de los buenos acompañándola a todas partes. Con esa sencillez murió hace unos días, en mitad de la noche, sin hacer ruido.

No pude ir a su funeral, pero dicen mis hermanos que nunca habían visto uno así de concurrido. Estaba ahí media ciudad y entre tantos un grupo de sus amigos llevando una gran tela con la pregunta: “¿Qué hará el Parque España sin Olvido?”.

Así fue de querida, aunque ni ella lo supiera bien. Y es que eso se percibe y se agradece: Olvido fue de la gente a quien la vida no siempre le sonríe. Y que en venganza, siempre se ríe con ella.

Ángeles Mastretta.
Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.