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Con el origen del OK ocurre lo siguiente. Alguien dice que es de origen escocés, al ser una corrupción de “Och aye”. Claro que no, dice otro: es obviamente una adaptación del francés “aux quais” (“a los muelles”), el grito de lujuria de los marineros al desembarcar. Cómo va a ser: viene del griego “ola kala” (“todo bien”). Perdón, pero no, es finlandés: “oikea” (“correcto”). Uh, no: sus orígenes están en el África: ¿quién no está familiarizado con la expresión en wolof “o ke” (que quiere decir “eso es”)? No: todo viene desde Julio César que ya usaba el OK para aprobar documentos políticos, como una abreviatura del latín “omnis korrecta”.

Hay otras teorías, incluida la de su origen en las buenas noticias militares: “0 killed”, “cero muertos” o “cero bajas”. Pero quién no ha oído más bien de O. Kendall, la firma pastelera de Chicago, que sellaba sus cajas de bizcochos con un “OK” durante la guerra civil norteamericana. Otras teorías van a dar incluso al lenguaje de las tribus indias choctaw.

Pues bueno: un autor de nombre Allan Metcalf desecha todas esas teorías en su pequeño libro OK. Según Metcalf, el OK —o el “o. k.”— se vio impreso por vez primera en el Boston Morning Post del 23 de marzo de 1839, como una contracción juguetona, a saber: “o. k. —all correct”, un poco sacado de la manga. El hecho es que Metcalf se sigue de largo. Su libro se subtitula “La historia improbable de la más grande palabra de Estados Unidos”. No contento con la grandeza lexical, llega a postular: “no sería una exageración decir que el mundo moderno funciona alrededor del OK”. Y añade: “El OK es la respuesta de Estados Unidos a Shakespeare. O más precisamente, el OK es el Shakespeare de Estados Unidos, una expresión de dos letras tan potente como cualquier cosa en las obras del Bardo”. Si uno cree esto ya puede creer lo que sea, incluyendo la teoría de que el OK se originó en el “o. k.” en el Boston Morning Post un día de 1839.

Fuente: Times Literary Supplement, enero 7, 2011.