Primero fue un dedo en el buró,
un dedo huérfano
al apagar la lámpara de noche;
después la oreja que colgaba
como un pendiente macabro
de tu lóbulo;
más tarde eran cabezas,
cabezas rodando en el boliche
insospechado del pasillo,
cabezas servidas en bandeja
con todo y jugo de naranja,
cabezas tras la puerta no cerrada
de una frase.
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