He vivido ya dos veces en París, sumando entre ambas diez años, y una de las pocas cosas que sé es que jamás volveré a hacerlo, aunque la vida y los libros me lleven una y otra vez a ella. En la primera estadía llegué con una mano delante y otra atrás, un maletín y un número de teléfono, pero sobre todo con el furioso deseo de convertirme en escritor. Era el inicio de los años noventa. Venía siguiendo a distancia la huella de escritores latinoamericanos que admiraba: Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Bryce Echenique, en fin… Pero cuando llegué ya todos se habían ido. O casi todos. Quedaban el peruano Julio Ramón Ribeyro y el cubano Severo Sarduy, y ahora que lo pienso también Fernando del Paso, que era cónsul de México. La novela en la que narro las peripecias de esos años duros y alocados comienza con la siguiente frase: “Por esa época la vida no me sonreía”. Y era verdad. Me sentía profundamente desdichado. Las dificultades parisinas me llevaron al límite, pero ese límite, en el recuerdo, fue una verdadera escuela. Tal vez una escuela militar, pero escuela al fin y al cabo. Yo venía de Madrid, que era un gigantesco bar, y un poco de disciplina tampoco venía mal.
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