¿Qué coche era?
No sé. Un coche viejo. ¿Qué importa?
Hay un tipo que se la ha pasado tres días sentado en el coche frente a la casa. Deberías saber qué tipo de coche era.
Es un coche americano.
Ya ves.
Un coche cuadrado de cajuela larga. Largo como un lanchón.
¿Un Ford?
Tal vez.

Edgemont

Bueno, definitivamente no es un Cadillac.
No, se veía chico. Un coche viejo. Rojo desteñido. Tenía manchas de óxido grandes en la salpicadera y la puerta. Y estaba lleno de cosas. Parecía que todas sus pertenencias estaban ahí adentro.
Bueno, ¿y qué quieres que haga? ¿Que falte al trabajo y me quede en casa?
No, no importa.
Si no importa, ¿por qué sacas el tema?
No debí hacerlo.
¿Te miró?
Por favor.
¿Te miró?
Cuando me di la vuelta, arrancó el coche y se fue.
¿Qué quieres decir? Así que antes de que te voltearas…
Sentí su mirada. Estaba deshierbando el jardín.
¿Agachada? ¿Inclinada?
No empieces.
¿Hay un tipo que se estaciona todos los días frente a la casa y sales al jardín y te empinas?
Fin de la conversación. Tengo cosas que hacer.
Tal vez yo también podría estacionarme y ver cómo arreglas el jardín empinada. Los dos podríamos hacerlo juntos. Debe tener lo suyo eso de verte empinada en shorts.
No se puede hablar contigo.
Era un Ford Falcon. Dijiste que era cuadrado, de líneas duras y aspecto achaparrado. Un Falcon. Caja manual de tres velocidades. Sólo noventa caballos de fuerza.
Perfecto. Maravilloso. Sabes todo de coches.
Escúchame, señorita jardín, conocer el coche de un hombre es conocer al hombre. No es información inútil.
Está bien.
El tipo debe ser un inmigrante de Tijuana.
¿De qué hablas?
Quién otro manejaría una carcacha de hace cuarenta años. Buscando trabajo. Buscando algo que pueda robar. Buscando algo de la chica con las piernas blancas que se empina en el jardín.
Estás loco. Tienes esa actitud de señor-sábelo-todo…
Voy a pedir el día libre mañana.
Los inmigrantes no tienen el pelo largo y blanco, ni bajan la ventana para que puedas ver su cara rosa y sus ojos pálidos.
¡Ah, muy bien! Ahora sí que estamos llegando a algún lado.

No se mueva de aquí. Estoy apuntando sus placas. La policía lo identificará para ver si lo están buscando…
¿Está llamando a la policía?
Sí.
¿Por qué?
Si no se va de aquí, ¿por qué no? Estaciónese en otro lado. Le estoy dando la oportunidad.
¿Cuál es el problema?
No se haga el tonto. En primer lugar, no me gusta ver chatarra estacionada frente a mi casa.
Lo siento. Es el único coche que tengo.
Desde luego. Me queda claro que nadie manejaría un coche así si tuviera otro. ¿Y todas esas maletas? ¿Vende cosas en el coche?
No. Estas son mis pertenencias. No me gustaría desprenderme de nada de esto.
Porque nadie en este vecindario necesita nada que salga de una cajuela.
Mire, lo siento, creo que hemos empezado mal.
De hecho, sí. No soy muy amigable cuando un pervertido decide acosar a mi esposa.
Oh, me temo que se está confundiendo.
¿Usted cree?
Sí. No quería molestar a nadie, pero debí saber que iba a llamar la atención si me estacionaba siempre frente a su casa.
En eso estamos de acuerdo.
Si estoy acosando algo, es la casa.
¿Qué?
Yo solía vivir ahí. Llevo tres días tratando de reunir las fuerzas necesarias para tocar su puerta y presentarme.

Veo que la cocina está muy cambiada. Todo a la medida, empotrado. Nosotros teníamos un lavabo independiente, de porcelana blanca, con patas de piano. Aquí había una despensa donde mi madre guardaba la comida. Y teníamos un estante con una lata para cernir harina. Eso me impresionaba.
Probablemente yo lo hubiera dejado así. Esta es su remodelación, la de la gente que vivió aquí antes. Yo tengo mis propias ideas sobre andar cambiando cosas.
Seguro le compraron la casa a la gente a la que se la vendí. ¿Hace cuánto que viven aquí?
Veamos. Llevo las cuentas con las edades de los niños. Nos mudamos justo después de que nació el mayor. Deben ser como doce años.
¿Y cuántos hijos tiene?
Tres. Todos hombres. A veces pienso que me hubiera gustado una niña.
¿Todavía van a la escuela?
Sí.
Yo tengo una hija. Ya es mayor.
¿Quiere un poco de té?
Sí, gracias. Es usted muy amable. Generalmente las mujeres son más amables. Espero que su esposo no se moleste mucho.
Para nada.
Para serle sincero, estar aquí es un poco inquietante. Es como ver doble. El vecindario se parece mucho, pero los árboles son más altos y más viejos. Y las casas, bueno, siguen ahí, aunque ya no tienen ese aire orgulloso y próspero que tenían antes.
Es un vecindario acomodado.
Sí, pero, ¿sabe qué? El tiempo es desgarrador.
Sí.
Mis padres se divorciaron cuando yo era niño. Viví con mi madre. Ella murió en el cuarto principal.
Oh.
Lo siento. A veces no tengo tacto. Después de la muerte de mi madre me casé y traje a mi esposa a vivir aquí. Nunca me quedé mucho tiempo en ningún otro lado. Y desde luego nunca volví a tener una propiedad. Así que esta es la casa —por favor, no me malinterprete—, esta es la casa donde he seguido viviendo. Mentalmente, quiero decir. Habité todos estos cuartos desde mi niñez. Hasta que reflejaron quién era yo, como un espejo. No quiero decir sólo que los muebles reflejaran la personalidad de la familia, nuestros gustos. No quiero decir eso. Era como si las paredes, las escaleras, los cuartos, las dimensiones fueran tan yo como yo mismo. ¿Estoy diciendo algo coherente? Me veía dondequiera que mirara. Como si estuviera repartido en todos esos lugares. ¿Le ha pasado alguna vez?
No estoy segura. Su esposa…
Oh, eso no duró mucho. No le gustaban los suburbios. Se sentía aislada de todo. Yo me iba a trabajar y ella se quedaba aquí sola. No teníamos muchos amigos en el vecindario.
Sí, aquí la gente es muy cerrada. Mis hijos tienen amigos en la escuela, pero nosotros casi no conocemos a nadie.
El té ayuda. Porque esto es una experiencia vertiginosa para mí. Es como si estuviese encuadrado, dimensionado en estos cuartos, como si yo fuera el espacio contenido entre estas paredes, los pasillos, los caminos de ida y vuelta, de un cuarto a otro, como si todo se encendiera previsiblemente dependiendo de la hora del día o la estación del año. Todo esto es indistinguiblemente… yo.
Creo que si se vive mucho tiempo en el mismo lugar…
Cuando la gente habla de casas encantadas quieren decir que hay fantasmas revoloteando por todas partes, pero eso no es todo. Cuando una casa está encantada —estoy tratando de explicarme— tiene que ver con la sensación de que la casa se parece a ti, que tu alma se ha transformado en arquitectura, y que la casa, en algo parecido al encantamiento, te ha absorbido en todos sus materiales. Como si tú fueras el fantasma. Y mientras la miro a usted, una mujer encantadora, una parte de mí me dice, no que yo no pertenezca aquí, que es cierto, sino que usted no pertenece aquí. Lo siento, dije una cosa muy fea. Yo simplemente quería decir…
Que la vida es desgarradora.

¿Regresó? ¿Estuvo aquí otra vez?
Sí. Parecía tan triste sentado ahí afuera… Así que lo invité a pasar.
¿Que qué?
No era lo que tú pensabas, ¿o sí? Así que, ¿por qué no?
Claro, por qué no invitarlo si le advertí que si regresaba llamaría a la policía.
Debiste invitarlo tú mismo cuando te contó que había vivido en esta casa.
¿Y eso justifica algo? Todo el mundo ha vivido en algún lado. ¿Quieres aliviar tu pasado glorioso? No creo. Y esta no es la primera vez.
No empieces, por favor.
El marido dice blanco y la mujer dice negro. Así funciona. Así que el mundo sabrá lo que opinas de tu esposo.
¡Por qué todo tiene que girar a tu alrededor! No somos la misma persona. Tengo mi propia mente.
¿Ah, sí? ¡Ahora!
¿Qué pasa, chicos? ¿Están empezando a pelearse?
Cierra la puerta, hijo. Esto no te concierne.
Cada vez que un hombre entra en esta casa te pones como energúmeno. El plomero, el de las cortinas, el del gas.
Ah, ¿pero acaso ese tipo es un verdadero hombre? A mí se me hace terriblemente joto. Con esa colita de pelo blanco y esas manos pequeñitas. ¿Y qué tenía que decir el putarraco ese?
Tiene un doctorado y es poeta.
Dios mío, debí imaginarlo.
Renunció a su trabajo como profesor para viajar por el país. Su libro está en la mesa del comedor. Nos lo dedicó.
Un trovador errante en su Ford Falcon.
¡Eres tan horrible!

En lugar de tener sexo, discutimos.
Ya había pasado un rato.
Esto es mejor.
Sí.

Edgemont2

No sé por qué me enojo tanto.
Sólo eres el típico hombre defectuoso.
¿Así que todos somos así? Gracias.
Sí. Son un género imperfecto.
Siento haber dicho lo que dije.
Estoy pensando que, con los tres niños en la escuela, debería conseguir trabajo.
¿Haciendo qué?
O quizá estudiar algo. Hacer algo útil.
¿A qué viene todo esto?
Los tiempos cambian. Los niños cada vez me necesitan menos. Tienen sus amigos, sus entrenamientos. Yo me dedico a hacer ronda con las mamás. Llegan a la casa y se encierran en sus cuartos a jugar videojuegos. Tú trabajas hasta tarde. Me siento sola muy a menudo.
Deberíamos ir más al teatro. Pasar la noche en la ciudad. Trabajo para pagar la hipoteca, las tres escuelas, los dos coches.
No te estoy culpando de nada. ¿Podríamos prender la luz un momento?
¿Qué sucede?
No hay luna. En la oscuridad esto se siente como una tumba.

Esto es muy vergonzoso.
¿Qué estaba haciendo ahí a las tres de la mañana?
Durmiendo, eso es todo. No estaba molestando a nadie.
Sí, bueno, la policía está un poco sensible últimamente. Sobre todo con la gente que duerme en sus coches.
Antes eso era un campo de softbol. Yo jugué ahí cuando era niño.
Bueno, ahora es el centro comercial.
¿No le molesta que les haya dado su nombre?
Para nada. Me encanta que piensen que soy amiga de un criminal. ¿Por qué no se hospedó en el Marriott?
Quería ahorrar dinero. El clima es agradable. Por qué no, pensé.
Agradable. Sí, definitivamente agradable.
¿La policía acostumbra incautar coches? Porque si piensan que soy traficante o algo así, sólo van a encontrar libros, mi computadora, maletas, ropa, cosas para acampar y algunos recuerdos que sólo significan algo para mí. Es muy inquietante eso de que unos extraños estén hurgando mis cosas. Si me hubiera quedado en un hotel ya estaría de camino. Siento mucho abusar de usted.
Bueno, para qué están los vecinos.
Qué gracioso. Me gusta el humor en una situación así.
Me parece perfecto.
Pero sólo seríamos vecinos si el tiempo hubiera implosionado. De hecho, seríamos más que vecinos. Viviríamos juntos, el pasado y el futuro se movería entre nuestros espacios.
Como en una pensión.
Si así lo ve… Sí, como en una especie de pensión.

Así que ahí está. Qué, ¿ligándose a tu esposa?
No, eso no va a pasar. No anda en eso. Estoy seguro.
Entonces, ¿cuál es el problema?
Se aparece como un poeta remilgado, sin agallas, maneja una carcacha, dice que renunció a su trabajo pero seguramente lo corrieron. Con todo eso, sabes que es un gandalla.
Sí, conozco a los de su tipo.
Sus problemas trabajan a su favor. Consigue lo que quiere.
¿Qué es lo que quiere de ti?
No estoy seguro. Es raro. ¿La casa?
Entonces, ¿por qué lo dejaste entrar? Podía haberse ido a un Starbucks en lo que revisaban sus cosas.
Bueno, él nos llamó. Yo le colgué pero entonces ella empezó a mirarme. Y de pronto sentí que tenía que demostrarle algo. ¿Ves lo que está pasando? No puedo ser como soy, decirle al tipo: No te conozco. ¿A quién chingados le importa si viviste aquí o allá? Te regresan tu pinche coche y te puedes ir. Pero no, él lo hace de tal modo que entonces yo soy el que tiene que demostrarle algo a mi esposa: que puedo ser caritativo.
Supongo que lo eres.
Entonces ahora es como si fuera un pariente nuevo. Y eso toca una fibra sensible de nuestro matrimonio. Ella es muy inocente, le perdona todo a todos. Siempre disculpa a la gente, siempre encuentra una explicación para las pendejadas de los demás. Si un cajero le da mal el cambio, ella piensa que seguro se distrajo y lo hizo sin querer.
Bueno, ésa es una cualidad encantadora.
Lo sé, lo sé. Su filosofía es que, si confías en la gente, la gente se vuelve fiable. Me vuelve loco.
Pero en cuanto le regresen su coche se va a ir.
No. No si conozco a mi esposa. Lo va a llevar para que lo recoja. Se va a hacer tarde y le va a decir que se quede a cenar. Y luego va a insistir en que no podemos dejar que maneje de noche. Y yo la voy a mirar y me voy a quedar sentado mientras acepto. Y ella lo va a llevar al cuarto de huéspedes. Te lo apuesto.
Estás un poco alterado. Tómate otra.
Por qué no.

Con la edad puedes ver qué tanto de todo esto es inventado. No sólo lo que es invisible sino lo que está a la vista de todos.
Creo que no entiendo.
Bueno, aún es muy joven.
Gracias. Ojalá me sintiera joven.
No estoy hablando de la imagen que uno se hace de sí mismo. O de la forma en que la vida puede ser igual día tras día. No estoy hablando de la infelicidad.
¿Yo soy infeliz?
No soy quién para juzgarlo. Pero digamos que la melancolía parece sentarle bien a la dama.
Oh, querido, eso es tan obvio.
Pero, de cualquier forma, cualquiera que sea nuestro estado de ánimo, por lo general la vida parece una ocupación constante —mantenerte atareado, competir intelectualmente, físicamente, nacionalmente, buscando justicia, demandando amor, perfeccionando nuestras instituciones. Todas las modas de la supervivencia. Todo lo que hacemos para hacer historia, el archivo de nuestra inventiva. Como si no hubiese contexto alguno.
Pero, ¿lo hay?
Sí. Una vasta —cómo llamarla— indiferencia que trepa lentamente sobre ti con la edad, que se vuelve más insistente con la edad. Eso es lo que estoy tratando de explicar. Me temo que no lo estoy haciendo bien.
No, no, es realmente interesante.
Me pongo muy voluble con una sola copa de jerez.
¿Quiere más?
Gracias. Pero estoy tratando de explicar el extrañamiento que te aflige con el paso de los años. A algunos les pasa antes, a otros después, pero es inevitable.
¿Y a usted le está pasando ahora?
Sí, supongo que es una especie de desgaste. Como si la vida se convirtiera en un harapo y la luz se colara por él. El extrañamiento empieza por momentos, en pequeños y filosos veredictos que sacas de tu cabeza de inmediato. Te retraes aunque te sientes fascinado. Porque es el sentimiento más sincero que una persona puede tener, así que regresa una y otra vez, colándose por tus defensas, hasta que finalmente se clava dentro de ti como una luz fría, muy fría. Quizá ya no debería hablar de esto. Hablar es casi como negarlo.
No, aprecio su sinceridad. ¿Tiene esto que ver con el hecho de haber regresado aquí, a su antiguo hogar?
Usted es muy perceptiva.
Este extrañamiento quizá sea su forma de llamar a la depresión.
Entiendo por qué dice eso. Usted me ve como la imagen de un fracaso colosal —viviendo en un coche destartalado, siempre en el camino, un poeta oscuro, un académico de tercera. Y tal vez sea todas esas cosas, pero no estoy deprimido. No estoy hablando de una cuestión clínica. Es un claro reconocimiento de la realidad. Déjeme ponerlo de esta forma: creo que se parece a lo que sentiría un inválido crónico, o alguien al filo de la muerte, cuando el extrañamiento es protector, una forma de abatir el sentimiento de pérdida, el remordimiento, cuando el deseo de vivir ya no importa. Pero si sustraemos esas circunstancias aparezco yo: sano, autosuficiente; quizá no el tipo más impresionante del mundo, pero sí alguien que se las ha arreglado para cuidarse y vivir con libertad, haciendo lo que quiere sin mayor problema. Y aun así, el extrañamiento está ahí, la verdad se ha asentado sobre ese tipo, que de hecho se siente liberado porque ahora se encuentra afuera, en el contexto, donde ya no puedes creer en la vida.

¿Por qué alguien querría venir a Nueva Jersey a morir?
¿Disculpe?
La casa no tiene nada de especial; al menos concédame eso. El típico estilo colonial, revestida de vinilo blanco, el estacionamiento para un coche, las alcantarillas atestadas con la mierda de no sé cuántos otoños. De hecho, a esto quería llegar.
Señor, por favor. Nosotros preguntamos, usted contesta y luego nos vamos. ¿Puede decirnos algo más del difunto?
Bueno, verá, prácticamente lo conocí como cadáver en el pasillo. Ah, es usted escéptico. Y cómo no, si mi esposa está llorando como si nuestra relación fuera cercana.
Estaba diciendo…
Difícil de creer, ¿no? Ni siquiera es un antiguo novio, ni siquiera.
Usted no tiene corazón.
No, no, es una experiencia interesante: un completo extraño cayendo muerto, en calzones, mientras iba camino al baño. ¡Y ver cómo lo sacan de aquí en una bolsa de plástico! No me lo perdería por nada del mundo. También es algo bueno para los niños, una experiencia vital antes de ir a la universidad. Su primer suicidio.
Señor, el hombre murió a causa de un infarto al miocardio.
Según quién.
Según los paramédicos.
Bueno, tienen derecho a dar su opinión.
Es más que una opinión, señor. Ellos ven cosas como ésta todos los días. Ni siquiera intentaron resucitarlo.
No, seguro fue él; era un tipo astuto. Por eso vino aquí: lo tenía planeado.
Por qué estás siendo así. Él vino hasta aquí porque… Fue una especie de…
De qué.
De peregrinación.
Sí, claro. Vino aquí para jodernos la vida, para eso vino. Vino aquí como un perro a levantar su pierna y marcar su territorio. ¿Y eso dónde nos deja a nosotros? Viviendo en la casa de un muerto. Pensé que mi casa era mi castillo.
No sabía que estuvieras tan apegado a la casa.
Bueno, amigos, ya nos vamos.
¡No lo estaba! Me bastaba con tener un lugar donde poner a mi esposa e hijos. Pero, por Dios, lo pagué con mi trabajo. He hecho todo lo que debía. Te di una casa, en un vecindario gris pero seguro, tres hijos, una vida razonablemente cómoda. ¡Para hacerte feliz! ¿Y acaso lo has sido? ¡Qué otra cosa más que tu insatisfacción pudo llevarte a invitar a este muerto viviente a nuestra casa!
Bueno, amigos, como dije, ya nos vamos. Puede que más adelante tengamos algunas preguntas.
¿Y qué van a hacer con ese pinche Ford que está estacionado en mi banqueta?
Ya lo revisamos. Hicimos un inventario de su contenido. Encontramos su identificación. Y a su pariente más cercano.
Él mencionó que tenía una hija.
Sí señora, lo tenemos anotado.
¡Pero el coche!
Ya no nos interesa. Ahora es parte de la herencia del fallecido. La hija decidirá qué hacer con él. Mientras tanto, le voy a pedir que lo deje ahí. Está más seguro aquí que en la ciudad. Las llaves están puestas.
¡Dios mío!
Señor, existen procedimientos para situaciones como ésta. Estamos siguiendo esos procedimientos. La causa de fallecimiento será confirmada por el especialista, el acta de defunción será firmada por un administrativo, el cuerpo será trasladado a la morgue, esperando instrucciones del pariente más cercano. En este caso, la hija.
Oficial, me gustaría escribirle.
Tan pronto como la contactemos, señora. No veo por qué no pueda hacerlo. Estaremos en contacto.
Gracias.
Y, oficial…
¿Señor?
Déle las buenas noticias. Papi ha regresado a casa.

Así que, al final, estoy de acuerdo contigo.
¿Sí?
No podemos seguir viviendo aquí. Camino por el pasillo y me pego a la pared como si él siguiera ahí tirado, mirándome. Es espeluznante. Me siento desposeída. Me siento desplazada.
No es el mejor momento para vender, cariño. Y qué hay con la escuela de los niños. Estamos justo a mitad de año.
Tú dijiste que nunca podríamos sacarnos esto de la cabeza.
Lo sé, lo sé.
Los niños no quieren subir. Ahora duermen en el cuarto de juegos. Y abajo hay mucha humedad.
Okey, está bien; quizá podríamos pensar en rentar algo. Quizá subarrendar hasta que encontremos otra cosa. Vamos a ver. ¿Quieres otra copa?
Media.
Lo siento. No te culpo. Hablo sin pensar.
No, supongo que debí saberlo. La forma en que hablaba. Pero era interesante. Sus ideas… qué extraño tener una conversación filosófica. Que alguien se abra tanto y de esa forma. Aunque pensé que era un hombre deprimido, me sentía fascinada con la novedad de que alguien pudiera hablar así, como si fuera lo más normal del mundo.
Sabes, es curioso…
Qué.
La hija es igual. Una apostadora.
Sí, es extraño.
No diría que tenían una relación cercana. ¿Y tú?
Apenas.
No le podría importar menos. Sabes, me di cuenta —cuando Goodwill se llevó todas sus cosas—, me di cuenta de que el coche en realidad estaba muy limpio. La tapicería en buenas condiciones. Miré bajo el cofre. Necesita un cambio de aceite, y el ventilador se ve un poco traqueteado. Le di la vuelta a la cuadra y brincaba un poco. Quizá necesite amortiguadores nuevos.
Te gusta el coche, ¿verdad?
Bueno, con una buena mano de pintura, quizá unos detalles… Sabes, hay gente que colecciona estos Ford Falcon.
Era su hogar.
No, querida. Esta es su casa. Eso es sólo un coche.
Nuestro coche.
Parece. Deberíamos enmarcar su carta. O enterrarla en el jardín con las cenizas.
Oh, pero ella quería que las esparciéramos.
¿Qué las esparciéramos? ¿Dijiste que las esparciéramos?
¿Qué las dispersemos?
¿Espolvorearlas?
Sembrarlas.
Sembrarlas, está bien. Me quedo con sembrarlas.

E. L. Doctorow. Escritor. Autor, entre otras, de las novelas Ragtime, El libro de Daniel y La ciudad de Dios.

Texto publicado originalmente en The New Yorker.
Copyright © 2010 E.L. Doctorow.

Traducción de César Blanco

image1468Type1

image1469Type1

literal-doctorow