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Bien puede haber sido uno de los sacerdotes más influyentes de la Iglesia de Santiago. Severo desde el púlpito, firme en la tormenta y descollante en las expresiones más ostentosas de la piedad, Fernando Karadima Fariña era posiblemente el gran forjador de vocaciones sacerdotales del arzobispado de Santiago. De su parroquia no sólo salieron unos 20 curas sino también unos cinco obispos. Este dato es de aquellos que junto con iluminar el cuadro también lo oscurecen. Si era tanta su gravitación, ¿por qué Karadima jamás tuvo otro cargo que el de párroco —nunca vicario, nunca una mitra— y cómo explicar que se haya mantenido en su parroquia, del Sagrado Corazón de El Bosque, en la zona más residencial de la comuna de Providencia, por espacio de 24 años? Tanto fuego y tanto tiempo en un mismo cargo es un asunto poco frecuente. En general, la Iglesia prefiere que ningún cura se eternice entre una misma feligresía. No es sólo para romper las inercias. También es para desarmar las dudas.

Karadima

Precisamente, por ser un clérigo de gran carisma, un predicador más fogoso que elocuente y un hombre con más celo apostólico que peso intelectual, la noticia de la denuncia interpuesta por cuatro colaboradores suyos a raíz de abusos reiterados estalló como bomba racimo en los medios nacionales. No tuvo nada de extraño que inicialmente el entorno del sacerdote, en una típica actitud de negación, descalificara tanto los cargos como la credibilidad de los denunciantes. Con el paso de los días, sin embargo, el panorama cambió y hasta la poderosa congregación del Opus Dei se hizo a un lado, atendido que tanto la investigación eclesiástica como la civil eran incontenibles. Karadima, por lo demás, nunca había sido hombre de ellos.

Descontado que las acusaciones fueron graves, el problema es que también eran antiguas. Las primeras datan de 1983 y estuvieron contenidas en la carta que un grupo de jóvenes dirigió al arzobispo de entonces. Por desgracia nadie en la Curia las tomó en serio. ¿Desidia, complicidad? Las denuncias de ahora no son distintas y en varios de los casos que están siendo investigados los abusos se prolongaron por espacio de años, e incluso de décadas, en un contexto muy patológico que mezcló la extorsión con la espiritualidad. Al parecer las conductas impropias consistían en besos, manoseos y masturbaciones. No está claro que las cosas hayan llegado más lejos. Tampoco que configuren actos de pederastia. Al parecer Karadima sólo se relacionaba con muchachos que respondían a un mismo estándar: buena presencia, buena familia, confusión en la orientación sexual y —lo más importante— un estado de vulnerabilidad emocional tan severo que los volvía enteramente dependientes.
Es una ironía que la iglesia católica chilena se encuentre complicada por episodios que nada tienen que ver con la secularización o el paganismo. El caso Karadima no es el único escándalo que ensucia al catolicismo en Chile en estos momentos. Hay otras investigaciones en curso y la jerarquía ha tenido que salir a dar explicaciones y a reconocer que se perdió demasiado, mucho tiempo antes de allanarse a tomar en serio estos temas.

No cabe la menor duda que estas turbulencias van a significar un antes y después para la Iglesia en Chile. Porque, sí, habrá un después, por mucho que de momento todavía quede fuego en la pradera y el festín que se están dando los sectores más liberales y agnósticos sea glorioso. El integrismo, por su parte, se replegó al silencio, escondiendo su mano admonitoria y mascullando para sí —¿ahora?— que de nada hay que extrañarse porque el hombre nunca ha sido otra cosa que una voluta extraviada y un ser caído.

Aunque muchos se preguntan si éste va a ser el empujón final para sacar de una vez por todas a la Iglesia y a los curas de la escena pública chilena, lo más probable es que en función de esta experiencia la jerarquía termine aprendiendo algunas lecciones. El gran desafío que asiste a la Iglesia está en conseguir relacionarse con la sociedad chilena, no desde posiciones de poder (que es de donde lo hizo para bloquear durante décadas una ley de divorcio en el país, por ejemplo) sino desde los territorios llanos y modestos de la persuasión y el testimonio.

Al revés de lo que ocurre en otras naciones latinoamericanas, Chile tiene una Iglesia prestigiada e influyente. Es una Iglesia que no opuso ni mala fe ni resistencias al proceso de cambios de los años sesenta y setenta y que además se la jugó por los derechos humanos durante la dictadura. Pero los nuevos episodios son un balde de agua fría —un balde de inmundicia, en realidad— no sólo sobre la enorme cantidad de chilenos que simpatiza con el catolicismo, casi siempre sin observarlo, sino también sobre el orgullo de una feligresía dura que con los años terminó desarrollando los detestables sesgos de la superioridad moral.

En esto —sólo en esto— la experiencia reciente podría dejarle a la Iglesia un saldo alentador, al menos si lograra vivirla como un baño de humildad. No estaría mal que tomara nota de su fragilidad y pusiera en remojo su arrogancia de depositaria única de la verdad. O que recordara lo que se supone que ha sabido siempre: que nadie está libre del mal y que antes de andar viendo la paja en el ojo ajeno más le convendría reconocer la viga en el propio.

Desde luego, nadie está pidiendo una renuncia a las creencias y convicciones. Mucho menos a la fe. Pero más le valdría a la jerarquía comenzar a pensarlo dos veces cuando, con el propósito de digitar el comportamiento de su feligresía, pretende imponer por arriba a los demás sus propios puntos de vista y sus códigos inflexibles de conducta.

La Iglesia va a tener que hacer también un esfuerzo arduo por mejorar sus sistemas de reclutamiento de seminaristas. Está visto que en estos dominios el voluntarismo y la pura mística pueden jugar malas pasadas. A estas alturas hay evidencias en las ciencias del comportamiento —y en la estadística también— que los obispos no debieran seguir subestimando. Ellos dicen que nada de esto se relaciona con el celibato y que no hay que mezclar los temas. Pero tanto la calle como el sentido común están diciendo otra cosa.

La Iglesia que salga de aquí haría bien, asimismo, en revalorizar la libertad individual. Éste es, a no dudarlo, el mayor de los desafíos en una sociedad que ya no está dispuesta a transar a ningún precio su autonomía. El episcopado tendrá que revisar sus códigos paternalistas y por supuesto que se presta a confusiones llevar tantos siglos hablando de pastores, ovejas y rebaños. El efecto de estas metáforas ha sido devastador. En algún momento los curas tendrán que aceptarlo: son simplificaciones que empobrecen la tradición intelectual de una religión que es humanista, que reconoce la autonomía de las personas, que no desconfía de la razón ni abdica de la ciencia. En teoría, la Iglesia tiene las cuentas en paz con la libertad de las personas, pero vaya que se deja seducir con frecuencia y con facilidad por liderazgos y carismas autoritarios, fervorosos y arrolladores. No se necesita mucha agudeza para advertir que es en ellos donde con mayor facilidad anidan los abusos.
En realidad no sólo los abusos: también las complicidades. El cura Karadima, que a lo mejor tiene mucho de esquizoide, construyó en torno suyo una estructura de poder que hoy debería ser desmontada con rapidez hacia abajo. El problema es que también estuvo ramificada hacia arriba, con sobreentendidos, figuras y temas intocables, que ahora ya no son tan fáciles de desarticular. Y eso es bastante más complicado desde la perspectiva institucional.

La controversia tiene también otra dimensión. Hay que prepararse para lo peor cada vez que alguien endosa a otro la responsabilidad por su propia vida, así sea que quien quede a cargo es un confesor, un ideólogo, un líder, un maestro o incluso un héroe o un santo. Eso siempre, invariablemente, va a terminar mal. Renunciar a la autodeterminación y a la responsabilidad personal es impresentable, y si esto no es entendido por los curas en la forma más resuelta, los problemas se van a repetir. Hay que generar un entorno de franca aversión moral e intelectual al vasallaje, entre otras cosas porque es la negación de toda espiritualidad.

La Iglesia en Chile va a enfrentar viento en contra y desde luego un escenario público de mayor desconfianza. Significa que los desafíos para su apostolado serán mayores. Los tiempos del todo vale porque “Chile es un país católico” terminaron. Puede ser sano para los obispos empezar a sentir que no tienen la suerte comprada. Puede ser incluso más sano que hagan el ejercicio de verse como minoría. Pasó la hora en que llegaban a pedir cuentas. Ahora tendrán que rendirlas.

Héctor Soto. Abogado y periodista. Columnista del periódico chileno La Tercera. Autor de Una vida crítica.