Hay escritores que nos gustan, escritores a los que admiramos y escritores que son de nuestra familia. Eso me pasa con Jane Austen. A veces soy parte de una fiesta o de una conversación y siento que podría estar en cualquier otro tiempo, suspendida en mitad del siglo antepasado, igual en mi jardín que en el campo inglés: la patria y el destino de Jane Austen. Me fascina el irónico deseo de lo ideal que hay en sus historias. Quizás yo crecí dentro de una. Todo lo que ella cuenta me hace creer que, aunque entonces no se hablaba de clases medias, la gente suya se parecía a la clase media entre la que viví. Gente que temblaba con los preparativos de una fiesta, que veía los viajes como expediciones y los noviazgos como una duda entre dos templos. ¿Esto que aquí sucede, podría volverse eterno? Gente que vivía estirando el dinero para que alcanzara hasta el fin del mes, que quería para sus hijas hombres de bien y, de preferencia, con buena dote y buen tipo. Niñas que creían en que la confusión tiene remedio y por su causa eran capaces de meterse en lo inaudito. Pero, sobre todo, ojos capaces de imaginar el destino como algo sobre lo que uno puede incidir. Cosa que en esos tiempos y en alguno de los míos, parecía imposible.
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