Hace un poco más de 20 años apareció el primer número del Journal of Democracy. Aquella entrega publicaba un ensayo de Leszek Kolakowski sobre la incertidumbre de la era democrática y el trabajo seminal de Juan Linz sobre (contra) el presidencialismo. Un filósofo de la política y un estudioso de su mecánica arrojando luz al régimen pluralista. La publicación naciente no era una revista académica destinada al consumo de los académicos. Patrocinada por la National Endowment for Democracy, sacaba del monasterio universitario los debates más serios sobre la democracia. Lo que se ha publicado en sus páginas desde entonces constituye una valiosa enciclopedia. Desde aquella entrega inicial se han ventilado discusiones sobre la ingeniería institucional, la transformación económica y el peso de la cultura, al tiempo que se ha examinado puntualmente la condición de la vida política en las distintas regiones del orbe.

Ilustración: Víctor Solís

Entonces se sudaba entusiasmo democrático. Solidaridad había ganado ya las elecciones en Polonia; los alemanes habían tirado el Muro ignominioso, en Praga se vivía la revolución aterciopelada, mientras en Rumania se ejecutaba al tirano. Cerca estaba la liberación de Mandela, en Sudáfrica, y la elección de Patricio Aylwin, en Chile. Han pasado 20 años desde que se publicó el primer número de la revista y el panorama ha cambiado. Desde luego, el avance territorial del régimen democrático ha sido enorme. Pero el ánimo ha decaído. Las encuestas registran frustración; las tretas autoritarias se cuelan entre los votos; los populismos pervierten las instituciones democráticas. Larry Diamond ha hablado de una “recesión democrática”.

La edición que marca el vigésimo aniversario del Journal es un estupendo compendio para comprender los desafíos contemporáneos de las democracias en el mundo. Un atajo para aquilatar conquistas y frustraciones del régimen. Con ensayos breves de varios colaboradores habituales, se presenta un panorama del debate académico y la realidad política. Philippe C. Schmitter y Guillermo O’Donnell revisan las conclusiones (tentativas) a las que llegaron hace un cuarto de siglo coordinando el primer gran trabajo sobre las transiciones democráticas. Schmitter enumera las sorpresas de estos lustros. A principios de los años ochenta las dictaduras se veían como monstruos imbatibles. Desmontarlas parecía la epopeya más improbable. Años después, casi puede decirse que cayeron con facilidad. Acceder a la democracia fue mucho más sencillo de lo que se anticipaba, pero el ingreso ha sido decepcionante. Se esperaba un camino azaroso y lleno de peligros pero se confiaba en la estela de transformaciones virtuosas que traería el nuevo régimen. Los peligros estaban en el camino; las recompensas en la llegada. La realidad ha sido muy distinta: la ruta ha sido, quizá, más breve de lo que se esperaba pero la nueva casa se parece demasiado a la previa. Las reglas han cambiado y se han expandido los territorios de la libertad. Y, sin embargo, la estructura de poder real en la sociedad apenas ha sido tocada. Las mediciones internacionales registran el desencanto pero la decepción no parece amenazar su sobrevivencia. Tenemos firmes democracias decepcionantes. El gran aprendizaje de Schmitter en estos años es que no existe una receta institucional para la estabilidad o la eficacia democrática. Hace años podía decirse que tal o cual arreglo institucional garantizaba vigor y control. Hoy se han diluido esas certezas: no hay dispositivo que funcione en todos los casos. Las instituciones importan, pero no es claro qué efecto tendrán en el caso concreto.

Robert Putnam regresa a su ensayo sobre los vínculos asociativos. Hace 15 años el Journal publicó un estudio que después se volvería libro sobre la decadencia del capital social en Estados Unidos. El trabajo llevaba un título curioso: “Jugando boliche a solas”. El sociólogo detectaba que la gente perdía comunidad en su vida diaria. Se aislaba, hasta para jugar a los bolos. La tendencia no era irrelevante: económicamente era costosa pero, sobre todo, parecía la ruina de la democracia que Tocqueville elogiara en su tiempo. Viendo la televisión en su casa, concentrado en su familia y en su trabajo, el ciudadano suelta lazos de afecto y pierde cuerdas de corresponsabilidad con sus vecinos. El golpe terrorista de 2001 cambió la tendencia cívica. La amenaza transmitió dramáticamente un mensaje de codependencia. La sobrevivencia puede colgar de la generosidad de un extraño. Desde 2001 hay en Estados Unidos mayor interés en la política y mayor participación en organizaciones sociales. No es claro, sin embargo, si la tendencia durará; lo que sí resulta evidente es que aparece en nuestros días una nueva forma de sociabilidad montada en la tecnología. Esas redes de las pantallas portátiles están cambiando ya la cara de la política.

El polémico Francis Fukuyama aborda la difícil transición a la legalidad en el mundo. Advierte que nuestros análisis de la fundación democrática andan cojos. Si las democracias contemporáneas se sostienen en dos piernas (la democrática y la liberal), la ciencia política ha examinado solamente la pierna democrática. La otra apenas ha sido examinada. Por una parte, el régimen se funda en el respaldo popular; por la otra, ha de proveer un Estado de derecho. Existe una amplísima literatura para explorar las transiciones a la democracia —pactos, leyes electorales, instituciones de gobierno, arreglos de partido—. Pero hay muy poco sobre las transiciones a la legalidad. Fukuyama, el hegeliano, no se detiene en pormenores. Su brocha es cultural e histórica y con ella traza un cuadro para comparar el sitio de la ley en las civilizaciones. Sin temor a las denuncias de los multicultis, celebra la gran aportación de Occidente. Ahí el Estado de derecho precede no solamente a la participación democrática sino, incluso, a la burocracia estatal. El imperio de la ley es ahí la carpeta del orden público y la intervención ciudadana. El autor de El fin de la historia extrae conclusiones antipáticas: el Estado de derecho se establece desde arriba. Primero regula las relaciones entre las elites para expandirse después al resto de la sociedad. No tiene sentido buscar la universalización súbita del derecho, valdría enfocar los recursos escasos a la implantación estricta de la ley en espacios comprimidos. También debe aprenderse de la secuencia occidental. En lugar de buscar que la legalidad instaure su rigor al mismo tiempo que afirma valores liberales debe procurarse, primero, la eficacia de la ley y, sólo después, preocuparse por el contenido de las normas.

Andreas Schedler redacta el menú de los nuevos autoritarismos. En los últimos años han aparecido lo que Fareed Zakaria llama democracias iliberales y Guillermo O’Donnell bautizó como democracias delegativas. Se trata de regímenes donde existen elecciones periódicas y se mantienen en pie las instituciones representativas pero, a tal modo adulteradas, que impiden su funcionamiento como mecanismos de control y vehículos de participación. Schedler suelta ya el sustantivo al que se sujetan tanto O’Donnell y Zakaria para nombrar a los “autoritarismos electivos”. En los últimos años se ha desarrollado la imaginación autoritaria en el mundo. ¿Cómo trastocar el funcionamiento de parlamentos y tribunales sin rozar su fachada? Bien decía Maurice Joly a través de su Maquiavelo imaginario que “el instrumental político de la democracia es tan apto como cualquier otro para vehicular el despotismo y mejor que todos los otros para legitimarlo”. En efecto, ese instrumental puede ser manipulado. La legislatura puede quedar en manos del presidente, puede ser nulificada por vía de fragmentación o ser eficazmente intimidada. Los tribunales pueden ser asfixiados económicamente o subordinados a nuevos órganos controlados por el núcleo autoritario. La astucia del déspota ha tenido siempre un gran reto en las elecciones. Y ahí ha tendido innumerables victorias. Al votante se le puede comprar o asustar; a los opositores se les puede dividir o corromper. Las reglas mismas pueden generar distorsiones serias en la representatividad del espacio parlamentario. El golpista asesorado por el Maquiavelo de Joly se haría periodista.

Reconociendo el peso de los medios, ocuparía el sitio del informador y del crítico. Lo mismo hacen hoy los dictadores electos.

El síndrome populista es, en buena medida, una respuesta a la ineptitud de las democracias constitucionales. Se trata de la negación en los hechos del postulado pluralista madisoniano. Mientras Madison defendía la arenosa consistencia de la sociedad civil que se organizaba en facciones flexibles, la cartografía populista admite solamente dos entidades: el pueblo y los de arriba. Marc F. Plattner aborda el tema de la tentación populista en este número. Su apunte no es del todo condenatorio. La retórica populista activa una guerra simbólica que torpedea la negociación; su práctica erosiona las necesarias mediaciones institucionales. Con todo, los movimientos populistas pueden contribuir a la legitimación democrática. Incorporando a amplios sectores sociales al proceso político, los populismos pueden refrescar las credenciales populares de democracias elitistas. El populismo es, pues, una llamada de atención para que las democracias no se encierren en el palacio liberal y se conecten de nuevo con la energía democrática.

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.