Las estampas que ofrezco a continuación quieren ser un homenaje modesto al periodismo que nació de la mano de Fray Nano (fundador del primer diario deportivo en México, La Afición, en la década de 1920) y alcanzó su más alto nivel con las plumas de Antonio Andere, Fernando Marcos y Manuel Seyde (autor de un libro imprescindible, La fiesta del alarido) en Esto y Excélsior. La televisión acabó con la crónica futbolística. No es posible dar la fecha exacta de defunción pero es posible sospechar que ocurrió a mediados de la década de 1970, cuando los merolicos reemplazaron a los bardos. Hoy el género de la crónica futbolística en diarios y revistas mexicanos ya no se escribe… se habla. Los especialistas han llegado a confundir la página con el micrófono. Estas ocho estampas se deben, pues, a esos tiempos pasados en que leer el futbol significaba un deleite semejante a verlo. El lector entenderá por qué no tienen interés alguno en lo que pasó después de 1970, aunque concluyan mañosamente en 1978.

1930: Nos vamos a Uruguay
Trece equipos participaron en el primer mundial de futbol celebrado en Uruguay. Pero no sólo se trataba de Uruguay; el verdadero destino era el invierno sudamericano. Sólo asistieron cuatro conjuntos europeos. El rey Carol había inscrito a sus rumanos y tuvo un encuentro de Estado para que Yugoslavia y Bélgica siguieran su ejemplo. Francia no tuvo más remedio, considerando que la invitación llegó firmada por Jules Rimet.

Un mes antes de partir a Montevideo la selección mexicana estaba conformada por treinta y tres jugadores (prueba de que seguimos fieles a las tradiciones). Se concentró en la casa del Necaxa. Los jugadores entrenaban por la mañana, salían despedidos a sus trabajos de talabartero, dependiente, obrero, mecánico, y volvían por la noche a dormir. La cuenta final se redujo a diecisiete.

El 3 de junio, a las órdenes del andaluz Juan Luqué de Serrallonga, un personaje que hacía recular a los toros más bragados, la selección mexicana se embarcó en El Munargo. Llegó a Nueva York, donde la selección de Estados Unidos subió y ocupó sus camarotes. Pisó durante dos días la tierra liviana de Río de Janeiro —hasta entrenó— y casi un mes después arribó a Montevideo. Se dirá que semejante tráfago no es bueno para la salud. México se concentró en un colegio sacerdotal. Luego de tres días las almas piadosas exigieron que el andaluz y sus pupilos se fueran a otra parte: no toleraron el lenguaje brusco y soez que privaba en los entrenamientos.

A México le tocó jugar el partido inaugural contra Francia, en el estadio de Pocitos, casa del Peñarol, pues el cemento de las gradas del estadio Centenario, previsto para la ocasión, no acabó de secar. Juan Luqué de Serrallonga se dirigió al equipo en estos términos, cuando la atmósfera en el vestidor podía cortarse con un cuchillo de mediano filo: “Hay que recordar al general Ignacio Zaragoza. Si él pudo vencerlos, también nosotros. Quince millones de mexicanos rezan por nuestra victoria. La virgen de Guadalupe no ha dejado de rezar por los colores de México”. Gracias a los rezos de quince millones de mexicanos, y a la virgen de Guadalupe, México sólo fue vencido por cuatro goles a uno.

1934: Estados Unidos o este partido lo jugué mañana

Cosas del futbol, ya desde entonces, dirían los clásicos antiguos y modernos: en vista de que treinta y dos países solicitaron su asistencia al Mundial de Italia (no hay en quién confiar: algunos medios refieren veintisiete, otros treinta), el segundo en la historia, y sólo había cupo para dieciséis, la FIFA inauguró el sistema de eliminación. México debía enfrentar al ganador de Cuba y Haití. Ganó Cuba, a quien México venció los domingos 4, 11 y 18 de marzo por 3-2, 5-0 y 4-1. He dicho cosas del futbol. La FIFA había dispuesto que “nuestros muchachos” se midieran contra Estados Unidos, que ni siquiera se había ensuciado los zapatos, el 24 de mayo en el estadio de Roma, tres días previos al juego inaugural.

Los seleccionados mexicanos llegaron con más de tres heridas. Zarparon del puerto de Veracruz —pantalón blanco, saco azul, gorra de marinero— a bordo del Orinoco, que hizo escalas en La Habana, Bermudas, Vigo, La Coruña, Santander, San Sebastián, Southampton y, por fin, Boulogne-Sur-Mer. Durante la travesía, Pedro González y El Diente Rosas subieron seis kilos de peso. El equipo tomó un tren a París y de ahí a Roma.

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Fueron doce días de división y mala onda. El Ojitos Gómez se resintió de una vieja dolencia en la rodilla y Riestra —portero entre los mejores porteros según relatan las crónicas— adujo —o dicen que adujo pues jugaba para el Asturias— dolores en el hombro. Encima de todo, la pugna entre mexicanos y españoles, o entre atlantistas y necaxistas —que le costó la cabeza al entrenador Pérez Meléndez, sustituido al cuarto para las doce por Rafael Garza Gutiérrez, Récord, ex capitán del América—, llenó de aire viciado los ánimos indispuestos de los seleccionados. Y para rematar: a la llegada a Italia el jefe de la delegación Antonio Correa, el mismo Récord y el doctor Izquierdo se fueron a dar un paseíto. El periodista, ex árbitro, ex entrenador y ex futbolista Fernando Marcos contó alguna vez que dejaron al equipo a la buena de dios, sin brújula y sin comer.

México cayó 4-2. Una leyenda insiste en que Benito Mussolini envió al entrenador italiano Vittorio Pozzo a motivar a los jugadores mexicanos minutos antes del partido. Habló en su lengua materna.

1938: Mejor Panamá
Horacio Casarín y El Pirata Fuente —que tras su pasó por el club España llegó al Veracruz para cobrar cinco mil pesos, una cantidad a la orden de un nuevo rico— integraban la delantera. En el papel, o en la imaginaria, es difícil concebir una pareja mejor de atacantes en la historia del futbol mexicano, al menos desde la perspectiva del recuerdo transfigurado.

México debía pasar por las aduanas de Colombia, Costa Rica, El Salvador y Surinam. Y qué pasó. Que México optó por competir en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, a cargo de Panamá, en vez de en la Copa Mundial de Francia, porque allá sí que tenía opciones de ganar. Jorge El Che Ventura refiere en su libro La copa de las fantasías que durante el viaje por mar El Pirata Fuente subió al mástil del barco y gritó, al modo jarocho: “No tengan miedo, que esta cosa se mueve pero no se hunde”. México salió triunfante de aquel torneo y no asistió al desfile de clausura. Tomó las maletas y regresó de inmediato a casa.

Queda para la ficción lo que Casarín y El Pirata habrían hecho en Francia, que se ha movido locamente durante cuando menos veinticinco siglos y jamás se ha hundido.

1950: ¿A quién quieren engañar?

Nací en 1961, así que no soy un hijo de la gloria de la repetición, no hasta que llegó 1966. Estas líneas provienen de informes periodísticos, libros al caso, compendios y opiniones. Ya en Brasil —y contra el equipo de casa—, me encuentro con unas líneas que pertenecen a El Tri en los mundiales (La Afición, 1993), en las que el autor, José Manuel Flores Martínez, aduce este esperpento: “Y como siempre, no obstante la derrota de 4-0, el equipo mexicano mostraba muchas posibilidades. La crítica extranjera se expresó muy bien del conjunto azteca, de la reciedumbre de un Felipe Zetter, de la versatilidad y calidad de un Juan Antonio Roca, de la estampa de líder de Héctor Ortiz, de la capacidad ofensiva de Horacio Casarín”. Y si hubo reciedumbre, versatilidad, calidad y estampa, ¿por qué perdió frente a Brasil, ante Yugoslavia (4-1) y Suiza (2-1)?

Si algo vale la pena recordar de aquella Copa del Mundo son tres detalles en los márgenes. El primero: la estancia en Río de Janeiro y en Porto Alegre estuvo marcada por la división entre jaliscienses y chilangos, una guerra que empezó a tomar forma desde principios de la década de 1940, antes de la llegada del profesionalismo. El segundo: suizos y mexicanos saltaron el 2 de julio vistiendo camisetas rojas; México ganó el volado pero aceptó llevar la camiseta a rayas azules y blancas del Gremio de Porto Alegre, un gesto con más tintes suizos que mexicanos. Y un último: tras la derrota en el partido inaugural, la selección mexicana cambió de sede; como los jefes de la delegación no juzgaron necesario rentar una cancha de entrenamiento, la preparación transcurrió en un parque público. Yo no me imagino a la selección belga que participó en el Mundial de 1986 trotando por el Bosque de Chapultepec.

1958: Algunos titulares
El 11 de junio, en el estadio Solna de Estocolmo, México obtuvo su primer punto luego de cinco participaciones. Las crónicas —no radiales, menos televisivas, sino periodísticas, que llegaban con retraso y a trompicones— refieren que, una vez concluido aquel enfrentamiento con Gales, Chucho del Muro, Chava Reyes, Carvajal y Jorge Romo apenas y podían mantenerse en pie. Los galeses pegaron con singular alegría.

Faltaban cinco minutos para el silbatazo final cuando El Loco Sesma envió un centro al corazón del área que Belmonte —figura del Cuautla— resolvió con un cabezazo certero: 1-1. Van algunos titulares europeos que dieron cuenta de aquella migaja de pan.

• Daily Express: “La hazaña más destacada en la historia del futbol mexicano. Belmonte merece, cuando menos, una estatua”.
• News Chronicle: “Merecieron ganar”.
• Daily Mail: “Se hizo justicia. Sesma fue el astro”.

A la llegada al aeropuerto de la ciudad de México, Belmonte fue tomado en vilo y paseado en hombros por una afición festiva hasta que la realidad mandó apagar la luz.

1958: Qué mala estrella

México intentaba librar la eliminatoria final ante Costa Rica para asistir al Mundial de Suecia 1958. Antonio López Herranz había pensado en el portero necaxista Jorge Morelos —los especialistas de aquella época no dejaban de encomiar sus facultades— para suplir a Toño La Tota Carvajal. La selección se había alojado en un hotel al sur de la ciudad de México, antes de partir a San José para disputar el partido de vuelta. Llamémosle distracción… o mala estrella. Jorge Morelos fue arrollado por un automóvil mientras intentaba librar otro duro sinodal: la esquina de avenida Insurgentes y San Antonio. Regresó literalmente de la invalidez para volver a plantarse en la portería del Necaxa. Cuatro años más tarde, la estrella de Jorge Morelos volvió a extinguirse. Considerado para asistir al Mundial de Chile 1962, en un partido liguero el delantero americanista Moacyr dos Santos le encajó un rodillazo en medio del rostro. Diagnóstico: fractura de mandíbula y nariz. Jorge Morelos cargaba el mote de El Hombre de Goma.

1962: Déjala pasar

3 de junio, Viña del Mar, minuto 89. Del Águila cobró un tiro de esquina, un globo descompuesto que remató El Chololo Díaz. Según parece, Del Sol tocó el balón con la mano y el juez de línea levantó su bandera. Pero el árbitro se tragó el silbato. Los jugadores mexicanos se concentraron en los reclamos y descuidaron a Gento que tomó el balón al borde de su área. Corrió por la banda. En el camino dejó atrás a Raúl Cárdenas y libró una barrida de Jesús del Muro. Una vez que llegó a la línea de meta, envió un centro a la altura del manchón penal. Jorge El Che Ventura afirma que escuchó el grito de Toño Carvajal dirigido a El Gallo Jáuregui: “Déjala pasar”. El Gallo escuchó con claridad y el balón fue a caer mansamente a los pies de Joaquín Peiró quien controló y fusiló. España 1-México 0.

De aquella tarde proviene la sentencia oracular del periodista Fernando Marcos: “¿Por qué? ¿Por qué siempre a nosotros?”.

1966: Háganme caso

Como era Nacho Trelles, y no José Mourinho —que para entonces ni siquiera había nacido—, muy pocos entendieron el parado mexicano ante Inglaterra —el segundo encuentro luego del 1-1 con Francia—: 1-6 (que podía transformarse en 7 u 8)-2-2. Y como era Nacho Trelles, y no José Mourinho, El Cura Chaires desoyó las órdenes del entrenador. De haber tenido en la banca a José Mourinho habría sabido que la desobediencia se paga a un precio muy alto, con el desdén —fuera de convocatorias y concentraciones— o el ostracismo.

El periodista José Manuel Flores M. cuenta, en El mundo raro del futbol (Editorial Xóchitl, 1982), que Nacho Trelles le confió alguna vez los motivos y la estrategia que quiso imponer ante la Inglaterra de Alf Ramsey quien —soberbio, maleducado, como siempre— había declarado en los días previos al partido: “No me preocupa la calidad técnica de México, que no vale nada. Lo que me da miedo es que sus hombres vayan a acabar con la integridad física de mis jugadores”. Cuenta Nacho Trelles que giró la instrucción de aguantar a los ingleses hasta someterlos a la desesperación —la frustración, diría Mourinho, al más puro estilo italiano—. El Campeón Hernández y El Cura Chaires tenían prohibido cruzar la media cancha. Y a Chaires se lo repitió “cientos de veces”. “No te vayas, Curita, tócala, asegúrala, porque por tu banda siempre entra Bobby Charlton y ese hombre nos hace un gol en cualquier descuido, así que no vayas a irte, ¿de acuerdo? Y el Curita nos decía a todos que sí, que no habría problema, que le daría toque al tal Bobby Charlton”.

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Al minuto 38 el Curita dijo no. Tomó el balón por la banda y vio el carril libre. “Le gritábamos como locos”, rememora Trelles, “atrásala, dásela a Chava”. El Cura enfiló hacia la inmortalidad a sus anchas. El tal Bobby Charlton le había tendido una celada. Lo despojó del balón. Ahora el hueco, el verdadero hueco, estaba a su disposición. “Por la banda se corrió Alan Ball, y alguien tenía que cubrirlo”. Bobby Charlton se fue en diagonal y disparó por sorpresa. “Lo que tanto habíamos cuidado, por un movimiento debidamente previsto, se nos vino abajo”. Marcador final: Inglaterra 2-México 0. “¿Quién era el culpable? Claro que yo, el técnico miedoso. Lo que es no saber las cosas e investigarlas”.

1970: ¿Dónde está Enrique Borja?
A unos meses del inicio del IX Campeonato Mundial de Futbol, el periódico Novedades diseñó una encuesta dirigida a sus lectores para encontrar a los mejores jugadores mexicanos de 1969. Las preferencias se inclinaron a favor de Alberto Onofre, Horacio López Salgado, Nacho Calderón, Vicente Pereda, El Halcón Peña y otros doce más, entre los cuales no figuró el nombre de Enrique Borja. Hasta el Willy Gómez subió al podio, pero no quien en 1968 integró la selección Resto del Mundo —que jugó contra Chile, en Santiago— y marcó dos goles —los otros dos de los pies de la Pantera Negra, Eusebio.

Como pocos ídolos del deporte, Borja conoció a los hijos de la mala prensa. Ya se había ganado cierta animadversión cuando, aún vistiendo los colores de la UNAM, se presentó frente al doctor Andrade Pradillo y le exigió un jugoso aumento de sueldo. El goleador quería ganar más dinero que “un investigador de tiempo completo”, así que fue vendido al América. La mala prensa provino, sin embargo, de algunos ex seleccionados que, después de la gira por Europa en 1968, comenzaron a exigir “pasión por la camiseta nacional” o a denunciar “falta de entrega”, ellos, que nada más salían de su terruño escribían tres cartas diarias, se hundían en la depresión a falta de tortas ahogadas y caían por marcadores de escándalo.

A la mala prensa, Borja sumó la defensa de Núñez y Ernesto El Tato Cisneros, que abandonaron la concentración en Acapulco —Semana Santa— para irse de faldas —dicen—, y un enfrentamiento tras bambalinas, con Raúl Cárdenas y los federativos, por encabezar una rebelión que exigía transparencia en el pago de primas. Hay quien sostiene que no quiso romper su contrato publicitario con Coca Cola y aceptar el logo de Pepsi, que patrocinaba, en exclusiva, al equipo mexicano. Borja, el gran ariete, fue condenado a calentar la banca. Participó unos minutos contra El Salvador y otros, muy escasos, en la derrota contra Italia.

1978: La quiniela
Pronósticos Deportivos nació bajo el paraguas de la Copa Mundial de 1978 en Argentina. La bolsa: cinco millones de pesos para quien acertara los trece resultados de la quiniela. El sorteo de FIFA puso a Túnez, Alemania y Polonia en el camino de México.

Dos participantes obtuvieron doce resultados; cada uno recibió un cheque por dos millones 176 mil 653 pesos. Ni en su peor pesadilla concibieron que México perdería frente a Túnez, un completo desconocido.

Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.