Este artículo sigue el formato del “I Remember…” con el que Joe Brainard, pintor e ilustrador de la Escuela de Nueva York, hizo varios textos y libros.

Recuerdo que el poeta Ausonio, para evitar una alusión directa a la edad nonagenaria del más viejo de su casa, dijo que su padre al morir había cumplido 23 Olimpiadas.

Recuerdo que este verano cumpliré 14 Mundiales. (La muerte me desgasta, incesante.)

Recuerdo que ya sea por motivos futbopáticos o por vil recurso de memoria, varias cosas de mi vida se me esconderían más fácilmente entre los años si no las ubicara en relación con los Mundiales: suelen ser, ni modo, mis lindes de tiempo.

Recuerdo que me casé el año en que México no fue al Mundial de España 82; tuve a mi primer hijo un año después de México 86; la cirugía más seria que me han hecho fue poco antes de Corea/Japón 02; mi madre ya no estaba en Alemania 06.

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Recuerdo el televisor Motorola modelo 1953 que fue como el emblema de mi casa. Era una caja enorme, con un selector que crujía al accionarlo y con tres botones que parecían tapas de pasta dental para el encendido, el volumen y la sintonización y brillo de la pantalla. Mi padre compró ese televisor en la ciudad de Belice, en la frontera inglesa con el entonces territorio de Quintana Roo y la llevó a la casa de Chetumal. La adquisición del aparato fue un capricho: si en la ciudad de México las transmisiones televisivas eran por ese entonces poco más que incipientes, en Quintana Roo habría sido un milagro que el aparato registrara por lo menos unos cuantos fantasmas, más allá de muescas azules y rayas sobre el fondo negro. El aparato obtuvo en mi familia una irremovible autoridad simbólica por el hecho posterior de haber resistido a flote, como un arca electrónica, el ciclón Janet que en 1955 destrozó Chetumal. El televisor Motorola me acompañó toda la infancia y adolescencia en la casa de huéspedes de la colonia Condesa que mi madre y mi tía pusieron al emigrar la familia a la ciudad de México, después de una quiebra económica que acabaría también en un quiebre familiar cuando mi padre se empezó a ir de la casa un año después del Mundial Suecia 58.

Recuerdo las imágenes del primer Mundial de futbol que llegaron al Motorola: Chile 62.

Recuerdo que no eran transmisiones en vivo sino diferidas; el partido podía verse un día después, cuando ya todo mundo sabía el resultado luego de seguir el juego por la radio.

Recuerdo la ansiedad y resignación, la avidez de saber cómo había sido, con que esperábamos la llegada a la pantalla de ese momento traumático que llevó a la derrota mexicana 1-0 contra España en el último minuto.

Recuerdo haber descrito así, años después, ese momento: “En algún lugar metafísico nuestro lateral derecho El Güero Cárdenas sigue persiguiendo al extremo izquierdo español Francisco Gento que desde la media cancha corre y sigue corriendo por toda la banda y luego centra; nuestro defensa Del Muro la desvía con la cabeza y el balón por desgracia le cae a Peyró, Peyró da a Del Sol y Del Sol le anota a nuestro portero Carvajal, quien patea los postes, se mesa los cabellos y llora como toda la nación mexicana”.

Recuerdo que fue en esa escena madre de todos nuestros traumas futbolísticos cuando el locutor Fernando Marcos, que narraba el partido, comenzó a acuñar frases como: “¡¿Por qué nos tiene que pasar esto?! ¿Por qué a México? ¿Por qué ese maldito error que nos acompaña siempre?”.

Recuerdo que durante años se le reprochó al Güero Cárdenas que no hubiera fauleado a Gento al ver cómo se le iba.

Recuerdo, sin embargo, que muchos años después mi ídolo El Güero Jasso, quien jugó ese Mundial en el estadio chileno de El Sausalito, me reveló que la escena estaba incompleta si no se la veía desde otro ángulo y en instantes previos.

Recuerdo que Jasso recordaba: México iba a cobrar un córner y el entrenador nacional junto con Alejandro Scopelli, Ignacio Trelles, le dijo a Héctor Hernández que sacara el córner dándosela en corto a Del Águila y que entretuvieran ahí el balón, pegados lo más posible a la esquina, hasta consumir el último minuto para lograr un 0-0 de hazaña. Héctor Hernández no le hizo caso, sintió que podían ganar el partido y lanzó un centro que le salió mal; la defensa española despejó fácilmente el balón rumbo a Gento y no volvimos a verlo.

Recuerdo haber recordado: desde ahí México empezó a perder el juego.

Recuerdo que, como Carlyle, he detestado los sueños porque en ellos suele irme siempre peor, y yo soy peor, que en la realidad. Ando desnudo, incurro en cobardías, aún debo presentar un examen de matemáticas de tercero de secundaria y ni siquiera puedo abrir los ojos para ver qué se me pregunta.

Recuerdo que muchos de esos malos sueños han sido en vigilia y conectados con ese otro instante previo que me reveló El Güero Jasso.

Recuerdo que es 2006 y México le va ganando 1-0 a Argentina. El juego está como para conservar esa ventaja, que avance el partido y obligar a que en el segundo tiempo Argentina deba ir al frente con alguna desesperación y sorprenderlos con otro gol irremontable. No es así. Poco después del gol mexicano el novato Andrés Guardado quiere “responder” a la fama que se le ha creado, fama de novato “que se entrega”, se atreve, “se muestra”, juega con ganas y “descaro”, y así distraído comete un faul absurdo cerca del área mexicana. Cobra la estrella argentina Riquelme y la barrera mexicana debe ceder un córner. Cobra Riquelme el córner y la defensa mexicana debe ceder otro córner. Cobra Riquelme y Argentina empata el juego rápidamente con un gol que mostró una evidencia: el concernimiento del entrenador del equipo mexicano Ricardo Lavolpe era la marcación en los córners del mejor cabeceador argentino Hernán Crespo. En esa jugada vimos que Lavolpe había puesto a nuestro delantero Borgetti a marcar a Crespo. Cuando llegó el centro Borgetti no supo qué hacer a media altura porque no tenía ni reflejos ni cualidades de anticipación defensiva para marcar a Crespo. La jugada pareció gol de Crespo pero fue autogol de Borgetti. Si el mayor concernimiento de Lavolpe para la marca personal en las jugadas de balón parado era Crespo, nuestro defensa Rafael Márquez debió ser su marcador, como ocurrió después cuando hicieron el switch, Márquez tomó su marca y Crespo no volvió a hacer nada ni por arriba ni a media altura. Y, como el chiste del pato: si Márquez se movía como el mejor defensa central del mundo, jugaba como el mejor defensa central del mundo, había jugado la Champions para el Barcelona como el mejor defensa central del mundo, marcó en esa Champions a los mejores del mundo como Tierry Henry, ¿por qué no ponerlo a marcar a otro de los mejores del mundo como Crespo en vez de “inventar” como defensa a Borgetti? En mi mal sueño, no al final ni poco después —ni siquiera cuando el árbitro no expulsa al lateral argentino Heinze luego de una falta “de roja” contra el Kikín Fonseca; ni cuando en los tiempos extras el delantero argentino Maxi Rodríguez le mete un gran gol al portero mexicano Oswaldo Sánchez—, sino ahí, con el “efecto Guardado” que acabó por entregar la racha favorable de nuestro equipo, México empezó a perder el partido.

Recuerdo que es 2002 y México juega el partido de octavos de final contra Estados Unidos. México acabará perdiendo 2-0. En mi mal sueño, antes de salir a la cancha (lo vi posteriormente en un video que alguien grabó supongo que a escondidas) el entrenador Javier Aguirre les dice a los jugadores mexicanos con varias mentadas de estímulo que prácticamente México ha ganado el juego antes de jugarlo; su mensaje recicla el incomprobado lugar común que lleva añísimos entre nosotros: México es mejor que Estados Unidos en futbol, simplemente porque así lo queremos. Estados Unidos sólo juega beisbol, basquetbol y futbol americano; nosotros sí jugamos futbol. Es como si en el vestidor Aguirre hubiera retomado para el futbol la tontería arraigada en otras zonas de “la conciencia nacional”: Estados Unidos tiene la materia, pero nosotros el espíritu; tiene los highways, pero nosotros las pirámides; tiene la frialdad sajona, pero nosotros la sangre latina; tiene la técnica, pero nosotros nuestras tradiciones. En mi mal sueño, no al final o poco después —ni siquiera al no marcar el árbitro un penalti cuando el defensa estadunidense despeja un centro con el puño en gran flagrancia; ni siquiera cuando Aguirre saca al medio Ramón Morales para meter otro delantero, porque no era posible que México estuviera perdiendo 1-0 en vez de estar goleando ya a los pinches gringos—, sino ahí, en el vestidor, en la arenga de Aguirre, México empezó a perder el partido.

Recuerdo que es 1998 y México está jugando los octavos de final contra Alemania. México gana 1-0 y está en esa racha favorable que los dioses del futbol conceden alguna vez. El Cabrito Arellano empieza una jugada sorpresiva contra los alemanes; al entrar al área le cometen penalti pero el árbitro deja seguir el juego ya que el balón ha rebotado en el poste y está en los pies de Cuauhtémoc Blanco, quien con genial sencillez se la pone hacia atrás a Luis Hernández para que fusile al portero alemán. Hernández ya metió un gol bombeándosela al portero con la derecha y ahora quiere hacer lo mismo, bombeándosela de lujo al portero con la izquierda. Sólo se la entrega en las manos. Parecería que la racha de México no iba a terminar y que podría anotarle a Alemania los goles que quisiera. Los dioses del futbol suelen perder con ese espejismo a quienes se confían en una buena racha y creen que será para todo el juego. No es así, sobre todo contra Alemania. El futbolista inglés Gary Lineker supo que a Alemania no hay que ganarle sino “matarla” antes de acuñar su memorable definición del futbol: “Un deporte en el que participan 22 jugadores, 11 de cada lado, y al final gana Alemania”. En mi mal sueño, no al final o poco después, cuando un balón literalmente se le hace bolas a Rodrigo Lara y se lo deja sin querer al delantero alemán Klinsman para que fusile dentro del área al portero mexicano Jorge Campos; no al final, digo —ni siquiera cuando el lateral Germán Villa permite que Hassler levante un centro hacia el mejor cabeceador del mundo en ese momento, Bierhoff, quien mete el 2-1 en contra—, sino ahí, cuando Luis Hernández opta por el lujo y no por tirar con fuerza creyendo, sintiendo que habría más oportunidades contra Alemania, México empezó a perder el partido.

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Recuerdo que es 1994 y México está jugando el partido de octavos de final contra Bulgaria en Nueva York. Han expulsado a un búlgaro y México cuenta con un jugador más. En eso nuestro delantero Luis García en un lance inane le hace una entrada estúpida en media cancha a un jugador búlgaro como para “mostrarse”, para que “se vea la garra”, y lo expulsan. García ya estaba amonestado; era necesario que “se escondiera” del árbitro sirio que buscaría compensar la expulsión previa a un búlgaro expulsando a un mexicano. En mi mal sueño, Javier Aguirre, que en ese Mundial estaba en la banca de auxiliar del entrenador Miguel Mejía Barón, sigue sin decirle a García: “No hagas nada, ni un faulecito; que no te pase lo que a mí en el Mundial de México 86”. Y en mi mal sueño, no al final, cuando México perderá en penaltis contra Bulgaria —en cuya liga, por cierto, se tiraban penaltis después de cada partido—; no al final, digo —ni siquiera un poco antes de los penaltis cuando Miguel Mejía Barón “se guardó los cambios”—, sino ahí México empezó a perder el juego.

Recuerdo que es 1986 y México está jugando el partido de cuartos de final contra Alemania en Monterrey. Han expulsado a un alemán y México cuenta con un jugador más. En eso nuestro jugador Javier Aguirre, en un lance inane le hace una entrada estúpida en media cancha a un jugador alemán, como para “mostrarse”, para que “se vea la garra”, y lo expulsan. En mi mal sueño, no al final, cuando México perderá en penaltis contra Alemania —por cierto, el único equipo que ha anotado todos sus penaltis en la historia de los Mundiales—; no al final, digo —ni siquiera un poco antes de los penaltis cuando el árbitro colombiano le anuló un gol válido al Abuelo Cruz—, sino ahí México empezó a perder el juego.

Recuerdo que el Mundial Inglaterra 66 fue el primero que se televisó en vivo para México, gracias al satélite Early Bird, traducido como El Pájaro Madrugador.

Recuerdo que la primera transmisión de ese satélite fue una misa del entonces papa Paulo VI, que vimos en el televisor Motorola.

(Recuerdo el albur acuñado de inmediato por el “ingenio” nacional: “¿Pájaro Madrugador? ¡Sumo Pontífice!”)
Recuerdo que no vi en el Motorola, sin embargo, el primer juego de México contra Francia en ese Mundial.

Recuerdo que en todas las escuelas primarias se permitió instalar un televisor en el salón de clases para ver México-Francia.

Recuerdo el grito del locutor Fernando Marcos: “No lo falles, Borjita, no lo falles” antes de que nuestro delantero Enrique Borja anotara el primer gol.

Recuerdo el grito del locutor Fernando Marcos cuando en el segundo tiempo los defensas mexicanos Chaires, Núñez y Peña no atinan a salirle al paso al atacante francés que avanza a la portería mexicana, llega hasta el área grande, tira y anota el gol: “¿Por qué nos tiene que pasar esto? El rival tira, el balón pega en el poste y entra en nuestra portería. Nosotros tiramos, el balón pega en el poste y no entra en la portería”.

Recuerdo haber visto en el Motorola el siguiente partido de México contra Inglaterra, porque era sábado y no había clases.

Recuerdo que el portero nacional Ignacio Calderón inauguró ahí aquella postura de la derrota que veríamos muchas veces luego de que el atacante inglés Bobby Charlton, desde 15 metros fuera del área, con su pierna “mala”, la derecha, lanzó un tiro al ángulo superior derecho “haciendo infructuosa” la estirada de Calderón, quien se quedó dramática y largamente tirado sobre el pasto, con el brazo extendido y la cabeza reclinada sobre el hombro.

Recuerdo que en ese Mundial los juegos de Brasil no se transmitieron en vivo sino diferidos.

Recuerdo que Brasil ganó su primer juego 2-0 contra Bulgaria, con goles de Pelé y Garrincha en tiros de castigo, y que para el siguiente juego el entrenador brasileño El Gordo Feola no puso a Pelé contra Hungría por temor a que lo lesionaran. Brasil perdió 3-1.

Recuerdo que Brasil se jugó su calificación en el último partido contra Portugal, que contaba con un futbolista mozambiqueño llamado Eusebio y apodado La Pantera Negra, y considerado en ese Mundial el sucesor de Pelé.

Recuerdo que a la muerte de mi madre, entre las cosas que guardaba, mis hermanas encontraron un cuaderno escolar de doblerraya que de niño yo convertí en álbum de futbol; eran recortes sobre todo de una revista semanal insuperable para mí en ese entonces: Futbol. Ahí pegué estos recortes, brutalmente indignado y conmovido por lo que le hicieron a Pelé en ese partido contra Portugal:

Recuerdo haber recordado, al encontrarme con esta secuencia, que de ahí, de mi Biblia la revista Futbol vino mi certeza durante muchos años de que Coluna, el otro africano-portugués a la altura del arte junto con Eusebio, era quien había lesionado a Pelé.

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Recuerdo que años después vi la repetición y me quedó claro que no fue Coluna sino Greca quien lo había lesionado, no “cargando” sobre el Rey como dice el pie de ilustración de la revista Futbol sino acabándolo con dos sucesivas patadas luego de que Pelé se había levantado de la primera, hasta destrozarle la rodilla.

Recuerdo los respectivos “ahhs” y “oohhs” del público, en el estadio de Liverpool donde se jugó el partido, a cada una de esas entradas de Greca.

Recuerdo que Pelé tuvo que seguir jugando coja y lastimeramente porque sólo hasta el siguiente Mundial, México 70, y quizá debido a ese episodio en Liverpool, se permitieron los cambios y se instaló el uso de tarjetas para amonestar y expulsar, quizá debido también a que en el juego Inglaterra-Argentina el capitán argentino Rattín al ser expulsado se demoró en salir alegando en parte que no entendía el idioma del árbitro.

Recuerdo que el Mundial México 70 lo vi por última vez en ese mismo televisor Motorola; ahora, por vez primera, hubo instant replay cuando antes había que esperar al medio tiempo a que los cácaros televisivos recorrieran el videotape y pudieran repetirse las jugadas.

Recuerdo que a ese Mundial llegó Pelé hecho un toro luego de haberse entrenado con el ejército brasileño, como en un mensaje: nunca más volverían a lesionarlo y él podría, ahora, lesionar a otros.

Recuerdo que en ese Mundial el juego de semifinales Italia 4-Alemania 3 se consideró el Partido del Siglo, con el alemán Franz Beckenbauer jugando los tiempos extras con cabestrillo luego de que la defensa italiana le cometiera un penalti que el árbitro peruano-mexicano Arturo Yamazaki no marcó.

Recuerdo, sin embargo, que el mejor juego de ese Mundial fue Brasil 1-Inglaterra 0 en Guadalajara.

Recuerdo que ocurrió a la misma hora que en la ciudad de México se jugaba México-El Salvador; yo le daba tracks continuos al cambiador de canales del Motorola para seguir los dos juegos hasta que el partido de México se supo ganado y dejé fijo el de Brasil-Inglaterra.

(Recuerdo que el cronista deportivo Manuel Seyde ironizó: “Yo no pude ver el partido México-El Salvador porque estaba viendo futbol en Guadalajara”.)

Recuerdo que en ese partido Pelé metió uno de sus mejores goles, pero no fue gol porque el portero inglés Gordón Banks le sacó desde su ángulo inferior derecho un cabezazo inverosímil y desde ahí abajo el balón subió para irse a córner por encima del larguero.

Recuerdo que el mejor gol de Pelé en los Mundiales ocurrió poco después en ese mismo México 70, pero tampoco fue gol: aquella jugada que le hizo al portero uruguayo Mazurkiewicz. Rivelino manda un pase hacia el centro del área grande; Pelé va hacia el balón y Mazurkiewicz sale a cortarlo. Pelé finta que moverá el balón hacia el lado derecho, para esquivar a Mazurkiewicz, quien efectivamente se tiende a ese lado, como le indica la lógica, y Pelé deja, por el contrario, pasar el balón hacia el otro lado. Pelé rodea a Mazurkiewicz, que se agita ante y en la trampa como un desesperado entre las olas; Pelé llega al balón y alcanza a patearlo casi sin margen de maniobra. El balón sale por la línea de meta a diez centímetros del poste derecho de Mazurkiewicz.

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Recuerdo la tarde en que yo estaba en la preparatoria durante una lectura teatral donde a varios nos importaba menos la puesta de Llama un inspector, de un escritor inglés por cierto muy aficionado al futbol, J.B. Priestley, que corroborar hasta la incredulidad máxima lo que un compañero nos iba reportando a partir de lo que oía en un radio de pilas: México era goleado 4-0 por el equipo de Trinidad y Tobago y prácticamente quedaba fuera del próximo Mundial Alemania 74, a menos de que una combinación posterior de resultados y un triunfo por goleada contra Haití hicieran el milagro. No lo hubo: Haití calificó a ese Mundial. Los mexicanos jugaron esa famosa “encerrona” muertos de miedo por la “hostilidad ambiente”. Incluso se habló de miedo al vudú. La virgencita de Guadalupe nada pudo hacer por nuestros jugadores.

Recuerdo la envidia que me dio, aunque al fin no sirviera de mucho, el tempranerísimo gol de sorpresa que Haití le metió a Italia en su primer partido en Alemania 74; el autor se apellidaba Fannon, como aquel de Los condenados de la tierra.

Recuerdo cómo el vudú, cuando la encerrona fue en México cuatro años después, nada pudo contra el estadio Azteca y 120 mil aficionados en las eliminatorias para el Mundial Argentina 78, y México obtuvo fácilmente el único boleto que la Concacaf tenía para los Mundiales.

Recuerdo que luego de calificado para Argentina 78, todo México tendría su primer gran episodio de bovarismo, la mezcla de autoensoñación y de creerse más de lo que se es. Se dio por hecho que en ese Mundial estábamos para cosas grandes: se habló de la Esperanza Verde.

Recuerdo la certeza nacional, que empezaba desde el entrenador José Antonio Roca, de que los resultados en el grupo de México serían así (y tal era el orden): triunfo absoluto (goleada) sobre Túnez, empate tozudo contra Alemania, y triunfo moderado 2-1 (empate, por lo menos) contra Polonia.

El primer partido, contra Túnez, se salió del guión nacional. En un partido “normal”, como alguno que ocurriera hoy, en el 2010, México estaría contento del resultado parcial antes de terminar el primer tiempo. Pero en ese entonces, no. No era suficiente para el seleccionado bovary: debían estar goleando 4-0 por lo menos a un “equipo africano” y apenas iban ganando 1-0 con apretado gol de penalti —muy bien tirado, por cierto— del Gonini Vázquez Ayala. Túnez venció a México 3-1. Cuando aún iban 1-1, el jugador mexicano Antonio de la Torre tuvo el 2 a favor de México, y lo falló. Algunos graciosos hicieron incluso una canción: “El tango de De la Torre”. Luego Túnez acabó con el equipo mexicano. (Años después le oí al entrenador José Antonio Roca decir cómo, al entrar al vestidor en el medio tiempo, vio las caras de sus jugadores y supo que perderían aunque iban ganando.)

Recuerdo al mismo Roca, ese día, aguantando las ganas de llorar mientras reconocía en la entrevista que Túnez había sido superior. El narrador Ángel Fernández dijo: “Es una historia ii-rre-aal, la historia que no debió ser: veo y no creo el marcador aquí, en el estadio de Rosario en la Argentina: México 1, Túnez 3”.

Recuerdo cómo en el siguiente partido y la derrota por 6-0 contra Alemania, el bovarismo dio pie al pitoperezismo. Caída la Bovary, el Pito Pérez nacional introdujo el chiste: al final del partido contra Alemania el portero mexicano sustituto, Pedro Soto, llega al vestidor, va hacia Pilar Reyes, lesionado desde el primer tiempo luego de un choque en el tercer gol contra un delantero alemán, y le informa: “¡Pilar, empatamos!”. Pilar: “¡3-3 contra Alemania: qué hazaña!”. Pedro Soto: “No: empatamos porque a ti te metieron 3 en el primer tiempo y a mí 3 en el segundo”.

Recuerdo que estas pesadillas las soñé por primera vez a color en la primera televisión de este tipo que pudo comprarse en casa de mi madre.

Recuerdo que el Mundial previo en Alemania 74 lo vimos aún en blanco y negro, pero ya no en aquel totémico Motorola que, luego de cumplir cinco mundiales (tres de ellos vistos por mí en él) obtuvo su destino funcional en alguna ciudad del sur de México.

Recuerdo que el televisor de Alemania 74 era de la marca holandesa Philips, lo cual no dejó de ser curioso: ahí vi con los ojos de plato cómo el equipo holandés luego llamado Naranja Mecánica, comandado por Johan Cruyff, en su primer partido acabó con (eso parecían) una partida de paquidermos uruguayos.

Recuerdo la mañana de domingo en que me levanté crudísimo, luego de una borrachera la noche anterior en que les juré a todos los borrachos pero escépticos de la fiesta que México ganaría al día siguiente, para ver en el Philips el juego que México debía efectivamente ganar si deseaba calificar a España 82.

Recuerdo que la encerrona era en Honduras y no obstante me juraba que México calificaría aunque fuera en segundo lugar, puesto que para ese Mundial se aumentó el número de equipos y la zona norte, centroamericana y del Caribe tenía dos boletos. Durante el último partido, contra el local, Honduras, a México le bastaba ganar para obtener la calificación. Mucho se comentó que nuestra estrella Hugo Sánchez tuvo el gol del triunfo y lo echó afuera por cuidarse las piernas, piernas contratadas ya por el Atlético de Madrid de España. Daría igual. El hecho es que México había perdido nuevamente por el bovarismo: calificar a un Mundial sin haber jugado los partidos.
Algunos futbolati se rasgaron las vestiduras: cómo era posible esa eliminación de “El Gigante de la Concacaf”. Y el hecho es que un año después en la apertura del Mundial, Honduras le sacó un empate al local, España, en el primer partido; y, consuelo o sorna de muchos, qué bueno que México no había ido en el segundo lugar para no correr la suerte de El Salvador, que perdió 11-1 contra Hungría, en el marcador quizá más aparatoso de la historia moderna de los Mundiales.
Recuerdo haber visto desde los palcos de prensa varios juegos del Mundial México 86.

Recuerdo haber visto “ahí mismo” en el estadio Azteca el gol más tramposo y el más “soñado” en la historia de los Mundiales.

Recuerdo que, por increíble, cuando un colega me preguntó si el primer gol de Maradona contra Inglaterra en cuartos de finales había sido con la mano, le contesté ingenuamente que no: “El árbitro lo habría marcado”.

Recuerdo que cuando Maradona anotó el segundo gol, llevándose a todos los rivales ingleses como cumpliendo todos los sueños infantiles, la voz de la realidad apuntó también: “Pudo hacerlo porque ninguno de los ingleses lo bajó de una patada, ni siquiera por el coraje del gol previo anotado con la mano”.

Recuerdo una manta en el estadio Azteca cuando apenas se acababa de saber que México no iría al Mundial de Italia por haber incluido jugadores de más edad en una selección menor: “FIFA perdónanos. No volvemos a hacerlo”.

Recuerdo la envidia que sentí cuando Costa Rica en su primer Mundial, precisamente Italia 90, calificó de inmediato a la segunda ronda, empezando por derrotar a Escocia en el primer partido con un gol de cascarita de Cayasso.

Recuerdo que en 1997 vi por televisión, una madrugada y entre sueños, la noticia de que había muerto el entrenador de futbol Helenio Herrera, argentino-europeo que vivió su etapa más famosa en Italia entrenando al Inter de Milán. H. H., en cuyas letras algo había de hierro, puerta dantesca, tierra rara de la química y villano de los cómics Marvel, es el inventor del catenaccio, del cerrojo, del futbol defensivo, del 0-0 y, si se podía —y muchas veces se podía— el apretado 1-0 a favor. Helenio Herrera fue centro de ataques, silbidos, insultos y proyectiles; fue acusado de terminar con el futbol. Ahora todos los equipos del mundo juegan como jugaban los equipos que él dirigía. Lo que me atrajo, como si se tratara de lo equívoco en un sueño, fue que en la imagen televisiva de archivo —un video tomado poco antes de su muerte— Helenio Herrera iba sentado sobre una góndola, vestido con una larga capa, de frente a la cámara y con la cabeza erguida, más allá de los escándalos y las vanguardias del siglo XX en que se vio involucrado. El último artista en Venecia.

Recuerdo que en materia de Mundiales feché el vanguardismo de H. H. como manierismo extendido a todo el futbol cuando en la final de Estados Unidos 94 el mismo Brasil jugaba ya, y muy bien, a no “dejarse madrugar” contra Italia.

Recuerdo que cada nuevo mundial tengo la esperanza de ver mejor futbol y que eso no ocurre.

Recuerdo que en los últimos Mundiales la previa “idea de la final” —la emoción que vendrá, algo memorable, algo definitivo y trastocador de la rutina antes de los penaltis y los tiempos extras— es mejor que la final misma.
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Recuerdo al fin que todo gran Mundial ocurre siempre en el país de la infancia, o antes.

Recuerdo la frase de Joseph Heller según la cual algunos eventos en la historia de la humanidad son tan grandes que incluso aquellos que no estuvieron ahí pueden recordarlos.

Recuerdo entonces y vivamente “La hecatombe de Maracaná”, como tituló una crónica retrospectiva de la revista Futbol; antes de atestiguarlo en cualquier corto fílmico, textualmente estuve ahí cuando a Brasil en su casa le bastaba un empate para ser campeón del mundo y los inesperados goles de Giggia y Schiaffino le dieron el triunfo a Uruguay. Pude ver brasileños infartados y suicidas; los menos drásticos, con letreros en el pecho: “No me hablen de futbol”.

Recuerdo entonces el primer dream-team en la historia del futbol con su primer genio de las canchas, el equipo húngaro encabezado por Ferenc Puskas, luego de golear 8-3 a Alemania en la primera ronda perdió la final contra ese mismo equipo en lo que se conoció como el “Milagro de Berna”. Vi cómo los dioses del futbol metían las manos o los pies en el resultado: Alemania disparó ocho veces y anotó tres goles; Hungría disparó 25 veces (cinco de ellas a los postes) y anotó dos goles, o tres: uno válido que para mayor fatalidad magiar le anularon a Puskas —quien jugó lesionado— cerca del final.

Recuerdo entonces ese momento de los cuartos de final en Suecia 58 cuando un delantero estrella de Brasil, Altafini, se lesiona y contra País de Gales debe suplirlo un jovencito en sus 17 años, apodado “Pelé”. El jovencito tiene un debut soñado anotando el gol del triunfo y se queda de titular para el resto del torneo. En la final contra Suecia, rodeado de torres nórdicas, hace una jugada de fantasía al tomar un balón, elevarlo y pasarlo por encima del defensa y sin que cayera prenderlo con la pierna derecha para incrustarlo en el ángulo inferior derecho de la portería sueca. Pelé no cesaría de contar que aquello fue también como una promesa cumplida cuando dramáticamente, ocho años antes, le asegura a su padre que algún día llorará de alegría y no de pena como ahora ante el radio luego de que Brasil ha perdido el Mundial en su casa.

Recuerdo preferir otra leyenda: 17 años antes en el pueblito de Minas Gerais donde Pelé nació, los padres como es costumbre le llevan el recién nacido a una negra adivina para que le depare un futuro. La negra les dice: “Esse mininho va a ser rei, rei do mundo, rei do mundo”. Poco después del Mundial de Suecia el padre de Pelé llega del puesto de periódicos y le grita a su esposa: “La negra Massinha dijo verdad”. Le muestra entonces un ejemplar de Paris Match donde se ve una foto del joven Pelé con un encabezado que dice: “Roi du Monde”.

Recuerdo, entonces y sobre todo en ese Mundial de 1958, que Brasil empieza perdiendo el partido de la final contra el anfitrión Suecia.

Recuerdo que el mediocampista brasileño Didí aparta a todos y entra a su propia portería a sacar el balón.

Recuerdo que el portero Gilmar se lo pide para despejarlo él mismo hacia el centro del campo y reanudar el juego lo antes posible puesto que Brasil va perdiendo.
Recuerdo que Didí aparta a Gilmar con una seña disuasiva del brazo izquierdo mientras empieza a caminar hacia el centro del campo, pausadamente, con el balón detenido bajo el brazo derecho.

Recuerdo que otros jugadores brasileños lo apresuran y le hacen señas perentorias.

Recuerdo que el defensa Zito intenta sorprenderlo golpeándole el balón con el puño, por detrás, para que lo suelte, tomar el balón, y reanudar de inmediato.

Recuerdo que no importa si Zito le tira el balón y si Didí vuelve a recuperarlo; o si Didí advierte lo que intenta Zito y evita que lo haga: importa que Didí sigue avanzando con la misma pauta hasta el centro del campo.

Recuerdo que Didí llega por fin al medio campo, coloca el balón en la mancha del círculo central y les indica a los atacantes Vavá y Garrincha que reanuden; se entiende ya lo que había querido decir con su pausada caminata previa: “Ese gol sueco quién sabe qué fue. Es como si no hubiera existido. Ahora vamos a jugar”.

Recuerdo que los atacantes brasileños Vavá y Garrincha lo obedecen con respeto; reanudan el juego hacia delante, como indica el reglamento, y luego se la dan a Didí que se ha colocado atrás para que le pasen el balón.

Recuerdo que ahí empezó el futbol.

Luis Miguel Aguilar
. Poeta. Su libro más reciente es Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas.