DE MALA MUERTE

En mi última visita a Tijuana decliné una invitación a salir de juerga por temor a los levantones y las degollinas que suelen amenizar la vida nocturna de la ciudad. Mi amigo Óscar Tienda, un editor sediento de aventuras que no se ha dejado arredrar por la psicosis de inseguridad, me advirtió en tono tranquilizador: “Tijuana no es tan peligrosa como la gente cree. Todavía te puedes divertir sin peligro en los tugurios del centro, pero no se te ocurra meterte a las discotecas de niños bien, porque son las favoritas de los narcos”.

Recordé el sabio consejo de Óscar al conocer los pormenores del atentado contra el delantero guaraní Salvador Cabañas, víctima del hampa trepadora que aspira a limpiar su reputación figurando en las páginas de sociales. Cabañas no andaba de parranda en algún giro negro de Tepito o de Neza: le perforaron el cráneo en un club exclusivo de la zona azul y oro, con porteros erigidos en árbitros de la elegancia, entrenados para repeler a sus hermanos de raza y de clase. No cualquiera entraba al Bar Bar, sobre todo los domingos, cuando los futbolistas golfos departían con la gente bonita de la farándula, y los juniors decadentes sentaban en sus piernas a las teiboleras mejor cotizadas. Pero el blindaje antinaco tenía una pequeña falla: entre los clientes asiduos del antro, recibidos con alfombra roja, figuraba también un acaudalado hampón sinaloense, el JJ, representante de la nueva casta hegemónica infiltrada en todas las élites políticas y sociales del país.

alfombra

La agresión a Cabañas nos obliga a redefinir el concepto “antro de mala muerte”, que en otros tiempos designaba a los tugurios de los barrios lumpen. Ahora la mala muerte se viste de Armani pues ningún club nocturno es tan exclusivo como para discriminar a un gatillero forrado de lana, o sus dueños no se atreven a rechazar a la aristocracia emergente por temor a las represalias. Los rufianes de antaño, gente humilde y sencilla, no eran alpinistas sociales ni codiciaban el relumbrón de la burguesía. Orgullosos de sus raíces populares, cuando querían emborracharse mandaban cerrar un modesto congal (tragos y putas para todos mis amigos, que yo pago) o contrataban una tambora para irse a cantar rancheras por las calles de Badiraguato. Sus hijos y nietos, en cambio, sienten que el dinero no les luce si mantienen un perfil discreto y se desviven por convertir su poder de compra en lustre social. Para eso necesitan sobornar a los cadeneros de las discotecas, ligarse a las actricitas de moda, producirles películas, frecuentar los restaurantes y los gimnasios donde se congrega la gente importante, o la que pretende serlo. Así van tejiendo una red de relaciones que les da un frágil barniz de respetabilidad. En su estupenda novela Leopardo al sol, Laura Restrepo describió el proceso de aburguesamiento de Mani Monsalve, un narco colombiano ansioso por legitimar su fortuna, que se muda a una suntuosa casa colonial cuyo mobiliario aborrece, como parte de una costosa campaña de relaciones públicas para mezclarse con los ricos de abolengo. Mi amigo Elmer Mendoza, el novelista que mejor conoce la personalidad del narco mexicano, me ha contado que los hijos de los capos sinaloenses, tras haber blanqueado sus fortunas, se esmeran por adquirir prestigio y distinción al precio que sea. Muchos de ellos son ahora atildados catrines con postgrado en el extranjero, aficionados a la Ópera y expertos en vinos franceses.

Al parecer, el JJ –guapo, atlético y bien vestido, según los empleados del Bar Bar–, pertenecía a esta nueva camada de matones VIP, que pueden alternar en cualquier cena de gala sin cometer errores con los cubiertos.

Pero aunque hayan logrado mimetizarse con la crema de la sociedad, los advenedizos educados entre cuernos de chivo no pueden olvidar sus orígenes y estallan en cólera ante el menor signo de menosprecio. Según el afanador de los baños donde ocurrió la artera agresión a Cabañas, cuando el JJ irrumpió en el excusado del futbolista para hacerle un comentario hostil sobre su baja producción goleadora en la última liguilla, el crack paraguayo le respondió: “¿Y tú quien eres?” Nada más hiriente para un sicario podrido en dinero que el ninguneo de una celebridad. Pero antes de cruzar palabra con el JJ, Cabañas había lastimado ya su hipersensible orgullo viril, por entrar a orinar en el excusado en vez de codearse con él en los mingitorios. Había urinarios disponibles pero él prefirió esperar un par de minutos a que el afanador limpiara el excusado. Esa falta de confianza debe de haberle ofendido al sinaloense más que un escupitajo en la cara. Si Cabañas hubiera meado junto al JJ, sacudiéndose virilmente el pene para soltar las últimas gotas de orina, en estos momentos estaría metiendo goles con el América. Pero el JJ interpretó ese desaire con la lógica biliar del machismo agraviado: “No se la saca delante de mi porque me cree puñal”. Estaba en juego su honra y tuvo que lavarla a balazos.

Algunos moralistas han aprovechado esta tragedia para sermonear a los futbolistas parranderos. Cabañas se lo buscó, pontifican desde las trincheras de la decencia, por caer en el proverbial y consabido “torbellino de la disipación”. Esta corriente de opinión tiende a convertir a los asesinos de noctámbulos en ángeles guardianes de la moral pública. El hampa y la policía corrupta (dos ramas del mismo tronco) pueden irrumpir en cualquier antro soltando plomazos porque la moral represiva siempre aplaudirá en secreto a quien castiga pecados veniales con sentencias de muerte. Así han reaccionado, por ejemplo, los padres de algunas muertas de Juárez, que repudian a sus pobres hijas por haber estado ligando en bares de dudosa reputación. También ellas “se lo buscaron”, a juicio de las familias avergonzadas que las tachan de güilas. En vez de combatir con acciones civiles el clima de terror impuesto por el crimen organizado, pretenden que la juventud con ganas de fiesta escarmiente en cabeza ajena y se vaya a dormir el sábado a las diez de la noche. Nunca lo conseguirán, pero con su actitud están logrando que el JJ y otros psicópatas engreídos por su capacidad de intimidación, sientan que son el brazo armado de la justicia divina.

Enrique Serna. Escritor. Su libro más reciente es Giros negros.

 

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Publicado en: Sólo en línea