Cuba: El peso del pasado (Septiembre, 1994)

La tradición de una cultura militar-burocrática de raíz inquisitorial terminó derrotando a la otra tradición cubana, la de los economistas liberales y los filósofos eticistas, ante los cuales la revolución cubana nació con la promesa de cumplir el ideal de una república democrática.

Según las autoridades chinas, el 13 de diciembre de 1937 el ejército imperial japonés produjo una masacre en la ciudad de Nankín en la que murieron 340 mil personas. Hace apenas unos días, la Asociación de Intelectuales Preocupados por el Futuro del Japón declaró solemnemente que la Masacre de Nankín nunca tuvo lugar y llamó al pueblo del archipiélago a «…no creer en esa propaganda estratégica y a no sentir que Japón debe pedir excusas humillantes». (International Herald Tribune, 8-6-94). El ministro de justicia Shigeto Nagano fue forzado a renunciar recientemente, después de haber declarado que la Masacre de Nankín fue una fabricación.

Retengamos el dato especialmente revelador de que una Asociación de Intelectuales que se designa a sí misma como Preocupada por el Futuro de su país se dedique a revisar el pasado, y también la evidencia de que éste pesa como una losa sobre la actualidad política e incluso sobre el destino de nuestros contemporáneos. Ambas comprobaciones ayudan a responder la pregunta que nos convoca. ¿Es que importa el pasado? Obviamente sí. Sospecho, sin embargo, que dicho peso no es igual para todas las naciones y que la nuestra, por suerte o por desgracia, se encuentra entre aquellas sobre las que el pasado pesa con una intensidad difícilmente soportable.

Intuyo que dicho sobrepeso se debe a una doble circunstancia. La primera es nuestra condición insular, que concentra y potencia hasta el agotamiento la significación de lo ocurrido en los hiperprecisos límites de nuestras fronteras. Quiero decir que el pasado pesa más en las grandes islas -aquellas que tienen espacio suficiente, si bien definitivamente circunscrito, para el desarrollo de movimientos históricos-, que en los espacios abiertos y por tanto fluidos de los continentes. De ahí el carácter extraordinariamente conservador, casi ritual aun en medio de la modernidad, de las sociedades japonesa e inglesa, por ejemplo. De ahí, también, que Il Gattopardo, ese monumento que muestra cómo hay que cambiar para cumplir mejor el sagrado objetivo de que nada se modifique, haya sido escrito en Sicilia, la isla que ha perpetuado sus tradiciones en una institución inefable, la mafia.

La segunda circunstancia que explica el sobrepeso del pasado en nuestro caso es el carácter recurrente de las frustraciones históricas cubanas. No logramos nuestros objetivos en 1878 ni en 1898 ni en 1933, y todos sabemos a qué grado insoportable de desencanto y rabia nos ha conducido el mayor esfuerzo llevado a cabo por nuestro país por terminar de asentarse como nación independiente, aquél que empezó en 1959 con el apoyo entusiasta de prácticamente todos los cubanos y que terminará quién sabe cuándo sin el sostén de ninguno. La frustración de nuestra juventud es hoy tan profunda como lo fue el entusiasmo de quiénes éramos jóvenes en los inicios de la revolución. El peso del pasado es tan intolerable en la Cuba actual que ha terminado por abolir todo proyecto de futuro en el imaginario colectivo de la mayor parte de la juventud, como no sea el de abandonar la isla para siempre.

Convendría preguntarse acerca de la naturaleza de ese pasado que pesa de modo tan feroz sobre nuestro presente, a ver si alcanzamos a generar un proyecto viable de futuro antes de que sea demasiado tarde. Hay en él una costra relativamente fácil de identificar, aun cuando quizá no sea tan sencillo liquidar sus consecuencias ya que, de un modo a veces avasallador, ha estado pesando sobre el país en los últimos 35 años. Me refiero a los modelos autocráticos de pensamiento y organización de la vida social que la dirección cubana importó de la Rusia soviética y que han tenido y tienen una importancia mucho mayor de la que solemos concederle, entre otras cosas porque empalmaban perfectamente con una herencia nacional que no solemos reconocer y a la que me referiré más adelante. El hecho de que Fidel Castro ya no pueda siquiera mencionar  «la indestructible amistad con la Unión Soviética» como una de las bases de la existencia nacional no quiere decir en absoluto que ese nefasto peso muerto haya desaparecido. A nuestro pesar y hasta cierto punto se ha convertido en una tradición cubana que resulta imprescindible desarraigar.

Desde 1960, pero sobre todo a partir de abril de 1961, a raíz de la declaración del carácter socialista de la revolución, se instituyó todo un sistema de enseñanza que iba desde el nivel elemental -Escuelas Básicas de Instrucción Revolucionaria-, hasta el nivel superior -Escuela Nacional de Instrucción Revolucionaria-, pasando por todas las escalas intermedias. Dicho sistema estuvo en expansión hasta 1968, entró en un periodo de latencia hasta 1971, recobró su fuerza a partir de esa fecha y se mantuvo activo y dominante, con leves cambios de nombres o programas, prácticamente hasta la desaparición de la URSS. En el estudiaron millones de cubanos. Me adelanto a aclarar que no se trataba de la enseñanza del marxismo -los textos de Marx y Engels no eran en absoluto frecuentados en dichas escuelas- sino de la ingestión de una suerte de catecismo ruso-soviético que tomaba cuerpo, en su primer periodo, en los tristemente célebres manuales de filosofía de Konstantinov, Kuusinen y Afanasiev, así como en el impresentable Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, y en el segundo en los textos de algunos de sus epígonos cubanos como Humberto Pérez.

Rafael Rojas, en su iluminador ensayo «Viaje a la semilla: instituciones de la antimodernidad cubana», sostiene que:

Entre las ruinas actuales de la nación cubana se pueden descifrar y recomponer los elementos de un proyecto republicano liberal y democrático que fue segregado hacia la marginalidad del saber y el poder por una secular voluntad antimoderna. (Apuntes Postmodernos. vol. 4, núm. I.)

Pues bien, el rasgo más siniestro del sistema de indoctrinamiento ruso-soviético y de su presencia en la totalidad del corpus educativo cubano, incluyendo, por supuesto, al Ministerio de Educación, fue su carácter absoluta, franca, descaradamente antinacional. En él, las dos racionalidades que de acuerdo con la tesis de Rojas fundamentan la experiencia de nuestra modernidad resultaron igualmente segregadas «hacia la marginalidad del saber y el poder» por una voluntad no sólo antimoderna sino también radicalmente cipaya. El estudio de «los fundadores de nuestro saber teológico y filosófico» fue sustituido por vagas, imprecisas referencias a los «demócratas revolucionarios rusos», el lugar de Enrique José Varona -cuya figura no se mencionaba siquiera- resultó ocupado por Antón Makarenko. Me consta que se llegó al colmo de impartir sistemáticamente cursos de «Oratoria soviética» y aun, creando una situación digna de Ripley, a convertir el «Ateísmo científico» en una asignatura. El ideal literario propuesto por la propaganda no era Cecilia Valdés ni tampoco Mi tío el empleado, sino, por ejemplo, Un hombre de verdad, que según Ilia Ehrenburg había sido elaborado por un escritor de mentira.

Durante el bienio 1968-1970 Fidel Castro sufrió un ataque de nacionalismo y lanzó la atronadora campaña conocida como «100 años de lucha», sobre la que convendría reflexionar. Ni siquiera entonces el discurso de la fundamentación moral de la nación cubana fue asumido como una tradición. Dicho discurso tenía una base religiosa y el poder cubano blasonaba públicamente de un ateísmo que, paradójicamente, estaba sustentado en una clara raíz inquisitorial. En el plano de la cultura el bienio empezó con la represión simbolizada en el llamado «Caso Padilla» e inspiró el brutal Congreso de Educación y Cultura de 1971, que institucionalizó la represión como sistema y la delación como método, y fue el punto más alto del periodo que púdicamente Ambrosio Fornet llamó «Quinquenio Gris» y que yo, utilizando un término acuñado por la historiografía argentina, prefiero llamar «Década infame».

Desde luego, Fidel Castro nunca reclamó como suya la tradición liberal que fundó Arango, pero tampoco se adscribió consecuentemente a la eticidad fundada por Caballero y Varela. De modo que Ese sol del mundo moral, el libro que intenta -equivocadamente, a mi juicio- demostrar la existencia de una nítida línea de continuidad que llevaría de Caballero a Castro, se editara en México y permaneciera largos años sin publicarse en Cuba. Pero, lo que es mucho más importante, Fidel Castro no intentó jamás poner en práctica el proyecto de república democrática que empieza Agramonte y culmina Martí­. De ahí que en el discurso del 10 de octubre de 1968 se decantara abiertamente por el proyecto patriarcal de Céspedes; de ahí, sobre todo, que no se haya referido jamás en profundidad a las contradicciones entre Maceo y Gómez de un lado, y Martí, del otro, puestas de manifiesto, primero, en el rechazo martiano a sumarse al plan Gómez-Maceo de 1884, que dio lugar a la famosa carta en la que Martí escribiera: «No se funda un pueblo, general, como se manda un campamento», y después, en el dramático desencuentro de La Mejorana. No es casual que todavía hoy esos dos momentos, que a mi juicio constituyen el núcleo de nuestra tragedia política, sigan siendo un tabú para la historiografía oficial.

Sospecho que nuestra inveterada tendencia a mirar hacia atrás con los ojos del romanticismo nos ha impedido vernos tal como fuimos, como somos, como ojalá no sigamos siendo. En rigor, la única tradición que Fidel Castro ha reclamado para sí -excepción hecha de la de un Martí impúdicamente manipulado-, ha sido la de los caudillos militares del siglo XIX y la de los revolucionarios del siglo XX. Ciertamente, ambas le pertenecen, sobre todo la fundada por aquellos generales del Ejército Libertador que, ya en la república, gobernaron el país con mano de hierro, como Mario García Menocal, o devinieron abiertamente dictadores, como Gerardo Machado, y también la de los revolucionarios transformados en hombres providenciales, salvadores de la nación, como Fulgencio Batista y Zaldívar.

Al principio de estas palabras sostuve que la plúmbea influencia ruso-soviética había encajado tan bien en nuestras estructuras porque empalmaba con una herencia nacional que no solíamos reconocer. Me refiero a los cuatro siglos de colonia española. Vives, Tacón y O’Donell vivieron en nuestro país, gobernaron nuestro país y por mucho que nos duela y nos espante contribuyeron a conformarlo en una medida mucho mayor de la que imaginamos y son un pasado y una tradición siniestra y nuestra. ¿Qué reclamaban los Vegueros que encontraron la muerte en los albores de la historia nacional sino el derecho a comercializar libremente los frutos de su trabajo, o sea, un Mercado Libre Campesino? ¿Qué era el Estanco del Tabaco sino la encarnación del monopolio estatal sobre la producción que hoy otra vez nos agobia y paraliza? ¿Cómo podía responder la población de la isla a semejante coyunda sino a través del mercado negro y el contrabando? ¿Qué estilo de gobierno se asemeja más a las facultades omnímodas que se ha otorgado Fidel Castro que el régimen de Facultades Omnímodas con que sucesivos Capitanes Generales aplastaron las ansias de libertad de nuestro pueblo? ¿Qué era el Cuerpo de Voluntarios Españoles sino un antecedente de las Brigadas de Respuesta Rápida? ¿Qué fue el asalto al Teatro Villanueva sino un acto de repudio? ¿Quién condenó al exilio, la cárcel o la muerte a poetas, tabaqueros, empresarios cubanos, introduciendo la división de la familia como una trágica constante en la vida nacional?

He ahí, a mi juicio, el intolerable peso de nuestro pasado, su insoportable pervivencia. La revolución cubana, que nació con la promesa de cumplir por fin el proyecto de república democrática que se había ido gestando en nuestro país y al que pertenecen tanto la tradición de nuestros economistas liberales como de nuestros filósofos eticistas, terminó devorada por otra tradición más poderosa, de muchísimo mayor peso práctico en nuestra historia, la de una cultura militar-burocrática de raíz inquisitorial, esencialmente antidemocrática e improductiva por naturaleza, idónea para ayuntarse, en el Caribe, con la impronta autocrática de la influencia
rusa, tan lejana y sin embargo tan semejante. Afirmar que la tradición burocrático-militar es española, que no nos pertenece, no resulta más que una forma inexcusable de autoindulgencia, como lo es, también, el cifrar la causa principal de nuestros males en Estados Unidos.

La principal tarea de la presente generación de cubanos consiste, a mi juicio, en vencer al fin nuestra herencia burocrático-militar, nuestra infantil necesidad de caudillos, nuestro pernicioso hábito de encontrar en otros -españoles, norteamericanos o rusos- la razón de nuestros males. No hay otro proyecto, me parece, que el de luchar por la instauración de una república democrática moderna, donde los posibles excesos pragmáticos de nuestra brillante tradición de pensamiento liberal resulten compensados, en un libre juego dialéctico, por la encendida fe en la virtud de nuestros estoicos.

LOS DISTURBIOS EN CUBA

El viernes 5 de agosto una multitud de cubanos se dio cita en el malecón de La Habana a la expectativa de que otro ferry -el tercero en dos semanas- sería desviado por sus pasajeros de la Bahía de La Habana a la costa de Florida.

La policía cubana entró a disolver la multitud y ésta respondió con piedras y gritos en la peor de las manifestaciones contra el gobierno cubano desde que Fidel Castro tomó el poder.

En estos hechos se juntó lo de siempre: la insensibilidad del gobierno de Estados Unidos al mantener y exacerbar un embargo que ha puesto a los cubanos en la peor crisis de su historia, y, seguido de esto, el pretexto siempre a la mano de Castro: su vieja y gustada sección «la culpa es del imperialismo», para explicar la misma y peor crisis de la historia de Cuba.

Más allá del embargo norteamericano, el planteamiento del problema debe ir a lo básico: Fidel Castro, simplemente, no permite el libre tránsito en Cuba, ni deja que la población decida pedir o no asilo en las representaciones extranjeras -sobre todo la norteamericana- más allá de lo que éstas decidan posteriormente: dar o no cartas de inmigración a los cubanos.

Por lo demás, frente a la situación de Cuba, parecieran un gran momento cínico en la historia trágico-picaresca de los caudillos latinoamericanos las declaraciones de Castro, unos días después del Maleconazo, en Santafé de Bogotá luego de asistir a la toma de posesión de Ernesto Samper como Presidente de Colombia. Entre otras joyas verbales dignas de aquel nuestro Santa Anna (quien siempre dijo «derramaré hasta la última gota de mi sangre…»), Castro declaró a la prensa: «Yo no recuerdo a ninguno de los libertadores de este hemisferio que hayan abandonado el campo de batalla antes de conquistar la independencia de nuestros países… Los revolucionarios no abandonan el campo de batalla. Los revolucionarios no se jubilan, en tanto puedan ser útiles y se requiera de su sacrificio y de su esfuerzo… Me gustaría retirarme a leer, me gustaría escribir y me resignaría a morir en la cama. Personalmente no constituye un problema el ejercicio del poder, que es un trabajo por lo demás duro… Este trabajo no es un placer, sino un deber, es unsacrificio». (La Jornada 9 de agosto de 1994.) Entonces, que Castro deje transitar e incluso «morir en la cama», y no en los «baños de sangre» que tanto menciona, a «revolucionarios» que ya no quieren «sacrificarse». Si a Castro «no le preocupa la muerte», como dijo también en Santafé de Bogotá, a otros sí les preocupa. Seguramente que les preocupa.

Jesús Díaz. Escritor cubano. Es autor de Los años duros, Las iniciales de la tierra y Las palabras perdidas, con el que ganó el Premio Nadal de España en 1993. Vive en Alemania.

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