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Dirección: Guillermo Arriaga.
Guión: Guillermo Arriaga.
Reparto: Kim Bassinger, Charlize Theron, José María Yazpik.
Duración: 106 minutos.

Antes de entrar en materia, una breve discusión sobre el título: The Burning Plain (2009), el debut como director del guionista Guillermo Arriaga, mejor conocido por la mancuerna que hizo con Alejandro González Iñárritu en Amores perros (2000), 21 gramos (2003) y Babel (2006), trilogía del “renacimiento” del cine mexicano (hecho mayormente en el extranjero). Atemos, pues, un cabo con el otro: por un lado, the burning, es decir, ardiente o en llamas; por el otro, plain, que se traduce como yermo, simple o, mejor aún, llano. En inglés, además, plain es el equivalente fonético de plane: avión o avioneta, artefacto volador que detona, en su caída poco aparatosa —y libre de fuego, hay que anotarlo—, la serie de causalidades que se desarrollan en el par de hilos conductores del filme.

Así las cosas, el título de la ópera prima de Arriaga se traduce literalmente al español como El llano en llamas, que no El Llano en llamas, como el mayúsculo conjunto de cuentos de Juan Rulfo (ay, qué casualidad tan homónima y grosera: dicho libro existe en traducción anglosajona como The Burning Plain, tal cual); si fue pergeñado en inglés, es porque se trata de una producción realizada en Hollywood, con los papeles protagónicos de la gran veterana Kim Bassinger y la histriónicamente contenida y preocupada-por-ser-como-Naomi-Watts Charlize Theron, quien, no sobra decirlo, es productora ejecutiva de la obra que nos ocupa.

Al comienzo de la película lo que aparece bañado por el fuego no es ni un llano ni tampoco una avioneta —ésa, como el automóvil que choca estrepitosamente y desde tres puntos de vista en Amores perros, cae al suelo después, sin mayor pirotecnia ni estertor—, sino un tráiler o una casa móvil estacionada en medio de, sí, la llanura, para luego ceder el paso al bello trasero y al discreto torso desnudos de Theron, encarnada en un personaje que, impúdico, se asoma por la ventana luego de lo que parece no ser otra cosa sino un mero acostón casual.

Es, ahora sí, el momento de atender la sustancia y no el simple envase creado por Arriaga (y, permiso para un paréntesis, vilipendiado por la crítica anglosajona de sendas costas del Atlántico; aquí intentaremos desentreñar el porqué de tal despecho). Además de las películas ya mentadas, el director debutante vio otro de sus guiones filmado bajo la batuta y el protagonismo de Tommy Lee Jones: The Three Burials of Melquiades Estrada (traducido literalmente y sin tacha como Los tres entierros de Melquíades Estrada, original de 2005), acaso su gran hito, celebrado tanto por la crítica como por los connoisseurs del séptimo arte, muy dados a hablar de cine de autor para distinguir al pomposo cine de arte del simple (o llano) cine de palomitas. Pero no dejemos que las infladas palomitas nos distraigan y volvamos al cauce de esta reseña, en este momento concentrada en su fase contextual.

Hecho este recuento del opus arriagano estamos obligados a mencionar la versión fílmica de El búfalo de la noche (2007), novela del guionista vertida a la pantalla por el colombiano Jorge Hernández Aldana —más un factotum que un creador: el nombre del narrador aparece incontables veces a lo largo de los créditos, como si quisiera dejar claro a quién le pertenece el asunto—, protagonizada por las luminarias habituales del cine nacional (Diego Luna, Camila Sodi, etcetera), algunas más vestidas que otras.

La signatura de Arriaga es el rompimiento de la linealidad narrativa —hay falsos comienzos y falsos finales—, además de una obsesión con la causa-efecto; también parece empecinado en demostrar que la condición humana es precaria y que, a pesar de todo, hay redención, si bien estamos contenidos por un valle de lágrimas de dimensiones infinitas, condenados a la autodestrucción (también hay un retrato de la amalgama entre mundos antitéticos: ricos y pobres, mexicanos y estadunidenses, la perenne lucha de identidad y clases). Sentado el precedente, los actores pueden tirarse a llorar enloquecidamente en el teléfono (ver a Brad Pitt en la ininteligible Babel) o volverse zombies adoloridos y anestesiados luego de tanta tragedia (ver a Naomi Watts o a Sean Penn en la demasiado “seria” 21 gramos), aunque luego no entendamos por qué lloran al principio y no al final de la película; o, sin más, en medio. Se trata, pues, de romper la linealidad narrativa nada más porque sí, para desplazar la sorpresa, la revelación del misterio o el mero capricho de la sucesión fragmentada de los detalles, y no porque el carácter de la historia, o la condición de sus protagonistas (como hicieran Robert Altman en Short Cuts, 1993, y P. T. Anderson en Magnolia, 1999, ejemplos magistrales del cine coral; o como sucede, por decir algo, en la muy lograda Memento, 2000, de Christopher Nolan) así lo requieran. Ya que las historias de los personajes insuflados de vida —o algo similar— por Arriaga son tan chatas —como un llano, finalmente—, hay que ponerse pirotécnicos con la temporalidad, porque si no ¿qué van a decir los críticos? (Muchos recursos y pocas nueces —o palomitas—, dice el que estas líneas firma, refugiado entre paréntesis.)

Nada cambia, siguiendo el hilo del párrafo anterior, en The Burning Plain: estamos, ahora sí, ante una creación de Arriaga en estado puro, la mancuernilla liberada y solitaria; es decir, frente a un filme en estado inánime. La fotografía, sí, es fastuosa (así sucede cuando no hay mucho que mostrar más que la superficie o el envase) y las actrices, blondísimas, lucen mejor que nunca en su desazón (¡y se encueran!). Lo único que queda por descifrar, ya se sabe, es qué ocurrió antes, qué ocurrió después (y, claro, aquello que nunca ocurrió). O bien, armar el cubo de Rubik, aunque en este caso todos los lados sean del mismo pálido color (hermosamente iluminado de acuerdo con la situación o hilo narrativo en curso). La historia es intrascendente. Y no hablemos aquí ni de la palurda actuación de José María Yazpik ni de los diálogos, paupérrimos lugares comunes que bien pueden ser superados por cualquier telenovela de factura nacional (como bien quiere el atinado crítico de cine Abel Cervantes en el número 68 de la revista de artes La Tempestad).

Lo mismo que el avión que se desploma sin pompa ni circunstancia, la película de Arriaga, fallida por donde se la mire, tropieza y se desbarranca —bañada de gas encendido como el agónico tráiler del comienzo— por el precipicio de la pantalla; y nada queda al final más que cenizas sin peso, además del placer de, por fin, salir de la sala como si nada, que es lo que en realidad sucede, hubiera ocurrido.

David Miklos. Escritor. Su libro más reciente
es La hermana falsa.