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18 de dic. 1913. La iglesia (en Golfo de la Spezia, Italia) está encima del agua. Una vez en la noche se oyó sonar la campana de la iglesia, y sonar de nuevo. La gente se aterró: la campana sonaba misteriosamente. Se encontró que la soga de la campana se había caído sobre el borde del acantilado y quedó entre las rocas, y un pulpo había tomado el cabo, y lo jalaba. Es muy posible. Los hombres van a la caza del pulpo con una carnada de peces pequeños y una larga lanza. Atrapan pulpos grandes a veces de seis o siete libras de peso, y nunca habrás visto algo tan diabólicamente feo. Pero son buenos de comida. El otro día fuimos a una boda campesina, un fiestón, el pulpo era uno de los platillos: pero yo, ni imaginarlo: puedo comer caracoles sin problemas, pero pulpo, no.

Fuente: D.H. Lawrence, Selected Letters, Penguin Books, NY, 1978. En otra carta dice (nov. 8, 1919): “Italia es aún alegre, sólo llora en la prensa; se toma a sus políticos con su vino, y los disfruta. Gran alboroto sobre las elecciones, pero un alboroto vívido y divertido, nada serio o trágico”. Y desde Navojoa, Sonora (oct. 3, 1923), dice: “Hay como una sentencia de extinción en todo el poblado de Álamos. A la mitad de su pequeño mercado, entre la carne y las verduras, estaba tendido un perro muerto como si durmiera. El de la carne le dijo al de las verduras: ‘Mejor lo tiras’. El de las verduras miró al perro muerto y no vio razón para tirarlo. Sin duda ahí sigue […] Cuando lleguemos a Mazatlán, tomaremos el barco para bajar a Manzanillo y de ahí a Guadalajara. Ahí está mejor. Por lo menos no hay un perro muerto a medio mercado”.