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grietas

En muchos sentidos, los terremotos son experiencias humillantes. De partida, para nadie es especialmente grato tener que contactarse con las verdades más animales que llevamos dentro. Son las verdades impulsivas del susto y del terror, nosotros que nos creemos tan ponderados y analíticos, y las verdades del miedo y la angustia ante lo desconocido, nosotros que presumimos de sabérnoslas todas. Es más, nadie sale indemne de una experiencia. Miente el que dice que no perdió ni una sola copa ni tuvo una sola grieta en casa. Los sismos de gran intensidad nos arrebatan algo para siempre que no tiene nada que ver con el plano material. Si un terremoto no conduce a que relativicemos algo, sólo algo, un poco, nuestra manera de vivir, nuestras prioridades, nuestras premuras, nuestro metro cuadrado de ratones, significa entonces que andamos extraviados. Pero, aparte de esa dimensión, que no por intangible es menos sentida a nivel individual y colectivo, este terremoto también dejó con daños de mucha consideración el edificio de nuestra autoestima. La creciente prosperidad, los éxitos, las buenas noticias que los chilenos comenzamos a cosechar curiosa y sistemáticamente a partir de 1985 —que, por favor, no sólo es el año del terremoto anterior, sino también el del punto de inflexión de una economía que entraba a 12 años gloriosos de crecimiento— fueron agregando sin que nos diéramos cuenta dinteles, cornisas, columnatas y cúpulas ornamentales a ese tinglado. Fuimos y nos creímos los campeones. La impresión dominante es que buena parte de esos fastos se vinieron abajo. Tuvieron un desenlace no muy distinto al de muchos edificios altos, que a lo lejos proyectaban su autoridad incluso, pero que ahora son inhabitables, porque estaban sostenidos por pies de barro; al de varias de las arañas de las carreteras concesionadas, porque se cayeron y se despegaron, operando como bandejas de vehículos lanzados desde las pistas superiores; al del aeropuerto de Santiago, que tenía sus cielos, sus puentes, sus sistemas informáticos y sus ínfulas arquitectónicas prendidas con alfileres; al de la Onemi, con sus incompetencias de comedia bufa; al de la Armada, que habiendo podido disponer en los últimos años de presupuestos nunca vistos para equiparse y ponerse al día desde el punto de vista tecnológico, fue sorprendida enchufada a un sistema que dijo a medias lo que debió haber dicho con claridad y sirvió para tranquilizar cuando en realidad su única misión era alertar. Todo mal. Tampoco se salvaron las comunicaciones y los sistemas de prevención. El papelón del gobierno es harina de otro costal. Sus titubeos sobre si sacar o no a los uniformados a la calle fueron, en términos metafóricos, el desquite final de una administración insegura, que habría sido bastante mejor si la misma energía que gastaba en medir cómo se veían sus decisiones la hubiera aplicado básicamente a que esas mismas decisiones fuesen correctas. Es riesgoso gobernar en función de las puras percepciones; se termina confundiendo a los publicistas con los hombres de Estado.

Cómo no reconocer que estamos con el orgullo herido. Es duro saber que como país éramos bastante más del montón de lo que pensábamos. Las imágenes de los saqueos, por otro lado, son una puñalada a nuestra conciencia de pueblo virtuoso. La televisión inicialmente quiso hacer distingos de buen tono perdonando a la señora que sacaba tarros de leche para sus hijos y condenando al que llevaba televisores o sillones. Pero entrar ahí es entrar a un campo minado y de fronteras difusas, porque lo más probable es que sacó leche quien no encontró whisky y whisky quien comprobó que los plasmas ya se habían acabado. Vaya que es de temer un escenario donde cualquiera, hasta la gente más insospechada, pueda convertirse en hiena o en rufián. El problema es que la gente está corrompida por el neoliberalismo, por la fiebre del consumo, dicen los que creen que el hombre naturalmente es bueno y que sería el sistema el que lo pervierte. Más bien al revés, y con gran escepticismo, creen otros. El sistema, con sus normas, con sus instituciones, es lo que haría que el país no sea pasto del pillaje y de las bandas de matones. Como quiera que sea, el trago es amargo para todos. En los saqueos naufraga por igual el proyecto del Chile católico del padre Hurtado y el del Chile laico de don Pedro Aguirre Cerda, el del sueño republicano y el de la utopía socialista, el del programa iluminista de las viejas humanidades chilenas y el de las clases ahora por computador. Naufraga el país de Neruda y también el del mall. Todos a pérdida. Es un gran fracaso y una gran decepción. Tal vez sea el precio que nos impone nuestra apestosa autoconciencia y el costo que entraña olvidar que las sociedades, los países, no se explican ni se construyen en función de puros buenos o puros malos. No sólo estamos muy mezclados. Ocurre que los que son buenos nunca lo son las 24 horas del día y los malos tampoco lo son siempre. Mucho, un espacio más amplio de lo que pensamos, depende de las coyunturas y las circunstancias. Si el gobierno no lo sabía o lo olvidó, vaya que tuvo que aprenderlo o recordarlo rápido. El grado cero de la política, por lo visto, no es el poder. Es el orden.

Héctor Soto. Abogado y periodista. Fue editor de las revistas Capital, Mundo Dinners y Paula. Autor de Una vida crítica y columnista de La Tercera.

Publicado en La Tercera, 7 de marzo de 2010.