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El miedo suena. Y tiene distintos sonidos. Concepción, después del terremoto del sábado, tuvo la triste distinción de conocerlos todos. Cada una de sus variedades. Concepción, que hasta la madrugada del 27 de febrero estaba dentro de las tres ciudades más importantes de Chile, se vio convertida de un minuto a otro en Haití. O en lo que uno, lo suficientemente lejos de ese país, se imaginaría que es Haití. Con calles sucias. Con gente corriendo por las avenidas con bolsas, a veces repletas, a veces no tanto, de cosas que no son suyas. Que no habían comprado. Gente que corre con cosas que, si no hubiera sido porque el suelo se sacudió tan violentamente, no habrían sido suyas. Concepción, es jodido decirlo, no se parecía a Chile.

La ciudad, dos días después del terremoto, recibía al visitante con esa imagen. Todas las veredas estaban repletas de cajas y bolsas que, probablemente, habían salido de alguno de los supermercados que tenían cerca. Y esos supermercados estaban con los vidrios rotos, con las puertas pateadas y forzadas y despojados de cualquier cosa. El lunes primero de marzo, poco antes de la hora de almuerzo, Concepción era un lugar inusualmente frío y nublado, donde los policías que habían salido a la calle sólo podían ver cómo las turbas se movían. Turbas que no eran delincuentes encapuchados, sino familias que salían enteras. A buscar leche. A buscar ropa. Y con demasiada frecuencia, a buscar otras cosas también.

El día en que marzo partió, Concepción era como uno piensa que sería la anarquía. Con autos desplazándose lo inimaginable por bencina, pero sobre todo con gritos. Porque así suena el miedo cuando nadie puede frenarlo. A gritos y a corridas en la calle.
Pero antes de todo eso, hubo silencio.

Suena el silencio

El edificio Alto Río, en la calle Padre Hurtado, entre Los Carrera y Maipú Poniente, era quizás unos de los símbolos del nuevo Concepción. La constructora Socovil lo había entregado, dicen los vecinos, en marzo de 2009 y quedaba en una zona que olía a nueva: el barrio cívico, que no llevaba más de cuatro años y que se ubicaba donde antes estaba la estación de ferrocarriles. Ahí había un supermercado Lider gigante y estaban los modernos edificios del gobierno regional, hechos de acero y vidrio y que simulaban las formas de un container. El edificio Alto Río tenía 15 pisos y 10 departamentos por piso. Ofrecía departamentos de entre 49 y 67 metros cuadrados. Los precios, explican Juan Carlos Retamal y su esposa Ismenia —que vivían ahí hasta la madrugada del sábado—, iban entre las 1.000 y 2.600 UF. Es decir, era un edificio para clase media. Gente que, en la mayoría de los casos, venía de la periferia. De Lota, de Coronel, pero que habían hecho el esfuerzo suficiente para comprar un departamento que les acortaría los traslados. Que los dejaría más cerca del trabajo y del colegio de sus hijos.

sonrisas

El edificio Alto Río se convirtió ahora en un nuevo símbolo. Porque el terremoto logró botarlo y pasó a ser una pequeña metáfora de cómo un sacudón terrible, pero que sólo dura minutos, puede partir una ciudad. Antes del sábado el barrio cívico era, dentro de todo, una zona tranquila. Pero cuando faltaban unos 20 minutos para las cuatro de la mañana, el edificio Alto Río se sacudió de lado a lado, cayó de espaldas y se partió en dos.
Ahí fue cuando el silencio terminó.

Juan Carlos, Ismenia y sus hijos vivían en el piso 12. Dicen que estaban durmiendo, que ese viernes lo habían vivido sin contratiempos. Como corresponde a un viernes previo a la semana en que comenzaban las clases. Dicen también que el sábado tenían pensado ir a la Fiesta de la Chilenidad en Collao. Pero claro, todo eso se fue al carajo en el minuto en que se vieron cubiertos de murallas, alambres y cemento, sin entender qué los había despertado.

Ismenia dice que cuando su edificio ya se había tumbado, lo único que escuchaba eran “gritos llamando a familiares y pidiendo ayuda”. Ella y su familia tuvieron que encontrarse y escarbar hasta descubrir su salida. Lo mismo hizo Álex Tapia, un marino ecuatoriano que se había mudado de Viña a Concepción hace pocas semanas y que vivía en el 601 con su mujer y sus dos hijos. El lunes Álex y varios otros sobrevivientes estaban ayudando a los bomberos a iniciar las labores de rescate. Ahí, Álex les decía que después que todo se sacudió pendularmente sintió que se “caía al abismo”. Que el suelo lo chupaba y que los muros se le venían encima. Que lo que normalmente era vertical, ahora descansaba horizontalmente. Álex, con un ojo hinchado y morado, básicamente describe eso como el infierno. Cuando el edificio ya yacía acostado, reunió a su familia y escarbó 25 metros. Pensemos en eso. En lo que sería escarbar casi 14 veces la altura de un hombre promedio, sólo siguiendo una luz porque, como él pensó, “ésa podía ser una salida”.

Afuera, ese mismo lunes primero de marzo, también estaba José Molina. José es grande, tiene 28 años y estaba ordenando algunas prendas que habían podido sacar de su departamento. José se queja. Dice que necesita pañales para su hija, pero que en la ciudad los están vendiendo a 10 mil pesos. También explica que pudo salir por suerte. Pero que ahora no quiere que lo molesten. Porque está ocupado tratando de rescatar lo que pueda y porque está muy preocupado por su hija: “No tiene ropa, pañales, nada”. Después apunta al edificio caído, a los departamentos que ahora, entre fierros y concreto, miran de frente al cielo. Y dice algo.
—¿Ves ese autito rosado que está ahí tirado?
José señala un auto chico y de plástico. Algo que se encontraría en un catálogo de Barbie.
—Ése era uno de los juguetes de mi hija.

Suena la interferencia

Las tragedias tienen una estética. Una narrativa y una forma de contarse. Después del terremoto de la madrugada del sábado, el único adjetivo para referirse a lo que había pasado era “dantesco”. Las grietas en los edificios eran dantescas. Los escenarios en las calles eran dantescos. La miseria, la precariedad y esa sensación de volver a foja cero, si se quiere, era también dantesca.

Pero la tragedia y la muerte, sobre todo cuando vienen por causas naturales, también tienen mucho glamour. Uno se da cuenta de eso cuando el abrazo entre dos sobrevivientes, dos ancianas que hasta hace días no eran más que vecinas que se topaban en los pasillos y en el estacionamiento, es motivo suficiente para encender las cámaras y transmitirle al país en directo. El área donde se había caído el edificio Alto Río, en el barrio cívico, ahora había pasado a llamarse “zona cero”. Hasta ahí llegaron todos los móviles y vans de los principales noticiarios de Chile. Y llegaron con sus rostros más importantes. Si el país iba a enterarse de lo que aquí había pasado, lo haría con sus mejores caras. En una ciudad que no tenía nada, ni agua, ni luz, ni internet, donde penaban militares y donde saqueo era una palabra y un verbo que se pronunciaba con demasiada frecuencia, algunos periodistas llegaban a la “zona cero” con señales satelitales y kits de maquillaje en sus bolsillos.

Pero el glamour, frente a los muertos, también tiene sus límites. Ya en la tarde, cuando los periodistas se habían metido a las mismas entrañas de lo que quedaba del edificio Alto Río, apareció uno de los siete cadáveres que rescatarían bomberos locales, de Santiago y algunos que acaban de regresar desde Haití. Y nada te prepara para ver un muerto. Porque un cuerpo hinchado, morado, amarillento y tapado con el polvo de su propio departamento no se parece en nada al glamoroso cadáver que se ve en las series del cable. Un militar de apellido Díaz, que era el que mandaba en la “zona cero”, pidió a gritos que sacaran a la prensa cuando apareció ese cadáver. Sus razones, a pesar de que no las necesitaba, eran simples: “Es bastante morboso que vean un muerto pasando, hecho pebre en la camilla”.

Concepción sonó a interferencia porque después del viernes dejó de ser una ciudad que quedaba seis horas al sur de la capital. Concepción era, de pronto, una ciudad aislada. Donde los celulares no pescaban, o pescaban a veces, y donde mucha gente, militares y periodistas, tenía que seguir llegando. Pero sin saber bien dónde quedarse. Suponiendo que habría algo, algún hotel, hostal o pensión que recibiría su dinero. Pero estando aquí, vieron que la única opción eran los propios autos en los que habían llegado. Concepción llegó a un punto en donde la plata ya no servía. Donde lo que mandaba era la más primitiva de las transacciones. Una botella de agua, un bidón de bencina, una cajetilla de cigarros o algo para comer eran las monedas de cambio.

Un poco más allá, pasado el cerco militar que protegía a los móviles y las cámaras, había barricadas. Los vecinos habían tomado los mismos trozos y pedazos de sus casas derrumbadas para separar sus calles y cuadras. La razón era simple: el miedo a los saqueos. La explicación era casi la misma en todas partes. El sábado, después del terremoto, la gente no salió mucho a las calles. La mayoría prefirió no hacerlo. En ese estado de incertidumbre, cuando los penquistas pudieron darse cuenta de que estarían aislados por algún tiempo, comenzó el mecanismo del pánico y la desesperación.

María de Villalobos y Margarita Voglio son mujeres mayores que viven en el barrio Prat, que es una especie de barrio Diez de Julio en versión penquista. Un sector comercial que es una suerte de supermercado para el auto. Pero donde también viven varias familias. María y Margarita están sentadas cerca de una de estas barricadas armadas con piedras, tablas de madera y ladrillos, diciendo que van a tener que matarlas “antes de saquear sus casas”. Dicen que el domingo turbas de la periferia, que en este caso está al otro lado del río, llegaron en camionetas, en grupos de 20 personas, para saquear el Lider de la esquina. Repiten que llegaron con hachas y escopetas hechizas. Que las intimidaron. Que dijeron que si trataban de detenerlos, iban a matarlas. Por eso, explican las dos, se organizaron para cerrar su calle. Con otros vecinos se turnan la guardia de la cuadra y hacen relevo cada dos horas. Antes de despedirse, dicen que se sienten desprotegidas. “El gobierno se demoró demasiado en decretar el toque de queda. Y no nos han ayudado. Hay un terremoto en Haití y mandan militares altiro. Y aquí, todavía los estamos esperando”.

Suenan los balazos

La historia reciente latinoamericana no es muy benigna con los militares. Hemos aprendido que la imagen de una ciudad tomada por tipos con metralletas no es buena. Pero en Concepción, el lunes por la tarde, la gente aplaudió la llegada de tanquetas, vehículos blindados y personal militar que estaría encargado de controlar la ciudad y establecer un toque de queda que se extendería entre las seis de la tarde y el mediodía siguiente.

En el centro, una mujer y su familia agitaban su bandera chilena y gritaban “¡Viva las Fuerzas Armadas!”, mientras pasaba un convoy blindado que parecía listo para ir a combate. En Concepción, la única forma de desplazarse fuera del toque de queda era con un salvoconducto que, básicamente, es un papel firmado por algún oficial que significa libertad en una ciudad donde forzosamente se necesitaban restricciones.

Pero la sola llegada de los militares no iba a calmar todo. Mal que mal, esta era una ciudad donde por la tarde una turba saqueaba y quemaba una sucursal de La Polar. Y en La Polar no había leche ni comida. Había televisores plasmas, lavadoras, refrigeradores y ropa. Nada que alguien pudiera necesitar en una ciudad que aún no recuperaba su electricidad. Los vecinos decían que después, para deshacerse rápido de las cosas, se vendían televisores a 20 mil pesos y celulares a cinco mil.
Ese incendio en La Polar, que dejó un muerto y un herido, no pudo apagarse porque Concepción aún no tenía agua. La columna de humo ennegreció toda la ciudad con una nube tóxica, que parecía decir que, de aquí, Dios se había ido.

Durante la noche del lunes, que era la segunda con toque de queda, todos los barrios organizaron guardias. En su casa de calle Freire, Eleasad Vargas, un hombre de 72 años que trabajaba como mecánico en Huachipato, miraba por los espacios que dejaba su reja, sujetando una escopeta que no había disparado en 30 años. Mientras la noche pasaba, repetía que esto, esta situación, era igual que lo que había pasado en 1973. Los delincuentes, igual que las catástrofes naturales, repetía, sólo podían controlarse con militares.

En medio de todo eso, empezaron a sonar cacerolas. Ésa era la señal de que alguien, un intruso al barrio, estaba dando vueltas. Eleasad, que dice que su nombre es bíblico, que es el mismo nombre que le dieron al hijo de Moisés, apuntó su escopeta y esperó a que alguien apareciera.

Pero nadie apareció.
Diez minutos más tarde, cinco balazos se escucharon cerca de esa casa. Al rato, también se escucharon aplausos. Cuando todo eso terminó, Eleasad volvió al interior de su casa y suspiró: “A mi edad, uno no debería andar jugando al Viejo Oeste”.

Andrés Delard también pensó que él o alguno de sus vecinos tendría que disparar: “Al principio decían que los saqueos eran en zonas periféricas, no sé, en Lota, en Coronel… Pero después, por una vecina, supimos que habían saqueado el Santa Isabel de la esquina. Y sentimos miedo”. Andrés tiene 29 años y antes del terremoto era un ingeniero constructor que trabajaba en la edificación de la segunda etapa del Hospital Las Higueras. La noche de la sacudida había ido con Vania, su novia, a la casa de unos amigos. Pero Vania se sintió mal y volvieron a su departamento. No pasó mucho rato antes de que la tierra comenzara a moverse. Lo hacía con violencia, de lado a lado y botando toda la vajilla y fotos que le recordaban a Andrés la familia que tenía en Santiago. Cuando todo se volvió demasiado violento, Andrés abrazó a Vania y a la hija de ella, pensando que si le tocaba morir prefería que fuera con ellas. Pocos minutos después que Concepción se detuviera, Andrés bajó y dijo que vio una ciudad fantasma, partida y fracturada.

Días después, cuando él y sus vecinos vieron que existía la posibilidad de que los saquearan, se organizaron y preguntaron quiénes tenían escopetas, rifles y pistolas. “Cuando llegas al punto en que tienes que preguntar si hay armas y quién está dispuesto a disparar —dice Andrés—, sabes que estás frente a una catástrofe”.

Suenan las tanquetas

Las ciudades con toque de queda no parecen ciudades. Parecen ruinas. Parecen pueblos que se jodieron, que la gente olvidó. Concepción, después de las seis de la tarde, se veía así. Como una ciudad en ruinas, con militares portando metralletas en cada cuadra. Militares con distintos uniformes, que caminan pidiendo a cada auto que se detenga y les entregue un salvoconducto y un carné de identidad. El lunes, con la llegada de una importante dotación militar, Concepción se vio protegida en muchas cuadras por jóvenes armados que probablemente habían dejado de ser menores de edad hace muy poco.

Uno de los puntos importantes de esta ciudad custodiada era el Centro de Operaciones Terrestres (COT). Ahí se entregaban salvoconductos y el general Ramírez, un militar a cargo, hacía sus anuncios. No muy lejos de ahí estaban los tribunales y la plaza que los rodea. Allí, desde hacía 60 años, había una estatua de Bernardo O’Higgins sobre una base de seis metros. Pero ahora estaba en el suelo. El terremoto la había botado y con el impacto se había partido. El martes, en la tercera noche de toque de queda, O’Higgins descansó en el suelo y desde allí miraba la leyenda incrustada en su base: “Vivir con honor, o morir con gloria”.

La tercera noche ya no se escucharon balazos. Tampoco se supo de saqueos.
Pero de una u otra forma, ese enemigo interno seguía ahí. Como cuando el cuerpo de bomberos trató de controlar el fuego que se había iniciado en La Polar y que se había expandido a un supermercado vecino. Al entrar se toparon con que aún había una persona saqueando, a pesar del humo y sin miedo al fuego. Al final, el saqueador tuvo que retirarse a pedido de carabineros. La persona que salió era un hombre calvo, de unos 50 años, que finalmente se retiró como si nada. Quizás así es como funciona la desesperación. Podía hacer que cualquiera, incluso un cincuentón pelado, escarbara en el suelo de un supermercado que ya había sido saqueado y, pese al riesgo de incendiarse, buscaba algo que comer. Mientras el tipo se alejaba, el comandante Hofmeister, el bombero a cargo, lanzó su pequeña confesión: “Uno nunca hubiera imaginado que en Chile la gente iba a ser tan flaite”.

En todo caso, también es cierto que en Concepción el miedo se ha calmado. Ya no suena. O quizás ya no suena tanto. Hay partes de la ciudad que ya recuperaron la luz y el agua. Algunos supermercados se han reactivado de a poco, permitiendo que la gente no compre más de lo que puede llevar en una bolsa. Y también se ha sabido de empresas que planean volver a trabajar desde el próximo lunes. Las bombas de bencina siguen atendiendo, con cargas de no más de 10 mil pesos por persona y con filas de más de 200 penquistas que dan vueltas a la cuadra.

Pero en Concepción el suelo aún no se ha calmado.

Las réplicas se sienten. En la noche, en el día y en las tardes, como la del miércoles, cuando después de un temblor fuerte la policía dio alerta de tsunami y pidió que se evacuara la ciudad. Pero ese pánico y esa vuelta al miedo que suena a gritos sólo duraría un rato. Los mismos policías dirían, minutos más tarde, que todos volvieran a sus casas. Era una falsa alarma.

Así es la rutina aquí. Calmando el miedo y observando lo que queda de una ciudad que sigue girando en torno a la “zona cero”. Allí, mientras las máquinas taladraban y rompían lo que quedaba del edificio Alto Río, un niño caminaba con su madre frente a un letrero que decía que allí habían muerto siete personas. Mirando la basura del suelo, el chico le preguntó quién iba a limpiar todo eso.

Ella no supo qué responderle.

Andrew Chernin
. Periodista.
Publicado en la revista Qué pasa, 6 de marzo de 2010.