La que me despertó a mí fue la Guillermina. Ella tiene el sueño más liviano. Salté de la cama y saqué al Pedro y a la Rosita que no terminaban de despertar nunca. Usted sabe, los jóvenes son así, buenazos para la pestaña. Son flojos, pues. Tuve que cargarlos. Yo pensaba que no iba quedar nada parado. Me botó el remezón. Me paré sobre la misma y pude abrir la puerta. Los tiré uno por uno del corredor para abajo. Primero al Pedro y después a la Rosita. Que se despertaran con el porrazo, no más. Y le di la mano a la Guillermina. Ella trataba de salir de la pieza, pero la pieza como que se la tragaba. Yo sentía el ruido de vidrios explotando y la tierra que caía de arriba. Se cimbraba el suelo, era como estar parado en un bote, señor. Los naranjos se azotaban los unos con los otros y se chicoteaban las ramas como si hubieran enloquecido y oíamos el estruendo de las planchas de zinc y de las tejas que caían. Cuando vivía el abuelo de mi abuelo, ya estaba este caserón aquí mismo, en Quechereguas,* igualito a lo que era. Quién sabe cuántos terremotos aguantó. La madre de mi abuela se acordaba del de 1906 y de otro muy fuertazo que hubo antes, y mi abuela siempre nos hablaba de uno de 1918 y también del de Talca de 1928 y el de Chillán de 1939. Pero éste sí que no lo pudo soportar la casa. Veinticinco kilos pesa cada teja y volaban toneladas de tejas junto con los adobes haciéndose añicos al caer al suelo. Treinta kilos pesa un adobe de esos, señor. Y venían cayendo de más de diez metros de altura. Es muy redifícil atinar a hacer algo entonces. Estábamos todos sujetos de las manos y yo los tiré para que nos ganáramos más al medio del patio porque esa lluvia de tejas, oiga, era una trampa mortal. Pero al ir a tironearlos a ellos me caí y ya no me pude parar.
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